Skip to main content

Full text of "Misionando por Patagonia austral, 1858-1865; usos y costumbres de los indios patagones"

See other formats


TEÓFILO  SCHMID 


MISIONANDO  POR 
PATAGONIA  AUSTRAL 

1858-1865 

USOS  Y  COSTUMBRES 

DE  LOS 

INDIOS  PATAGONES 


BUENOS  AIRES 


í      NOV  2G  1980  J 

cl4  1964 
F  fmld    ThtophUus  F., 
Schmio,  l 

1866-187*-  r  patagon: 
Misionando  pog__l865 

austral  — 


00332 


Digitized  by 

the  Internet  Archive 

in  2014 

https://archive.org/details/misionandoporpatOOschm 


BIBLIOTECA 
DE  LA 

ACADEMIA  NACIONAL  DE  LA  HISTORIA 


XXII 


COMISIONES  ACADÉMICAS 


PUBLICACIONES:  Director:  Dr.  José  Luis  Molinari 
BIBLIOTECA:  Director:  Dr.  Milcíades  Alejo  Vignati 
NUMISMATICA:  Director:  Cap.  de  Nav.  Humberto  F.  Burzio 
ARCHIVO:  Director:  Dr.  Ernesto  J.  Fmi: 


COMISIÓN  DE  PUBLICACIONES 

Director:  Dr.  José  Luis  Molinari 
Vocales:    Dr.  Milcíades  Alejo  Vignati 
Sr.  Ricardo  Piccirilli 
Cnel.  Augusto  G.  Rodríguez 
Dr.  Ernesto  J.  Fitti. 


MISIONANDO  POR 
PATAGONIA  AUSTRAL 

1858  -  1865 


USOS    Y  COSTUMBRES 

DE  LOS 

INDIOS  PATAGONES 


CRONISTAS  Y  VIAJEROS 

DEL 

RIO  DE  LA  PLATA 


Tomo  I 

Coordinador: 
Milcíades  Alejo  Vignati 

• 

TEÓFILO  SCHMID 

MISIONANDO  POR  PATAGON I A  AUSTRAL 
1858-1865 

USOS  Y  COSTUMBRES 
DE  LOS  INDIOS  PATAGONES 


BUENOS  AIRES 
19  6  4 


ACADEMIA  NACIONAL  DE  LA  HISTORI 
TEOFILO  SCHMID 

MISIONANDO  POR 
PATAGONIA  AUSTRAL 

1858-1865 

USOS  Y  COSTUMBRES 

DE  LOS 

INDIOS  PATAGONES 

Prólogo  y  comentarios  por  el  Académico  de  Número 

Dr.  Milcíades  Alejo  Vignati 


BUENOS  AIRES 
19  6  4 


Printed  in  Argentine 
Impreso  en  la  Argentina 

Queda  hecho  el  depósito  que  indica  la  ley  11.724 
(JJ    1964,  b\  Academia  Nacional  de  la  Historia,  San  Martín  336,  Huertos  Aires 


MISIONANDO  POR  PATAGON I A  AUSTRAL 
1  8  5  8  -  18  6  5 


PRÓLOGO 


El  propósito  del  protestantismo  de  asentarse  en  Patagonia  es  muy 
antiguo.  Su  primer  tentativa  data  del  tercio  inicial  del  siglo  pasado. 
Dos  catequistas:  Guillermo  Arms  y  Tito  Coan,  fueron  destacados 
desde  Nueva  York.  La  goleta  Mary  Jane  en  noviembre  de  1833  los 
deja  en  bahía  Gregorio  —en  la  banda  norte  del  estrecho  de  Magalla- 
nes— donde,  sin  muchas  correrías,  permanecieron  poco  más  de  dos 
meses.  Sus  propósitos  proselitistas  fueron  absolutamente  nulos,  pero 
desde  el  punto  de  vista  del  conocimiento  del  indio  Patagón  nos  han 
quedado  dos  obras  distintas:  un  diario  escrito  por  fragmentos  de  am- 
bos que  se  publicó  de  inmediato  en  el  órgano  oficial  de  la  institución 
organizadora  y  una  obra  escrita  en  su  ancianidad,  medio  siglo  des- 
pués, por  el  segundo  de  los  nombrados.  Ambos  relatos  contienen  da- 
tos y  consideraciones  interesantes  de  la  vida  indígena. 

Para  muchos  es  bien  conocida  la  obra  de  la  Missionary  Society 
en  el  archipiélago  fueguino  que  alcanzó,  repetidas  veces,  el  sacrificio 
y  hasta  el  martirio  de  sus  miembros  en  su  inerme  lucha  por  difundir 
el  evangelio;  en  cambio,  sus  actividades  patagónicas  son  poco  menos 
que  desconocidas,  tanto  las  referentes  a  su  extremo  austral  (Punta 
Arenas,  Santa  Cruz)  como  a  las  un  poco  más  tardías  en  su  limite 
septentrional  (El  Carmen,  San  Javier,  Viedma).  No  es  supérfluo,  por 
consiguiente,  este  capítulo  inicial  que  cumple  la  misión  ante  el  lector 
de  situarlo  en  los  prolegómenos  de  la  penetración  catequista  que 
realizó  Teófilo  Schmid  en  Patagonia  austral,  que,  a  la  vez,  jalona  su 
propia  historia  como  la  de  la  obra  misional  que  le  estaba  enco- 
mendada. 


13 


Al  pisar  tierra  americana  Teófilo  Schmid  tenia  unos  24  años 
de  edad.  Había  nacido  en  Würtemberg,  pero  educado  en  el  Gimna- 
sio de  la  Escuela  del  cantón  de  Aarau,  de  Suiza.  Su  preparación 
religiosa  la  recibió,  posiblemente,  en  la  Misión  de  Peregrinos  de  San 
Chrischona,  residencia  edificada  en  lo  alto  de  una  colina,  en  la 
orilla  izquierda  del  Rhiii  en  la  cercanía  de  Basilea. 

En  1854  la  South  American  Missionary  Society  le  ofreció  el 
cargo  de  lingüista.  Al  trasladarse  a  Inglaterra  fue  hospedado  por  el 
Secretario  General  de  la  Sociedad,  reverendo  Jorge  Pakenham  Des- 
pard  en  cuya  casa  de  Lenton  en  el  Nottinghamshire  quedó  hasta  el 
momento  de  partir  para  Sud  An.érica. 

Su  llegada  a  Montevideo  fue  por  marzo  o  abril  de  1856;  allí  se 
embarcó  en  la  goleta  Alien  Gardiner  que  la  Sociedad  poseía  para  sus 
tareas  catequísticas  en  los  mares  patagónicos  y  llega  a  puerto  Stanley 
—en  las  Malvinas—  a  mediados  de  julio,  desde  donde  se  trasladó, 
poco  después,  a  la  estación  misionera  llamada  Crammer  en  la  isla 
Keppel.  Tras  una  breve  estada  de  dos  días  regresa  a  puerto  Stanley 
a  la  espera  del  reverendo  Despard.  Nuevos  viajes  entre  ambos  puntos 
jalonan  los  meses  hasta  que,  a  fines  de  octubre,  queda  radicado  en 
la  misión. 

El  23  de  enero  de  1858  Schmid  parte  para  su  primer  viaje  a 
Patagonia  continental.  Iba  en  calidad  de  lingüista  en  una  excursión 
dirigida  por  Alien  W.  Gardiner  —hijo  del  fundador  de  la  Sociedad— 
y  después  de  tratar  a  indios  canoeros  en  el  litoral  sudeste  de  la  penín- 
sula Brunswick  desembarcó  en  Punta  Arenas  y  entró  en  contacto 
con  los  patagones  del  grupo  familiar  de  Casimiro.  La  visita  a  los 
"toldos"  e  incursiones  a  los  lugares  próximos  fueron  premiosos;  la 
goleta  recala  en  bahía  Gregorio  pero  los  misioneros  no  pudieron  en- 
trevistarse con  los  aborígenes;  éstos  estaban  acampados  por  la  Pri- 
mera angostura  y,  cuando  fueron  vistos,  el  mal  tiempo  y  las  peores 
condiciones  de  la  costa  impidieron  la  entrevista.  La  Alien  Gardiner 
tomó  rumbo  a  las  Malvinas  fondeando  en  la  bahía  Comité  —donde 
estaba  el  pequeño  puerto  de  la  estación  misionera—  el  30  de  marzo. 

Con  vehemencia  de  neófito  Schmid  propone  a  la  Sociedad  cam- 
biar su  situación  de  lingüista  por  la  de  catequista  para  dedicarse  a  la 
conversión  de  los  patagones,  proposición  que,  desde  luego,  fue  acep- 
tada. Pero,  recién  el  4  de  febrero  de  1859  es  criando  Schmid  em- 
prende, desde  la  isla  Keppel,  su  viaje  a  Punta  Arenas  en  calidad  de 
tal.  El  23  de  abril,  bajo  la  protección  del  jefe  indígena  As-caik,  sale 
de  la  población  chilena  para  iniciar  la  jornada  que  ha  de  proporcio- 


14 


narle  la  oportunidad  de  inscribir  su  nombre  en  los  anales  del  ameri- 
canismo: su  "Vocabulario"  y  sus  "Maneras  y  costumbres"  son  el  fru- 
to óptimo  de  su  convivencia  con  los  indígenas  hasta  el  día  6  de 
octubre,  fecha  en  la  cual  regresa  al  poblado  magallánico. 

Allí  le  esperaban  muchos  y  angustiosos  días.  La  goleta  de  la  mi- 
sión que  debía  reintegrarlos  a  la  isla  Keppel  no  arribó  para  la  fecha 
establecida  y,  con  el  tiempo,  los  rumores,  primero,  y  la  certidumbre, 
después  de  la  cruenta  tragedia  de  Wulaia  con  la  consiguiente  pérdida 
de  la  Alien  Gardiner  lo  abandonaron  a  su  propia  iniciativa.  No  pu- 
diendo  comunicarse  con  su  superior  inmediato  de  las  islas  Malvinas, 
resolvió  trasladarse  a  Valparaíso  —por  abril  de  1860—  para  hacerlo 
con  el  Comité  de  la  Sociedad.  En  esa  ciudad  le  alcanzaron  las  ins- 
trucciones que  tanto  anhelaba  del  reverendo  Despard  y,  en  cumpli- 
miento de  las  mismas,  embarcó  para  Inglaterra.  Durante  su  estada 
en  la  metrópoli  dio  término  a  la  redacción  de  sus  "Maneras  y  cos- 
tumbres". 

Como  la  Sociedad  no  variara  de  criterio  en  cuanto  a  sus  propó- 
sitos catequísticos  y  la  confianza  depositada  en  Schmid,  éste  partió 
de  nuevo  para  la  isla  Keppel  en  noviembre  de  1860,  llegando  a  la  es- 
tación de  Crammer  el  12  de  enero  de  1861.  Allí  lo  estaba  esperando, 
—desde  el  29  de  julio—  el  catequista  Juan  Federico  Hunziker  que 
había  de  ser  en  los  años  siguientes  su  colaborador  en  la  empresa  de 
conquistar  espiritualmentc  a  los  indios  Patagones. 

Dióse  de  lleno  a  organizar  su  nuevo  viaje  continental  que  diver- 
sas circunstancias  retrasaron  hasta  el  16  de  mayo,  desembarcando  en 
Punta  Arenas  el  9  de  junio.  El  acucioso  celo  del  Gobernador  puso 
un  nuevo  compás  de  pasividad  a  la  acción  de  los  misioneros  pues 
deseaba  confiarlos  a  un  idigena  de  influencia  y  responsabilidad.  No 
obstante  todas  las  reticencias  que  le  inspiraba  Gemoki  —hijo  del  di- 
funto As-caik,  que  cuidara  de  Schmid  en  el  viaje  anterior—  concluyó 
por  aceptarlo  como  nuevo  "protector".  En  esas  condiciones,  el  27 
de  julio,  el  binomio  evangélico  se  puso  en  marcha,  rumbo  al  norte, 
en  compañía  de  un  reducido  número  de  familias  aborígenes.  Esta 
nueva  incursión  alcanzó  el  río  Coig,  en  el  meridión  de  Santa  Cruz, 
punto  desde  el  cual  iniciaron  el  regreso,  llegando  a  la  colonia  chi- 
lena el  9  de  noviembre.  Desde  allí  se  trasladaron  a  la  estación  mi- 
sionera de  Crammer,  en  la  isla  Keppel,  no  sólo  en  período  de  des- 
canso sino,  también,  de  preparar  otra  estada  entre  los  posibles  cate- 
cúmenos. 

Pero  esta  vez  cambiaron  radicalmente  de  sistema.  No  se  trataba 


15 


ya  de  incorporarse  a  un  cortejo  trashumante  que  no  proporcionaba 
momentos  apropiados  para  explayar  conceptos  teológicos  y  demos- 
trar la  conveniencia  de  ser  un  fiel  observante  de  la  religión  cristiana; 
ahora  correspondía  a  los  indígenas  la  iniciativa  de  apropincuarse  a 
los  portadores  de  la  verdad  para  ser  iniciados  en  los  misterios  de  la 
fe.  Y  en  pos  de  tal  creencia,  más  desorbitada  que  pueril,  establecie- 
ron sus  habitaciones  en  Weddell  Bluff,  en  la  margen  derecha  del  rio 
Santa  Cruz,  muy  próximo  a  su  desembocadura.  Esto  acaeció  el  2  de 
junio  de  1862. 

Ahí  comienza  la  más  dramática  y  estéril  de  sus  aventuras  pata- 
gónicas. La  grey  que,  a  tropeles  —de  acuerdo  con  el  quimérico  criterio 
rector—  debía  acudir  al  templo  erigido  en  el  desierto,  sólo  en  forma 
muy  esporádica  se  hizo  presente  y  ello  por  medio  de  embajadas  muy 
poco  numerosas  y,  cuando  casi  pasado  un  año  llegó  el  caso  de  una 
concentración  mayor  de  personas  fue,  precisamente,  para  entablar  una 
situación  de  discrepancia  con  la  concepción  misionera  que  significó 
—a  su  modo—  hacer  comprender  a  los  utópicos  evangelizadores  lo 
equivocado  que  estaban  en  su  enfoque  del  problema  proselitista  y 
lo  poco  que  podían  esperar  de  la  instabilidad  de  los  propósitos  y 
promesas  de  seres  errantes. 

Pero,  antes  que  ello  sucediera,  habían  tenido  que  soportar  el 
interminable  invierno  con  sus  días  tristes  y  fríos,  días  cada  vez  más 
fríos  y  tristes  al  acendrarse  la  sensación  de  aislamiento  y  desamparo, 
como  si  el  yermo  circundante  los  subyugase  con  su  pesadez  de  plomo 
al  que  no  alcanzaban  a  limar  sus  asperezas  las  salmodias  cotidianas 
entonadas  férvidas  de  unción  y  anhelosas  de  ser  escuchadas. 

Mientras  tanto,  el  28  de  septiembre,  Schmid,  aprovechando  la 
visita  ocasional  de  un  grupo  de  indígenas  provenientes  de  Rio  Negro 
y  en  camino  para  Punta  Arenas,  partía  —iluso  insaciable—  hacia  el 
caserío  chileno  del  estrecho  y,  si  su  convivencia  con  los  indígenas  no 
le  ocasionó  ningún  daño,  no  puede  decirse  lo  mismo  de  las  conse- 
cuencias de  su  contacto  con  los  "civilizados". 

El  28  de  noviembre,  en  compañía  del  ubicuo  Casimiro,  llegó, 
de  regreso,  a  la  sede  misionera  donde  tuvo  de  entrada,  la  visión 
trágica  de  la  neurosis  aguda  producida  por  el  aislamiento  en  su  com- 
pañero de  misión  el  catequista  Hunziker;  éste,  sin  conocerle,  le  pre- 
guntó si  hablaba  el  español  o  el  inglés.  .  . 


16 


El  19  de  enero  de  1863  desembarca  en  Wcdell  Bluff  el  reverendo 
Waite  Hocking  Stirling,  nuevo  superintendente  de  las  misiones  de 
América  austral.  Las  circunstancias,  absolutamente  fortuitas,  hicieron 
que  contemplara  el  paisaje  con  un  criterio  equivocado  y  dejó  que  el 
tiempo  —supremo  hacedor  en  cuestiones  terrenales—  diera  su  solu- 
ción. Ello  no  obstante,  se  preocupó  de  dejar  bie?i  arreglada  y  sem- 
brada la  huerta  de  la  misión  antes  de  embarcarse  para  Malvinas  el 
28  de  enero.  El  18  de  mayo  regresaba. 

Se  inicia  la  etapa  espectacular  en  la  cual  la  diplomacia  se  pone 
de  manifiesto.  Por  un  lado  la  rígida  —aunque  un  tanto  melodramá- 
tica— demanda  del  elemento  religioso,  tan  impávido  como  imper- 
meable, y  por  el  otro  la  versatilidad  interesada  de  los  indígenas, 
cuya  capacidad  máxima  de  convivencia  radicaba  en  el  trueque  de  cue- 
ros y  plumas  por  el  abominable  tabaco  y  el  degradante  alcohol 
adulterado  con  que  se  habían  enviciado  en  sus  tratos  con  los  loberos. 
Por  rara  coincidencia,  tres  días  después  plantaron  sus  toldos  en  las 
inmediaciones  de  la  estación  misionera  un  conjunto  de  familias  con 
un  total  cercano  a  las  400  personas  y  cuya  presencia  permitió  la 
desigual  entrevista  donde  debían  enfrentarse  el  anhelo  meramente 
espiritual  de  unos  y  el  utilitarismo,  la  sensual  apetencia  de  bienes 
materiales,  de  los  otros. 

Por  de  pronto,  hay  que  manifestar  que  el  "parlamento"  se  man- 
tuvo en  un  alto  plano  de  austeridad.  La  sed  insaciable  de  los  indí- 
genas tuvo  —con  despecho—  que  conformarse  a  la  abstinencia  de  los 
amos  de  casa.  Y,  tal  vez,  esa  circunstancia  fue  la  determinante  para 
que  los  hechos  —tan  hábilmente  llevados  hasta  entonces—  se  preci- 
pitaran y  quedaran  consumados  sin  posibilidad  alguna  de  ser  revistos. 
Mientras  el  reverendo  Stirling  que  llevaba  la  palabra  les  hablaba 
del  reino  de  Dios,  Casimiro,  en  representación  de  los  asistentes  es- 
tableció las  causas  fundamentales  del  disentimiento:  el  lugar  no  era 
apto  para  cacerías;  sus  paisanos,  en  pos  de  las  presas,  debían  prose- 
guir su  marcha  al  norte  y,  si  bien,  él  estaba  dispuesto  a  dejar  a  sus 
hijos  en  la  misión  para  su  instrucción,  los  demás  del  conjunto  no  lo 
creía  necesario. 

Es  superfluo  hacer  comentarios  al  respecto:  los  hechos  son  los 
que  hablan:  ocho  días  después,  el  29  de  mayo,  el  cuerpo  misionero 
desembarcaba  en  la  isla  Keppel. 

Pero  se  habían  prometido  obsequios,  especialmente  a  los  jefes 
y  la  Sociedad  misionera  quiso,  una  vez  más,  cumplir  con  sus  com- 
promisos. El  22  de  septiembre  reembarcaron  Schmid  y  Hunziker, 


17 


nuevamente  para  Weddell  Bluff.  La  información  que  a  su  llegada 
recibieran  del  personal  subalterno  que  quedó  para  cuidar  el  recinto 
misionero  fue  tan  despiadadamente  atroz  en  su  desnuda  sencillez 
que  les  impuso  la  necesidad  de  levantar  la  casilla  y  toldo  portátiles 
y  embarcarse  —para  nunca  más  volver—  rumbo  a  El  Carmen,  al  que 
llegaron  el  13  de  octubre.  Tal  es,  en  apretada  síntesis,  un  proceso 
que  duró  casi  un  año  y  medio. 

La  misión  anglicana  en  el  austro  patagónico  daba  por  termi- 
nados sus  esfuerzos.  No  es  propio  pronunciar  con  criterio  actual 
clase  alguna  de  critica.  Fue  una  orientación  errónea  propia  de  la 
época  y  la  Sociedad  no  hizo  ni  más  ni  menos  de  lo  que  cualquier 
otra  institución  hubiera  realizado. 

Desde  este  momento,  la  figura  de  Schmid  se  diluye.  Poco  tiempo 
después  se  embarca  para  Europa  de  donde  regresa  al  año  siguiente 
(1864).  Durante  tres  años  se  eclipsa  de  las  actividades  misionales  de 
nuestro  país.  Reaparece  en  1866  —según  algunos:  ya  reverendo  y  ca- 
sado—. Actúa  durante  muy  poco  tiempo  junto  a  la  Guardia  de  Na- 
posté  en  las  proximidades  de  Bahía  Blanca.  Al  año  siguiense  se 
instala  en  Fray  Bentos  (Uruguay)  de  donde,  nuevamente,  se  lo 
traslada  en  septiembre  de  1868  a  la  localidad  de  Salto.  En  julio  de 
1874  abandona  su  cargo  y  regresa  a  Europa.  Ignoro  si  su  precaria 
salud  le  dio  vida  corporal  mucho  tiempo  después  de  su  entrada  en 
el  cono  de  sombra  de  la  muerte  civil  precursor  de  la  tumba.  Sin 
embargo,  el  hombre  espiritual  ha  sobrevivido  a  la  sordidez  de  los 
intereses  terrenales.  Evoco  su  nombre  con  respeto  y  entrego  su  obra 
a  la  consideración  de  los  estudiosos. 

No  nos  incumbe  analizar  los  motivos  que  determinaron  el  fra- 
caso de  la  obra  misionera,  pero  no  podemos  menos  que  sentirnos 
felices  que  ese  intento  se  haya  realizado.  Sólo  así  hoy  tenemos  dos 
gramáticas  y  un  vocabulario  patagón  —lo  mejor  que  hasta  ahora  se 
conoce,  a  pesar  de  sus  deficiencias—  y,  como  si  ello  no  fuera  sufi- 
ciente, un  conjunto  de  observaciones  etnográficas  únicas,  extraordi- 
narias e  insuperadas.  Y,  nuevamente,  —no  hay  que  cansarse  de  re- 
petirlo si  queremos  que  las  nuevas  generaciones  sean  más  probas, 
más  sinceras,  más  conscientes  de  sus  responsabilidades—  debe  enros- 
trarse a  esos  charlatanes  del  año  70  en  adelante  que  viajaron  por 
Patagonia  dragoneando  de  antropólogos  y  que  no  fueron  capaces 
de  captar  de  estos  centenares  de  indígenas  que  trataron  una  observá- 


is 


ción  etnográfica  valedora,  un  vocabulario  utilizable,  un  hecho  cien- 
tífico que  haya  quedado.  .  . 

Nosotros,  en  verdad,  somos  los  usufructuarios  de  tantos  sacri- 
ficios estériles  en  su  faz  prosclitisa;  según  ya  he  manifestado,  nos 
quedan  —aunque  fragmentarios—  los  "diarios"  de  los  actores,  sus 
anotaciones  etnográficas  y  algo  de  su  idioma  que,  conviene  repetirlo, 
es  el  mejor  material  edito  que  poseemos.  Pero  esta  estima  por  los 
beneficios  recibidos  seria  aun  mayor  si  las  actuales  autoridades  de 
la  American  Missionary  Society  abrieran  las  arcas  de  sus  archivos  e 
hicieran  conocer  los  vocabularios  aun  inéditos  y  la  integridad  de  la 
correspondencia  remitida  por  los  catequistas.  El  siglo  que  ha  pasa- 
do desde  entonces  enjuga  las  flaquezas  y  los  errores  —si  los  hubo— 
que,  en  su  tiempo,  pudieron  haber  sido  consideradas  ingratas.  El 
alto  ejemplo  de  la  Compañía  de  Jesús  de  entregar  a  una  institución 
oficial  para  su  publicación  las  cartas  anuas  —que  por  naturaleza  son 
reservadas—  establece  una  norma  que  puede  ser  seguida  sin  desme- 
dro por  otros  entidades,  demostrando  así  no  temer  el  mal  juicio  de 
los  hombres. 

La  obra  que  se  presenta  a  la  consideración  del  lector  es  facticia. 
Es  la  recopilación  de  cartas  y  fragmentos  del  "diario"  del  misionero 
Schmid,  publicados  en  diversos  números  del  órgano  oficial  South 
American  Missionary  Society,  que  lo  patrocinaba,  y  en  las  que  no  es 
difícil  señalar  supresiones  que,  si  bien  no  privan  de  hilación  al  re- 
lato, omiten  pormenores  que,  tal  vez,  podrían  informar  de  esas  pe- 
queñas modalidades  de  costumbres  —que  ayudan  en  la  elucidación 
de  incógnitas  de  la  ergología  indígena—  o  de  accidentes  geográficos 
que  sitúan  la  región  visitada. 

Según  ya  he  manifestado,  no  todos  los  capítulos  son,  en  verdad, 
fragmentos  del  "diario"  de  Schmid;  algunos  son  cartas  que  lo  reem- 
plazan o  que  hacen  las  veces  de  tal  y  otros  son,  realmente,  el  fruto 
de  la  labor  cotidiana  aunque,  generalmente,  dejan  un  pronunciado 
resabio  a  retaceo.  Unas  y  otros  han  sido  publicados  en  números  de 
la  revista  a  través  de  varios  años.  Ha  sido  necesario  hacer  un 
prolijo  escrutinio  pues,  a  las  veces,  los  comentarios  editoriales  ocu- 
pan muchas  más  planas  que  la  relación  del  misionero  y,  como  si 
ello  no  fuese  bastante,  bajo  el  mismo  titulo  agolpan  el  editorial 
de  marras,  el  diario  de  Schmid  y  una  carta  del  catequista  Hunziker 
y,  si  mal  no  viene,  otra  de  algún  marino  de  la  real  armada  inglesa, 
de  paso  por  el  estrecho,  que  desahoga  sus  pruritos  religiosos  apro- 
vechando los  ocios  de  una  recalada  imprevista. 


19 


Descartando  los  editoriales  —de  suyo  indigestos  con  sus  citas 
bíblicas  y  su  inconfundible  estilo  de  sermón  protestante—  que,  sin 
embargo—  bien  espigados—,  me  han  servido  de  vez  en  cuando  para 
la  redacción  de  algunas  notas  aclaratorias,  y  desglosadas  las  partes 
atribuidas  a  Schmid  que  forman  el  verdadero  texto  del  volumen, 
las  otras  piezas  —cuando  valederas—  han  sido  incorporadas  al  Apén- 
dice. En  realidad,  constituyen  documentos  análogos  que,  a  las  veces, 
rectifican  tanto  como  complementan  las  del  autor  principal.  Tal 
vez  sea  el  motivo  apuntado  un  poco  más  arriba  la  causa  por  el  cual 
el  Apéndice  se  presente  un  tanto  henchido:  la  Sociedad  no  desper- 
diciaba nada  que  pudiese  aumentar  la  credulidad  de  sus  lectores  en 
cuanto  a  la  bondad  de  la  obra  emprendida. 

Me  ha  parecido  conveniente  incluir  en  la  relación  de  sus  viajes 
australes  una  última  carta  de  Schmid  correspondiente  a  la  región 
septentrional  en  la  cual  da  por  terminada  su  labor  patagónica  y  que 
es  —quiera  que  no—  la  terminación  previsible  de  casi  un  decenio  de 
trabajos  improbos  a  la  par  de  estériles,  de  grandes  anhelos  y  míni- 
mos resultados,  de  utópico  proselitismo  con  el  fracaso  más  absoluto, 
sin  que  ello  signifique  poner  en  suspición  la  honestidad  de  propó- 
sitos, ni  el  mérito  de  su  labor,  como  tampoco  lo  sublime  de  su 
misión  evangélica. 


20 


Capítulo  1 1 
CARTA  DE  SCHMID 
The  Voice  o/  pity  for  South  America,  V,  212-215;  London,  1858 

Fueguinos.  —  Ofrecimiento  como  catequista.  —  El  caballo  Casi- 
miro. —  Alumnos  del  instituto  de  Santa  Chriscona_ 


Con  gran  regocijo  y  verdadera  felicidad  hago  llegar  a  usted  el 
siguiente  relato  de  nuestro  viaje  a  Patagonia,  el  cual,  creo  poder 
decirlo,  ha  tenido  éxito  hasta  aquí,  ya  que  nos  ha  permitido  esta- 
blecer una  comunicación  con  los  patagones,  en  especial  con  Casi- 
miro, sobre  quien  descansan  las  miradas  de  los  adictos  a  nuestra 
causa  en  Inglaterra;  pues  ha  sido  el  más  promisorio  y  es,  aún  hoy, 
el  más  influyente  medio  de  contacto  con  su  tribu . .  .  También  vi- 
mos algunos  fueguinos  en  Caleta  Bougainville,  donde  cortamos  leña, 
así  como  en  Hope  Harbour,  en  el  Seno  Magdalena.  Tratamos  de 
persuadirlos  para  que  se  unieran  a  nosotros,  pero  sin  resultado.  Te- 
níamos tres  indios  a  bordo  cuando  zarpamos  de  Hope  Harbour.  Uno 
de  ellos,  al  que  los  marineros  apodaron  Jack,  se  había  familiarizado 
con  la  vida  del  buque.  Les  hicimos  regalos  de  ropa,  bizcochos,  carne, 
etcétera.  Hubieran  permanecido  a  bordo  día  y  noche;  pero  cuando 
vieron  que  la  Alien  Gardiner  abandonaba  el  puerto,  uno  tras  otro 
fueron  descendiendo  por  la  escala  a  su  canoa.  Pedimos  a  Jack  que 
se  quedara,  pero  todos  nuestros  esfuerzos  fueron  inútiles  y  no  abri- 
gábamos ninguna  intención  de  mantenerlo  por  la  fuerza.  Los  pata- 
gones son  aún  más  apegados  a  su  terruño.  Viendo  entonces  que  no 
vendrán  hacia  nosotros,  es  nuestro  deber  acercarnos  a  ellos,  si  que- 


21 


remos  ser  los  mensajeros  de  la  buena  nueva  de  Cristo  y  de  la  salva- 
ción que  Él  nos  trae.  El  lunes  pasado,  5  de  abril,  sostuve  una  larga 
entrevista  con  el  señor  Despard  acerca  de  esta  Misión.  Le  propuse 
unirme  a  los  patagones  como  catequista  (no  como  intérprete) ,  vivir 
con  ellos  en  sus  toldos,  compartir  su  comida  y  sacrificar  las  como- 
didades que  me  rodean  aquí,  si  tan  solo  otro  hombre,  dispuesto  a 
servir  a  su  Señor  y  Maestro  en  esta  empresa,  se  ofreciera  para  venir 
conmigo.  Pues,  recordando  las  palabras  de  Salomón,  son  dos  mejor 
que  uno;  nuestro  Salvador  mismo  siempre  envió  a  sus  discípulos  de 
a  dos.  Hasta  aquel  modelo  de  valor  e  intrepidez  de  todos  los  misio- 
neros, que  fue  San  Pablo,  tuvo  siempre  compañeros,  tanto  en  sus 
viajes  como  en  su  ministerio  espiritual.  El  señor  Despard  ha  acep- 
tado mi  propuesta  y,  según  tengo  entendido,  ha  escrito  ya  a  usted 
acerca  de  ella.  Al  ofrecerme  para  ir  a  Patagonia  no  quiero  insinuar, 
quede  ello  expreso,  que  deseo  alterar  en  modo  alguno  los  planes 
de  la  Sociedad;  tan  solo  deseo  hacer  para  que  el  Evangelio  de  Je- 
sucristo llegue  a  predicarse  entre  los  nativos  una  vez  que  hayamos 
aprendido  su  idioma,  lo  que  sólo  puede  lograr  alguien  que  viva 
con  ellos  unos  seis  meses.  Puesto  que  poseo  ya  cierto  conocimiento 
de  su  lengua  y  siempre  me  he  mostrado  amable  y  afectuoso  con 
ellos,  quizá  pueda,  si  la  bendición  de  Dios  acompaña  mis  esfuerzos, 
convencer  a  algunos  indios  para  que  me  confíen  sus  hijos,  con  lo 
que  podríamos  traerlos  a  Cranmer  y  criarlos  de  acuerdo  con  los 
proyectos  formulados  por  la  Sociedad.  El  señor  Despard  me  ha  dado 
instrucciones  para  que  monte  a  Casimiro  (el  caballo  que  el  señor 
Gardiner  compró  de  Casimiro,  el  cacique  patagón  2)  una  hora  por 
día,  a  fin  de  acostumbrarme  a  las  marchas  a  caballo  con  los  indios. 
De  tal  manera,  mi  estimado  señor,  trataré,  de  convertirme  en  un 
buen  jinete  y  de  prepararme  física,  mental  y  espiritualmente  para 
esa  obra.  Por  lo  tanto,  si  la  Comisión  acepta  mi  propuesta  y  con- 
siente en  dejarme  ir,  estaré  pronto  para  salir  en  cualquier  momento. 
Que  el  Señor  de  las  cosechas  me  envíe  un  compañero  a  unir  su 
suerte  con  la  mía,  a  fin  de  que  pueda  yo  gozar  de  los  beneficios  de 
la  oración  en  su  compañía,  la  comunión,  el  mutuo  estímulo,  con- 
suelo, etcétera.  Quiera  Dios  allanar  todos  los  obstáculos  y  abrirnos 
un  camino,  para  que  podamos  ir  a  tomar  posesión  de  la  Patagonia 
en  nombre  de  nuestro  Capitán  —nuestro  Rey,  Jesucristo—  bajo  cuya 
bandera  nos  hemos  congregado  para  salir  a  la  lid  contra  sus  enemi- 
gos y  que  enarbolemos  allí  su  estandarte.  Mi  estimado  señor;  se  ale- 
grará usted  de  saber  que  en  el  último  correo  recibí  una  carta  de 
mi  querido  amigo  y  maestro,  el  reverendo  C.  T.  Schlienz,  de  Santa 


22 


Chriscona,  un  Instituto  de  Misioneros  cercano  a  Basilea,  quien  se 
interesa  enormemente  por  la  Misión  Patagónica,  como  bien  lo  sabe 
el  señor  Despartí,  aquí  presente.  En  dicha  carta,  así  como  en  otra 
dirigida  al  mismo  señor  Despard,  declara  que  hay  seis  hombres  jó- 
venes dispuestos  a  emplearse  en  nuestra  Misión  y  que  los  enviará 
si  la  Comisión  desea  hacer  uso  de  sus  servicios.  Empero  sobre  este 
particular  podrá  informarle  personalmente  al  señor  Despard,  por 
lo  que  no  insistiré  al  respecto. 


23 


Capítulo  II  3 
DIARIO  DE  SCHMID 

The  Voice  of  pity  for  South  America,  VII,  178-90;  London,  1860 

Estada  en  Punta  Arenas.  —  Llegada  de  los  indios.  —  Convenio.  — 
Caramillos.  —  Primera  jornada.  —  Agasajo.  —  Regímenes  de 
viaje.  —  Vida  familiar.  —  Serranías  San  Gregorio.  —  Buque 
naufragado.  —  Embriaguez.  —  Recepción  jubilosa  de  caci- 
ques. —  Casimiro.  —  Otra  vez  junto  al  buque  náufrago.  —  Es- 
cenas truculentas.  —  Regreso  a  la  Colonia.  —  El  doctor  Burns.  — 
Aprendizaje  del  idioma  patagón.  —  El  comercio  indígena. 


Punta  Arenas,  octubre  20,  1859. 

Reverendo  y  estimado  Señor:  Habiendo  sido  del  agrado  de  Dios 
proteger  mi  vida  durante  mis  andanzas  por  las  llanuras  de  la  Pata- 
gonia  y  reintegrarme  a  este  lugar  sano  y  salvo,  junto  con  mis  ami- 
gos patagónicos,  me  hago  un  grato  deber  escribirle  una  carta,  aun- 
que no  tenga  oportunidad  de  enviársela  por  ahora,  a  fin  de  ponerlo 
al  corriente  de  todo  lo  sucedido  e  informarle  sobre  los  progresos 
logrados  desde  la  última  vez  que  tuve  el  placer  de  escribirle. 

Tras  de  esperar  en  esta  población  alrededor  de  seis  semanas,  que 
aproveché  para  mejorar  algo  mis  conocimientos  del  idioma  español 
y  prepararme,  en  general,  para  la  empresa  en  que  a  cualquier  pre- 
cio había  de  embarcarme,  llegaron  los  indios  al  establecimiento. 
Mientras  me  hallaba  paseando  un  día  con  mi  amigo,  el  doctor 
Burns,4  supimos  que  los  indios  estaban  a  punto  de  arribar.  Nos  di- 
rigimos entonces  hacia  los  portones  de  acceso  y  allí  encontramos  a 


25 


seis  jinetes,  a  la  espera  del  permiso  de  Su  Excelencia  para  entrar  a 
la  colonia.  Uno  de  ellos  llevaba  una  bandera  chilena.  Reconocí  a 
tres  de  los  hombres,  pues  se  hallaban  entre  los  que  había  visto  el 
año  anterior.  Desmontaron  frente  a  la  puerta  de  la  residencia  de 
Su  Excelencia.  Luego  fui  llamado  al  patio,  donde  Su  Excelencia  ma- 
nifestó a  los  indios  que  yo  deseaba  unirme  a  ellos  para  ir  a  las 
Pampas  (así  llaman  a  su  tierra  en  español) .  Se  resistían  a  creerlo 
al  principio  y  reían  todos;  pero  cuando  se  les  aseguró  que  mi  in- 
tención era  firme  y,  si  estaban  dispuestos  a  llevarme,  iría  con  ellos, 
manifestaron  sorpresa  y  placer.  Pero  como  el  grueso  de  la  partida 
no  había  entrado  aún  a  la  colonia,  Su  Excelencia  y  yo  pensamos 
que  sería  mejor  esperar  a  que  llegaran  todos,  junto  con  el  Cacique. 
Aparecieron  como  una  hora  más  tarde,  los  hombres  primero  y  lue- 
go las  mujeres,  montadas  en  los  caballos  cargueros.  Poco  después  de 
su  llegada  Su  Excelencia  envió  un  soldado  de  la  guardia  a  buscarme. 
Al  entrar  al  patio  vi  al  Gobernador  conversando  con  el  Cacique  so- 
bre mis  propósitos  de  viaje  y  manifestó  su  deseo  de  llegar  a  un 
acuerdo  lo  más  rápida  y  satisfactoriamente  posible. 

Habiendo  declarado  el  Cacique  y  los  demás  indios  su  conformi- 
dad y  placer  de  contarme  entre  ellos,  les  prometí  que  si  protegían 
mi  persona  y  mis  bienes,  me  proporcionaban  alimento  y,  en  gene- 
ral, se  comportaban  correctamente  conmigo,  al  regreso  de  la  Alien 
Gardiner  les  pagaría  con  un  barril  de  pan,  uno  de  harina,  medio 
barril  de  azúcar  y  tabaco;  aparte  de  todo  esto,  la  nave  traería  regalos 
para  todos  los  indios,  pues  el  señor  Despard  había  obtenido  de  Su 
Excelencia  la  promesa  de  distribuir  regalos  entre  los  demás  miem- 
bros de  la  tribu  si  me  trataban  bien.  Su  Excelencia  les  habló  con 
bastante  claridad  y  firmeza,  repitiendo  varias  veces  la  lista  de  mer- 
caderías a  que  se  harían  acreedores  una  vez  cumplido  su  compro- 
miso, pues  tras  de  consultar  entre  sí  unos  instantes  se  mostraron 
conformes  con  el  contrato.  Luego  se  convino  en  que  ellos  acarrea- 
rían mi  carpa,  que  el  Cacique  me  prestaría  *  un  caballo  durante 
toda  mi  permanencia  entre  ellos,  que  yo  iría  donde  ellos  fueran,  vi- 
viendo siempre  en  su  compañía,  etcétera.  Redacté  luego  el  contrato, 
lo  leí  ante  los  indios  y  lo  entregué  a  Su  Excelencia,  de  acuerdo 
con  el  deseo  de  éste.  Todo  parecía  ya  arreglado  y  los  indios  satis- 
fechos y  contentos  de  llevar  consigo  un  hombre  de  habla  inglesa. 
Pero  ¿cuándo  se  ha  visto  que  una  obra  piadosa  pueda  llevarse  a 

*  No  teniendo  monedas  grandes  de  plata,  pues  no  las  hay  en  la  Colonia, 
no  pude  comprar  uno. 


516 


cabo  sin  oposición?  Satanás  está  siempre  alerta  para  obstaculizar 
la  marcha  del  Evangelio  y,  aunque  no  siempre  consigue  detener  los 
ataques  contra  su  reino,  al  menos  trata  de  conseguirlo.  Y  así  sucedió 
en  este  caso.  Algunas  personas  (interesadas)  de  la  Colonia,  temien- 
do que  mi  presencia  entre  los  indios  pusiera  fin  a  las  extorsiones 
que  cometen  en  su  comercio  de  pieles  y  otros  artículos,  les  inculca- 
ron la  idea  de  que  yo  era  un  hombre  enfermo  y,  seguramente,  mo- 
riría en  las  Pampas  al  no  tener  otro  alimento  que  carne  de  gua- 
naco. Para  demostrar  mi  condición  enfermiza,  hicieron  notar  a  los 
indios  el  hecho  de  que  yo  no  fumaba,  cosa  que  siempre  hace  un 
hombre  sano.  Por  más  tontos  que  fueran  tales  argumentos,  surtie- 
ron rápido  efecto  entre  esos  ingenuos  aborígenes  y  vinieron  a  de- 
cirme que  no  podían  llevarme  consigo,  en  vista  de  mi  enfermedad, 
'pues  no  podría  sobrevivir  la  campaña  y  ellos  sufrirían  luego  ías 
consecuencias  de  mi  muerte,  como  si  fueran  los  responsables. 

Mucho  trabajo  y  larga  discusión  me  costó  convencerlos  de  lo 
insensato  de  sus  sospechas,  así  como  de  las  verdaderas  razones  y 
propósitos  de  quienes  las  habían  despertado.  Decidieron,  por  fin, 
acceder  a  mis  ruegos;  pero  pusieron  como  condición  que  no  llevara 
mi  carpa  y  viviera  en  el  toldo  del  Cacique,  el  cual,  según  me  dije- 
ron, era  muy  grande.  No  les  agradaba  en  absoluto  que  yo  llevara 
una  carpa  individual  y  durmiera  solo.  Se  echaron  a  reír  cuando  les 
mostré  mi  carpa  y  se  empeñaron  en  ridiculizarla  en  toda  forma. 
Como  no  iba  yo  a  desistir  del  viaje  por  cosa  tan  trivial,  me  resigné 
ante  su  insistencia  y,  tras  los  últimos  preparativos,  ensillé  el  caballo 
que  el  Cacique  —a  quien  llamaremos  As-caik  5—  había  hecho  traer 
para  mí.  Era  el  sábado  23  de  abril  y  brillaba  un  sol  radiante  tras 
dos  días  de  lluvia  persistente;  viendo  que  los  indios  se  aprestaban 
para  la  partida,  hice  yo  otro  tanto,  despidiéndome  de  mis  amigos, 
el  doctor  Burns  y  su  esposa,  que  tanta  amabilidad  me  dispensaron 
durante  mi  estadía  en  la  Colonia  y,  finalmente,  de  Su  Excelencia  el 
Gobernador,  a  cuya  desinteresada  intervención  debo  el  bienestar  de 
que  gocé  durante  mis  andanzas  con  los  nativos  6.  Abandoné  enton- 
ces la  Colonia,  cabalgando  entre  mis  nuevos  compañeros  y  pronto 
entablé  conversación  con  los  que  sabían  algo  de  español;  les  hice 
presente  mi  buena  voluntad  para  con  ellos  (pues  los  indios  son  muy 
desconfiados)  y  mi  deseo  que  fuéramos  buenos  amigos,  asegurán- 
doles que  ningún  mal  debían  esperar  de  mí.  Fue  así  como  partí 
con  ellos,  sin  temor,  henchido  mi  corazón  por  las  cosas  que  habían 
sucedido  en  los  últimos  días  y  la  alegría  ante  los  maravillosos  dones 
que  el  Señor  me  dispensara.  Confiando  en  su  sempiterna  presencia, 


27 


a  la  que  ni  cielo  ni  tierra  pueden  huir,  y  colocándome  bajo  su  pro- 
tección todopoderosa  y  sin  arma  alguna,  me  puse  en  camino.  Lejos 
estaba  de  sospechar  la  jornada  que  me  esperaba  durante  todo  el 
día  y  buena  parte  de  la  noche.  Los  indios  no  quisieron  hacer  cam- 
pamento hasta  llegar  al  sitio  en  que  habían  dejado  los  toldos  y  parte 
de  sus  familias  en  su  viaje  a  la  Colonia.  Desde  que  abandonáramos 
ésta,  seguimos  la  playa,  bordeando  el  bosque  por  un  sendero  ver- 
daderamente horrible,  con  troncos  atravesados  y  ramas  colgantes 
sobre  el  camino;  para  esquivarlos  hay  que  dar  un  rodeo,  marchan- 
do sobre  los  grandes  y  resbalosos  guijarros  junto  al  mar.  Así  si- 
guieron las  cosas  hasta  las  proximidades  de  Bahía  Laredo  y,  en 
adelante,  recorrimos  millas  y  millas  de  agua  y  pantanos  cuando 
rodeábamos  las  entrantes  de  la  costa.  Era  muy  tarde  cuando  llegué 
a  mi  nueva  morada  y  comencé  a  buscar  ansiosamente  el  lugar  ea 
que  me  sería  permitido  descansar,  pues  nunca  había  hecho  una 
marcha  tan  larga  a  caballo.  Mientras  me  hallaba  frente  a  la  carpa 
que  iba  a  ser  mi  domicilio,  muchos  indios  se  congregaron  alrededor 
del  fuego,  sentados  o  de  pie,  deseosos  de  examinar  al  forastero  que 
tan  inesperadamente  los  visitaba;  para  poder  observarme  a  gusto, 
debieron  encender  una  gran  fogata.  Luego,  cuando  me  senté  cerca 
del  fueeo  en  el  asiento  que  As-caik  me  preparara,  un  viejo  indio 
prorrumpió  en  un  canto  al  estilo  de  ellos,  muy  peculiar  por  cierto, 
y  el  curandero  se  empeñó  en  producir  un  ruido  ensordecedor,  para 
mí  muy  desagradable,  con  un  par  de  cascabeles  hechos  de  cuero  de 
guanaco.  Me  explicaron  que  el  concierto  se  realizaba  en  mi  honor, 
pues  querían  celebrar  mi  llegada  7.  Aparentemente  satisfecha  su  cu- 
riosidad, tras  de  esto  se  dispersaron,  yéndose  cada  uno  a  su  toldo. 
Rendido  de  sueño  y  cansancio,  me  retiré  yo  también  a  dormir,  por 
primera  vez,  en  un  toldo  indígena;  agotadas  mis  fuerzas  al  acostar- 
me, dormí  profundamente  toda  la  noche  y  me  levanté  reconfortado. 
Quiso  el  destino  que  mi  primer  día  entre  los  indios  fuera  el  de 
la  Pascua,  es  decir  el  día  que  Nuestro  Señor  resucitó  de  entre  los 
muertos.  Me  concedieron  descanso,  pero  vi  que  la  curiosidad  de 
mis  nuevos  compañeros  no  había  quedado  del  todo  satisfecha,  ni 
lo  sería  por  mucho  tiempo  aun,  pues  tan  pronto  como  me  levan- 
taba en  la  mañana  y  empezaba  mi  aseo  personal,  se  reunían  para 
observarme  con  una  insistencia  increíble. 

He  llevado  un  Diario  desde  el  principio  de  mi  expedición  8; 
pero  no  creo  necesario  transcribirlo  aquí,  ya  que  solo  contiene  una 
larga  serie  de  apuntes  sobre  nuestras  andanzas  de  un  lugar  a  otro  y 
los  continuos  traslados.  Abrigo  el  propósito  de  redactar  un  informe 


28 


aparte  con  todo  lo  observado  y  aprendido  entre  estos  aborígenes, 
su  modo  de  vivir,  sus  costumbres,  etcétera  °.  Básteme  decir,  por  aho- 
ra, que  en  estos  cinco  meses  he  llevado  una  vida  errante  en  extre- 
mo, pues  rara  vez  los  indios  permanecen  más  de  una  semana  en 
un  sitio;  el  intervalo  entre  una  y  otra  mudanza  es  de  tres  o  cuatro 
días,  cuando  no  uno  solo.  A  veces  marchamos  durante  varios  días 
consecutivos,  ya  fuera  en  persecución  de  los  guanacos,  ya  en  busca 
de  mejores  pastos  para  los  caballos  o  de  un  paraje  con  leña  más 
abundante,  o  bien,  aunque  con  menos  frecuencia,  por  el  solo  pla- 
cer de  seguir  errando 10. 

El  Cacique  con  quien  vivo,  As-caik,  tiene  un  hijo  de  unos  vein- 
ticuatro años,  llamado  Gemóki;  cuando  estamos  en  la  marcha,  él 
es  siempre  mi  compañero n,  cargo  éste  que  le  asignó  su  padre; 
pero  cuando  acampamos  mi  alojamiento  obligado  es  el  toldo  del 
Cacique.  Sin  duda  se  complacerá  usted  si  le  digo  que  As-caik  me 
ha  tratado  como  a  un  hijo,  y  que  otro  tanto  han  hecho  los  demás 
miembros  de  su  familia;  tampoco  tengo  queja  alguna  sobre  el  trato 
recibido  de  los  otros  indígenas.  Creo  poder  afirmar  que  la  mayoría 
de  ellos,  si  no  todos,  me  aprecia;  pero  estoy  seguro  que  esto  es  espe- 
cialmente cierto  en  el  caso  de  As-caik  y  los  suyos,  quienes  me  con- 
sideran como  a  un  miembro  de  la  familia;  tan  es  así  que  él  me 
llama  "hijo"  y  toda  su  prole  me  conoce  como  "hermano".  Jamás 
he  pasado  hambre  en  el  verdadero  sentido  de  la  palabra;  antes  bien 
y  por  lo  general,  he  tenido  siempre  suficiente  de  comer;  más  aun, 
lo  mejor  que  tenían  lo  reservaban  para  mí.  Cierto  es  que  no  tienen 
horas  fijas  para  sus  comidas;  comen  cuando  el  estómago  lo  pide  o 
cuando  hay  leña  para  cocinar,  modalidad  a  que  he  debido  adap- 
tarme. Cuando  comían  arroz  (artículo  que  obtienen  en  sus  visitas  a 
la  Colonia) ,  la  mayor  porción  era  siempre  la  mía.  En  resumen, 
pues,  nuestras  relaciones  han  sido  amistosas  en  todo  momento. 

Apenas  había  transcurrido  un  mes  cuando  se  les  ocurrió  volver 
a  la  Colonia  para  vender  carne  de  guanaco,  que  por  lo  general 
truecan  por  arroz,  porotos,  harina  y  bizcochos;  pero  si  la  venden 
al  Gobernador,  con  el  producido  compran  coñac 12.  Había  entrado 
ya  el  invierno  y  la  nieve  cubría  el  suelo,  en  partes  hasta  dos  pies 
de  altura;  siendo  este  invierno  muy  riguroso  (se^ún  dijo  Su  Exce- 
lencia) ,  la  leña  escasa  y  la  voluntad  de  las  mujeres  para  salir  a 
recogerla  más  escasa  aún,  sufrí  mucho  frío,  especialmente  en  los 
pies  (el  suelo  se  hallaba  continuamente  mojado) ,  ya  me  encontrara 
en  el  toldo  o  marchando  a  caballo.  Muchas  veces,  al  llegar  al  cam- 
pamento con  mi  acompañante  tras  una  de  nuestras  largas  marchas, 


29 


tuvimos  que  esperar  más  de  una  hora  antes  de  que  se  levantaran 
los  toldos  y  pudiéramos  entrar  en  ellos,  tan  difícil  era  hincar  en 
el  suelo  helado  los  palos  que  los  sostenían  13. 

Durante  los  tres  primeros  meses  acampamos  siempre  en  los  al- 
rededores de  las  Serranías  de  San  Gregorio,  pues  durante  el  invier- 
no los  guanacos  buscan  ese  paraje,  u  otro  cercano  a  la  costa 14. 
Quizá,  hubiéramos  permanecido  allí  hasta  la  primavera  de  no  ha- 
ber recibido  un  día  As-caik  ciertas  noticias  sobre  la  presencia  de 
grandes  cantidades  de  avestruces  en  el  extremo  oriental  de  las  men- 
cionadas Serranías.  Partimos  al  día  siguiente,  en  dirección  al  norte, 
y  cuando  nos  acercábamos  a  Bahía  Gregorio  avistamos  un  buque  a 
vapor  remontando  el  Estrecho;  los  indios  descontaban  que  iba  a 
anclar  en  la  Bahía,  por  lo  que  encendieron  fuegos  y  elevaron  la 
bandera  chilena  con  un  palo,  procurando  atraer  su  atención;  pero 
la  nave,  por  toda  respuesta  a  la  invitación,  enarboló  el  pabellón 
británico  y  continuó  su  viaje.  Según  pude  averiguar  después,  era 
el  Lima,  buque  correo  que  hace  el  servicio  entre  Valparaíso  y  Pa- 
namá. Los  indígenas  se  mostraron  muy  contrariados  y  ofendidos  al 
ver  que  seguía  de  largo.  Yo  les  había  advertido  que  no  se  detendría, 
pues  los  vapores  pueden  pasar  las  dos  angosturas  sin  dificultad,  pero 
no  dieron  crédito  a  mis  palabras.  Continuamos  entonces  nuestra 
marcha;  seguimos  errando  otros  cuatro  días  y,  tras  de  detenernos 
algunos  días  en  un  nuevo  paradero,  proseguimos  hasta  la  entrada 
del  Estrecho,  donde  los  indios  hallaron  un  buque,  naufragado  como 
un  mes  antes  de  nuestro  arribo.  Era  un  magnífico  barco,  con  casco 
de  hierro,  procedente  de  Liverpool  y  llamado  Anne  Baker.  Gemóki 
y  yo  llegamos  tarde  al  campamento,  distante  una  media  milla  del 
lugar  del  naufragio.  La  mayoría  de  los  indios  habían  llegado  al 
sitio  antes  que  nosotros;  acercándose  al  buque,  hallaron  mucha  be- 
bida en  la  playa  y  ahora  estaban  totalmente  ebrios.  Algunos  llega- 
ron al  campamento  en  ese  repugnante  estado,  mientras  otros  per- 
manecieron junto  al  naufragio  para  seguir  bebiendo.  Tarde  en  la 
noche  se  supo  en  el  campamento  que  había  estallado  una  gran  pe- 
lea entre  los  indios  y  que  uno  se  hallaba  muerto;  algo  más  tarde 
llegaron  noticias  sobre  la  muerte  de  otros  dos,  a  consecuencia  de 
las  heridas  sufridas;  otros  habían  quedado  heridos  en  la  cara,  bra- 
zos y  otras  partes  del  cuerpo.  Fue  una  noche  terrible  y  pocos  fue- 
ron los  indios  que  se  acostaron  a  dormir.  En  vista  del  peligro  de 
tanta  ebriedad,  se  decidió  abandonar  el  lugar  y  seguir  viaje  al  norte, 
para  regresar  al  punto  del  naufragio  un  mes  más  tarde.  Algunos  de 


3Q 


ellos,  empero,  se  quedaron  y  nos  alcanzaron  luego  trayendo  bebida 
para  los  que  se  alejaban  hacia  el  norte. 

Tras  de  viajar  unos  seis  días,  nos  encontramos  con  Cailé,  Wat- 
chy 15  y  Casimiro  16,  quienes,  en  compañía  de  otros  indios,  regresa- 
ban de  los  alrededores  de  Río  Negro,  hacia  donde  fueran  el  año 
anterior  para  comprar  caballos,  según  me  explicaron.  No  llegaron, 
precisamente,  al  río  Negro  por  temor  a  los  indios  de  esa  región, 
por  lo  visto  muy  pendencieros.  No  traían  más  caballos  que  los  in- 
dispensables para  su  propio  uso.  Casimiro  llegó  unos  días  más  tarde, 
en  compañía  de  Watchy.  Los  indios  se  aprestaron  para  darles  una 
recepción  imponente 17;  ensillaron  sus  mejores  caballos  y  se  ata- 
viaron con  las  vestimentas  más  alegres  (hechas  con  los  géneros  que 
habían  sacado  del  buque) ,  repararon  sus  lanzas  aquellos  que  las  te- 
nían y  los  demás  echaron  mano  de  otras  armas,  como  mosquetes  y 
escopetas,  con  las  que  dispararon  al  aire  cuando  se  encontraron 
frente  a  Casimiro.  Pronto  supieron  los  recién  llegados,  por  boca  de 
As-caik,  que  yo  me  encontraba  entre  ellos.  Apenas  me  vio,  Casi- 
miro me  llamó  aparte  y,  en  términos  muy  amistosos,  me  invitó  a 
su  casa,  donde  me  agasajó  con  un  almuerzo  de  carne  de  guanaco 
que  él  mismo  preparó  y  cocinó.  Me  mostró  luego  dos  papeles,  es< 
critos  por  los  capitanes  de  dos  barcos  de  guerra:  uno  en  inglés,  del 
capitán  Rowan,  y  otro  en  francés,  del  capitán  Gros.  Ambos  se 
expresaban  elogiosamente  sobre  Casimiro,  recomendándo  a  otros 
capitanes  por  su  honestidad  en  el  comercio  de  carne  de  guanaco. 
Aunque  habla  el  español  con  toda  soltura  entre  los  colonos,  Ca- 
simiro es  un  perfecto  indio  18;  fácil  me  fue  advertir  esto,  pues  sus 
rasgos  y  sus  modales  me  eran  ya  familiares  tras  meses  de  vivir  con 
indios;  él  mismo  dice  ser  indígena,  pero  debido  a  su  conocimiento 
del  español  y  el  hecho  de  haber  viajado  por  Chile 19,  posee  cierto 
ascendiente  sobre  los  patagones.  Sin  embargo,  no  es  reconocido 
como  Cacique,  aunque  le  gusta  pasar  por  tal  20.  Cailé  y  Watchy  son 
caciques,  igual  que  As-caik,  con  el  que  se  hallan  emparentados,  y 
gozan  de  la  distinción  correspondiente  a  su  rango.  Cailé  es  un  hom- 
bre tranquilo  y  de  pocas  palabras,  pero  su  colega,  Watchy,  tiene  un 
carácter  turbulento;  le  gusta  la  gresca  y  no  pierde  oportunidad  de 
hallarla.  Nos  contaron,  al  llegar,  que  muchos  niños  de  la  tribu  ha- 
bían perecido  en  el  camino,  lo  que  dio  motivo  a  las  mujeres  para 
convertir  el  campamento  en  escenario  de  llantos  y  lamentos  21. 

Emprendimos  nuevamente  la  marcha  al  otro  día,  esta  vez  hacia 
el  lugar  del  naufragio,  al  que  llegamos  seis  días  después.  Otra  vez 
se  generalizó  la  borrachera  y  continuó  hasta  que  abandonamos  la 


31 


comarca;  los  indios  iban  a  diario  en  busca  de  más  bebidas,  muy 
abundantes  por  tratarse  de  un  barco  casi  enteramente  cargado  con 
ellas.  Las  olas  habían  despedazado  completamente  el  casco  desde 
nuestra  visita  anterior  y  gran  parte  de  la  carga  yacía  desparramada 
por  la  playa;  los  nativos  se  pusieron  a  acarrear  afanosamente  cuanto 
hallaban,  apoderándose  de  géneros,  ropa  blanca  y  utensilios  de  co- 
cina como  cacerolas  y  sartenes,  sin  olvidar  nunca  de  traer,  de  paso, 
una  buena  dosis  de  alcohol,  cuanto  más  fuerte  mejor.  Aunque  ebrios, 
se  comportaron  más  o  menos  decentemente  mientras  duró  el  saqueo; 
pero  una  tarde  renacieron,  repentinamente,  sus  instintos  belicosos: 
unos  procedieron  a  cargar  sus  armas  de  fuego,  otros  prepararon 
las  lanzas  y  aquellos  que  no  poseían  tales  implementos  se  armaron 
de  un  cuchillo  en  una  mano  y  las  boleadoras  en  la  otra.  Así  equi- 
pados, se  aprestaron  a  iniciar  la  riña;  comenzaron  a  hacer  girar  las 
bolas,  a  blandir  cuchillos  y  apuntarse  mutuamente  las  lanzas,  de- 
cididos a  matarse  o  a  herirse  sin  compasión  alguna  ni  preocupa- 
ción por  las  consecuencias.  Las  mujeres,  que  contemplaban  la  es- 
cena a  cierta  distancia,  empezaron  a  entonar  cantos  plañideros  mien- 
tras los  niños,  sentados  en  un  montículo  que  se  elevaba  detrás  de 
los  toldos,  miraban  como  si  se  tratara  de  una  función  especialmente 
organizada  para  su  esparcimiento22. 

Vi  que  algunas  mujeres  corrían  entre  los  hombres,  con  un  cuchi- 
llo en  una  mano  y  sujetando  con  la  otra  al  marido,  hermano  o  pa- 
riente, tratando  de  desarmarlos  o  disuadirlos  de  su  intento.  De 
pronto  y  sin  más  motivo  que  para  iniciarla,  dieron  por  terminada 
la  gresca  y  se  dispersaron,  sin  derramar  una  gota  de  sangre,  quizá 
movidos  por  las  súplicas  de  las  mujeres.  Aún  así,  no  abandonaron 
el  campamento  hasta  haber  terminado  toda  la  provisión  de  bebida 
disponible. 

¡Qué  infamia  cometió  el  hombre  que  dio  a  estos  indios,  o  a  sus 
padres,  el  primer  trago  de  ese  líquido  destructor  de  cuerpos  y  al- 
mas! El  vicio  de  la  bebida,  la  atracción  irresistible  del  maldito 
alcohol,  es  hoy  la  única  triste  herencia  que  pasa  de  padre  a  hijo 
y,  lamento  agregar,  de  madre  a  hija;  aunque  los  enferma  (pues  in- 
variablemente se  quejan  de  dolor  de  cabeza  y  de  estómago  al  otro 
día) ,  no  hay  nada  que  los  induzca  a  abstenerse.  Cierto  es  que  a 
veces  prometen  firmemente  no  volver  a  beber;  pero  la  tentación 
puede  más  que  ellos  y  vuelven  a  sumergirse  en  el  abismo  degradante 
en  la  primera  oportunidad.  Podría  extenderme  aquí  en  muchas  con- 
sideraciones sobre  lo  que  he  observado  con  respecto  a  este  repug- 
nante hábito,  pero  lo  dicho  ha  de  bastar  para  comprender  usted  la 


32 


clase  tic  dificultades  a  que  debe  verse  abocado  quien  quiera  ense- 
ñar a  estas  gentes  el  camino  de  la  verdadera  vida. 

El  12  de  septiembre  nos  alejamos  de  este  campamento  en  direc- 
ción a  las  serranías  de  San  Gregorio.  El  hijo  de  As-caik.  Gemóki, 
partió  hacia  el  norte  en  compañía  de  varias  familias,  buscando, 
según  dijeron,  un  caballo  que  perdieran  unas  semanas  atrás.  Cuan- 
do nos  aproximábamos  a  la  serranía,  todos  los  indios  que  no  habían 
participado  en  la  excursión  de  Gemóki  decidieron  hacer  una  visita 
a  Punta  Arenas,  para  vender  las  mercaderías  obtenidas  en  el  nau- 
fragio. Tras  una  serie  de  marchas  cortas,  impuestas  por  la  pesada 
carga  que  llevaban  los  caballos,  llegamos  a  la  Colonia  el  6  de  octu- 
bre. Por  intermedio  de  dos  mensajeros  despachados  desde  el  cam- 
pamento días  antes,  envié  dos  cartas  que  había  escrito  para  el  Go- 
bernador y  mi  gran  benefactor  y  amigo,  el  doctor  Burns,  informán- 
doles sobre  nuestro  próximo  arribo  a  Punta  Arenas.  No  se  hizo 
esperar  una  contestación  del  doctor,  quien,  muy  amablemente,  me 
invitaba  a  parar  otra  vez  en  su  casa,  donde  ya  estaba  todo  prepa- 
rado para  que  no  me  faltara  comodidad.  Entramos  a  la  pequeña 
Colonia  con  las  banderas  en  alto,  ante  el  tronar  de  un  cañón  y  to- 
ques de  trompeta;  me  informaron  que  esta  recepción  marcial  se 
efectuaba  en  honor  de  Cailé,  en  su  calidad  de  Cacique  y  amigo  del 
Gobernador23.  Desmonté  frente  a  la  casa  de  Su  Excelencia,  para 
presentarle  mis  saludos,  y,  hecho  esto,  me  dirigí  a  lo  del  doctor 
Burns,  donde  no  me  hice  rogar  para  lavarme,  cambiar  mis  ropas 
v  ponerme  tan  cómodo  como  me  fue  posible.  La  señora  de  Burns 
posee  el  corazón  de  una  hermana  solícita,  tratándome  como  a  un 
miembro  de  su  familia.  Dos  veces  he  pasado  ya  por  esta  Colonia 
durante  mi  permanencia  entre  los  indios  y  en  ambas  ocasiones  esta 
bondadosa  señora  se  preocupó  por  tener  listo  cuanto  me  hiciera 
falta  para  mi  aseo  personal;  siempre  encuentro  allí  una  camisa  lim- 
pia y  siempre  me  espera,  prolijamente  atendida,  la  ropa  que  dejo 
tras  de  mí.  Duermo  y  como  en  esa  hospitalaria  casa,  cuyos  dueños 
me  colman  de  atenciones  y  se  muestran  conmovidos  por  la  vida  de 
privaciones  que  me  he  impuesto.  Creo  conveniente  intormar  a  us- 
ted sobre  esto,  pues  no  dudo  que  usted,  estimado  señor,  se  alegrará 
al  saberlo. 

En  lo  que  a  mi  salud  respecta,  me  complazco  en  declarar  que 
el  Señor  me  ha  concedido  ese  don  en  medida  harto  generosa.  A  ex- 
cepción de  algún  dolor  de  muelas  o  una  hinchazón  de  las  encías, 
quizá  debidas  al  continuo  consumo  de  carne  como  único  alimento, 
no  puedo  quejarme  de  dolencia  alguna. 


33 


Deseará  usted,  sin  duda,  saber  hasta  qué  punto  he  logrado  apren- 
der el  idioma  nativo.  Pues  bien,  ya  sé  pedir  ciertas  cosas,  hacer  al- 
gunas preguntas  y  hablar  tin  poco  en  el  lenguaje  patagón;  pero  no 
puedo  aún  sostener  una  verdadera  conversación24.  Me  veo  obligado 
a  aprender  escuchando  a  otros,  pues  el  español  que  hablan  los  in- 
dígenas es  tan  rudimentario  que  ni  siquiera  interpretan  mis  pre- 
guntas. Uno  de  ellos  se  muestra  dispuesto  a  enseñarme  el  equiva- 
lente patagónico  de  una  determinada  palabra  española,  pero  ello 
cuando  alcanza  a  comprender  el  significado  de  esta  última.  A  pesar 
de  su  aparente  buena  voluntad,  no  consigo  me  dé  lecciones  diarias, 
pues  nunca  logro  retenerlo  lo  suficiente;  siempre  tiene  que  salir 
de  inmediato  "para  buscar  sus  caballos  o  para  hacer  tal  o  cual  cosa". 
Si  quiero  saber  el  nombre  de  algún  objeto  o  un  verbo,  pregunto  a 
aquellos  que  no  saben  nada  de  español:  "kete  ama  win?"  ("¿cómo 
se  llama  esto?") . 

Los  indios  han  estado  muy  ocupados,  y  lo  están  aún,  cambiando 
el  producto  de  su  rapiña  en  el  naufragio  por  provisiones;  pero  el 
Gobernador  siempre  les  paga  con  coñac.  No  sé  ni  comprendo  poi- 
qué Su  Excelencia  sigue  entregándoles  esa  bebida  en  calidad  de 
pago25,  pues  sabe  muy  bien  que  los  indígenas  no  hacen  otra  cosa 
que  pelear  cuando  están  ebrios;  pero,  aunque  no  peleen,  es  un  es- 
pectáculo repelente  verlos  en  ese  estado. 

He  escrito  una  narración  como  la  precedente  destinada  al  señor 
Despard,  en  las  Falklands,  por  si  se  presenta  una  oportunidad  de 
enviársela.  Me  propongo  escribir  a  usted  otra  carta  próximamente 
describiendo,  tan  bien  como  me  sea  posible,  el  aspecto,  modalida- 
des, hábitos  y  costumbres  de  los  patagones. 

A  la  espera  de  que  la  Alien  Gardiner  arribe  pronto  a  este  puer- 
to, portadora  de  buenas  nuevas  sobre  todos  vosotros,  daré  por  ter- 
minada la  presente,  encomendándome  a  vuestras  oraciones  y  deseán- 
doos toda  clase  de  bendiciones. 


34 


Capítulo  III 


CARTA  DE  SCHMID 
The  Voicc  of  pity  for  South  America,  VIII,  224-234;  London.  1861 


Viaje  a  Punta  Arenas.  —  El  gobernador  Schythc.  —  Dificulta- 
des. —  En  casa  del  doctor  Burns.  —  Progresos  de  la  Colonia.  — 
Excursión  de  Hunziker  a  caleta  Bouganville.  —  Proselitismo 
protestante.  —  Casimiro.  —  Designación  del  "protector".  —  Pri- 
meras enseñanzas  al  hijo  de  Casimiro.  —  Sugerencias  para  aban- 
donar Punta  Arenas  como  centro  de  acción. 


Punta  Arenas,  4  de  julio  de  1861. 

Estimado  señor: 

Por  fin  puedo  volver  a  escribirle  e  informarle  sobre  nuestra  lle- 
gada a  Punta  Arenas,  sanos  y  salvos,  tras  de  un  viaje  muy  azaroso 
e  incómodo.  Zarpamos  de  Committee  Bay  el  16  de  mayo  y  anclamos 
en  Bahía  Loberos,  donde  bajamos  a  tierra  en  busca  de  gansos  para 
comer  durante  la  travesía.  El  sábado  nos  hicimos  a  la  mar  con 
viento  en  contra  y,  después  de  mucho  vaivén  debido  a  la  borrasca 
que  nos  acosaba,  avistamos  tierra  el  día  31.  Entramos  al  estrecho  a 
la  mañana  siguiente,  1  de  junio,  con  tiempo  bueno.  Al  atardecer 
había  amainado  casi  totalmente  el  viento  y  anclamos  frente  al  Cabo 
Posesión,  en  22  brazas  de  profundidad,  con  el  queche.  Al  día  si- 
guiente nos  traladamos  a  la  bahía  Posesión,  mejor  ancladero  y 
cerca  del  punto  señalado  como  "Aguada"  en  los  mapas  del  Almiran- 
tazgo. Traté  de  divisar  algún  grupo  de  indios  en  la  costa,  pero  no 
había  señal  de  que  se  hallaran  en  las  inmediaciones.  Siendo  los  días 


35 


tan  cortos  y  de  pleamar  muy  adelantada,  pues  sobrevenía  cuando 
aún  estaba  oscuro,  quedamos  detenidos  otros  tres  días  en  un  ancla- 
dero frente  al  cerro  Dirección,  hasta  que  la  marea  matutina  nos 
permitiera  abandonar  el  lugar  con  luz  de  día.  El  viernes  7  pasamos 
la  Primera  Angostura  con  buen  tiempo  y  viento  suave,  mientras 
desde  la  cumbre  de  un  pequeño  cerro  un  guanaco  nos  vigilaba 
como  centinela.  A  la  caída  de  la  tarde  anclamos  en  bahía  Gregorio. 
Mucho  hubiera  deseado  quedarme  allí  un  par  de  días,  bajar  a  tierra 
y  encender  un  fuego  para  llamar  la  atención  de  los  indios,  pues  a 
esta  altura  del  año  suelen  acampar  en  los  alrededores  de  la  serranía 
de  San  Gregorio.  Pero  continuamos  la  marcha  y  anclamos  a  la  en- 
trada de  Peckett  Harbour  a  las  dos  de  la  tarde.  Después  del  al- 
muerzo bajé  a  tierra  en  compañía  del  señor  Hunziker  y  el  Capitán, 
para  dar  un  paseo. 

Levamos  ancla  nuevamente  el  domingo  por  la  mañana  y  llega- 
mos a  Punta  Arenas,  con  cielo  despejado  y  una  leve  brisa,  a  la  una 
de  la  tarde.  Así  arribamos  a  nuestro  destino,  muy  contentos  de  ha- 
ber terminado  una  travesía  tan  agitada.  El  señor  Hunziker  sufrió 
mucho  de  mareo,  durante  varios  días,  y  no  escapé  yo  tampoco  a  los 
embates  de  un  mar  embravecido;  todo  ello  ayudado  por  la  extraor- 
dinaria movilidad  de  la  Alien  Gardiner,  que  es  muy  poco  marinera. 
Tres  semanas  y  un  día  nos  llevó  el  viaje  entre  las  Falklands  y  este 
puerto.  Yo  me  hallaba  muy  preocupado  por  la  recepción  que  me 
darían  Punta  Arenas  y  sus  autoridades;  me  preparé  (mentalmente) 
para  lo  peor:  oposición  a  nuestros  planes  de  salir  con  los  indios. 
Temí  que  el  Gobernador  Schythe  hubiera  sido  reemplazado  por  un 
chileno,  seguramente  católico,  que  actuando  bajo  la  influencia  y  las 
insinuaciones  de  algún  sacerdote,  pusiera  obtáculos  en  nuestro  ca- 
mino2G.  Por  otra  parte,  si  Su  Excelencia  el  Gobernador  Schythe  to- 
davía se  hallaba  en  su  puesto,  ¿nos  prestaría  otra  vez  su  apoyo  como 
en  nuestro  primer  viaje?  Pensé  que  quizá  no  deseara  tener  más 
nada  que  ver  conmigo.  Todos  estos  temores  se  disipaban,  por  mo- 
mentos, dando  paso  a  la  esperanza  de  que  el  Señor,  a  cuyo  servicio 
nos  dedicamos,  nos  abriría  las  puertas  y  dispusiera  favorablemente 
hacia  nosotros  el  corazón  de  Su  Excelencia,  para  que  una  vez  más 
nos  ayudara.  No  dudé  que  los  indios,  por  su  parte,  me  recibirían 
gustosos  aun  sin  la  intervención  del  Gobernador;  pero,  al  mismo 
tiempo,  alguien  podría  haber  influido  sobre  ellos,  induciéndolos  a 
oponerse  a  nuestro  deseo  de  ir  con  la  tribu,  quizá  amenazándolos 
con  cortar  la  ración  de  coñac  si  desobedecían  las  órdenes  de  una 
autoridad  hostil  hacia  nuestra  misión.  Además,  Punta  Arenas  es  una 


36 


base  excelente  para  dejar  nuestras  provisiones,  siempre  que  el  Go- 
bernador lo  permita  y,  por  lo  tanto,  nos  es  sumamente  útil,  siendo 
como  es  el  umbral,  por  así  decir,  de  entrada  al  mundo  de  los  Tso- 
neca  -'.  Me  avergüenzo  ahora  cuando  pienso  en  esos  días  de  an- 
siedad que  pasé  en  la  duda  y  el  temor;  pues  los  hechos  demostra- 
ron que  el  Señor  es  rey  de  todos  los  corazones  y  los  abre  a  su  vo- 
luntad si  ello  conviene  a  sus  designios.  Proseguiré  relatando  la  re- 
cepción de  que  fuimos  objeto  en  Punta  Arenas. 

Apenas  habíamos  anclado  frente  a  la  Colonia  cuando  el  bote 
de  la  Gobernación  se  acercó  al  buque,  trayendo  a  bordo  al  Gober- 
nador Schythe,  a  quien  recibí  en  la  pasarela.  Se  mostró  muy  con- 
tento de  verme  y,  en  vista  de  ello,  le  invité  a  pasar  a  la  cabina, 
donde  permaneció  alrededor  de  media  hora.  Aproveché  la  ocasión 
para  entregarle  la  carta  que  la  Comisión  había  tenido  la  previsión 
de  proporcionarme;  me  dijo  que  ya  se  hallaba  informado,  indirecta- 
mente, sobre  mi  propósito  de  reunirme  con  los  indios  y  que  había 
llegado  de  Valparaíso  una  cantidad  de  provisiones,  aparentemente 
destinadas  a  mí,  pues  sabía  que  "eran  para  un  Misionero  que  pronto 
llegaría  a  Punta  Arenas".  Pero  no  sabía  quién  era  el  remitente. 
También  dijo  que  el  capitán  del  Satellite,  señor  Prevost,  había  es- 
tado con  él  en  noviembre  y  le  había  entregado  algunos  números  de 
la  revista  "Voice  of  Pity".  Dado  el  apuro  del  capitán  Prevost  por 
continuar  su  viaje,  el  Satellite  no  se  detuvo  más  de  lo  necesario  en 
este  puerto.  El  Lautaro,  un  buque  que  zarpó  de  Valparaíso  con  pro- 
visiones destinadas  a  Punta  Arenas  mientras  yo  me  encontraba  aún 
allí,  había  tocado  también  la  Colonia  y,  tras  de  descargar,  prosiguió 
hacia  el  lugar  en  que  naufragara  la  Anne  Baker,  con  el  objeto  de 
rescatar  el  ancla  y  los  cables  de  esa  nave.  Mientras  se  hallaba  an- 
clado cerca  del  buque  náufrago,  el  Lautaro  fue  a  su  vez  abatido  por 
un  temporal,  que  lo  destrozó  completamente.  Con  él  perdí  una  can- 
tidad de  cosas  que  me  había  visto  obligado  a  dejar  en  Punta  Arenas 
y  que  el  Gobernador  prometiera  remitirme  a  Valparaíso  tan  pronto 
como  las  trajeran  los  indios.  Me  preguntó  entonces  Su  Excelencia 
si  pensaba  seguir  viaje  hacia  el  oeste,  a  lo  que  respondí  que  mi  in- 
tención era  reanudar  mi  labor  entre  los  indios,  esta  vez  en  compa- 
ñía del  señor  Hunziker.  Si  él  me  permitía  depositar  mis  provisio- 
nes en  la  Colonia,  podría  esta  vez  cumplir  con  la  promesa  hecha 
a  los  nativos.  Pareció  estar  de  acuerdo  con  mi  deseo,  pero  me  ad- 
virtió que  los  indios  se  habían  dispersado  durante  mi  ausencia,  ha- 
biéndose ido  algunos  hacia  el  río  Negro,  mientras  que  otros  ha- 
bían muerto,  no  quedando  en  este  momento  persona  alguna  en  los 


37 


alrededores  a  quien  pudiera  confiarnos.  De  ningún  modo  nos  hu- 
biera permitido  unirnos  a  Gemóki,  el  hijo  de  As-caik,  pues  había 
resultado  ser  un  bandido;  sólo  aceptaría  ponernos  bajo  la  tutela  de 
un  jefe  digno  de  confianza,  a  quien  pudiera  responsabilizar  del 
trato  que  recibiéramos.  Preguntó,  asimismo,  si  la  Sociedad  pensaba 
continuar  con  la  Misión  en  Tierra  del  Fuego.  Tras  de  formular  al- 
gunas preguntas  más  respecto  a  la  Alien  Gardiner,  a  la  que  dijo 
haber  reconocido  apenas  la  avistó,  regresó  a  tierra,  no  sin  antes 
observar,  con  una  sonrisa:  "No  creo  necesario  preguntarles  si  traen 
bebidas  a  bordo..."28  Su  Excelencia  tiene  por  costumbre  subir  a 
bordo  de  todo  buque  que  ancla  en  la  Colonia,  antes  de  que  nadie 
baje  en  el  puerto,  y  advertir  al  Capitán  la  prohibición  de  vender 
cualquier  bebida  alcohólica.  Quiere  que  la  gente  se  mantenga  so- 
bria y  apta  para  cumplir  con  sus  obligaciones;  medida  muy  acer- 
tada, por  cierto,  en  lo  que  respecta  a  esta  gente,  pues  así  destinan 
a  adquirir  ropa  y  otras  cosas  necesarias  el  dinero  que,  de  otro  modo, 
derrocharían  en  bebida.  Mientras  el  Gobernador  se  encontraba  en 
la  cabina,  nuestros  hombres  y  el  cocinero  se  hicieron  amigos  con  el 
patrón  del  bote,  quien  les  dijo  que  el  doctor  Burns  residía  aún  en 
la  Colonia  y  tenía  una  carta  esperándome,  noticia  que  me  llenó 
de  regocijo.  Me  asaltó  la  curiosidad  por  saber  de  quién  sería  la 
carta,  pensando  que  pudiera  venir  del  señor  Dennett  o,  quizá,  de 
algún  otro  amigo  de  Valparaíso.  El  señor  Hunziker,  el  capitán 
Buchan  y  yo  bajamos  a  tierra  después  del  almuerzo;  allí  me  espe- 
raba el  doctor  Burns,  quien  había  recibido  la  noticia  de  mi  arribo 
por  intermedio  del  botero.  Se  alegró  sobremanera  al  verme  y  ma- 
nifestó que  su  señora  se  había  emocionado  al  saber  que  llegaba  un 
buque  británico,  pues  si  se  trataba  de  la  Alien  Gardiner,  con  segu- 
ridad estaría  yo  a  bordo.  Me  recibió  esta  bondadosa  dama  como  a 
un  viejo  amigo,  interesándose  por  mi  salud  y  ofreciéndonos  su  casa 
con  tal  sinceridad  e  insistencia  que  me  sentí  una  vez  más  acogido 
en  mi  propio  hogar;  los  mismos  sentimientos  se  hicieron  extensivos 
al  señor  Hunziker.  Grande  fue  mi  alegría  al  ver  que  este  amable 
matrimonio  se  hallaba  aún  aquí  y  espero  que  permanezcan  en  la 
Colonia.  La  carta  que  me  entregó  el  doctor  Burns  era  del  Reverendo 
Beal,  capellán  del  Pylades,  que  tocó  Punta  Arenas  un  mes  antes  de 
nuestro  arribo.  Dicho  Reverendo  aprovechó  la  estada  del  buque  en 
este  puerto  para  visitar  al  doctor  Burns  y  averiguar  detalles  sobré  mi 
paradero;  esperaba  encontrarme  en  Punta  Arenas,  pues  sabía  por 
el  señor  Dennett  que  yo  pensaba  reunirme  con  los  indios.  Se  sor- 
prendió   al  saber  que  yo  no  había  llegado,  declarando  que  "sin 


38 


duda  me  hallaría  en  las  Falklands,  ya  que  mi  arribo  a  esas  islas  le 
había  sido  comunicado  por  el  señor  Dennett",  quien  le  había  na- 
rrado mis  andanzas  y  aventuras  con  los  salvajes.  Se  mostró  contra- 
riado de  no  verme  y  dejó  una  esquela  para  mí  en  manos  del  doctor, 
en  la  que  me  hace  presente  su  solidaridad  y  su  interés  por  la  obra 
que  emprendí;  también  me  anuncia  la  intención  del  señor  Dennett 
de  enviarme  provisiones  en  la  primera  oportunidad  que  se  pre- 
sente, quizá  por  intermedio  del  Alert,  un  buque  de  guerra  británico 
a  vapor,  al  que  ahora  espero  de  un  día  para  otro  y  con  el  cual  qui- 
siera remitir  mi  correspondencia.  ¿No  es  esto  una  prueba  evidente 
de  que  el  Señor  está  con  nosotros,  allanando  nuestro  camino  y  dán- 
donos ánimo  para  proseguir  la  lucha?  Toda  duda,  todo  temor,  ha 
desaparecido  de  mi  mente:  nuestra  reunión  con  los  indios  está  ase- 
gurada y  partiremos  de  la  Colonia  bajo  muchos  mejores  auspicios 
que  hace  dos  años.  Noto  un  gran  cambio  en  la  actitud  de  Su  Exce- 
lencia hacia  mí;  se  muestra  más  condescendiente,  más  accesible  y 
dispuesto  a  prestarme  su  ayuda.  Veo  que  la  última  vez  su  atención 
fue  tan  solo  una  deferencia  hacia  el  señor  Despard,  a  quien  deseaba 
complacer;  pero  ahora  comprende,  sin  duda,  que  la  Comisión  me 
ha  investido  de  mayor  jerarquía,  depositando  en  mí  su  confianza  y 
sus  directivas;  mi  posición  de  Misionero  significa  que  poseo  amigos 
influyentes  en  Valparaíso,  a  los  que  podemos  acudir  en  busca  de 
apoyo  en  cualquier  momento.  Quiera  Dios,  nuestro  Padre  Celestial, 
hacerme  cada  día  más  digno  de  la  confianza  y  el  cariño  de  la  Co- 
misión, que  me  desempeñe  como  un  siervo  fiel  a  mis  superiores  y 
a  mi  Creador. 

Entregué  el  doctor  Burns  la  carta  y  los  regalos  enviados  por 
la  Comisión;  con  seguridad  él  se  dirigirá  personalmente  a  usted 
sobre  el  particular.  Luego  regresé  a  la  goleta,  reconfortado  por 
todo  lo  que  había  visto  y  oído  ese  día,  así  como  por  las  muestras 
de  aprecio  recibidas.  Según  expresó  el  doctor  Burns,  los  indios 
no  dejaron  de  preguntar  por  mí  cada  vez  que  venían  a  la  Colonia 
y,  habiendo  oído  decir  al  Gobernador  y  otras  personas  que  yo  vol- 
vería a  reunirme  con  ellos,  se  mostraban  ansiosos  por  mi  llegada. 
No  considerando  probable  que  la  Alien  Gardiner  viniera  a  esta 
altura  del  año,  pues  generalmente  lo  hace  alrededor  del  mes  de 
febrero,  el  doctor  Burns  les  contestó  que  podrían  esperarme  para 
dentro  de  ocho  o  nueve  meses.  Agregó  que  los  nativos  parecían 
satisfechos  con  lo  que  les  había  dejado  al  irme  y  nunca  insinuaron 
que  se  sintieran  defraudados  ni  que  hubiera  faltado  a  mis  prome- 
sas.  Me  advirtió,  eso  sí,  que  podrían  surgir  dificultades  con  res- 


pecto  a  Gemóki,  quién,  quizá,  se  mostrara  ofendido  si  yo  elegía  otro 
Cacique,  y  no  a  él,  para  mi  próxima  expedición;  pero  me  aseguró 
que  el  hecho  no  revestía  importancia,  en  realidad. 

Poco  cambio  pude  advertir  en  lo  que  respecta  a  la  Colonia;  han 
edificado  un  nuevo  y  amplio  galpón  para  embarcaciones,  así  como 
un  aserradero  muy  bien  instalado,  con  dos  sierras  circulares,  que 
provee  de  madera  a  la  población 29. 

La  guarnición  ha  cambiado  fundamentalmente;  el  Capitán,  un 
individuo  mezquino  y  sinvergüenza,  ha  sido  trasferido.  Traficante 
sin  escrúpulos,  entregaba  alcohol  a  los  aborígenes  en  lugar  de  ro- 
pas, paños  y  otros  artículos  necesarios,  y  ello  a  precios  exorbitan- 
tes. Fue  reemplazado  por  el  señor  Corail,  un  teniente  que  estuvo 
aquí  anteriormente  y  regresa  ahora  con  el  grado  de  capitán  y  a 
quien  conozco  y  estimo  como  buena  persona.  Desde  que  traslada- 
ron al  padre  Gamalesi  no  ha  venido  ningún  sacerdote  a  ocupar 
su  puesto30. 

Volvimos  a  tierra  al  día  siguiente  y  fuimos  a  visitar  a  Su  Exce- 
lencia; la  dueña  de  casa  nos  dispensó  una  cordial  bienvenida.  Yo 
había  traído  conmigo  una  mesa-escritorio  que  compré  en  el  Crystal 
Palace,  de  buena  calidad  y  aspecto,  con  la  intención  de  hacerle  un 
regalo;  quedó  muy  contenta  con  ella  y  se  apresuró  a  mostrarla  al 
Gobernador. 

Su  Excelencia  me  preguntó  si  la  Alien  Gardiner  iría,  como  otras 
veces,  a  caleta  Bougainville  y  si  yo  haría  otro  tanto.  Le  respondí 
que  pensaba  quedarme  en  Punta  Arenas  por  ahora,  pues  deseaba 
encontrarme  allí  cuando  arribara  el  Alert  y  despachar  mi  corres- 
pondencia, ya  que  ese  buque  seguiría  directamente  a  Inglaterra. 
Me  ofreció  luego  la  habitación  que  ocupé  en  otra  oportunidad, 
contigua  a  la  del  doctor.  Mientras  conversábamos  sobre  diversos 
asuntos,  se  nos  sirvió  una  taza  de  excelente  café.  El  ama  de  llaves 
me  aseguró  que  los  indios  le  preguntaban  continuamente  por  mí. 
El  Gobernador  se  retiró  en  seguida,  acompañado  del  capitán,  para 
dar  destino  a  una  cantidad  de  mercaderías  traídas  de  Stanley;  de 
inmediato  vendió  la  mayoría  de  ellas. 

Habiéndonos  puesto  de  acuerdo  con  el  señor  Hunziker  en  que 
ya  permanecería  en  Punta  Arenas  mientras  él  seguía  viaje  a  caleta 
Bougainville,  con  el  fin  de  ver  a  los  indios  de  esa  región,  trasladé 
todo  mi  equipaje  a  tierra.  No  creí  necesario  ir  yo  también,  ya  que 
la  tripulación  podría  procurarse  toda  la  madera  que  hiciera  falta 
para  cercar  la  huerta  de  Keppel  sin  mi  ayuda;  y  si  mis  antiguos 
amigos  aborígenes  llegaban  entretanto  a  la  Colonia,  yo  podría  ir 


40 


efectuando  los  preparativos  pertinentes  y  tener  todo  listo  para  la 
expedición. 

Esa  misma  noche  el  Gobernador  me  envió,  por  intermedio  del 
capitán  Buchan,  una  hermosa  manta  de  guanaco  y  otra  para  el 
señor  Hunziker;  también  el  capitán  recibió  una,  lo  cual  tomamos 
como  una  atención  muy  especial,  pues  tales  regalos  se  reservan,  ge- 
neralmente, para  los  capitanes  de  la  Armada. 

La  Alien  Gardiner  zarpó  para  caleta  Bougainville,  con  el  se- 
ñor Hunziker  a  bordo,  el  jueves  13.  Me  dedicaré  ahora  a  practicar 
el  español  y,  si  es  posible,  a  aprender  algo  más.  Estoy  leyendo  "El 
Japón  Abierto"  y  dedico  varias  horas  diarias  a  escribir  cartas,  re- 
partir algunos  números  del  "British  Workman"  y  otras  revistas  que 
me  habían  sido  entregadas  y  a  conversar  con  un  herrero,  alemán 
de  origen  pero  subdito  ruso,  a  quien  regalé  algunos  Evangelios  en 
español.  Me  dice  el  doctor  Burns  que  este  hombre  suele  mantener 
acaloradas  discusiones  con  esta  gente,  ignorante  y  llena  de  prejui- 
cios, a  la  que  quiere  disuadir  de  sus  estúpidas  supersticiones.  Su 
apellido  es  Blum;  me  confió  que  era  católico,  habiendo  sido  bau- 
tizado en  la  Iglesia  Romana,  pero  que  su  madre,  hermano  y  her- 
mana eran  luteranos.  Quisiera  él  también  hacerse  protestante,  pero 
en  Rusia  no  se  puede  cambiar  de  religión  sin  el  permiso  expreso 
del  Gobierno  de  San  Petersburgo,  siendo  necesario  dar  las  razones 
que  motivan  el  pedido.  Nominalmente,  entonces,  sigue  siendo 
miembro  de  la  Iglesia  Católica  31. 

Lunes  17  de  junio.  —  Casimiro  llegó  hoy  a  la  caída  de  la  tarde, 
acompañado  de  algunos  de  sus  familiares  y  otros  indios.  Cuando 
el  Gobernador  les  dijo  que  yo  estaba  de  vuelta  en  Punta  Arenas, 
Casimiro  se  dirigió  a  casa  del  doctor,  donde,  al  hallarme,  dio  rien- 
da suelta  a  su  alegría.  Le  comuniqué  nuestra  intención  de  unirnos 
a  su  tribu  y  las  condiciones  en  que  iríamos:  tendríamos  una  carpa 
propia  y  nuestros  caballos,  pues  queríamos  ser  independientes  a  este 
respecto;  me  gustaría,  asimismo,  tener  con  nosotros  uno  o  dos  niños 
todo  el  tiempo,  a  los  que  enseñaríamos  a  leer  y  escribir  y  a  hablar 
inglés.  Me  ofreció  sus  dos  hijos  sin  vacilar;  Casimiro  es  un  hombre 
sensato,  pues  demuestra  conocer  y  valorar  debidamente  mi  ofreci- 
miento. El  Gobernador,  sin  embargo,  no  quiso  que  Casimiro  fuera 
nuestro  protector;  no  sé  por  qué  razón  le  tiene  un  odio  acendra- 
do32. Le  pidió  que  nombrara  un  hombre  de  suficiente  influencia 
en  la  tribu  como  para  actuar  en  tal  carácter,  a  lo  que  Casimiro 
sugirió  el  nombre  de  su  sobrino;  pero  no  hemos  de  cerrar  trato 
alguno  hasta  el  retorno  de  la  Alien  Gardiner  de  Bougainville  y 


41 


todos  los  indios  hayan  venido  a  la  Colonia.  Yo  preferiría  ir  con 
Casimiro,  pero  no  sería  prudente  contradecir  al  Gobernador  preci- 
samente ahora.  La  experiencia  me  dirá,  al  cabo  de  unos  meses,  con 
quién  me  convenga  vivir.  No  dudo  de  las  buenas  intenciones  de 
Su  Excelencia,  pero  sé  que  Casimiro  sería  el  mejor  compañero  y 
el  más  digno  de  nuestra  confianza  en  virtud  de  su  honestidad  y 
buena  fe  33.  Pero  lo  mismo  ha  prometido  aliarse  a  nosotros  y,  aun- 
que su  sobrino  sea  directamente  ante  el  Gobernador  por  nuestra 
seguridad,  él  se  encargará  de  hacer  de  mediador  entre  nosotros  y 
los  miembros  de  la  tribu.  Lo  primero  que  debemos  hacer  ahora 
es  procurarnos  caballos;  sólo  los  indios  podrán  proporcionarnos  es- 
tos animales. 

Miércoles  3  de  julio.  —Arribó,  por  fin,  el  Alert;  pero  como  no 
debía  pasar  por  el  estrecho,  el  señor  Dennett  no  me  envió  en  él 
las  provisiones,  aunque  habló  con  el  señor  Stubbs,  el  primer  ofi- 
cial, acerca  de  nosotros  y  nuestra  obra  entre  los  indios.  Esta  tarde 
recibí  una  hermosa  carta  del  teniente  Stubbs,  que  remitió  a  tierra 
por  intermedio  del  primer  maquinista,  junto  con  algunos  comesti- 
bles: una  pequeña  bolsa  de  harina  y  bizcochos  que  él  mismo  pre- 
paró, ayudado  por  el  doctor  Leonard.  Una  post-data  agregada  en 
la  carta  decía:  "Si  por  casualidad  estuviera  usted  en  Punta  Arenas, 
le  espero  a  bordo".  Decidimos  ir  mañana,  en  vista  de  que  la  in- 
vitación venía  refrendada  por  los  demás  oficiales.  El  Alert  sólo 
permanecerá  aquí  otro  día,  por  lo  que  debo  acelerar  mi  correspon- 
dencia para  Inglaterra. 

He  empezado  a  enseñar  algunas  frases  en  inglés  a  mi  nuevo 
alumno;  noto  que  posee  una  dicción  bastante  buena,  pero  su  me- 
moria es  muy  mala,  quizá  por  falta  de  todo  ejercicio  mental.  Por 
referencias  del  doctor  Burns  calculo  que  el  niño  tiene  nueve  años, 
pues  nació  aquí  dos  meses  después  del  asesinato  del  Gobernador 
Felipe34,  que  tuvo  lugar  en  octubre  de  1852. 

Pienso  lo  bueno  que  sería  poder  independizarnos  de  esta  Colo- 
nia; mucho  más  conveniente  sería  edificar  una  choza,  con  un  depó- 
sito subterráneo,  en  bahía  Gregorio 35.  Noches  pasadas  el  doctor 
Burns  me  leyó  algunos  fragmentos  del  diario  escrito  por  un  ex  go- 
bernador de  Punta  Arenas,  en  el  que  expresa  que  Centurión,  un 
indio  a  quien  el  canitán  Gardiner  confiara  su  equip-j°  cando  se 
ausentó  para  las  Falklands,  cumplió  con  todo  celo  y  fidelidad  con 
las  instrucciones  recibidas.  No  sólo  se  preocupó  de  que  nadie  ro- 
bara nada,  sino  que  no  sacó  nada  para  sí,  a  pesar  de  haber  tenido 
el  depósito  a  su  cargo  durante  más  de  seis  meses  y  de  la  autoriza- 


42 


ción  que  le  diera  el  capitán  Gardiner  en  una  carta  enviada  desde 
las  Falklands  por  medio  de  un  capitán  Beck,  norteamericano36.  Qui- 
zá podamos  intentar  algo  semejante  dentro  de  un  año.  Casimiro 
me  aseguró  que  los  indios  no  tocarían  nada,  pues  sentían  tal  res- 
peto por  nosotros  y  nuestra  propiedad  que  ni  siquiera  pensarían 
en  robarnos. 

El  sábado  29  regresó  la  Alien  Gardiner  de  caleta  Bougainville, 
después  de  completar  su  carga  de  madera.  Al  volver  de  un  paseo 
a  caballo  con  el  doctor  Burns,  el  Gobernador  nos  mandó  ofrecer 
su  bote,  con  toda  la  tripulación,  por  si  deseábamos  ir  a  bordo  de 
la  goleta.  Acepté  el  ofrecimiento  y  me  trasladé  a  la  Alien  Gardi- 
ner, comprobando  que  todos  se  hallaban  bien.  El  domingo  pasado 
por  la  mañana  el  doctor  me  acompañó  a  bordo  para  asistir  al 
oficio  religioso.  .  . 


43 


Capítulo  IV 


DIARIO  DE  SCHMID 
The  Voice  of  pity  for  South  America,  IX,  123-135;  London,  1862 


El  hijo  menor  de  Casimiro.  —  Primeras  jornadas  del  viaje.  — 
Cánticos  de  bienvenida.  —  Ceremonia  oficial.  —  Destrucción 
de  amuletos.  —  Muñecas  y  supersticiones.  —  Vida  y  enseñanza 
de  los  hijos  de  Casimiro.  —  Bahía  Coyle.  —  Sal.  —  Incidencia 
con  el  curandero  indígena.  —  El  juego  "Sanke".  —  Mitología 
patagona.  —  Ideas  religiosas.  —  El  río  Coyle.  —  Reflexiones 
respecto  al  idioma  patagón.  —  Conmiseración  indígena  a  los 
hijos  de  Casimiro.  —  Los  duendes  "Yicelum".  —  Pinturas  ru- 
pestres. —  Visita  a  un  volcán. 


Lunes  22  de  julio.  —  Casimiro  había  mandado  a  sus  dos  hijos 
varones  a  vivir  con  nosotros,  a  fin  de  que  recibieran  instrucción, 
no  sólo  en  el  arte  de  leer  y  escribir,  sino  en  todo  lo  relacionado 
con  la  vida  civilizada;  comenzamos  de  inmediato,  pues,  a  enseñar 
al  más  joven  la  necesidad  y  la  ventaja  de  la  higiene  personal.  (El 
hermano  mayor  se  nos  reunirá  dentro  de  unos  días)  .  Pareció  estar 
muy  contento  con  el  baño,  pues  se  quedó  quieto  y  se  sometió  de 
buen  grado  a  la  limpieza,  quedando  muy  satisfecho  con  su  nuevo 
aspecto  al  terminar;  se  quedó  con  nosotros  todo  el  día,  jugando 
con  una  pelota  de  tenis.  Nos  había  prometido  quedarse  a  dormir, 
pero  tan  pronto  como  se  alejó  el  padre  comenzó  a  llorar;  llamé  de 
vuelta  al  progenitor  y,  tras  mucho  hablar  y  persuadir,  consiguió 
Casimiro  que  se  acostara.  Nunca  se  había  alejado  de  su  madre, 
por  lo  que  no  estaba  preparado  para  el  pupilaje  entre  dos  extra- 


45 


Capítulo  IV 


DIARIO  DE  SCHMID 

The  Voice  of  pity  for  South  America,  IX,  123-135;  Lonclon,  1862 


El  hijo  menor  de  Casimiro.  —  Primeras  jornadas  del  viaje.  — 
Cánticos  de  bienvenida.  —  Ceremonia  oficial.  —  Destrucción 
de  amuletos.  —  Muñecas  y  supersticiones.  —  Vida  y  enseñanza 
de  los  hijos  de  Casimiro.  —  Bahía  Coyle.  —  Sal.  —  Incidencia 
con  el  curandero  indígena.  —  El  juego  "Sanke".  —  Mitología 
patagona.  —  Ideas  religiosas.  —  El  rio  Coyle.  —  Reflexiones 
respecto  al  idioma  patagón.  —  Conmiseración  indígena  a  los 
hijos  de  Casimiro.  —  Los  duendes  "Yicelum".  —  Pinturas  ru- 
pestres. —  Visita  a  un  volcán. 


Lunes  22  de  julio.  —  Casimiro  había  mandado  a  sus  dos  hijos 
varones  a  vivir  con  nosotros,  a  fin  de  que  recibieran  instrucción, 
no  sólo  en  el  arte  de  leer  y  escribir,  sino  en  todo  lo  relacionado 
con  la  vida  civilizada;  comenzamos  de  inmediato,  pues,  a  enseñar 
al  más  joven  la  necesidad  y  la  ventaja  de  la  higiene  personal.  (El 
hermano  mayor  se  nos  reunirá  dentro  de  unos  días) .  Pareció  estar 
nuu  contento  con  el  baño,  pues  se  quedó  quieto  y  se  sometió  de 
buen  grado  a  la  limpieza,  quedando  muy  satisfecho  con  su  nuevo 
aspecto  al  terminar;  se  quedó  con  nosotros  todo  el  día,  jugando 
con  una  pelota  de  tenis.  Nos  había  prometido  quedarse  a  dormir, 
pero  tan  pronto  como  se  alejó  el  padre  comenzó  a  llorar;  llamé  de 
vuelta  al  progenitor  y,  tras  mucho  hablar  y  persuadir,  consiguió 
Casimiro  que  se  acostara.  Nunca  se  había  alejado  de  su  madre, 
por  lo  que  no  estaba  preparado  para  el  pupilaje  entre  dos  extra- 


45 


ños;  al  cabo  de  un  rato  se  rindió,  sin  embargo,  y  sus  padres  pu- 
dieron irse  sin  más  resistencia  de  su  parte  y  pronto  se  durmió. 

Sábado  27.  —  Después  de  cargar  los  caballos,  abandonamos  hoy 
Punta  Arenas.  Una  llovizna  incesante  nos  siguió  todo  el  día.  An- 
tes de  partir  pasamos  por  la  Casa  de  Gobierno,  pagando  allí  los 
15  dólares  que  nos  costó  el  caballo.  El  Gobernador  nos  dio  un 
recibo  y  volvió  a  arengar  a  Casimiro  sobre  el  trato  que  debía  dar- 
nos. Llegamos  a  Cabo  Negro  alrededor  de  las  cuatro  de  la  tarde 
y  rápidamente  quedó  levantada  nuestra  carpa.  Totalmente  empa- 
pados y  hambrientos,  nos  sentimos  muy  contentos  de  poder  des- 
cansar y  cocinar  un  poco  de  arroz.  El  arroyo  que  cruzamos  era 
bastante  profundo,  mojándose  todos  los  bizcochos  que  llevábamos. 
Tras  un  día  de  descanso,  continuamos  viaje  el  lunes,  con  el  tiempo 
aún  lluvioso  y  los  caminos  en  muy  mal  estado.  La  marcha  fue 
corta,  pero  sobre  terreno  muy  pantanoso.  Otros  tres  días  de  des- 
canso y  luego  otra  marcha,  esta  vez  hasta  las  cercanías  de  Peckett 
Harbour,  un  paradero  denominado  Horsh  Aiken.  Aquí  se  nos  unió 
un  pequeño  grupo  de  indios,  entre  los  que  al  día  siguiente  distri- 
buimos algunos  regalos,  como  cucharas,  juguetes  y  otras  chucherías. 

Sábado  10  de  agosto.  —  Estamos  todavía  en  Namer,  un  para- 
dero situado  a  8  ó  9  millas  del  extremo  sudoeste  de  la  serranía 
de  San  Gregorio.  El  campo  está  aún  bastante  cubierto  de  nieve  y 
los  caminos  muy  malos,  por  lo  que  decidimos  permanecer  aquí 
unos  días  más,  antes  de  proseguir  la  marcha.  Pasé  el  tiempo  con- 
feccionando un  par  de  pantalones  y  una  blusa  para  el  hijo  mayor 
de  Casimiro,  al  que  esperamos  mantener  con  nosotros.  El  herma- 
no menor  aprendió,  por  fin,  las  cinco  vocales,  después  de  repetír- 
selas como  veinte  veces.  Por  lo  visto,  es  reacio  a  toda  concentra- 
ción mental  y  a  todo  ejercicio  de  la  memoria. 

Sábado  //.  —  Abandonamos  Namer  el  lunes  pasado,  con  inten- 
ción de  alcanzar  el  grueso  de  la  tribu.  Después  de  seis  días  con- 
secutivos de  marcha  por  una  región  no  desprovista  de  cierta  be- 
lleza —cerros  bastante  altos,  formados  por  rocas  volcánicas  de  cu- 
rioso aspecto;  valles  surcados  por  pintorescos  arroyos,  a  veces  con 
cuencas  ocupadas  por  lagunas  en  las  que  abundaban  aves  acuáticas 
muy  diversas  y,  de  cuando  en  cuando,  varias  millas  de  terreno 
llano,  cubierto  de  agua  a  esta  altura  del  año  debido  al  derreti- 
miento de  las  nieves—  llegamos  hoy  a  las  márgenes  del  río  Galle- 
gos. El  tiempo  ha  mejorado  mucho  y  lo  mismo  el  camino,  más 
transitables  a  medida  que  avanzamos  hacia  el  norte.  Varias  manadas 
de  guanacos,  con  más  de  cien  animales  cada  una,  pasaron  a  la 


46 


distancia.  Al  llegar  a  la  margen  derecha  (sur)  del  río,  nos  salie- 
ron al  encuentro  muchos  jinetes,  hombres  y  muchachos;  cruzaron 
el  río  ni  bien  el  mensajero  enviado  adelante  por  Casimiro  llegó 
al  campamento  con  la  noticia  de  nuestra  llegada.  Al  acercarnos  a 
la  toldería,  ubicada  en  la  margen  norte  del  río  Gallegos,  todos  los 
componentes  de  la  tribu  salieron  de  sus  toldos,  al  parecer  muy 
contentos  de  verme  de  regreso  entre  ellos;  algunos  me  llamaron  por 
mi  nombre.  Las  viejas,  siguiendo  su  costumbre  de  exteriorizar  ale- 
gría, pena  o  cualquier  otra  emoción,  prorrumpieron  en  seguida  a 
cantar  en  su  tono  característico,  monótono  y  disonante,  a  manera 
de  bienvenida  3~.  Finalmente,  escoltados  por  docenas  de  mujeres  y 
niños,  atravesamos  la  toldería  y  ármanos  la  carpa.  El  paraje  se 
llama  Wer 3S;  se  halla  situado  a  25  ó  30  millas  del  puerto  de 
Gallegos.  Mientras  ordenábamos  nuestro  equipo  y  erigíamos  la 
nueva  sede  de  los  Peregrinos,  ojos  curiosos  e  interrogantes  nos 
rodeaban  por  doquier;  las  mujeres  no  hacían  otra  cosa  que  comen- 
tar sobre  la  calidad,  forma  y  valor  de  todo  lo  que  iba  apareciendo, 
ya  fuera  nuestra  carpa,  ropas  o  cualquier  otro  artículo.  Poco  tar- 
damos en  dejar  todo  ordenado;  pero  apenas  habíamos  hecho  esto 
cuando  la  entrada  a  la  carpa  quedó  sitiada  y  bloqueada  por  la  gente 
menuda.  La  mayoría  de  los  hombres  había  salido  a  cazar;  por  lo 
tanto,  nada  sabía  de  lo  acontecido  en  el  campamento  durante  su 
ausencia  y  grande  fue  su  sorpresa  al  ver  una  carpa  distinta  levan- 
tada cerca  de  sus  toldos  y  comprender  que  yo  había  arribado.  To- 
dos, sin  excepción,  se  detuvieron  a  la  entrada  de  nuestra  habitación 
y  la  examinaron  detenidamente.  Uno  que  otro  se  acercó  para  dar- 
me un  trozo  de  carne  de  avestruz,  ya  cocinada.  Casi  todos  habían 
tenido  éxito  en  la  cacería. 

A  la  mañana  siguiente,  muy  temprano  y  antes  de  que  estuvié- 
ramos prontos  para  recibirlas,  comenzaron  las  visitas.  Después  del 
desayuno,  los  hombres  más  prominentes  de  la  tribu  se  congregaron 
frente  a  nuestra  carpa,  sentándose  en  el  suelo  uno  tras  otro;  Ge- 
móki  (el  hijo  de  As-caik) ,  Crimen  y  Cabolo,  caciques  los  tres, 
pronunciaron  sendos  discursos.  Expresaron  su  alegría  por  mi  re- 
greso y  todos  prometieron  comportarse  amistosamente  con  nosotros 
e  inducir  a  los  demás  aborígenes  a  hacer  otro  tanto.  Aproveché  la 
oportunidad  para  manifestarles  nuestro  placer  ante  sus  promesas 
y,  de  paso,  nuestra  esperanza  de  que  mantuvieran  relaciones  fra- 
ternales entre  sí,  evitando  buscar  pendencias  por  cuestiones  trivia- 
les y  absteniéndose  de  pelearse  y  matarse  como  suelen  hacer.  "He- 
mos venido"  —les  dije—  "para  hacernos  vuestros  amigos,  vivir  con 


47 


vosotros,  enseñaros  lo  que  sabemos  y  aprender  vuestro  idioma", 
etc.  Se  mostraron  todos  complacidos,  agradeciendo  nuestra  amistad 
y  recalcando  lo  bueno  que  sería  para  ellos  recibir  la  instrucción 
que  les  ofrecíamos.  Entre  sus  protestas  amistosas,  Casimiro  y  Ge- 
móki  llegaron  al  extremo  de  quemar,  romper  o  destruir  completa- 
mente una  cantidad  de  sortilegios  que  esta  gente,  ignorante  v  su- 
persticiosa, cree  dotados  del  poder  de  matar.  Tales  instrumentos 
mortíferos,  formidables  según  ellos,  no  eran  más  que  trozos  de  una 
suciedad  cualquiera,  adherida  a  algunos  pelos  de  guanaco  o  a  una 
tira  de  franela,  una  chuchería  de  lata  o  de  bronce39,  o  bien  una 
piedra  con  un  agujero,  en  el  que  se  ocultaba  algún  "veneno" 40 
Pertenecían  a  los  dos  caciques  citados,  quienes,  desde  ese  momento, 
serían  buenos  amigos,  pues  hasta  entonces  ambos  se  acusaban  mu- 
tuamente de  haber  embrujado  a  sus  respectivos  familiares,  causán- 
doles la  muerte;  pero  todo  se  daba  ahora  por  terminado,  destru- 
yendo el  uno  de  los  "terribles"  instrumentos  del  otro.  Durante  más 
de  dos  horas  se  prolongó  la  conversación  sobre  estos  temas  de  bru- 
jería y  se  invitó  a  otros  poseedores  de  artículos  mortíferos  a  que 
los  trajeran,  para  ser  destruidos  en  público;  pero  no  apareció  nin- 
guno. Terminada  la  conferencia,  hice  funcionar  la  caja  de  música; 
la  dulce  melodía  fue  escuchada  con  gran  atención,  en  medio  de 
un  silencio  general.  Luego  distribuimos  los  regalos  que  traíamos 
(nos  vimos  obligados  a  dejar  muchos  otros  en  Punta  Arenas) ,  con 
gran  satisfacción  de  todos;  un  presente  especial  correspondió  a  Ge- 
móki,  en  su  calidad  de  "protector"  nuestro:  una  chaira,  un  cuchi- 
llo y  una  morsa.  Igualmente  complacidos  con  lo  que  les  tocó  que- 
daron su  mujer,  su  madre  y  sus  hijos.  Cucharas,  espejos,  cuentas, 
dedales,  lesnas  y  cortaplumas  fueron  repartidos  entre  las  mujeres 
y  gran  júbilo  demostraron  los  jóvenes  al  recibir  jarros  de  lata,  pe- 
lotas de  tenis  y  otros  juguetes.  Por  consejo  de  Casimiro,  no  repartí 
las  muñecas  que  traía,  pues  ciertas  personas,  a  quienes  se  atribuye 
cualidades  hechizantes,  podrían  usarlas  para  hacer  daño,  según  su 
creencia  41 .  Sé  por  experiencia  que  estos  indios  consideran  tales  ob- 
jetos —muñecas  y  otros  símbolos  del  cuerpo  humano—  como  instru- 
mentos de  maldad;  por  más  que  traté  de  hacerles  comprender  lo 
inofensivo  de  tales  artículos,  usados  como  juguetes  por  los  niños 
de  mi  tierra,  no  quisieron  desprenderse  del  supersticioso  prejuicio. 

Lunes  19.  —  Nuestro  segundo  día  entre  los  indios  trascurrió  sin 
mayor  novedad,  siendo  evidente  que  desean  estrechar  vínculos  amis- 
tosos con  nosotros.  Nuevamente  la  puerta  de  la  carpa  fue  el  centro 

48 


de  reunión  de  mujeres  y  niños,  habiendo  salido  los  hombres  de 
caza.  La  madre  de  Gemóki  permaneció  a  nuestro  lado  todo  el  día. 

Miércoles  21.—  El  hijo  mayor  de  Casimiro 42  vive  ahora  con 
nosotros.  El  señor  Hunziker  lo  lavó  de  pies  a  cabeza,  hecho  lo 
cual  lo  vestimos  con  un  traje  confeccionado  por  mí  —  pantalones, 
camisa  y  blusa,  que  salieron  de  los  vestidos  de  las  niñas.  Aquí  es 
preciso  saber  algo  de  costura.  Le  quedó  bastante  bien  la  indumen- 
taria y  su  nuevo  aspecto  pareció  agradarle  mucho;  luego  quiso  que 
le  cortáramos  el  cabello  corto,  como  el  nuestro. 

Viernes  23.  —  Salimos  bastante  temprano  de  Cele,  un  paradero 
cercano  a  la  desembocadura  del  río  Gallegos,  en  dirección  a  Ka- 
benben,  situado  unas  10  ó  12  millas  hacia  el  norte.  Llegados  al 
nuevo  campamento,  levantamos  nuestra  carpa  bajo  la  mirada  (pero 
sin  la  ayuda)   de  una  docena  de  hombres. 

Domingo  25.  —  La  carpa  está  rodeada  de  indios  de  la  mañana 
a  la  noche,  al  punto  que  a  veces  apenas  podemos  movernos.  Efec- 
tuamos el  oficio  divino  por  la  mañana,  sin  ser  molestados;  yo  leí 
la  letanía  y  la  primera  lección  y  el  señor  Hunziker  leyó  la  segunda. 
Galbez,  el  hijo  mayor  de  Casimiro,  se  porta  bien,  llegando  a  de- 
mostrar cierta  solicitud  por  nuestras  cosas  domésticas.  Parece  de- 
seoso de  aprender  y  hasta  nos  pide  que  le  demos  lecciones;  su  her- 
mano menor,  en  cambio,  es  un  perfecto  holgazán 43,  incapaz  de 
repetir  las  cinco  vocales  tres  o  cuatro  veces  consecutivas  sin  bos- 
tezar y  dar  otras  señales  de  indolencia. 

Domingo  1  de  setiembre.  —  Aunque  hubiéramos  debido  obser- 
var el  descanso  dominical,  tuvimos  que  ensillar  los  caballos  y  mu- 
darnos a  otro  lugar,  llamado  Oshir,  no  muy  distante  del  fondo  de 
la  bahía  Coyle;  había  estado  yo  antes  en  las  proximidades  de  este 
paraje,  pero  como  no  tuve  quién  me  diera  información  precisa 
acerca  de  su  ubicación  y  careciendo  de  un  mapa,  no  me  había  dado 
cuenta  hasta  ahora  de  que  hubiera  llegado  tan  al  norte  en  mis 
anteriores  andanzas.  Gemóki  se  muestra  muy  servicial;  al  regresar 
de  sus  cacerías  siempre  se  acuerda  de  nosotros  y  nos  envía  carne 
de  avestruz.  Varios  indios  nos  obsequiaron  hoy  con  huevos  de 
esta  ave. 

Miércoles  4.  —  Hombres  y  mujeres,  en  gran  número,  fueron  a 
la  laguna  salada  que  se  halla  al  otro  lado  del  río  a  cuya  orilla 
estamos  acampados.  Habiéndose  agotado  la  sal  en  el  campamento 
y  estando  nuestra  provisión  casi  terminada,  el  señor  Hunziker  sa- 
lió con  Casimiro  en  busca  de  ella.  El  río,  que  supongo  ha  de  des- 
embocar en  la  bahía  Coyle,  se  encontraba  muy  crecido,  al  punto 


19 


que  los  caballos  casi  tuvieron  que  nadar  para  atravesarlo;  un  indio 
viejo  me  preguntó  si  yo  no  tenía  algo  que  arrojar  a  la  corriente 
y  la  hiciera  bajar44. 

Viernes  6.  —  El  curandero  Calamelouts 45  declaró  haber  visto, 
durante  la  noche,  a  un  "médico"  indio,  así  como  su  madre,  pro- 
cedente del  río  Negro,  que  se  le  acercaba,  que  era  muy  hermosa, 
etc.  Toda  esta  superchería  me  indujo  a  proponerles,  por  inter 
medio  de  Gemóki,  poner  a  prueba  la  veracidad  de  los  conocimien- 
tos del  "doctor",  así  como  su  capacidad  para  hacer  milagros,  de- 
safiándole  a  que  ensayara  sus  poderes  con  cualquier  parte  de  mi 
cuerpo.  Dice,  por  ejemplo,  que  mediante  una  bola  mágica 46, 
guardada  en  un  sitio  secreto,  puede  atontar  o  volver  loco  a  cual- 
quiera con  sólo  tenerla  suspendida  de  la  mano  frente  a  los  ojos 
de  su  víctima.  Le  invité  a  que  me  hiciera  perder  la  razón  con  sus 
hechizos;  si  lo  conseguía,  yo  daría  fe  públicamente  de  sus  poderes 
y  su  sabiduría,  comprometiéndome  a  entregarle,  además,  la  caja 
de  música  que  tanto  codician  aquí.  La  prueba  debía  llevarse  a 
cabo  en  presencia  de  toda  la  tribu,  y  así  lo  anunció  Gemóki;  perc 
el  "doctor"  no  aceptó  el  desafío  y  por  varios  días  no  se  acercó  a 
nuestra  carpa. 

Sábado  7.  —  Fue  hoy  un  día  frío  y  de  fuerte  viento.  Los  indios 
jugaron  un  juego  que  llaman  "Sanke" 47,  en  el  que  toman  parte 
unos  50  hombres  (también  lo  juegan  las  mujeres) ,  divididos  en 
dos  bandos;  armados  cada  uno  de  un  palo,  de  unos  dos  pies  de 
largo  y  punta  curva,  clavan  dos  palos  a  unas  200  yardas  de  distan- 
cia entre  sí  y,  con  una  bocha  de  madera,  comienza  el  juego  a  la 
mitad  del  campo.  Aparentemente,  gana  el  bando  que  consigue  ha- 
cer llegar  la  bocha  hasta  su  propio  palo  dos  veces  seguidas,  lleván- 
dose entonces  todos  los  artículos  que  los  perdedores  colgaron  pre- 
viamente de  él.  Nunca  se  juega  por  ejercicio  o  por  pasatiempo, 
pues  el  indio  siempre  debe  apostar  algo.  Uno  de  los  hombres  re- 
cibió un  bochazo  en  la  cara,  provocándole  una  leve  hinchazón, 
siendo  ello  motivo  para  que  en  la  tarde  se  sacrificara  un  potrillo  48. 

Salí  esta  tarde,  con  Casimiro,  para  visitar  a  un  anciano  ciego. 
Allí  supe  que  entre  los  patagones  existe  la  creencia  en  un  Ser  Su- 
premo, al  que  llaman  "Hela"  49  y  está  casado  con  la  hija  del  sol. 
Parece,  sin  embargo,  que  tal  creencia  sólo  es  compartida  por  algu- 
nos, pues  la  mayoría  no  se  preocupa  por  cosas  invisibles.  No  consi- 
go descubrir  entre  ellos  un  solo  acto  que  pueda  asimilarse  a  un 
verdadero  culto,  a  excepción,  quizá,  de  una  costumbre,  observada 
por  unos  pocos,  de  golpearse  la  coronilla  con  las  manos  cuando 


50 


el  fuego  chisporreteaba  ruidosamente  50;  dicen,  entonces,  que  el  Dios 
está  hablando.  También  creen  que  los  muertos  se  van  a  vivir  a 
otro  lugar 51.  Pero,  por  lo  que  veo,  son  profanos  en  su  gran  ma 
yoría  y  carecen  de  toda  devoción.  Pregunté  a  Casimiro  cómo  se 
dice  "alma"  en  su  idioma;  pero  él  no  sabe  ni  comprende  que  pue- 
da existir  tal  cosa  en  nuestro  cuerpo,  capaz  de  dar  a  éste  poder 
y  voluntad  para  actuar  según  su  albedrío. 

Domingo  8.  —  Hoy  es  mi  cumpleaños.  El  último  lo  pasé  en 
Bristol  y  éste  en  "Wacencen",  paradero  indio  de  la  Patagonia,  en 
circunstancias  y  entre  gentes  por  cierto  muy  distintas.  He  recibido 
muchas  muestras  de  la  bondad  de  Dios  en  el  año  transcurrido. 

Octubre  6.  —  Ha  pasado  un  mes,  rápidamente  y  sin  que  haya 
ocurrido  nada  digno  de  mención,  por  lo  que  no  hice  anotación 
alguna  en  mi  diario;  un  día  es  lo  mismo  que  el  otro.  Hemos  per- 
manecido ya  más  de  un  mes  en  este  valle,  avanzando  hacia  el 
oeste  pero  siempre  sobre  la  margen  sur  del  río,  que  desemboca  en 
la  bahía  Coyle.  Tanto  el  valle  como  el  río  corren  de  sudoeste  a 
nordeste,  con  lindas  praderas  cubiertas  de  pasto,  muy  frecuentadas 
por  manadas  de  guanacos.  Es  un  río  muy  particular,  pues  tan 
pronto  se  hace  profundo  y  correntoso  como  se  divide  en  múltiples 
brazos  que  ocupan  un  amplio  valle  de  lado  a  lado;  luego,  estos 
brazos  se  reúnen  y  el  río  se  asemeja  a  un  enorme  pantano,  sin 
salida  aparente52.  Lo  que  en  realidad  ocurre  en  este  tramo  es 
que  corre  en  forma  subterránea  y,  tras  de  vencer  muchos  obstácu- 
los y  dividirse  repetidas  veces,  vuelve  a  constituir  un  curso  único. 
Hasta  ahora  no  tenemos  queja  sobre  el  comportamiento  de  los  abo- 
rígenes. Los  dos  muchachos  progresan  muy  lentamente  en  la  lec- 
tura; parece  que  les  repugna  todo  ejercicio  o  concentración  men- 
tal. Han  adquirido,  sin  embargo,  cierto  sentido  de  la  higiene  y  les 
gusta  cuidar  de  su  aspecto  exterior,  pues  se  lavan  puntualmente 
todas  las  mañanas,  peinándose  el  cabello.  Nos  acompañan  en  nues- 
tras devociones  matutinas  y  vespertinas,  aunque  sin  comprender 
una  palabra  de  lo  que  decimos.  Quiera  el  Señor,  dueño  de  todos 
los  corazones,  que  estos  dos  hijos  de  ignorantes  vagabundos  hallen 
pronto  el  camino  de  la  luz,  la  libertad,  la  paz  y  la  vida  que  sólo 
el  Altísimo  confiere. 

Aprender  el  idioma  es  todavía  una  ardua  tarea  para  mí,  pues 
existen,  por  lo  visto,  diferentes  maneras  de  pronunciar  las  pala- 
bras, o  quizá  ello  se  deba  a  que  unos  hablan  con  más  claridad 
que  otros.  He  aquí  algunas  palabras  cuya  transcripción  fonética 
a  nuestro  alfabeto  me  ha  resultado  particularmente  difícil: 


51 


que  los  caballos  casi  tuvieron  que  nadar  para  atravesarlo;  un  indio 
viejo  me  preguntó  si  yo  no  tenía  algo  que  arrojar  a  la  corriente 
y  la  hiciera  bajar  44. 

Viernes  6.  —  El  curandero  Calamelouts 45  declaró  haber  visto, 
durante  la  noche,  a  un  "médico"  indio,  así  como  su  madre,  pro- 
cedente del  río  Negro,  que  se  le  acercaba,  que  era  muy  hermosa, 
etc.  Toda  esta  superchería  me  indujo  a  proponerles,  por  inter 
medio  de  Gemóki,  poner  a  prueba  la  veracidad  de  los  conocimien- 
tos del  "doctor",  así  como  su  capacidad  para  hacer  milagros,  de- 
safiándole  a  que  ensayara  sus  poderes  con  cualquier  parte  de  mi 
cuerpo.  Dice,  por  ejemplo,  que  mediante  una  bola  mágica46, 
guardada  en  un  sitio  secreto,  puede  atontar  o  volver  loco  a  cual- 
quiera con  sólo  tenerla  suspendida  de  la  mano  frente  a  los  ojos 
de  su  víctima.  Le  invité  a  que  me  hiciera  perder  la  razón  con  sus 
hechizos;  si  lo  conseguía,  yo  daría  fe  públicamente  de  sus  poderes 
y  su  sabiduría,  comprometiéndome  a  entregarle,  además,  la  caja 
de  música  que  tanto  codician  aquí.  La  prueba  debía  llevarse  a 
cabo  en  presencia  de  toda  la  tribu,  y  así  lo  anunció  Gemóki;  perc 
el  "doctor"  no  aceptó  el  desafío  y  por  varios  días  no  se  acercó  a 
nuestra  carpa. 

Sábado  7.  —  Fue  hoy  un  día  frío  y  de  fuerte  viento.  Los  indios 
jugaron  un  juego  que  llaman  "Sanke" 47,  en  el  que  toman  parte 
unos  50  hombres  (también  lo  juegan  las  mujeres) ,  divididos  en 
dos  bandos;  armados  cada  uno  de  un  palo,  de  unos  dos  pies  de 
largo  y  punta  curva,  clavan  dos  palos  a  unas  200  yardas  de  distan- 
cia entre  sí  y,  con  una  bocha  de  madera,  comienza  el  juego  a  la 
mitad  del  campo.  Aparentemente,  gana  el  bando  que  consigue  ha- 
cer llegar  la  bocha  hasta  su  propio  palo  dos  veces  seguidas,  lleván- 
dose entonces  todos  los  artículos  que  los  perdedores  colgaron  pre- 
viamente de  él.  Nunca  se  juega  por  ejercicio  o  por  pasatiempo, 
pues  el  indio  siempre  debe  apostar  algo.  Uno  de  los  hombres  re- 
cibió un  bochazo  en  la  cara,  provocándole  una  leve  hinchazón, 
siendo  ello  motivo  para  que  en  la  tarde  se  sacrificara  un  potrillo  48. 

Salí  esta  tarde,  con  Casimiro,  para  visitar  a  un  anciano  ciego. 
Allí  supe  que  entre  los  patagones  existe  la  creencia  en  un  Ser  Su- 
premo, al  que  llaman  "Hela"  49  y  está  casado  con  la  hija  del  sol. 
Parece,  sin  embargo,  que  tal  creencia  sólo  es  compartida  por  algu- 
nos, pues  la  mayoría  no  se  preocupa  por  cosas  invisibles.  No  consi- 
go descubrir  entre  ellos  un  solo  acto  que  pueda  asimilarse  a  un 
verdadero  culto,  a  excepción,  quizá,  de  una  costumbre,  observada 
por  unos  pocos,  de  golpearse  la  coronilla  con  las  manos  cuando 


50 


el  fuego  chisporreteaba  ruidosamente  50;  dicen,  entonces,  que  el  Dios 
está  hablando.  También  creen  que  los  muertos  se  van  a  vivir  a 
otro  lugar n.  Pero,  por  lo  que  veo,  son  profanos  en  su  gran  ma 
yoría  y  carecen  de  toda  devoción.  Pregunté  a  Casimiro  cómo  se 
dice  "alma"  en  su  idioma;  pero  él  no  sabe  ni  comprende  que  pue- 
da existir  tal  cosa  en  nuestro  cuerpo,  capaz  de  dar  a  éste  poder 
y  voluntad  para  actuar  según  su  albedrío. 

Domingo  8.  —  Hoy  es  mi  cumpleaños.  El  último  lo  pasé  en 
Bristol  y  éste  en  "Wacencen",  paradero  indio  de  la  Patagonia,  en 
circunstancias  y  entre  gentes  por  cierto  muy  distintas.  He  recibido 
muchas  muestras  de  la  bondad  de  Dios  en  el  año  transcurrido. 

Octubre  6.  —  Ha  pasado  un  mes,  rápidamente  y  sin  que  haya 
ocurrido  nada  digno  de  mención,  por  lo  que  no  hice  anotación 
alguna  en  mi  diario;  un  día  es  lo  mismo  que  el  otro.  Hemos  per- 
manecido ya  más  de  un  mes  en  este  valle,  avanzando  hacia  el 
oeste  pero  siempre  sobre  la  margen  sur  del  río,  que  desemboca  en 
la  bahía  Coyle.  Tanto  el  valle  como  el  río  corren  de  sudoeste  a 
nordeste,  con  lindas  praderas  cubiertas  de  pasto,  muy  frecuentadas 
por  manadas  de  guanacos.  Es  un  río  muy  particular,  pues  tan 
pronto  se  hace  profundo  y  correntoso  como  se  divide  en  múltiples 
brazos  que  ocupan  un  amplio  valle  de  lado  a  lado;  luego,  estos 
brazos  se  reúnen  y  el  río  se  asemeja  a  un  enorme  pantano,  sin 
salida  aparente52.  Lo  que  en  realidad  ocurre  en  este  tramo  eí 
que  corre  en  forma  subterránea  y,  tras  de  vencer  muchos  obstácu- 
los y  dividirse  repetidas  veces,  vuelve  a  constituir  un  curso  vínico. 
Hasta  ahora  no  tenemos  queja  sobre  el  comportamiento  de  los  abo- 
rígenes. Los  dos  muchachos  progresan  muy  lentamente  en  la  lec- 
tura; parece  que  les  repugna  todo  ejercicio  o  concentración  men- 
tal. Han  adquirido,  sin  embargo,  cierto  sentido  de  la  higiene  y  les 
gusta  cuidar  de  su  aspecto  exterior,  pues  se  lavan  puntualmente 
todas  las  mañanas,  peinándose  el  cabello.  Nos  acompañan  en  nues- 
tras devociones  matutinas  y  vespertinas,  aunque  sin  comprender 
una  palabra  de  lo  que  decimos.  Quiera  el  Señor,  dueño  de  todos 
los  corazones,  que  estos  dos  hijos  de  ignorantes  vagabundos  hallen 
pronto  el  camino  de  la  luz,  la  libertad,  la  paz  y  la  vida  que  sólo 
el  Altísimo  confiere. 

Aprender  el  idioma  es  todavía  una  ardua  tarea  para  mí,  pues 
existen,  por  lo  visto,  diferentes  maneras  de  pronunciar  las  pala* 
bras,  o  quizá  ello  se  deba  a  que  unos  hablan  con  más  claridad 
que  otros.  He  aquí  algunas  palabras  cuya  transcripción  fonética 
a  nuestro  alfabeto  me  ha  resultado  particularmente  difícil: 


51 


Eru  Cabeza 

Nom  Camino 

Con  Río 

Om  Huevo 


que  otros  pronuncian  Erue 

que  otros  pronuncian  Noma 

que  otros  pronuncian  Cona 

que  otros  pronuncian  Orne. 


Hay  muchas  otras,  más  o  menos  parecidas,  que  por  ahora  no 
mencionaré;  en  otra  oportunidad  me  ocuparé  más  extensamente  de 
este  tema. 

Enseñamos  a  los  indios  las  figuras  de  animales  raros  que  hemos 
traído;  muchos  se  interesan  por  ellas  y  preguntan  qué  significan, 
evidentemente  deseosos  de  saber  algo;  pero  generalmente  lo  hacen 
tomando  el  cuadro  al  revés.  Otros  permanecen  impasibles  como  pie- 
dras, incapaces  de  molestarse  a  preguntar  o  examinar,  ni  siquiera 
a  tomar  una  figura  en  la  mano  para  observarla. 

Miércoles  9.  —  Tras  de  recuperar  un  trozo  de  palo  de  los  que 
sostienen  la  carpa,  extraviado  ayer,  salimos  en  dirección  al  sur,  cru- 
zamos el  río  Gallegos  en  un  vado  y  acampamos  sobre  su  margen 
derecha.  Llevó  mucho  tiempo  el  paso  de  toda  la  tribu,  pues  aun  en 
las  partes  más  favorables  es  ancho  y  profundo. 

Lunes  14.  —  Ha  llegado  a  mis  oídos  que  los  indios  se  sienten 
compadecidos  del  hijo  menor  de  Casimiro,  porque  "su  padre  nos 
lo  ha  vendido  y  ahora,  no  es  otra  cosa  que  nuestro  esclavo".  Cuan- 
do tocamos  el  pito  para  llamarlo  a  la  hora  de  la  lección,  o  para 
comer,  acostarse  o  cualquier  otro  menester,  estos  indios  ignorantes 
comentan  entre  sí  (nunca  delante  de  nosotros)  de  esta  suerte:  "Vete 
con  tu  dueño,  muchacho.  Miren  cómo  tiene  que  correr  el  pobrecito. 
¡Qué  padre  tonto  e  inconsciente!  Vender  un  niño  tan  pequeño  y 
dejar  que  lo  usen  como  esclavo!".  Séame  ahora  permitido  describir 
la  clase  de  esclavitud  a  que  están  sometidos  los  dos  hermanos.  Duer- 
men con  nosotros,  en  una  cama  mucho  mejor  y  una  carpa  incom- 
parablemente más  abrigada  que  las  habituales  entre  ellos;  compar- 
ten todo  lo  que  tenemos;  les  enseñamos  a  ser  aseados,  a  lavarse  y  a 
vestirse  decentemente,  proporcionándoles  ropas  adecuadas;  aprenden 
a  leer,  escribir  y  a  hablar  en  inglés;  todo  ello  a  cambio  de  dos  o 
tres  ollas  de  agua  que  nos  traen.  Cuando  no  están  haciendo  alguna 
de  estas  cosas,  están  jugando  afuera,  pues  no  tienen  más  en  qué 
ocuparse.  Tales  son  las  severas  obligaciones  de  nuestros  "dos  escla- 
vos", para  quienes,  dicho  sea  de  paso,  nos  pasamos  el  tiempo  co- 
siendo y  remendando,  a  fin  de  que  aparezcan  presentables.  Con 
toda  su  ignorancia,  estos  indios  son  por  demás  maliciosos  y  desagra- 
decidos. 


52 


Domingo  20.  —  Esta  gente  no  conoce  el  significado  de  una  pro- 
mesa, o  de  una  palabra  empeñada.  Debíamos  permanecer  aquí  cin- 
co días;  pero  esta  mañana,  sin  necesidad  alguna  pues  hay  suficien- 
tes provisiones  en  el  campamento,  vino  el  cacique  a  decirnos  que 
continuaríamos  viaje.  Le  respondimos  que  estaríamos  listos  para 
salir  a  la  mañana  siguiente,  o  cuando  él  considerara  oportuno,  pero 
que  hoy  debíamos  quedarnos  en  este  sitio,  según  lo  estipulado.  Pa- 
reció conformarse  ante  nuestras  objeciones,  pero  antes  de  que  trans- 
curriera una  hora  volvió,  insistiendo  en  su  decisión  de  partir.  En  el 
camino  Casimiro  nos  llevó  hasta  unos  acantilados  rocosos  "habita- 
dos por  duendes,  que  ellos  llaman  "yicelum",  visibles  solamente  de 
noche,  a  los  que  nadie  osa  acercarse  solo,  pues  el  caballo  moriría 
instantáneamente  y  su  dueño  se  volvería  loco".  Nos  mostró  unas 
figuras,  visibles  sobre  la  roca  en  varios  lugares;  una  de  ellas  me  pa- 
reció demasiado  extraña  como  para  ser  natural  y  aquí  acompaño 
un  bosquejo.  (Omititnos  el  dibujo)7'3.  Estas  toscas  imágenes  han 
sido  evidentemente  pintadas  con  algún  pigmento  rojo;  pero  como 
los  aborígenes  no  poseen  tinturas  de  este  tipo  54,  prefieren  atribuir- 
las a  los  "yicelum". 

Jueves  31.—  Un  pequeño  grupo  de  indios  salió  esta  mañana  ha- 
cia la  Colonia.  Con  uno  de  ellos,  que  conozco  bien  y  me  merece 
confianza,  envié  una  carta  a  Su  Excelencia  el  Gobernador  y  otra 
al  doctor  Burns,  informándoles  sobre  nuestro  buen  estado  de  salud 
y  la  esperanza  que  abrigábamos  de  llegar  a  Punta  Arenas  dentro  de 
los  próximos  diez  días.  Después  del  desayuno,  el  señor  Hunziker 
yo  y  los  hijos  de  Casimiro  fuimos  a  caballo  hasta  un  cerro  cercano 
que,  según  los  indios,  tenía  un  agujero  muy  notable  y  profundo  en 
la  cumbre.  Al  llegar  allí  comprobamos  que  no  era  más  que  el  crá- 
ter de  un  volcán  extinguido.  Cerca  de  la  cumbre  y  a  la  salida  del 
cráter  hay  rocas  volcánicas;  la  boca  tiene  unos  60  pies  de  profun- 
didad por  diez  de  diámetro,  doblando  en  el  fondo  para  formar  un 
conducto  casi  en  ángulo  recto  con  aquélla.  Deduzco  que  es  un  crá- 
ter por  la  presencia  de  rocas  muy  ásperas,  con  aspecto  de  haber 
sido  quemadas,  distribuidas  alrededor  de  toda  la  depresión,  así  co 
mo  de  lava,  escorias  y  cenizas  por  doquier,  que,  como  se  sabe,  cons- 
tituyen el  acostumbrado  depósito  cerca  de  la  salida  del  volcán. 

Martes  5  de  noviembre. —  'Los,  mensajeros  que  fueron  a  la  Co 
lonia  salieron  de  ésta  ayer  por  la  tarde,  llegando  aquí  esta  mañana 
alrededor  de  las  once.  Me  trajeron  una  carta  del  doctor  y  una  pe- 
queña bolsa  con  víveres  —  bizcochos,  té,  café,  azúcar  y  algunas  golo- 
sinas enviadas  por  la  señora  Burns.  El  doctor  me  informaba  en 


53 


su  carta  sobre  la  llegada  de  varios  regalos,  remitidos  por  amigos  de 
Valparaíso,  como  bizcochos,  harinas,  papas,  azúcar,  té,  una  caja  de 
condimentos,  cierta  cantidad  de  juguetes  y  dos  tortas  de  Navidad 
hechas  por  la  generosa  señora  Dennett.  Todo  había  sido  enviado 
por  el  señor  Dennett  a  bordo  del  Calypso,  que  arribó  a  Punta  Are 
ñas  el  21  de  octubre. 

Viernes  8.  —  Habiéndose  decidido  que  hoy  iniciaríamos  la  mar- 
cha hacia  la  Colonia,  nos  aprontamos  para  salir  bien  temprano. 
Apartamos  todas  nuestras  pertenencias  y  cargamos  los  caballos.  Tras 
una  larga  discusión  y  mutuos  insultos  entre  Casimiro  y  su  mujer, 
abandonamos  el  campamento,  llamado  She-aiken.  Fue  una  marcha 
muy  larga  y  rápida,  al  trote  y  galope  todo  el  tiempo,  de  manera  que 
al  llegar  al  campamento,  cercano  a  Peckett  Harbour,  más  que  can- 
sado y  deprimido,  me  sentía  realmente  enfermo.  Estábamos  empa- 
pados hasta  los  huesos,  habiendo  llovido  continuamente  en  la  últi- 
ma parte  del  camino.  Llegados  al  paradero  deseado,  armamos  la 
carpa  y  nos  reconfortamos  con  una  buena  taza  de  cacao.  Como 
Casimiro  no  había  traído  su  toldo,  le  ofrecimos  alojamiento  en  la 
carpa,  pero  lo  rehusó.  Casi  todos  los  indios  que  iban  a  la  Colonia 
se  adelantaron,  cruzaron  la  entrada  de  una  bahía  cerca  de  Peckett 
Harbour  y  acamparon  del  otro  lado. 


54 


Capítulo  V 


DIARIO  DE  SCHMID 
The  Voicc  of  pity  for  South  America,  IX,  155-161;  London,  1862 


Ultimas  jornadas.  —  Llegada  a  Punta  Arenas.  —  Arrepenti- 
miento de  Gemóki.  —  Reparto  de  mercaderías  y  sus  inconve- 
nientes. —  La  vida  rutinaria  de  campamento.  —  El  idioma 
patagón  y  sus  dificultades.  —  Volcán  en  la  cordillera.  —  Nom- 
bre de  las  tribus  patagónicas. 

Sábado  9  —  Como  a  las  cinco  y  media  de  la  mañana  salimos  de 
Horsh,  reanudando  la  marcha.  Al  llegar  a  la  bahía  nos  encontramos 
con  marea  alta,  por  lo  que  hubimos  de  esperar  unas  dos  horas  antes 
de  poder  cruzar,  demora  que  aprovechamos  para  hacer  un  poco  de 
cacao,  pues  habíamos  salido  sin  desayuno.  Una  vez  atravesado  el 
brazo  de  mar,  volvimos  a  apresurar  el  paso  y,  donde  el  camino  lo 
permitía,  marchamos  al  trote  y  galope.  A  las  12.30  llegábamos  a 
bahía  Laredo,  alcanzando  allí  a  Gemóki  y  otro  indio;  sólo  no* 
detuvimos  el  tiempo  necesario  para  ajustar  las  monturas  y  arreglar 
la  carga,  hecho  lo  cual  continuamos  a  paso  firme  y  alcanzamos  a  los 
que  se  nos  habían  adelantado  ayer.  Fuimos  de  los  primeros  en  lle- 
gar a  Tres  Puentes,  poco  antes  de  la  entrada  a  la  Colonia,  y  allí 
nos  detuvimos  para  lavarnos  y  hacernos  un  poco  presentables.  Mon- 
tando una  vez  más,  nos  acercamos  a  la  base,  donde  Su  Excelencia 
el  Gobernador  nos  recibió  con  toda  amabilidad,  preguntándonos 
cómo  nos  encontrábamos.  Nos  comunicó  la  llegada  del  Calypso  y, 
al  pasar  por  su  residencia,  me  entregó  un  pequeño  paquete  de  car- 


55 


tas,  ujnto  con  la  del  señor  Dennett.  Nos  invitó  a  hacerle  una  visita 
cuando  tuviéramos  oportunidad.  Eran  las  tres  y  media  de  la  tarde 
cuando,  por  fin  llegamos  a  nuestro  alojamiento  de  Punta  Arenas; 
desensillamos  los  caballos,  descargamos  y,  tras  de  asearnos  un  poco 
y  quitarnos  los  rastros  dejados  por  el  incómodo  viaje,  acariciamos 
la  esperanza  de  proporcionarnos  un  descanso.  El  doctor  y  la  se 
ñora  Burns  nos  dieron  la  habitual  bienvenida,  siempre  franca  y 
generosa. 

Domingo  10.  —  Hicimos  una  visita  al  Gobernador,  pasando  una 
hora  agradablemente  agasajados.  Se  mostró  muy  afable  y  comuni- 
cativo, anunciándonos  que  a  raíz  de  los  recientes  cambios  políticos 
ocurridos  en  Chile,  esperaba  ser  relevado  de  sus  funciones,  siendo 
muy  probable  que  en  el  próximo  buque  de  aprovisionamiento  arri- 
bara el  nuevo  Gobernador.  Nos  aseguró  que  ningún  funcionario 
podía  oponerse  legalmente  a  que  anduviéramos  con  los  indios  en 
sus  peregrinaciones;  pero,  si  quería,  podría  poner  trabas  y  dificul- 
tades para  molestarnos.  Nos  dijo  que  Gemóki  se  le  había  aperso- 
nado ayer,  pronunciando  un  verdadero  discurso  a  manera  de  pedi- 
do de  disculpas  por  su  informal  conducta  anterior;  expresó  que 
reconocía  haberse  conducido  como  un  bribón,  pero  que  había  cam- 
biado en  el  Ínterin  y  en  adelante  no  daría  lugar  a  quejas. 

Alrededor  de  las  3.30  de  la  tarde  ancló  en  el  puerto  el  vapor 
Cameleon,  en  viaje  al  Pacífico.  Al  regresar  a  tierra,  el  Gobernador 
(que  visita,  sin  excepción,  cuanto  buque  pasa  por  aquí) ,  me  comu- 
nicó la  posibilidad  de  enviar  cartas  a  Valparaíso,  si  deseaba  escribir. 

Lunes  11.  — Vedi  esta  mañana  al  encargado  del  depósito  que  me 
entregara  algunas  de  las  provisiones  dejadas  en  su  custodia.  Retiré 
todas  las  cajas  enviadas  por  el  señor  Dennett,  así  como  el  dinero  ne 
cesario  para  pagar  lo  prometido  a  los  indios,  cosa  que  pensaba  ha- 
cer hoy  mismo.  Como  el  Gobernador  expresara  su  deseo  de  estar 
presente  en  el  reparto,  me  rogó  que  postergara  éste  para  el  día  si- 
guiente, hallándose  muy  ocupado  hoy  con  la  correspondencia.  Las 
tortas  hechas  por  la  señora  Dennett  estaban  tan  frescas  como  si  las 
hubiera  hecho  ayer  y  todo  lo  que  envió  el  señor  Dennett  se  halla 
en  orden. 

El  primer  oficial  envió  un  grumete  para  invitarnos  a  ir  a  bordo, 
acompañados  de  tres  indios;  aceptamos  la  invitación,  llevando  con 
nosotros  a  Gemóki,  Crimen  y  Casimiro.  Lamento  tener  que  decir 
que  los  oficiales  les  proporcionaron  bebida;  aunque  bajo  la  influen- 
cia del  alcohol,  se  comportaron  bien  al  principio,  pero  al  cabo  de 
un  rato  Casimiro  se  tornó  ruidoso  y  molesto  con  sus  preguntas  y 


56 


pedidos  insistentes,  mostrándose  ofendido  y  agresivo  cuando  no  se 
lo  complacía.  El  primer  oficial  tuvo  que  ordenar  a  un  cabo  que 
lo  sacara  de  la  cubierta  y  lo  llevara  a  tierra.  El  Comandante  H. 
me  invitó  a  pasar  a  la  cabina,  deseando  hacerme  algunas  preguntas 
sobre  los  aborígenes  y  sus  costumbres;  viendo  que  su  curiosidad  obe- 
decía a  un  sincero  interés  por  nuestra  obra,  le  proporcioné  toda  la 
información  requerida  y  se  mostró  muy  agradecido  por  ella  cuando 
me  levanté  para  retirarme. 

Martes  12.  —  Repartimos  hoy  las  cosas  que  prometiéramos  a  los 
indios  a  cambio  de  su  hospitalidad,  etc.,  hallándose  presente  el  Go- 
bernador mientras  hacíamos  esto.  Se  llevaron  todo  lo  que  recibie- 
ron y  procedimos  a  distribuir  los  regalos  reservados  para  los  hom- 
bres más  prominentes  de  la  tribu.  Muchas  mujeres  comenzaron  a 
hacer  oír  sus  acostumbrados  cánticos  durante  el  reparto,  en  señal 
de  satisfacción  y  júbilo  Por  la  tarde  hicimos  otro  tanto  con  los 
artículos  contenidos  en  el  cajón  grande,  haciéndoles  presente  su 
compromiso  de  no  regalar  ni  vender  lo  que  recibían.  Casimiro  se 
creyó  capacitado  para  supervisar  las  operaciones,  determinando  a 
su  criterio  quién  debía  ser  el  destinatario  de  cada  objeto;  pero  nos- 
otros los  distribuimos  de  acuerdo  con  nuestro  parecer. 

Miércoles  13.  —  Como  me  lo  sospechaba,  rápidamente  se  supo 
que  muchos  artículos  distribuidos  ayer  ya  habían  sido  comerciados 
entre  el  vecindario,  por  lo  que  puse  fin  al  reparto.  Es  verdadera- 
mente indignante  la  forma  en  que  proceden  estos  indios,  después 
de  haber  mendigado  de  nosotros  cuanto  veían  y  de  su  promesa  de 
no  enajenar  lo  que  con  tanta  insistencia  decían  necesitar.  Esta  in- 
sistencia llega  a  extremos  de  impertinencia  y  descaro  difíciles  de 
imaginar  para  quien  no  los  ha  presenciado.  Por  la  tarde  apareció 
la  madre  de  Gemóki,  trayendo  consigo  nada  menos  que  seis  bolsas 
y  esperando  que  se  las  llenara  con  provisiones;  en  agradecimiento 
de  las  atenciones  que  antes  tuviera  conmigo,  le  di  algunos  bizco- 
chos y  un  poco  de  arroz;  pero  esto  no  alcanzó  para  llenar  dos  bol- 
sas, ni  mucho  menos.  Cuanto  más  se  les  da,  más  piden;  a  veces 
parecen  satisfechas,  pero  sólo  por  un  rato,  pues  siempre  vuelven, 
mendigando  más  y  más.  Si  accedo  a  las  súplicas  de  uno  y  le  doy 
unos  bizcochos,  sigue  pidiendo  azúcar,  luego  quiere  arroz,  luego  ha- 
rina, tabaco  y,  cuando  ya  no  sabe  qué  pedir,  quiere  agua  caliente 
con  azúcar.   Casi  toda  la  tribu  abandonó  la  Colonia  esta  mañana. 

Pasemos  ahora  a  otros  temas.  En  primer  lugar,  relataré  la  for- 
ma cómo  pasamos  el  tiempo  durante  la  campaña.  La  rutina  dia- 
ria consistió  en  lo  siguiente:   Tras  del  aseo  personal  al  levantarnos 


57 


de  nuestras  duras  camas,  cumplimos  con  las  devociones  matinales, 
abriendo  la  entrada  de  la  carpa  mientras  hacíamos  esto,  para  que 
nos  vieran  todos.  No  era  necesaria  tal  precaución,  en  realidad, 
pues  antes  de  dar  comienzo  a  nuestras  oraciones  varios  indios  ya 
se  habían  introducido  por  debajo  de  la  lona.  Siguiendo  las  ins- 
trucciones de  la  Comisión  que  usted  me  transmitiera,  hicimos  pú- 
blica nuestra  fe  mediante  ceremonias  religiosas  cotidianas;  hom- 
bres, mujeres  o  niños  se  encontraban  siempre  cerca,  observándonos 
atentamente  mientras  oficiábamos,  silenciosos  algunos,  hablando  o 
haciendo  cualquier  ruido  los  más.  Algunos  trataban  de  hablarnos, 
con  el  pretexto  de  necesitar  una  herramienta  o,  simplemente,  para 
distraer  nuestra  atención  hacia  cualquier  otra  cosa.  Repetidas  ve- 
ces les  dijimos  que  no  nos  molestaran,  pero  casi  no  transcurría  un 
día  sin  incidentes  desagradables  de  esta  clase  mientras  leíamos  al- 
gún pasaje  de  las  Sagradas  Escrituras,  o  nos  dirigíamos  a  Dios  en 
oración.  Los  dos  hijos  de  Casimiro,  nuestros  pupilos,  se  quedaban 
de  rodillas  a  nuestro  lado,  pero  sin  comprender  lo  que  significaba 
todo  aquello.  No  hay  en  estos  salvajes  la  menor  señal  de  devoción; 
sus  mentes  son,  por  tal  motivo,  profanas  y  oscuras  en  extremo. 
Nunca  se  les  ocurre  preguntar  nada  sobre  cosas  que  no  alcancen 
a  ver  directamente.  Esperábamos  que,  al  presenciar  nuestro  ofi- 
cio religioso,  sintieran  alguna  curiosidad  por  saber  qué  significa- 
ban nuestros  actos  y  nos  hicieran  alguna  pregunta;  pero  esperamos 
en  vano,  desalentados,  malogrados  en  nuestros  esfuerzos  y  heridos 
nuestros  sentimientos  redentores.  Terminadas  las  oraciones,  dedi- 
cábamos alrededor  de  una  hora  a  la  enseñanza  de  nuestros  discí- 
pulos, especialmente  a  la  lectura;  los  progresos  fueron  tan  lentos 
que  me  costaba  creer  que  pudiera  haber  memorias  tan  poco  reten- 
tivas como  las  de  esos  dos  niños.  El  mayor  era  algo  más  diligente 
que  su  hermano  y  un  poco  más  adicto  a  las  lecciones;  pero  el 
menor  era  la  indolencia  personificada  en  cuanto  pudiera  implicar 
un  esfuerzo  cerebral.  A  los  dos  les  gusta  jugar,  correr  o  salir  en 
busca  de  huevos.  En  esto  pueden  pasarse  las  horas;  pero  cuando 
de  lecciones  se  trata,  antes  de  media  hora  están  fatigados,  exhaus- 
tos! El  señor  Hunziker  les  enseñaba  a  leer  por  la  tarde  y  todos 
los  días  tenían  ejercicios  de  escritura.  Queríamos  proceder  paso 
a  paso  y  hacerles  abandonar  gradualmente  su  holgazanería:  primero 
una  lección,  luego  dos  y,  por  fin,  tres  (esta  última  de  escritura) . 
Demás  está  decir  que  nunca  tuvimos  horas  fijas  para  las  comidas 
y,  por  cierto,  no  las  habrá  mientras  llevemos  esta  odiosa  vida  de 
vagabundos  5C.  Antes  de  acostarnos  (confieso  que  lo  hacíamos  bien 


58 


temprano,  por  carecer  de  velas  y  no  poder  mantener  el  fuego) , 
leíamos  un  pasaje  del  Nuevo  Testamento  y  ofrecíamos  el  sacrificio 
vespertino,  hallándose  casi  siempre  presentes  los  dos  muchachos.  Se 
levantaban  y  se  acostaban  siempre  al  mismo  tiempo  que  nosotros, 
lavándose  y  peinándose  todas  las  mañanas.  Los  vestíamos  con  una 
camisa,  pantalones  y  una  blusa,  lo  que  les  confería  un  aspecto  más 
o  menos  civilizado.  Les  enseñamos  a  hacer  sus  camas  y  a  mante- 
nerse limpios  y  ordenados;  el  resultado,  hasta  ahora,  parece  satis- 
factorio. Les  hablamos  siempre  en  inglés,  enseñándoles  frases  sen- 
cillas que  ahora  repiten,  en  su  mayoría,  correctamente.  A  Gálbez, 
el  mayor,  le  gusta  mucho  hablar  inglés,  preguntándonos  a  veces, 
si  quería  saber  el  nombre  de  algo:  "¿Cómo  se  llama  esto?"  Hasta 
saludó  al  doctor  Burns  con  un  "Buenos  días,  doctor".  Cuando 
no  estábamos  enseñando,  nos  dedicábamos  a  la  costura,  confeccio- 
nando ropas  para  los  muchachos,  remendando  o  convirtiendo  en 
poncho  algún  paño  viejo  que  nos  traía  un  indio,  para  que  lo  trans- 
formáramos. Otras  veces  me  dedicaba  al  vocabulario  indígena,  co- 
leccionando vocablos  y  ordenándolos,  en  la  esperanza  de  hallar 
alguna  regla  de  construcción  gramatical  que  me  proporcionara  una 
clave  para  descifrar  lo  que  aún  desconocía.  He  juntado  ya  1050  57 
palabras;  cuando  haya  terminado  de  escribir  cartas  me  pondré  a 
ordenarlas  alfabéticamente.  Me  he  limitado  a  usar  el  alfabeto  co- 
rriente, pues  he  comprobado  que  responde  a  las  necesidades  igual 
que  el  fonético;  más  aún,  creo  que  es  mejor,  ya  que  sólo  posee 
vocales  suficientes  para  lo  que  puede  aprender  un  indio.  Sólo  se 
conseguiría  confundirlos  con  un  número  mayor  y  no  las  aprende- 
rían. El  idioma  me  resulta  todavía  difícil,  porque  no  pronuncian 
claramente  las  palabras.  Es  muy  importante  para  nosotros  oír  ní- 
tidamente lo  que  dicen;  si  pronunciaran  bien  todas  las  sílabas,  po- 
dríamos escribirlas  de  modo  que  pudieran  repetirse  correctamente. 
Así  por  ejemplo,  tengo  en  mi  vocabulario  el  vocablo  Yi-gaischc, 
que  significa  "yo  llamo"'.  La  forma  entera  y  correcta  es  Yigaisheshc; 
pero  la  última  sílaba,  eshc,  se  pronuncia  de  manera  indistinta, 
o  se  une  a  la  precedente,  de  modo  que  cuesta  distinguirla  al  prin- 
cipio. Además,  siempre  están  inventando  nuevas  palabras  y  des- 
echando otras,  que  vo  había  aprendido  en  mi  viaje  anterior 5S, 
aunque  no  totalmente,  pues  algunos  indios  las  conservan.  Tal  es  el 
caso,  por  ejemplo,  si  muere  alguien  cuyo  nombre  guarda  alguna 
semejanza  con  el  de  un  objeto  o  de  un  verbo.  Esta  costumbre 
desorienta  y  confunde  sobremanera. 

Durante  nuestras  andanzas  llegamos  hasta  unas  pocas  millas  de 


59 


la  bahía  Coyle.  De  allí  avanzamos  hacia  el  oeste,  con  la  intención 
de  visitar  un  volcán  que,  según  los  indios,  se  encuentra  entre  los 
ríos  Gallegos  y  Santa  Cruz,  ya  en  la  cordillera;  pero  como  no  se 
puede  confiar  en  lo  que  dicen,  pronto  cambiaron  de  idea  y  se 
negaron  a  llegar  hasta  allí.  He  mantenido  constantemente  un  dia- 
rio de  observaciones  meteorológicas,  valiéndome  tan  sólo  de  un 
termómetro  y  una  brújula,  pues  no  tengo  barómetro.  Los  meses 
de  primavera  se  han  presentado  desapacibles  y  con  mucho  viento. 
No  hay  nada  que  valga  la  pena  mencionar  en  cuanto  al  paisaje 
de  las  regiones  recorridas,  pues  es  siempre  el  mismo.  Un  arroyo, 
aparentemente  importante,  desemboca,  según  creo,  en  la  bahía  Coy- 
te;  en  algunos  puntos  era  tan  profundo  como  el  río  Gallegos.  Se 
espera  que  de  un  momento  a  otro  regrese  Caili  del  río  Negro, 
junto  con  muchos  otros  miembros  de  esta  tribu  del  sur.  Casimiro 
me  proporcionó  el  nombre  de  varias  tribus  patagónicas:  Hananicenc 
Zson-ca  y  Ganmetcenc-Zson-ca  forman  un  grupo  con  una  misma 
lengua;  Dc'-ushenc  Zson-ca,  con  otra  lengua;  Cebenicenc  Zson-ca, 
Yancez-ccnc  Zson-ca,  Lalmejenc  Zson-ca  ó  Yacush  son  otras  tres  tri- 
bus con  una  misma  lengua.  Los  Lalmejenc  son  los  mismos  indios 
que  nosotros  conocemos  como  "Araucanos"  59.  Huilliche  es  el  nom- 
bre con  que  los  Araucanos  designan  a  nuestra  tribu,  los  Hananicenc. 
La  palabra  Tsoneca  o,  como  la  escribo  ahora,  Zson,  significa  "gen- 
te", según  he  podido  deducir  y  corresponde  al  vocablo  "che"  de 
los  Araucanos. 


60 


Capítulo  VI 


CARTA  DE  SCHMID 
The  Voice  of  pity  for  South  América,  X,  21-28;  London,  1865? 

Guano  de  isla  Leones.  —  Nueva  construcción.  —  Vida  diaria.  — 
Temperaturas.  —  Cacería.  —  Indígenas. 

Santa  Cruz,  julio  de  1862. 

Mi  estimado  señor  Bull 60 :  Hallándose  una  goleta  cerca  de  la 
Isla  Leones,  cargando  guano  con  destino  a  Stanley,  aprovecho  la 
oportunidad  para  remitir  la  presente  por  intermedio  del  capitán. 
Sé  que  estarán  ustedes  ansiosos  por  saber  cómo  nos  va  y,  por  mi 
parte,  tengo  vivos  deseos  de  informarles  al  respecto.  Con  gran  pla- 
cer puedo  manifestar  que  nuestro  progreso  es  altamente  satisfac- 
torio,  mucho  más  de  lo  que  pudiera  esperarse  si  se  tiene  en  cuenta 
que  estamos  en  pleno  invierno.  Desde  mi  última  carta,  escrita  en 
este  lugar,  grandes  han  sido  los  cambios  experimentados;  creo  que 
se  mostraría  usted  muy  conforme  con  nosotros  si  hubiera  podido  ver 
esto  cuando  nos  dejó  aquí  la  goleta  y  ahora,  después  de  transcu- 
rrido un  mes. 

Ante  todo,  debo  declarar  que  las  cosas  no  habrían  ido  tan  bien 
si  José  no  hubiera  estado  con  nosotros.  Considero  una  maravillosa 
manifestación  de  la  voluntad  de  Dios  al  hecho  que  la  Wizard 
debiera  regresar  a  Stanley  y  hacer  que  José  se  embarcara,  después 
de  todo,  en  la  goleta  de  Smyley;  y  todo  ello,  precisamente,  cuando 
nos  disponíamos  a  abandonar  este  puerto. 


61 


Ni  el  señor  Hunziker  ni  Gardiner  hubieran  esperado  gozar  de 
las  comodidades  y  el  abrigo  que  ahora  poseemos;  de  ello  estov 
seguro,  así  como  de  que  habrían  necesitado  mucho  más  tiempo  del 
que  hubieran  podido  disponer,  ya  que  avanzaba  la  estación  fría. 
Con  las  tablas  que  compré  al  señor  Goss,  José  construyó  una  habi- 
tación anexa  a  la  pequeña  choza,  terminándola  completamente  a 
la  semana  de  establecer  nuestra  base  aquí,  el  sábado  7  de  junio. 
Es  una  habitación  de  6  por  6  por  8  pies;  no  teniendo  ventanas, 
José  puso  un  vidrio  en  cada  una  de  las  tres  paredes  de  la  nueva 
pieza,  que  se  halla  del  lado  norte  de  la  antigua  choza,  separada 
de  ésta  por  la  primitiva  pared  y  comunicando  con  ella  por  medio 
de  una  abertura,  dejada  al  sacar  tres  tablones.  En  el  lugar  co- 
rrespondiente a  la  puerta,  coloqué  una  cortina  de  bayeta  roja  de 
mi  propia  confección;  pero  hasta  ahora  no  sirve  más  que  como 
adorno,  pues  el  ocupante  de  la  otra  habitación  se  traslada  a  la 
nuestra  todas  las  noches,  deseando  aprovechar  el  calor  de  la  cocina. 

Sabiendo  que  ha  de  interesar  a  usted,  de  manera  especial,  la 
forma  en  que  trabajamos,  diré  ahora  algo  sobre  nuestra  organiza- 
ción doméstica  y  nuestras  ocupaciones. 

Nos  levantamos  a  las  7;  pero  como  a  esa  hora  todavía  está  os- 
curo, no  comenzamos  nuestras  tareas  hasta  después  del  desayuno, 
el  que  es  preparado  por  Gardiner  y  debe  estar  siempre  pronto  a 
las  8;  pongo  especial  empeño  en  mantener  ese  horario.  Dicho  des- 
ayuno consiste  en  un  plato  de  avena  hervida,  bizcochos  y,  a  veces, 
carne  fresca;  todos  preferimos  la  primera  y  desearíamos  tener  más 
avena  de  la  que  hay.  Acto  seguido  realizamos  el  servicio  religioso 
matutino,  que  yo  conduzco  de  la  siguiente  manera:  cantamos  un 
himno  (del  libro  de  himnos  de  la  Christian  Knowledge  Society 
que  usted  nos  regalara  a  Hunziker  y  a  mí)  y  que  elijo  cada  día 
según  mi  parecer;  luego  leo  un  pasaje  de  las  Sagradas  Escrituras 
(generalmente  el  Profeta  Isaías) ,  pronunciando  algunas  palabras 
alusivas,  a  manera  de  práctica,  y  termino  por  elevar  la  oración. 
El  señor  Hunziker,  que  posee  una  buena  voz,  dirige  el  canto;  pero 
como  no  se  halla  muy  familiarizado  con  los  himnos  ingleses,  yo 
elijo  éstos  entre  los  más  conocidos.  Terminado  el  oficio  religioso, 
José  y  Hunziker  salen  con  sus  escopetas  en  busca  de  un  guanaco, 
un  avestruz  o  un  ganso.  Guanacos  y  avestruces  abundan  en  esta 
zona,  pero  son  tan  ariscos  que  resulta  difícil  colocarse  a  tiro  de 
escopeta  de  ellos;  el  único  recurso  consiste  en  echarse  detrás  de 
un  arbusto  y  esperarlos  allí.  Todos  los  días  bajan  avestruces  a 
nuestro  valle,  pero  rara  vez  se  ponen  a  tiro  del  cazador  agazapado, 


62 


o  bien  lo  hacen  cuando  nos  hallamos  desprevenidos.  Ello  no  obs- 
tante, José  ha  tenido  éxito  varias  veces,  pues  ha  logrado  dar  caza 
a  cuatro  o  cinco  avestruces  y  un  guanaco,  al  que  consiguió  hacer 
entrar  al  agua  con  marea  alta  y  cerca  de  la  choza.  Hecho  esto, 
no  tuvo  escapatoria;  José  lo  mató  de  un  tiro  y  nosotros  llevamos 
el  bote  al  agua,  para  traerlo  a  la  costa  lo  más  rápido  posible, 
pues  la  marea  comenzó  a  descender  y  a  llevarlo  aguas  abajo.  Fue 
así  como  pudimos  aprovisionarnos  de  carne  fresca,  que  nos  duró  un 
buen  tiempo.  Tenemos  sobradas  razones  para  felicitarnos  de  dis- 
poner de  un  buen  bote,  verdadera  necesidad  en  lugares  como  éste. 

Después  de  la  caza,  José  y  el  señor  Hunziker  se  ocupan  en  los 
quehaceres  domésticos,  mientras  Gardiner  prepara  el  almuerzo.  Una 
vez  terminado  éste  y  lavada  la  vajilla,  lo  envío  a  limpiar  de  ma- 
lezas el  sitio  donde  haremos  la  quinta,  o  le  doy  cualquier  otra 
tarea.  Trabajamos  hasta  las  cinco  de  la  tarde  y  en  seguida  tomamos 
el  té.  Por  mi  parte,  siempre  encuentro  algo  que  hacer  en  la  casa 
cuando  empieza  a  oscurecer,  preparando,  al  mismo  tiempo,  lo  ne- 
cesario para  el  té.  Olvidaba  decir  que  nuestro  almuerzo  consiste 
en  carne  de  guanaco  o  de  avestruz,  asada  un  día  y  guisada  el  otro, 
acompañada  de  arroz.  El  sábado,  Gardiner  deja  listo  el  almuerzo 
para  el  día  siguiente,  sin  trabajar  afuera  durante  el  resto  de  la 
tarde,  de  acuerdo  con  mis  instrucciones.  A  la  hora  del  té  come- 
mos un  poco  de  la  carne  que  sobró  del  almuerzo,  o  bien  freímos 
hígado  o  corazón  de  guanaco,  o  avestruz,  etc.  Con  la  excelente  le- 
vadura que  obtuvimos  a  bordo  del  buque  del  canitán  Norris, 
hacemos  bastante  buen  pan  (sólo  para  el  té) ,  que  José  amasa  y 
yo  horneo.  Consumimos  un  pan  por  noche,  pues  nuestros  anetitos 
son  magníficos.  José  amasa  lo  suficiente  para  tres  panes  a  la  vez, 
lo  que  constituyen  una  horneada,  cada  una  de  las  cuales  me  toma 
una  hora  v  cuarto  en  nuestra  excelente  cocina.  A  las  6,30  efec- 
tuamos el  oficio  vespertino,  cuva  dirección  encargué  al  señor  Hun- 
ziker, cantando  uno  de  los  himnos  de  la  tarde;  el  señor  Hunziker 
lee  entonces  la  segunda  lección  vespertina  y  concluve  elevando  una 
oración.  Siempre  se  hallan  presentes  José  y  Gardiner. 

Antes  y  después  de  estas  oraciones,  me  dedico  a  enseñar  orto- 
grafía o  aritmética  a  Gardiner.  Ambos  hombres  se  acuestan  alre- 
dedor de  las  7  y  nosotros,  debiendo  cuidar  la  provisión  de  velas, 
hacemos  otro  tanto  a  las  8.30. 

El  clima  de  Santa  Cruz  parece  muy  bueno;  quiero  decir  con 
ello  que  no  sufrimos  con  la  humedad,  tan  molesta  en  las  Falk- 
lands.  Hemos  gozado  de  una  serie  de  días  despejados,  pero,  a  mi 


63 


Ni  el  señor  Hunziker  ni  Gardiner  hubieran  esperado  gozar  de 
las  comodidades  y  el  abrigo  que  ahora  poseemos;  de  ello  estoy- 
seguro,  así  como  de  que  habrían  necesitado  mucho  más  tiempo  del 
que  hubieran  podido  disponer,  ya  que  avanzaba  la  estación  fría. 
Con  las  tablas  que  compré  al  señor  Goss,  José  construyó  una  habi- 
tación anexa  a  la  pequeña  choza,  terminándola  completamente  a 
la  semana  de  establecer  nuestra  base  aquí,  el  sábado  7  de  junio. 
Es  una  habitación  de  6  por  6  por  8  pies;  no  teniendo  ventanas, 
José  puso  un  vidrio  en  cada  una  de  las  tres  paredes  de  la  nueva 
pieza,  que  se  halla  del  lado  norte  de  la  antigua  choza,  separada 
de  ésta  por  la  primitiva  pared  y  comunicando  con  ella  por  medio 
de  una  abertura,  dejada  al  sacar  tres  tablones.  En  el  lugar  co- 
rrespondiente a  la  puerta,  coloqué  una  cortina  de  bayeta  roja  de 
mi  propia  confección;  pero  hasta  ahora  no  sirve  más  que  como 
adorno,  pues  el  ocupante  de  la  otra  habitación  se  traslada  a  la 
nuestra  todas  las  noches,  deseando  aprovechar  el  calor  de  la  cocina. 

Sabiendo  que  ha  de  interesar  a  usted,  de  manera  especial,  la 
forma  en  que  trabajamos,  diré  ahora  algo  sobre  nuestra  organiza- 
ción doméstica  y  nuestras  ocupaciones. 

Nos  levantamos  a  las  7;  pero  como  a  esa  hora  todavía  está  os- 
curo, no  comenzamos  nuestras  tareas  hasta  después  del  desayuno, 
el  que  es  preparado  por  Gardiner  y  debe  estar  siempre  pronto  a 
las  8;  pongo  especial  empeño  en  mantener  ese  horario.  Dicho  des- 
ayuno consiste  en  un  plato  de  avena  hervida,  bizxochos  y,  a  veces, 
carne  fresca;  todos  preferimos  la  primera  y  desearíamos  tener  más 
avena  de  la  que  hay.  Acto  seguido  realizamos  el  servicio  religioso 
matutino,  que  yo  conduzco  de  la  siguiente  manera:  cantamos  un 
himno  (del  libro  de  himnos  de  la  Christian  Knowledge  Society 
que  usted  nos  regalara  a  Hunziker  y  a  mí)  y  que  elijo  cada  día 
según  mi  parecer;  luego  leo  un  pasaje  de  las  Sagradas  Escrituras 
(generalmente  el  Profeta  Isaías) ,  pronunciando  algunas  palabras 
alusivas,  a  manera  de  práctica,  y  termino  por  elevar  la  oración. 
El  señor  Hunziker,  que  posee  una  buena  voz,  dirige  el  canto;  pero 
como  no  se  halla  muy  familiarizado  con  los  himnos  ingleses,  yo 
elijo  éstos  entre  los  más  conocidos.  Terminado  el  oficio  religioso, 
José  y  Hunziker  salen  con  sus  escopetas  en  busca  de  un  guanaco, 
un  avestruz  o  un  ganso.  Guanacos  y  avestruces  abundan  en  esta 
zona,  pero  son  tan  ariscos  que  resulta  difícil  colocarse  a  tiro  de 
escopeta  de  ellos;  el  único  recurso  consiste  en  echarse  detrás  de 
un  arbusto  y  esperarlos  allí.  Todos  los  días  bajan  avestruces  a 
nuestro  valle,  pero  rara  vez  se  ponen  a  tiro  del  cazador  agazapado, 


62 


o  bien  lo  hacen  cuando  nos  hallamos  desprevenidos.  Ello  no  obs- 
tante, José  ha  tenido  éxito  varias  veces,  pues  ha  logrado  dar  caza 
a  cuatro  o  cinco  avestruces  y  un  guanaco,  al  que  consiguió  hacer 
entrar  al  agua  con  marea  alta  y  cerca  de  la  choza.  Hecho  esto, 
no  tuvo  escapatoria;  José  lo  mató  de  un  tiro  y  nosotros  llevamos 
el  bote  al  agua,  para  traerlo  a  la  costa  lo  más  rápido  posible, 
pues  la  marea  comenzó  a  descender  y  a  llevarlo  aguas  abajo.  Fue 
así  como  pudimos  aprovisionarnos  de  carne  fresca,  que  nos  duró  un 
buen  tiempo.  Tenemos  sobradas  razones  para  felicitarnos  de  dis- 
poner de  un  buen  bote,  verdadera  necesidad  en  lugares  como  éste. 

Después  de  la  caza,  José  y  el  señor  Hunziker  se  ocupan  en  los 
quehaceres  domésticos,  mientras  Gardiner  prepara  el  almuerzo.  Una 
vez  terminado  éste  y  lavada  la  vajilla,  lo  envío  a  limpiar  de  ma- 
lezas el  sitio  donde  haremos  la  quinta,  o  le  doy  cualquier  otra 
tarea.  Trabajamos  hasta  las  cinco  de  la  tarde  y  en  seguida  tomamos 
el  té.  Por  mi  parte,  siempre  encuentro  algo  que  hacer  en  la  casa 
cuando  empieza  a  oscurecer,  preparando,  al  mismo  tiempo,  lo  ne- 
cesario para  el  té.  Olvidaba  decir  que  nuestro  almuerzo  consiste 
en  carne  de  guanaco  o  de  avestruz,  asada  un  día  y  guisada  el  otro, 
acompañada  de  arroz.  El  sábado,  Gardiner  deja  listo  el  almuerzo 
para  el  día  siguiente,  sin  trabajar  afuera  durante  el  resto  de  la 
tarde,  de  acuerdo  con  mis  instrucciones.  A  la  hora  del  té  come- 
mos un  poco  de  la  carne  que  sobró  del  almuerzo,  o  bien  freímos 
hígado  o  corazón  de  guanaco,  o  avestruz,  etc.  Con  la  excelente  le- 
vadura que  obtuvimos  a  bordo  del  buque  del  canitán  Norris, 
hacemos  bastante  buen  pan  (sólo  para  el  té) ,  que  José  amasa  y 
yo  horneo.  Consumimos  un  pan  por  noche,  pues  nuestros  aoetitos 
son  magníficos.  José  amasa  lo  suficiente  para  tres  panes  a  la  vez, 
lo  que  constituyen  una  horneada,  cada  una  de  las  cuales  me  toma 
una  hora  v  cuarto  en  nuestra  excelente  cocina.  A  las  6,30  efec- 
tuamos el  oficio  vespertino,  cuva  dirección  encargué  al  señor  Hun- 
ziker, cantando  uno  de  los  himnos  de  la  tarde;  el  señor  Hunziker 
lee  entonces  la  segunda  lección  vespertina  y  concluve  elevando  una 
oración.  Siempre  se  hallan  presentes  José  y  Gardiner. 

Antes  y  después  de  estas  oraciones,  me  dedico  a  enseñar  orto- 
grafía o  aritmética  a  Gardiner.  Ambos  hombres  se  acuestan  alre- 
dedor de  las  7  y  nosotros,  debiendo  cuidar  la  provisión  de  velas, 
hacemos  otro  tanto  a  las  8.30. 

El  clima  de  Santa  Cruz  parece  muy  bueno;  quiero  decir  con 
ello  que  no  sufrimos  con  la  humedad,  tan  molesta  en  las  Falk- 
lands.  Hemos  gozado  de  una  serie  de  días  despejados,  pero,  a  mi 


63 


parecer,  mucho  más  fríos  que  los  de  las  Falklands.  Con  la  última 
luna  nueva  y  tras  de  nevar  todo  el  día,  se  limpió  el  cielo  repen- 
tinamente y  tuvimos  cuatro  días  de  intenso  frío,  en  los  que  mi  ter- 
mómetro marcó  9,  6,  5  y  2  entre  el  28  de  junio  y  el  1  de  julio 
inclusive,  a  las  7.15  de  la  mañana;  hacia  las  dos  de  la  tarde  marcó, 
respectivamente,  17,  22,  21  y  17  y,  al  anochecer,  13,  13,  10  y  13. 
No  creo  que  haga  tanto  frío  en  Stanley,  aunque  también  allí  este 
invierno  ha  de  presentarse  más  riguroso  que  el  anterior. 

Llevo  un  diario  meteorológico,  con  tres  observaciones  diarias 
a  las  7.30  de  la  mañana,  2  de  la  tarde  y  a  la  caída  del  sol,  o  sea 
a  las  4.  José  me  construyó  una  linda  veleta  para  tomar  la  direc- 
ción del  viento. 

Muy  contento  y  agradecido  me  sentí  de  tener  tan  buen  aloja- 
miento y  camas  abrigadas,  así  como  abundante  leña,  durante  esos 
días  a  que  me  he  referido.  Con  respecto  a  la  cocina,  diré  que  nos 
resulta  mucho  más  conveniente  que  un  hogar  abierto,  pues  éste  nos 
consumiría  demasiada  leña  liviana;  si  fuera,  en  cambio,  una  estufa 
corriente,  no  podríamos  cocinar  en  forma  adecuada.  La  que  tene- 
mos es  muy  económica,  pues  consume  muy  poca  leña  (excepto  en 
días  muy  fríos)  y  me  basta  una  pequeña  brazada  de  palos  para  ha- 
cer el  pan;  calentamos  el  horno,  desde  abajo,  con  un  poco  de  leña 
de  arbustos.  Un  helécho,  o  brezo,  muy  abundante  en  los  alrededo- 
res, proporciona  mucho  calor  al  quemar. 

En  cuanto  a  nuestras  provisiones,  me  alegra  poder  decir  que,  a 
pesar  de  tener  con  nosotros  otro  compañero,  con  quien  no  había 
calculado,  hay  suficientes,  según  creo,  para  más  de  seis  meses.  Esta 
semana  y  la  anterior  tuvimos  suerte  en  la  caza;  atrapamos  tres  gua- 
nacos en  dos  días,  a  unas  tres  millas  de  aquí.  Fue  necesario  arras- 
trarlos todo  el  camino,  sobre  la  nieve  y  a  lo  largo  de  la  playa,  para 
lo  cual  tuvimos  que  atarnos  un  animal  cada  uno,  con  sogas  y  co- 
rreas. Si  tuviéramos  un  caballo  o  una  muía,  no  nos  veríamos  pre- 
cisados a  realizar  el  trabajo  de  tales,  nada  liviano  por  cierto.  A 
pesar  de  ello,  lo  hicimos  gustosos,  por  la  buena  provisión  de  carne 
obtenida.  Nuestros  dos  perros  han  aprendido  ya  a  dar  caza  a  los 
avestruces,  lo  que  alivia  nuestra  tarea  y  nos  ahorra  el  tiempo  de 
esperarlos  en  acecho,  aparte  de  la  economía  de  pólvora  y  munición 
que  ello  significa. 

El  domingo  29  de  junio  nos  visitaron  los  capitanes  Norris  y 
Fordham,  este  último  del  Elba;  pero  no  llegaron  a  tiempo  para 
acompañarnos  en  el  oficio  dominical.  Tras  de  permanecer  con  nos- 
otros alrededor  de  una  hora  y  almorzar  algo,  debieron  regresar  apre- 


64 


•airadamente  a  bordo,  pues  la  marea  se  les  tornó  adversa.  Antes  de 
proseguir,  deseo  pedir  a  usted  quiera  enviarme  uno  de  esos  folle- 
tos de  oraciones  que  usa  con  su  familia;  no  siempre  me  hallo  dis- 
puesto a  improvisar  la  oración  cotidiana.  Pronto  nos  veremos  pri- 
vados de  la  compañía  de  I.  H.,  pues  el  capitán  Fordham  le  prome- 
tió un  pasaje  gratuito;  pero  ya  podemos  arreglarnos  sin  él.  Es  repo- 
sado, de  buenos  modales,  trabajador  y  asiduo  asistente  a  nuestros 
oficios  religiosos.  Cuando  haya  partido  el  capitán  Norris  y  el  tiem- 
po mejore  un  poco,  trataremos  de  atraer  a  los  indios  encendiendo 
un  gran  fuego.  El  capitán  tiene  bebidas  a  bordo  y  propuso  comer- 
ciarlas con  los  nativos,  pero  yo  no  quiero  indios  ebrios  aquí;  bas- 
tante tuve  que  tolerarlos  en  ese  estado  durante  mis  primeras  cam- 
pañas. El  sábado  pasado,  caminando  por  la  playa,  el  señor  Hunzi- 
ker  y  José  encontraron  un  delfín  muerto  y  lo  arrastraron  hasta  la 
choza;  fue  un  hallazgo  oportuno,  pues  una  vez  secado  obtendremos 
de  él  tres  o  cuatro  galones  de  aceite.  Abrigamos  la  esperanza  de 
que  la  Alien  Gardiner  nos  visite  en  octubre,  si  no  antes. 

Agosto  11.—  Temía  verme  obligado  a  cerrar  esta  carta  sin  noti- 
cias sobre  los  indios;  pero  tengo  ahora  el  placer  de  informarle  que 
se  encuentran  en  la  vecindad.  Estuvieron  a  bordo  de  la  goleta  del 
capitán  Norris  y  de  la  Elba,  llevando  carne  de  guanaco.  El  capi- 
tán les  informó  sobre  nuestra  presencia  en  este  lugar;  anoche,  como 
a  las  8.30,  llegó  acompañado  de  un  indio  y  se  quedaron  hasta  esta 
mañana,  regresando  al  buque.  Yo  no  conocía  al  indio,  que  nunca 
había  estado  en  el  sur  de  Santa  Cruz.  Me  preguntó  mi  nombre  y, 
cuando  se  lo  dije,  recordó  habérselo  oído  pronunciar  a  otros  indios 
que,  dos  años  antes,  habían  venido  del  sur.  Tienen  un  campamento 
al  norte  del  río;  hay  entre  ellos  algunos  que  me  conocen,  pues  se 
hallaban  en  el  sur  la  primera  vez  que  anduve  con  ellos.  Cuando  el 
indio  se  retiró,  en  compañía  del  capitán  Fordham,  me  tomó  la 
mano  y  me  la  estrechó  como  si  hubiéramos  sido  amigo  de  años. 
Quedó  muy  contento  con  nuestra  hospitalidad  y  prometió  volver 
con  sus  hermanos  tan  pronto  como  el  río  les  permitiera  el  paso.  No 
podemos  comprometernos  a  transportar  la  tribu  hasta  aquí  con  nues- 
tro bote;  la  marea  es  demasiado  fuerte  y  no  disponemos  de  suficien- 
tes brazos  para  manejar  la  embarcación  en  el  cruce.  Uno  de  nos- 
otros debe  permanecer  siempre  en  la  base;  el  señor  Hunziker  no  es 
muy  buen  remero  y  yo  lo  soy  menos. 

Espero  que  pronto  amanecerá  el  día  en  que  podamos  iniciar 
nuestras  tareas  misioneras.  Creo  que  no  debemos  abrigar  temor  al- 
guno con  respecto  a  estos  indios.  Hablan  el  idioma  que,  en  gran 


65 


parte,  ya  he  aprendido.  Cuando  mis  amigos  del  sur  sepan  dónde 
estamos,  sentirán  celos  de  los  indios  de  aquí  y,  sin  duda,  nos  visi- 
tarán. 

Esperábamos  que  llegaran  algunos  buques  de  las  Falklands;  pe- 
ro, por  lo  visto,  no  han  podido  zarpar  con  este  invierno  tan  tormen- 
toso. Estoy  ansioso  por  enviar  mis  noticias  y  recibir  las  de  ustedes. 
La  semana  pasada  tuvimos  mucha  nieve  y  frío  intenso,  no  pudien- 
do  trabajar  en  la  quinta  pues  el  suelo  se  hallaba  —y  se  halla  aún— 
totalmente  congelado. 


66 


Capítulo  VII 


CARTA  DE  SCHMID 
A  Voice  for  South  America,  X,  149-152;  London,  1863 

Visita  indígena.  —  Viaje  al  sur  con  los  Patagones.  —  Canje  de 
productos  en  Punta  Arenas.  —  Embriaguez.  —  Enfermedad 
general.  —  Regreso.  —  Idioma. 

Santa  Cruz,  Patagonia,  15  de  enero  de  1863. 

Por  intermedio  del  señor  Stirling,  he  recibido  su  carta,  féchala 
el  15  de  agosto;  agradezco  a  la  Comisión  las  expresiones  de  sim- 
patía y  solidaridad  de  que  fuera  portador  el  señor  Stirling.  En  lo 
que  respecta  a  la  designación  de  éste  como  Superintendente  de 
nuestra  labor,  deseo  hacer  saber  a  la  Comisión  que  ella  nos  ha 
alegrado  sinceramente  y  acogimos  su  llegada  con  verdadero  placer  y 
gratitud.  ¿Qué  otro  ministro  del  Señor  podría  demostrar  mayor  ca- 
riño por  su  trabajo  y  quién  más  familiarizado  que  él  con  la  obra 
de  la  Sociedad?  Estamos  seguros  de  poseer  en  el  señor  Stirling  un 
verdadero  amigo  y  un  sabio  consejero  en  los  momentos  difíciles. 

El  18  de  septiembre  nos  visitó  un  pequeño  grupo  de  indios  Gan- 
metcene  61,  que  se  hallaban  acampados  cerca  del  Paso.  Eran  veinti- 
dós en  total,  entre  hombres,  mujeres  y  niños,  es  decir  alrededor  de 
la  tercera  parte  de  la  tribu  que  anda  por  las  vecindades.  Les  coci- 
namos una  olla  de  arroz,  quedando  ellos  complacidos  con  ésta  y 
otras  atenciones  dispensadas;  pasaron  aquí  la  noche,  durmiendo  al- 
gunos en  la  carpa  y  otros  al  reparo  de  la  pila  de  leña  cercana  a  la 
casa.  Al  día  siguiente  fuimos  con  ellos  hacia  su  campamento.  Nos 


67 


dijeron  que  iban  hacia  el  sur,  para  reunirse  con  nuestros  antiguos 
amigos,  los  Hau-anicene  Tsoneca  Consideré  que  .sería  ésta  una 
buena  oportunidad  para  visitar  a  dichos  aborígenes  y  comunicarles 
nuestro  paradero,  a  fin  de  que  ellos  vinieran  hacia  nosotros.  Pregun- 
té a  mis  visitantes  si  me  permitirían  unirme  a  ellos  y  si  me  presta- 
rían un  caballo  con  ese  fin,  a  lo  que  asintieron.  Habiendo  consul- 
tado la  opinión  del  señor  Hunziker  al  respecto  y  viendo  que  se 
hallaba  de  acuerdo  conmigo,  me  preparé  para  la  partida  y  el  22  de 
septiembre  me  despedí  de  mi  compañero  de  tareas  y  me  alejé,  en 
compañía  de  los  indios  que  habían  venido  a  mi  encuentro.  Hallé 
el  campamento  sobre  la  margen  austral  del  río,  no  lejos  del  Paso. 
Algunas  mujeres  comenzaron  a  cantar,  a  manera  de  bienvenida,  y 
de  inmediato  fui  conducido  al  toldo  del  jefe  de  las  cacerías.  Su 
nombre  aborigen  es  Wa-il  y  es  cuñado  del  cacique  Wissale.  Tras 
una  marcha  de  diez  y  seis  días,  llegamos  a  Waieneen,  donde  halla- 
mos a  los  indios  del  sur.  El  río  estaba  muy  crecido,  pero  gracias 
a  la  amable  ayuda  de  un  hombre  pude  alcanzar  la  orilla  opuesta, 
ayudándome  Casimiro  y  otro  amigo  a  evitar  que  mi  caballo  res- 
balara y  me  arrojara  al  barro.  Fui  conducido  al  toldo  de  Casimiro, 
donde  me  sequé  y  devoré  un  revoltijo  de  huevos  de  avestruz. 

De  allí  pasé  a  Sheaicen,  un  paradero  situado  a  corta  distancia 
de  la  serranía  de  San  Gregorio,  desde  donde  la  mayoría  de  los 
indios  emprendió  viaje  a  Punta  Arenas,  con  el  principal  propósito 
de  obtener  una  provisión  de  coñac;  trajeron  tal  cantidad  de  bebida 
al  campamento  que,  durante  varios  días,  la  embriaguez  se  hizo  ge- 
neral y  dio  lugar  a  algunas  peleas.  Cundió,  asimismo,  una  enfer- 
medad "provocada  por  el  uso  de  las  provisiones  traídas  de  Punta 
Arenas"  o  —según  la  opinión  de  los  mismos  indios—  "enviada  por 
el  Presidente  de  Chile  para  exterminarlos"!  Se  trataba  de  un  cata- 
rro infeccioso,  con  gran  irritación  de  garganta  y  fuerte  expectora- 
ción. Pocos  fueron  los  que  escaparon  de  él;  algunos  niños,  así  como 
dos  o  tres  adultos,  sucumbieron  a  consecuencia  del  ataque.  Yo  tam- 
bién me  sentí  bastante  mal  por  más  de  dos  semanas  y  durante  dos 
días  fui  presa  de  fiebre  y  vómitos  —la  falta  de  comida  se  sumó  a 
las  dificultades  del  momento—  de  manera  que  todo  el  campamento, 
de  unos  50  toldos  y  alrededor  de  fiOO  personas,  se  alegró  mucho 
cuando  nos  alejamos  del  lugar. 

El  10  de  noviembre  emprendimos  el  regreso  hacia  el  río  Ga- 
llegos y  el  28  me  separé  de  los  indios  para  retornar  a  Santa  Cruz. 
Casimiro  se  encargó  de  conducirme  hasta  allí  y,  gracias  a  la  inter- 
vención de  una  niñita,  que  rogó  a  su  padre  me  prestara  un  caballo, 


68 


sin  que  yo  supiera  nada  del  asunto,  pude  disponer  de  un  medio 
de  trasporte,  pues  Casimiro  no  tenía  un  caballo  disponible.  Los 
indios  me  prometieron  venir  a  vernos  dos  meses  después  de  nuestra 
separación  y,  al  ser  interrogados,  tres  muchachos  se  declararon  dis- 
puestos a  venir  y  quedarse  con  nosotros;  pero  se  les  obligó  a  per- 
manecer con  la  tribu  hasta  que  vinieran  todos  juntos.  El  día  de 
Año  Nuevo  vimos  entrar  un  buque  al  puerto;  fue  ése  para  nosotros 
un  día  de  regocijo,  dando  y  recibiendo  noticias.  Habían  trascu- 
rrido once  meses  sin  recibir  comunicación  alguna  de  la  Comisión 
ni  de  nuestros  familiares  (¡Cuánta  ansiedad  habíamos  sufrido  y 
cuán  evidente  es  la  conveniencia  de  poseer  un  buque  como  la  Alien 
Gardiner  para  llevar  adelante  nuestra  obra!) . 

En  lo  que  respecta  al  lenguaje  de  los  indios,  he  de  informar 
que  el  vocabulario  ha  aumentado  considerablemente;  pero  aún  no 
he  podido  hallar  términos  abstractos  que  permitan  expresar  las  ver- 
dades de  nuestra  religión  (tampoco  han  de  existir,  seguramente) . 
Durante  el  último  viaje  aprendí  a  usar  el  tiempo  pasado  de  algu- 
nos verbos  y  algo  así  como  un  tiempo  futuro.  Puse  especial  em- 
peño en  hacer  comprender  a  algunos  el  significado  de  las  verdades 
más  fundamentales  de  nuestra  santa  fe,  pero  me  vi  obligado  a  ha- 
cerlo en  el  más  comprensible  español  que  pude  articular.  Algunos 
de  los  oyentes  se  limitaron  a  sonreír  y  otros  mantenían  cierta  ex- 
presión solemne,  aparentando  compenetrarse  algo  del  tema.  Con- 
fiemos ahora  y  roguemos  al  Salvador  que  pronto  aparezca  en  nues- 
tro cielo,  como  Luz  de  la  Verdad,  cuyos  rayos  esparcen  claridad, 
vida  y  libertad  a  todos  aquellos  que  hoy  gimen  en  las  tinieblas,  la 
muerte  y  la  esclavitud. 


69 


Capítulo  VIII 


CARTA  DE  SCHMID 
A  Voice  for  South  America,  X,  259-260;  London,  1863 

Asimilación  de  costumbres  civilizadas  por  los  indígenas.  —  Pro- 
pósitos venatorios.  —  Idioma,  vocabulario  y  gramática.    Ver- 
sión del  Padre  Nuestro  y  del  Salmo  II,  8. 


Isla  Keppel 

Los  indios  patagones  han  asimilado  ya  algunos  rasgos  exterio- 
res de  civilización:  se  lavan  todas  las  mañanas;  preparan  su  propio 
desayuno,  formado  por  té  y  bizcochos,  así  como  las  demás  comi- 
das. Dentro  de  unos  días  irán  a  buscar  hacienda  salvaje  o,  por  lo 
menos,  aleunas  cabezas  jóvenes. 

He  compuesto  un  vocabulario,  ordenando  las  palabras  alfabé- 
ticamente, así  como  un  esbozo  de  gramática;  es  bastante  más  am- 
plio que  el  impreso  en  1860.  Lo  he  escrito  según  el  alfabeto  co- 
rriente, pues  como  los  inventores  del  sistema  fonético  están  conti- 
nuamente cambiando  su  alfabeto,  pensé  que  sería  mejor  prescin- 
dir totalmente  de  él;  no  quisiera  volver  a  usar  tampoco  la  foné- 
tica. Dentro  de  lo  que  mis  conocimientos  me  permiten,  he  com- 
puesto algunas  reglas  gramaticales;  mejor  dicho,  sólo  la  inflexión 
del  verbo,  con  los  casos  dativo  y  acusativo,  en  sus  formas  interro- 
gativa y  posesivo  antepuesto,  etc.  He  sometido  a  diversas  pruebas 
y  comprobaciones  las  palabras  recogidas  y,  hasta  ahora,  he  tenido 
pleno  éxito  en  cuanto  se  refiere  a  su  finalidad;  pero  en  lo  que 


71 


concierne  a  términos  abstractos,  cada  día  estoy  más  firmemente 
convencido  de  que  no  hay  manera  de  expresar,  en  lenguaje  inte- 
ligible para  los  indios,  las  verdades  fundamentales  de  nuestra  santa 
religión. 


\J  shxüdtxco 

m 

oec. 

Nuestro  Padre 

cielo 

en  el 

tu 

eres. 

Santa 

cernee 

m' 

ya. 

M' 

Santificado 

sea 

tu 

nombre 

Hiiznos 

kendo 

mice 

cenae. 

Cernee 

Meurnicen 

venir 

tu 

reino 

Hágase 

tu  voluntad 

calel- 

hai 

coje 

haice 

g°- 

tierra 

en 

Maa 

d'ush 

ka  ta  e  ush 

mewie. 

Ush- 

Hoy 

da  nuestro  pan 

en  f  i  ripn  t 

Nos 

par don 

ush 

maish 

ush 

pardonsch 

perdona 

nuestras 

injurias 

nosotros 

pernonamos 

ush-wa-go 

yoms 

ñeco 

ush 

waishokenc. 

nosotros 

como 

a  cada  uno  de 

nuestros 

injuriantes. 

Ush 

hanen 

heudo 

daice 

temteshen, 

Nos 

conduce 

no 

as 

tentación, 

keloi 

ush 

m'wane 

dirne 

wilonco 

libra 

de 

deronco, 

cetowit 

mashc 

(aue) 

hicecenue 

mal, 

porque 

tuyo  es 

el  reino 

(aue) 

d'hegencenuesliem  (< 

aue)  glorishem 

autoridad 

y  la  gloria 

ogelunico. 

Amén. 

por  siempre. 

Amen. 

72 


EL  SALMO  II,  8 


Hari 

ya 

yima  eshe 

wilcomo 

Pide 

me 

yo  a  ti  daré 

todo 

Zontea 

ma 

do-hainen-go 

calel 

gente 

tu 

herededad  como 

tierra 

hinicen 

shem 

mecen  icen 

g°- 

confines 

también 

tu  posesión 

como 

73 


Capítulo  IX 


CARTA  DE  SCHMID 
A  Voice  for  South  America,  XI,  31-39;  London  1864 

En  la  isla  Keppel.  —  Platero  y  sus  hijos.  —  Muerte  de  Mari- 
quita. —  Ceremonias  fúnebres.  —  Instrucción  de  fueguinos.  — 
Regreso  a  Santa  Cruz.  —  Visita  condicional  de  los  indígenas.  — 
Abandono  de  la  Misión.  —  El  Carmen.  —  San  Xavier.  —  No- 
menclatura étnica  patagona.  —  El  cacique  Chingalee. 

En  mí  última  carta  informé  a  usted  sobre  mi  llegada  a  la  isla 
Keppel,  adonde  fuimos  desde  Santa  Cruz  con  el  propósito  de  to- 
marnos un  descanso  en  compañía  de  nuestros  amigos  allí  radica- 
dos. Platero,  un  viejo  amigo  mío  (el  mismo  bajo  cuyo  cuidado 
salí  de  Punta  Arenas,  hace  unos  años,  en  mis  primeras  andanzas)  63, 
nos  pidió  que  lo  lleváramos,  junto  con  su  hija  Mariquita  y  su  hijo 
Belokon.  Grande  fue  la  sorpresa  de  los  fueguinos  que  allí  se  en- 
contraban al  ver  que  llegaban  a  la  isla  Keppel  indios  de  la  Pata- 
gonia.  No  se  estableció  relación  alguna  entre  ellos,  pues  no  podían 
entenderse  más  que  por  gestos  y,  además,  nuestros  patagónicos  des- 
precian a  sus  vecinos  fueguinas.  Pocos  días  después  de  nuestro 
arribo,  el  señor  Hunziker  y  yo  comenzamos  a  enseñar  a  Belokon 
a  leer  y  escribir,  cosas  éstas  que,  aparentemente,  está  muy  deseoso 
de  aprender;  considerando  que  esas  manos  nunca  se  habían  ini- 
ciado en  tan  complicado  arte  como  es  el  de  construir  letras  v, 
hasta  entonces,  sólo  habían  sido  usadas  para  manejar  las  boleado- 
ras y  el  lazo,  tuvimos  suficientes  motivos  de  satisfacción  con  el  pro- 
greso que  realizaba  al  escribir,  visible  día  a  día;  cuando  lo  dejé, 

75 


deletreaba  y  escribía  correctamente  su  propio  nombre,  así  como 
el  del  señor  Stirling  y  el  nuestro.  Más  difícil  le  resultó  la  lectura, 
pues  su  mente,  nunca  ejercitada  antes  para  concentrarse  en  forma 
sostenida,  debió  adquirir  esa  disciplina  desde  el  principio;  salió 
airoso,  sin  embargo,  de  las  primeras  dificultades.  Platero,  su  padre, 
deseaba  sinceramente  que  Belokon  aprendiera  a  leer  y  escribir  v 
adquiriera  otros  conocimientos;  mientras  el  hijo  se  hallaba  to- 
mando lecciones,  el  padre  solía  quedarse  de  pie  a  su  lado,  estimu- 
lándolo amablemente  a  que  se  aplicara  asiduamente  a  su  trabajo. 
Terminada  la  clase,  iba  con  el  señor  Hunziker  al  taller  del  car- 
pintero, observando  cómo  se  trabajaba  o  confeccionando  estribos 
y  otras  cosas  sencillas;  o  bien  salía  a  caballo,  acompañando  a  su 
padre  para  traer  algunos  terneros  salvajes  y  amansarlos.  Es  un 
mgnífico  jinete  y  maneja  bien  el  lazo;  pero  lo  que  más  nos  agradó 
fue  su  buena  conducta,  tanto  en  la  isla  Keppel  como  a  bordo  de 
la  Alien  Gardiner.  Se  ha  encariñado  mucho  con  el  señor  Hunziker 
y  conmigo,  al  extremo  que,  llegados  a  Patagones,  prefería  salir  a 
caminar  con  nosotros  a  ir  de  visita  con  su  padre  por  las  tolderías. 
Los  domingos  le  enseñábamos  cuadros  de  las  Escrituras,  explicán- 
dole su  significado  lo  mejor  que  mis  conocimientos  de  su  idioma 
me  lo  permitían.  Como  todos  los  jóvenes,  es  muy  aficionado  a  los 
cuadros  y  los  interpreta  rápidamente  si  no  son  muy  complicados. 

Expliqué  a  nuestros  amigos  aborígenes  el  significado  del  des- 
canso dominical  cristiano,  por  qué  dedicábamos  un  día  de  la  se- 
mana al  culto  de  Dios  y  nos  absteníamos  de  trabajar  en  ese  día. 
Para  el  indio  todos  los  días  son  iguales. 

Platero,  Mariquita  y  Belokon  asistían  regularmente  al  servicio 
divino  todos  los  domingos  que  permanecieron  en  isla  Keppel; 
aunque  no  entendían  lo  que  se  decía,  se  quedaban  sentados  y  en 
absoluto  silencio.  Cuando  el  señor  Stirling  partió  de  Keppel  para 
el  río  Negro,  Platero  manifestó  lamentar  la  separación  y  dijo  que 
lo  extrañaría,  esperando  que  regresara  pronto.  Los  tres  se  hicieron 
muy  amigos  del  señor  Stirling  y  a  menudo  preguntaban  cuándo 
regresaría  de  Patagones.  La  Alien  Gardiner  zarpó  el  1?  de  julio  y 
todo  continuó  tranquilamente  en  la  isla  hasta  que  nuestro  Padre 
Celestial,  en  su  misteriosa  aunque  siempre  sabia  Providencia,  de- 
cidió visitarnos  con  un  triste  acontecimiento:  la  muerte  repentina 
de  la  pobre  Mariquita.  Sucedió  ello  el  11  de  julio,  solo  unos  días 
después  de  partir  el  señor  Stirling.  El  señor  Hunziker,  yo  y  el  ca- 
pitán Stirling  estuvimos  presentes  desde  el  comienzo  del  ataque 
hasta  el  momento  en  que  el  espíritu  se  separó  de  su  terrena  envol- 


76 


tura;  aprovechare  la  oportunidad  para  dar  aquí  algunos  detalles 
sobre  lo  sucedido  en  relación  con  esta  desgracia.  Cuando  el  anciano 
padre  comprobó  que  su  hija  había  dejado  de  existir,  dio  rienda 
suelta  a  su  dolor  con  lamentos  y  lúgubres  cantos,  como  es  costum- 
bre entre  ellos,;*.  También  Belokon  lloró  desconsoladamente  a  su 
hermana,  por  la  que  sentía  gran  afecto.  El  afligido  padre  culpó 
de  la  muerte  a  un  indio,  cuyo  nombre  mencionó,  diciendo  que  la 
había  matado  con  sus  hechizos,  idea  ésta  muy  arraigada  en  las 
mentes  de  los  salvajes  °5.  Muchos  indios  se  miran  mutuamente  con 
desconfianza  y  manifiestan  gran  temor  de  morir  a  consecuencia  de 
las  brujerías;  no  hay  razonamiento  que  logre  convencerlos  de  su 
error  e  insensatez  a  este  respecto.  Volviendo  al  tema,  Mariquita 
falleció  en  la  tarde  del  sábado  y  fue  sepultada  al  mediodía  del 
lunes;  durante  toda  la  mañana  y  el  día  siguiente,  Platero  iba  y  ve- 
nía por  las  colinas  cercanas,  lamentando  su  pérdida  y  entonando 
un  canto  fúnebre  66.  Fui  a  su  encuentro  y  traté  de  consolarlo,  ex- 
presándole nuestra  profunda  pena  ante  su  afliccic'm.  Belokon  per- 
maneció junto  al  señor  Hunziker,  quien  se  hallaba  preparando 
unas  rejas  para  ampliar  el  pequeño  cementerio  de  isla  Keppel.  Antes 
de  trasladar  el  cadáver  desde  la  casa  hasta  su  última  morada,  Tom- 
my  Button  pretendió  interponerse,  protestando  porque  se  iban  a 
enterrar  las  ropas  con  la  criatura  GT.  Excavada  la  sepultura  y  cuando 
todo  se  hallaba  listo,  el  señor  Hunziker,  yo.  Coles  y  el  señor  Brid- 
ges  08  llevamos  el  cadáver,  cubierto  con  la  bandera,  al  lugar  de  su 
eterno  descanso,  siguiéndonos  Platero  y  Belokon,  portadores  de  todas 
las  cosas  que  iban  a  sepultarse  con  la  niña.  Grande  fue  la  pena  del 
padre  cuando  los  restos  mortales  de  su  hijita  descendieron  a  la 
tierra,  mientras  yo,  sentado  a  su  lado,  procuraba  consolarlo  a  mi 
manera.  Ookokko  cortó  hierbas  verdes  para  poner  sobre  la  sepul- 
tura y  yo  desparramé  sobre  ella  algunas  cuentas  de  colores;  los  se- 
ñores Hunziker,  Thomas,  Stirling  y  los  demás,  habían  echado  otras 
tantas  dentro  de  la  sepultura.  Padre  e  hijo  se  mostraron  complaci- 
dos ante  el  cuidado  y  cariño  con  que  depositamos  los  despojos  en  su 
fría  morada.  Por  la  tarde,  la  señora  Stirling  y  sus  dos  hijos  concu- 
rrieron a  depositar  su  contribución  de  cuentas,  que  esparcieron  so- 
bre el  pasto,  presentando  sus  condolencias  a  Platero,  cuyas  lágrimas 
volvieron  a  brotar  copiosamente.  El  señor  Hunziker  rodeó  la  sepul- 
tura con  las  rejas  que  había  preparado.  Por  la  larde  nos  reunimos 
a  orar  en  la  capilla,  rogando  a  nuestro  Padre  Celestial  que,  con  su 
sabia  Providencia,  destinara  esta  triste  pérdida  a  la  gloria  de  su 
nombre  y  ensalzara  nuestra  causa.  Di  lectura  al  Salmo  90,  tan  apro- 


77 


piado  en  las  circunstancias,  agregando  algunas  consideraciones  sobre 
su  contenido,  especialmente  sobre  el  último  versículo,  en  que  el  Sal- 
mista implora  a  Dios  asigne  a  cada  uno  de  sus  siervos  la  misión  que 
ha  de  cumplir.  Platero  se  hallaba  presente  escuchando  o,  mejor  di- 
cho, observando  la  ceremonia  y,  cuando  hube  terminado,  comenzó 
a  hablar  sobre  lo  que  había  presenciado,  pues  había  adivinado  que 
nuestra  reunión  obedecía  al  ingrato  suceso.  Dirigiéndose  al  señor 
Hunziker  y  a  mí,  nos  refirmó  su  amistad  y  agregó  que  tanto  él 
como  su  hijo  se  quedarían  con  nosotros,  en  lugar  de  reunirse  con 
su  tribu;  dijo  que  Mariquita  no  había  estado  enferma,  sino  hechi- 
zada por  los  indios,  que  la  habían  matado  como  antes  hicieran  con 
su  esposa  y,  sin  duda,  harían  con  él;  le  ofrecimos  cuantas  muestras 
de  amabilidad  pudimos  y  expresó  su  convicción  de  que  ninguno  de 
nosotros  era  culpable  de  lo  acontecido,  pues  le  constaba  el  cuidado 
y  el  cariño  que  les  dispensábamos  y  la  solicitud  con  que  habíamos 
sepultado  a  su  hijita.  Nos  conmovió  tan  simple  y  sincera  gratitud 
e  hicimos  recíproca  su  adhesión  a  nosotros  asegurándole  que  todos 
los  habitantes  de  la  isla  nos  uníamos  a  ellos  en  su  dolor  y  segui- 
ríamos siendo  siempre  sus  amigos.  Pocos  días  después  habían  recu- 
perado ambos  su  humor  habitual  y  salieron  a  caballo,  volviendo  a 
veces  con  ganado  salvaje. 

El  señor  Rau  se  dedicó  a  instruir  a  los  tres  jóvenes  fueguinos 
Threeboys,  Luccaenges  y  Urupatusalem;  los  dos  primeros  aprenden 
bastante,  pero  el  último  es  más  lento.  Después  de  las  lecciones,  dos 
de  ellos  salen  para  ayudar  a  Bartlett  en  la  huerta,  mientras  el  otro 
hace  otro  tanto  en  los  quehaceres  domésticos.  La  señora  Stirling 
se  ha  ofrecido  amablemente  a  dar  una  lección  semanal  de  costura  a 
las  dos  mujeres;  Mariquita  alcanzó  a  asistir  a  las  dos  primeras  lec- 
ciones y  la  señora  Stirling  había  cobrado  afecto  por  ella  en  tan  poco 
tiempo;  también  les  enseña  a  cantar  algunas  estrofas  sencillas  de  los 
himnos. 

Los  nativos  asisten  al  servicio  divino  todos  los  domingos,  en  la 
casa  Sullivan,  conduciéndose  correctamente. 

Ansiosamente  esperábamos  todos  la  llegada  de  la  Alien  Gardi- 
ner,  que  vendría  de  río  Negro;  arribó  el  10  de  agosto,  con  el  señor 
Lett  a  bordo,  pero  nos  sentimos  desilusionados  al  comprobar  que 
no  había  venido  el  señor  Stirling.  La  goleta  prosiguió  viaje  a  Stan- 
ley, en  busca  de  correspondencia  y  provisiones,  regresando  el  12  de 
septiembre.  El  día  22  el  señor  Hunziker,  yo  y  los  dos  patagónicos 
nos  embarcamos  para  Santa  Cruz,  acompañados  por  el  señor  Lett, 
que  debía  regresar  a  Patagones.  Al  llegar  a  Santa  Cruz  comproba- 


78 


mos  que  los  indios  se  habían  ido  hacía  ya  algún  tiempo,  dirigién- 
dose la  mayor  parte  hacia  el  norte  y  los  demás  hacia  el  sur;  con 
pesar  debo  añadir  que  se  negaron  a  volver  a  Santa  Cruz,  a  menos 
que  pudiéramos  ofrecerles  otra  clase  de  motivos  para  hacerlo  que 
simples  visitas;  querían,  simplemente,  que  comerciáramos  con  ellos, 
a  cambio  de  pieles  y  plumas.  Este  repentino  vuelco  de  su  actitud 
hacia  nosotros  no  era  nada  tranquilizador  y  se  debía  a  que  un  cier- 
to capitán  norteamericano  de  las  Falklands,  ni  bien  oyó  que  un 
gran  número  de  indios  habían  llegado  a  Santa  Cruz,  apareció  en 
seguida  con  un  cargamento  de  bebidas,  para  comerciar.  Borrache- 
ras y  querellas  se  generalizaron  y,  en  tales  circunstancias,  conside- 
ramos que  lo  mejor  era  abandonar  el  lugar,  no  ya  por  miedo  de 
que  peligraran  nuestras  vidas  sino  por  la  certidumbre  de  que  no 
podríamos  continuar  la  obra  de  Dios  y  ser,  al  mismo  tiempo,  trafi- 
cantes. No  conviene  en  absoluto  que  nos  dediquemos  al  trueque  de 
mercaderías,  aunque  sí  podríamos  intercambiar  algunos  artículos 
adecuados  y  con  la  conciencia  tranquila,  con  el  fin  de  atraer  a  los 
nativos  hacia  la  Base;  pero  nuestros  amigos  y  protectores  no  darían 
su  aprobación  a  tal  temperamento,  pues  los  enemigos  de  nuestra 
Misión,  abundantes  entre  los  herejes,  no  tardarían  en  acusar  a  la 
Sociedad  y  sus  agentes  de  abrigar  propósitos  mercenarios.  Por  lo 
tanto,  deshicimos  la  pequeña  choza  y,  levantando  cuanto  habíamos 
traído,  nos  embarcamos  en  la  Alien  Gardiner  con  destino  al  río 
Negro.  Hicimos  esto  de  acuerdo  con  instrucciones  selladas  que  el 
señor  Stirling,  muy  previsoramente,  había  preparado  como  guía  para 
Inosotros  en  caso  de  surgir  dificultades  imprevistas;  pero,  antes  de 
abandonar  Santa  Cruz,  explicamos  a  Platero  y  a  Belokon  lo  ocurri- 
do, la  razón  de  nuestra  partida  y  nuestra  intención  de  alcanzar  el 
río  Negro.  Les  dimos  a  elegir  entre  el  regreso  a  su  tribu,  en  Santa 
Cruz,  y  el  viaje  con  nosotros  a  Patagones.  Platero  se  hallaba  inde- 
ciso sobre  lo  que  haría,  pues  tiene  una  hija  entre  los  indios  del  sur, 
a  la  que  quisiera  tener  consigo;  pero  Belokon  se  empeñó  en  per- 
manecer con  nosotros.  Una  vez  más  les  dimos  la  oportunidad  de 
optar  y  Belokon  volvió  a  insistir  en  su  deseo  de  acompañarnos,  por 
lo  que  el  señor  Hunziker  y  yo  nos  alegramos.  Llegamos  al  pueblo 
de  El  Carmen  el  13  de  octubre  y  hallamos  allí  al  señor  Stirling, 
que  esperaba  a  la  Alien  Gardiner;  también  se  encontraba  con  él  el 
señor  Andrés,  de  regreso  de  Buenos  Aires. 

El  16  de  octubre  el  señor  Stirling,  acompañado  de  los  señores 
Hunziker,  Andrés  y  Lett,  fueron  a  San  Xavier,  un  fuerte  situado  a 
unas  18  millas  de  Patagones  y  sobre  el  mismo  río,  donde  se  hallan 


79 


acampados  los  indios.  Fueron  allí  con  el  propósito  de  elegir  un  lu- 
gar para  erigir  la  choza  de  la  Misión  y,  al  mismo  tiempo,  visitar 
a  los  aborígenes.  Se  entrevistaron  con  el  cacique  Chingalee 70.  El 
padre  de  don  José  María,  un  rico  hacendado,  les  ofreció  un  sitio 
cercano  a  su  propia  residencia  para  contruir  la  choza,  distante  unas 
dos  millas  del  campamento  indígena.  El  20  de  octubre  yo  también 
fui  a  San  Xavier,  en  compañía  de  Platero  y  Belokon,  para  visitar  a 
los  indios;  los  señores  Hunziker,  Lett  y  el  capitán  se  nos  unieron 
en  la  excursión,  que  se  efectuó  con  un  tiempo  espléndido.  Nuestra 
primer  visita  fue  al  toldo  de  Chingalee,  quien  nos  recibió  cortés- 
mente,  dándonos  la  mano.  Platero  conocía  al  jefe  y  a  algunos  otros. 
Casi  todos  los  indios  que  allí  se  encuentran  son  compatriotas  de  la 
gente  del  señor  Gardiner  y  hablan  la  misma  lengua,  aunque  en  un 
dialecto  algo  diferente.  No  obstante  ello,  encontramos  varios  indí- 
genas, hombres,  mujeres  y  niños,  que  entendían  el  idioma  que  nos- 
otros habíamos  aprendido.  Estos  indios  conocen  a  la  mayoría  de 
los  patagónicos  propiamente  dichos,  pues  éstos  suelen  venir  a  estas 
comarcas  con  fines  de  intercambio.  Aquellos  que  comprendían  nues- 
tro lenguaje  patagónico  se  mostraron  muy  sorprendidos  al  oírnos 
hablar  en  él.  Los  Araucanos  se  denominan  a  sí  mismos  chilenos,  así 
como  a  su  idioma;  a  los  patagónicos  los  conocen  como  Chuelches71, 
lo  cual,  según  creo,  significa  "gente  del  sur"  (del  este,  Ed.) .  Los 
patagónicos  se  identifican  con  diferentes  nombres,  según  las  regio- 
nes de  sus  correrías.  El  cacique  Chingalee  ostenta  el  grado  de  co- 
ronel en  El  Carmen  y,  puesto  que  es  un  oficial  del  gobierno,  toma 
parte  en  las  procesiones  de  la  iglesia,  en  una  de  las  cuales  le  co- 
rrespondió el  honor  de  pagar  todos  los  gastos.  Nos  convidó  con 
mate,  preparado  y  distribuido  por  dos  sirvientes,  en  una  vasija  mon- 
tada sobre  armadura  de  plata  y  bombilla  del  mismo  metal,  con 
boquilla  de  oro.  Sus  dos  esposas  se  hallaban  tejiendo  fajas.  Platero 
v  Belokon  quedaron  muy  contentos  con  la  visita  realizada.  Algunos 
de  estos  indígenas  hablan  tres  o  cuatro  idiomas  autóctonos en 
general,  los  nativos  de  esta  región  parecen  más  opulentos  que  los 
del  sur,  pues  son  dueños  de  más  caballos  y,  algunos,  de  ganado 
vacuno. 

Varias  e  importantes  son  las  ventajas  que  ofrece  Patagones  como 
asiento  de  una  Misión.  Siempre  hay  indios  en  los  alrededores  y,  en 
ocasiones,  se  congregan  allí  varios  centenares  con  el  propósito  de 
comerciar.  Todos  parecen  hablar  español,  lo  cual  hará  más  fácil 
iniciar  su  instrucción  religiosa;  pero  a  fin  de  llegar  a  sus  corazones, 
es  necesario  aprender  su  propia  lengua,  de  modo  que  el  amor  de 


80 


Dios,  expresado  en  Cristo  Nuestro  Señor,  les  pueda  ser  comunicado 
en  el  idioma  que  mejor  entiendan;  puesto  que  hablan  suficiente  es- 
pañol como  para  enseñarnos  su  propio  idioma,  no  serían  muy  gran- 
des las  dificultades  en  tal  sentido.  El  gobierno  de  Buenos  Aires  ha 
autorizado  el  establecimiento  de  una  Base.  En  El  Carmen  hay  un 
correo  por  mes,  lo  que  permite  a  los  Misioneros  allí  radicados  enviar 
sus  noticias  con  regularidad. 


81 


Capítulo  X 


CARTA  DE  SCHMID 
A  Voice  for  Sonth  America,  XII,  64-66;  London,  1865 

Otra  vez  en  El  Carmen.  —  Indígenas  de  la  zona.  —  Escuela  y 
oficio  religioso  protestante  sin  concurrencia.  —  Traslado  a  Bahía 
Blanca 

14  de  noviembre  de  1864. 

Tras  una  demora  de  seis  semanas  en  Buenos  Aires,  debida  a  la 
falta  de  oportunidades  para  viajar,  zarpamos  en  el  bergantín  oldem- 
burgués  Albert  y,  después  de  seis  días  de  navegación,  llegamos  a  la 
boca  del  río  Negro  el  día  8  del  corriente.  Anclamos  frente  a  la 
población  de  El  Carmen  el  día  11  y  allí  encontramos  al  matrimonio 
Stirling  y  sus  hijos.  El  señor  y  la  señora  Hunziker  nos  recibieron 
con  gran  amabilidad.  Viven  en  la  casa  de  la  Misión,  una  choza  de 
adobe  comprada  por  el  señor  Stirling  semanas  atrás.  No  habiendo 
sitio  para  alojarnos  allí,  alquilamos  una  choza  de  don  Pedro  Pen, 
cercana  al  río  y  con  una  linda  vista.  Hay  muy  pocos  indios  en  este 
paraje  y  los  que  hay  son  todos  "chilenos",  como  se  los  llama  local- 
mente;  no  hay  ningún  patagónico.  Estos  últimos  solo  aparecen  en 
invierno,  cuando  el  desierto,  seco  y  helado,  los  obliga  a  emigrar  y, 
en  tal  caso,  vienen  a  esta  población  para  realizar  sus  transacciones 
comerciales. 

Las  de  estas  regiones  son  todas  tribus  errantes,  que  viven  de  car- 
ne y  consumen  los  artículos  enviados  por  el  gobierno  en  calidad  de 
raciones.  El  Carmen,  sin  embargo  o,  mejor  dicho,  Patagones,  parece 
ser  el  mejor  lugar  para  una  base  misionera;  es  el  más  céntrico,  pues 


83 


constituye  el  punto  de  reunión  de  todas  las  tribus  y  es  más  accesible 
que  cualquier  otra  localidad.  Lo  más  indicado,  para  ayudar  a  estos 
salvajes  material  y  espiritualmente,  sería  poseer  una  casa  en  la  que 
los  niños  hallaran  no  solo  instrucción,  sino  comida  y  alojamiento 
a  la  vez,  a  fin  de  tenerlos  constantemente  bajo  la  supervisión  de  los 
Misioneros.  Sólo  cuando  hayan  sido  alejados  de  las  influencias  per- 
niciosas de  sus  compatriotas  podremos  esperar  resultados  positivos 
de  nuestros  esfuerzos,  si  Dios  bendice  nuestra  obra. 

Según  todas  las  versiones  recogidas,  parece  que  los  patagónicos 
propiamente  dichos  son  muy  escasos  en  esta  zona,  mucho  más  de  lo 
que  se  nos  había  dicho.  Aparentemente,  no  existen  otros  indios  pa- 
tagónicos que  los  ya  conocidos  durante  mis  anteriores  viajes,  lo  que 
haría  ascender  su  número  tan  sólo  a  unos  1.000  en  total.  Siempre 
hemos  estado  bajo  la  impresión  de  que  los  habitantes  de  esta  pobla- 
ción deseaban  contar  con  una  escuela  y  que  enviarían  gustosos  sus 
niños  a  ella;  por  lo  tanto,  hemos  decidido  formar  un  núcleo  inicial 
sin  mayor  demora  y,  al  efecto,  hemos  destinado  una  de  las  habita- 
ciones de  la  sede  misionera,  hasta  que  podamos  completar  un  edi- 
ficio especial  para  escuela.  Muchos  padres  fueron  informados  de 
ello,  pero  hasta  ahora  ninguno  ha  enviado  sus  hijos,  a  pesar  de  no 
existir  una  escuela  del  otro  lado  del  río.  Parece  que  ningún  padre, 
aunque  deseoso  de  procurar  instrucción  para  sus  hijos,  desea  ser  el 
primero  en  mandarlos  a  una  escuela  "protestante".  Por  el  mismo 
motivo  no  ha  habido  concurrencia  de  fieles  al  servicio  religioso  en 
español  que,  según  habíamos  decidido,  se  llevaría  a  cabo  todos  los 
domingos.  Quizá  sea  demasiado  prematuro  esperar  que  estas  gentes 
abandonen  sus  prejuicios.  La  falta  de  un  edificio  construido  espe- 
cialmente para  iglesia  puede  haber  influido,  probablemente,  más 
de  lo  que  creemos.  Nos  proponemos  visitar  esta  semana  a  las  muje- 
res y  niñas  indígenas  que  aún  quedan  aquí,  para  tratar  de  ganar 
su  confianza  y  organizar  una  clase  de  costura,  como  primer  paso  ha- 
cia nuestra  futura  labor  misionera.  Deseamos  ardientemente  dedi- 
car todas  nuestras  energías  al  servicio  del  Señor,  pero  desde  un  prin- 
cipio han  surgido  dificultades  que,  confiamos,  habrán  de  vencerse 
a  fuerza  de  paciencia,  perseverancia  y  oración,  a  fin  de  que  el  reino 
de  Dios  sea  con  nosotros.  Si  tal  es  la  voluntad  del  Todopoderoso, 
me  trasladaré  a  Bahía  Blanca.  Creo  que  allí  hav  una  ouerta  abierta 
y  el  señor  G.  volvió  a  pedir  al  señor  Stirling,  recientemente,  que 
enviara  a  alguien.  El  señor  Stirling  me  propuso  el  viaje  y,  Dios  me- 
diante, como  ya  dije,  viajaré  a  dicho  pueblo  cuando  se  presente  la 
oportunidad. 


84 


COMENTARIOS 


(1)  .  — "El  interesante  párrafo  que  sigue  pertenece  a  una  carta 
del  señor  Teófilo  Schmid",  escribe  el  Comité  de  la  Sociedad  a  mane- 
ra de  introducción  explicativa.  En  verdad,  el  texto  de  Schmid  es  la 
versión  personal  del  viaje  en  compañía  de  Alien  W.  Gardiner  que 
se  publica  en  el  Apéndice  I  y  del  cual  —cabe  reconocer—  es  un  mero 
complemento,  sin  mayor  personalidad  ni  acopio  de  información. 

(2)  .  —  Para  la  fecha  en  que  Schmid  escribía  esta  carta,  no  es- 
taba, según  se  ve,  muy  enterado  del  rango  correspondiente  a  cada 
uno  de  los  indígenas  que  trataba,  cosa  muy  comprensible  en  este  caso 
dada  la  actuación  en  primer  plano  de  Casimiro  a  quien,  por  tal 
circunstancia,  consideró  "cacique"  sin  que  lo  fuera.  Ya  en  1854  el 
gobernador  de  Punta  Arenas,  Jorge  C.  Schythe,  expresa  respecto  al 
mismo  tema:  "Se  le  llama  cacique,  aunque  realmente  no  lo  es" 
(Robustiano  Vera,  La  colonia  de  Magallanes  y  Tierra  del  Fuego 
(1843  a  1897),  122;  Santiago  de  Chile,  1897).  En  una  de  las  notas 
siguientes  correspondiente  al  segundo  viaje  de  Schmid  en  1859, 
llamo  la  atención  del  lector  por  cuanto  el  misionero  se  rectifica 
de  la  apreciación  que  comento  al  manifestar  que  para  esa  fecha, 
Casimiro  "no  era  reconocido  como  cacique,  aunque  pase  por  tal". 
El  mismo  Musters  que  le  trató  largamente  es  quien  nos  ha  dejado 
las  más  abundantes  informaciones  a  su  respecto,  es  poco  explícito  y, 
tal  vez,  sin  quererlo,  el  que  más  ha  sembrado  la  confusión.  Cuando 
por  vez  primera  lo  menciona  dice:  "Casimiro,  titulado  jefe  de  los 
tehuelches"  (G.  H.  Musters,  Vida  entre  los  Patagones,  en  Biblioteca 
centenaria  de  la  Universidad  Nacional  de  La  Plata,  I,  163;  Buenos 
Aires,  1911)   pero  pocas  páginas  después  nos  entera  que  durante 


85 


el  viaje  que  aquel  hiciera  a  Buenos  Aires  pocos  años  antes,  el  go- 
bierno lo  reconoció  "como  jefe  principal  de  los  tehuelches"  (Musters, 
Vida,  173)  con  lo  cual  queda  explícito  que  su  primer  información 
aludía  al  nombramiento  de  las  autoridades  argentinas  sin  que  ello 
implicase  un  título  propio  del  "escalafón"  —digamos—  indígena.  Con- 
firma mi  actual  modo  de  considerar  su  verdadera  condición  otra  frase 
del  propio  Musters:  "Los  más  importantes  entre  los  indios  eran 
Orkeke,  el  cacique  ejecutivo  y  su  hermano  Tankelow.  .  .  Casimiro, 
cuyo  gobierno  era  todavía  una  posibilidad"  (Musters,  Vida,  190)  .  .  . 
Y  si  ello  no  bastase,  Musters  nos  entera  en  otra  parte  de  su  relato: 
"Casimiro  estaba  muy  contento.  .  .  y  se  lo  iba  a  investir  con  el  man- 
do supremo  (Musters,  Vida,  220)  ...  En  resumen,  creo  que  alre- 
dedor de  la  designación  que  se  le  hiciera  en  Buenos  Aires  gira  la 
autoridad  gubernamental  de  Casimiro  y  con  la  cual,  posteriormente, 
hay  una  aquiescencia  de  las  diversas  entidades  patagónicas.  En  con- 
tra de  la  posibilidad  de  un  posible  cacicazgo,  en  la  más  amplia  acep- 
ción de  la  palabra,  media,  por  último,  la  condición  dirimente  para 
alcanzarlo:  la  falta  de  subditos;  no  hay  que  olvidar  que,  en  verdad, 
la  mancomunidad  de  pareceres  de  un  grupo  indígena  era  quien  de- 
terminaba la  persona  que  debía  dirigirlos.  Esa  carencia  de  tribu 
subordinada  queda  en  evidencia  cuando  Casimiro,  en  1865,  se  hizo 
presente  en  la  isla  Pavón  —de  regreso  de  Punta  Arenas—  al  frente 
de  numerosas  familias  con  un  total  próximo  a  las  400  personas,  pero 
con  él  están  los  verdaderos  caciques  y  caciquillos  con  mando  mien- 
tras que  a  Casimiro  se  lo  designa  como  "cacique  mayor"  (Armando 
Braun  Menéndez -Julián  Cáceres  Freyre,  Los  apuntes  del  Secreta- 
rio del  cacique  Casimiro  y  capitán  de  guardias  nacionales  Don  Do- 
roteo Mendoza,  separada  del  Anuario  de  Historia  Argentina,  1939, 
12,  25;  Buenos  Aires,  1940),  es  decir,  un  mando  circunstancial  y 
propio  del  momento  como  que  se  realizaba  un  acto  afectado  a  la 
designación  del  gobierno  de  Buenos  Aires.  En  mayo  de  1862  Schmid 
excluye  a  Casimiro  en  calidad  de  cacique,  mientras  proporciona  los 
nombres  de  los  otros  que,  en  realidad  lo  eran. 

(3) .  —  Desde  el  punto  de  vista  de  sus  afanes  proselitistas,  el  Co- 
mité resume  así  el  resultado  de  este  primer  viaje  de  Schmid  con  los 
indígenas  por  el  sur  de  Patagonia:  "Aparte  de  adquirir  algún  cono- 
cimiento acerca  de  las  costumbres  y  las  características  mentales  de 
los  nativos,  la  principal  tarea  ha  consistido,  hasta  ahora,  en  familia- 
rizarse con  su  lenguaje.  A  este  respecto  —añade—  y  a  juzgar  por  lo 
que  expresa  en  su  diario,  el  resultado  obtenido  por  el  señor  Schmid 


es,  aparentemente,  pequeño"  (The  Voice  of  pity  for  South  America, 
VII,  177-8;  London,  1860).  Nosotros,  en  cambio,  sin  interferir  con 
los  intereses  momentáneos  de  la  Sociedad,  encontramos  "en  la  sen- 
cilla narración"  un  conjunto  de  informaciones  ergológicas  nada  des- 
preciables que  la  valoran.  Aunque  redactado  en  forma  de  carta  y 
sin  que  en  él  quede  constancia  de  la  labor  cotidiana  es,  en  verdad, 
un  verdadero  "diario".  Así  lo  entendió  la  Comisión  organizadora 
al  publicarlo:  "Acabamos  de  recibir  su  diario  de  viaje,  aunque  lleva 
fecha  de  octubre  de  1859". 

(4)  .  —  Este  doctor  Burns  que  aparecerá  varias  veces  más  en  los 
relatos  de  los  misioneros,  supongo  que  era  el  médico  de  la  colonia 
aunque  nada  pueda  asegurar  al  respecto.  Tal  vez  con  estas  líneas 
cumpliría  mi  misión  de  acompañar  al  lector  para  que  la  obra  sea 
más  entendida,  pero  diversos  hechos  me  determinan  a  contrariar 
mi  propósito  de  pasar  a  otro  tema.  Las  consideraciones  que  siguen 
no  las  formulo  con  el  deseo  de  disminuir  la  simpatía  que  suscita 
su  bondadoso  trato  con  Schmid  y  el  catequista  Hunziker  sino  para 
lamentar  un  posible  equívoco  por  parte  de  la  Sociedad  editora.  En 
efecto;  en  la  crónica  que  la  dirección  del  periódico  publica  a  manera 
de  prólogo  a  la  carta  de  Schmid  referente  a  su  tercer  viaje,  apunta 
que  el  "Dr.  Burns  profesa  el  culto  Católico  Romano"  (The  voice  of 
j)ity,  VIII,  218)  pero  ello  debe  ser  un  error.  Descartando  las  con- 
tinuas atenciones  prodigadas  a  los  catequistas,  este  señor  aparece 
manteniendo  una  correspondencia  frecuente  con  los  reverendos  pro- 
testantes, ya  de  Valparaíso,  ya  de  los  buques  de  la  armada  británica, 
amén  de  ser  su  domicilio  donde  llegaban  los  obsequios  de  aquéllos 
para  Schmid.  En  esta  misma  carta  se  leerá  con  estupefacción  que 
el  doctor  Burns  puso  en  contacto  a  Schmid  con  un  subdito  ruso,  ca- 
tólico, que  deseaba  hacerse  luterano...  y  "una  mañana  de  domingo 
—añade  Schmid—  el  Doctor  me  acompañó  a  bordo  para  asistir  al 
oficio  religioso".  No  creo,  en  verdad,  que  esta  sea  la  conducta  propia 
a  un  católico,  pero  no  deseo  hacer  suposiciones.  . . 

(5)  .  —  Whom  we  shall  ñame  As-caik,  dice  el  texto  inglés.  No 
alcanzo  a  comprender  ese  "lamaremos";  ¿es  que  no  se  llamaba  así? 
¿Su  nombre  no  era  correcto  transcribirlo  y  por  ello  se  le  inventaba 
otro?  Confieso  que  este  modo  de  expresarse  no  tiene,  a  mi  ver, 
explicación.  Lo  natural  es  que  a  una  persona  con  quien  se  está  en 
tratos  y  con  la  cual  se  vivirá  un  tiempo  se  la  llame  por  su  nombre 
\  no  por  otro  inventado  ocasionalmente. 

(6)  .  —  Si  bien  es  cierto  que  en  la  ocasión  el  agradecimiento  no  es 


87 


excesivo,  más  adelante  verá  el  lector  no  sólo  la  ponderación  de  la 
benévola  acogida  sino,  también,  la  expresión  del  temor  que  el  gober- 
nador haya  sido  relevado;  también  hubo  intercambio  de  obsequios 
y  de  cartas  zalameras  que,  en  verdad,  empalagan.  Tal  obsecuencia 
entrañaría  un  intríngulis  difícil  de  dilucidar  si  no  mediara  una 
confesión  tácita  del  propio  Schmid  que  establece  no  ser  el  aludido 
funcionario  de  religión  católica:  "Temí  —dice—  que  el  Gobernador 
Schythe  hubiera  sido  reemplazado  por  un  chileno,  seguramente  ca- 
tólico"... (véase  pág.:  34).  Pero,  en  realidad,  quien  levanta  el 
velo  que  justifica  tan  favorable  trato  es  Braun  Menéndez  quien,  co- 
nocedor máximo  de  la  historia  magallánica,  nos  hace  saber  que 
Schythe  era  de  "religión  protestante"  (cfr.:  Armando  Braun  Menén- 
dez, El  cañadón  de  los  Misioneros,  en  "La  Nación",  domingo  11  de 
junio,  2*  sección,  1;  Buenos  Aires,  1939.  Este  artículo  de  gran  inte- 
rés en  estos  asuntos,  se  hubiera  perdido  como  tantos  otros  publica- 
dos en  las  hojas  cotidianas.  Sensible  a  esta  faz  efímera  de  su  labor, 
el  autor  lo  ha  incorporado  a  la  tercera  edición  de  una  de  sus  más 
conocidas  obras  que  ha  merecido  el  favor  del  público  lector:  Pequeña 
historia  magallánica,  tercera  edición,  127-144;  Buenos  Aires,  1960) . 

(7)  .  —  El  dato  es  por  demás  interesante,  por  cuanto  documenta 
la  existencia  de  saludos  cantados  a  manera  de  bienvenida.  La  exterio- 
rización  de  sentimientos  a  personas  o  agrupaciones  en  los  momentos 
de  encontrarse  eran,  al  parecer,  más  variados  que  los  que,  común- 
mente, se  sospecha.  Según  se  puede  comprobar  en  el  texto  de  Schmid 
los  encontramos  ya  en  labios  de  ancianos,  ya  de  mujeres.  Sin  preten- 
der hacer  una  exégesis  del  ritual  que  determinaba  tales  manifestacio- 
nes sólo  deseo,  por  el  momento,  señalar  su  existencia.  Es  indudable 
que  Schmid  no  estaba  en  condiciones  de  poder  captar  la  conducta 
mental  —ni  mucho  menos  supersticiosa—  de  los  indígenas.  A  través  de 
los  diversos  criterios  de  los  viajeros  que  los  trataron,  es  indudable 
que  el  canto  —o  como  se  le  llame—  del  "médico"  era  todo  un  exor- 
cismo a  los  posibles  males  que  el  intruso  —es  decir,  en  este  caso, 
Schmid—  podía  traer  sobre  la  tribu.  —Es  difícil  en  español  puntuali- 
zar el  término  preciso  para  nombrar  el  instrumento  musical  —si  asi 
puede  llamársele  con  la  mayor  licencia—  a  que  se  alude.  Algunos 
viajeros  indican  que  el  recipiente  era  vejiga  de  guanaco  mientras 
que  para  Schmid  era  de  cuero.  No  es  posible  entablar  discusión  al 
respecto  y  es  muy  posible  que  tanto  una  como  el  otro  hayan  sido 
usados. 

(8)  .  —  El  hecho  no  es  dudoso;  más  aun,  es  indudable  y  ello  me 


88 


mueve,  una  vez  más,  a  lamentar  que  permanezca  inédito.  Si  los  ar- 
chivos de  la  American  Missionary  Society  existen  todavía,  la  entidad 
que  los  posea  haría  obra  buena  en  dar  a  conocer  íntegramente  — 
sin  retaceos  ni  cambios  ya  que  los  actores  han  desaparecido  de  la  es- 
cena; ¡no  en  vano  ha  pasado  un  siglo!—  no  sólo  el  "diario"  sino  la 
correspondencia  de  Schmid,  de  sus  superiores  y  de  sus  colaboradores: 
los  vocabularios,  reglas  gramaticales,  etc.  que  —ahora  más  que  en- 
tonces— serían  de  una  utilidad  científica  inapreciable  no  previstas 
por  quienes  las  fomentaron  con  otras  ideas  y  propósitos. 

(9)  .  —  Tales  deseos  tuvieron  su  realización;  no  son  otra  cosa 
que  sus  "Maneras  y  costumbres",  las  cuales,  no  obstante  ser  fruto 
de  un  corto  lapso  en  que  las  hizo  objeto  la  perquisidora  observación 
del  misionero,  corresponde  reconocer,  son  las  más  amplias  y  ricas 
en  pormenores.  Se  incorporan  en  la  Segunda  parte  de  este  tomo. 

(10)  .  — Para  la  fecha  en  que  Schmid  escribía  estos  conceptos, 
no  había  captado  la  mecánica  que  presidía  las  mudanzas  de  campa- 
mento, la  cual  estaba  muy  lejos  de  ser  "el  solo  placer  de  seguir  erran- 
do". En  otra  parte  podrá  verse  más  explayado  el  pensamiento  ne- 
gativo a  tal  modo  de  entender  los  cambios  —obligados,  premeditados 
y  conscientes—  que  de  su  albergue  hacían  los  aborígenes. 

(11)  , —  No  es  esta  la  única  aseveración  de  Schmid  susceptible  de 
ser  sujeta  a  revisión,  aunque  no  se  lo  podamos  atribuir  a  su  entera 
responsabilidad,  estando  tan  ajenos  a  los  retaceos  y  cambios  que  la 
redacción  de  la  revista  pueda  haber  introducido.  Solo  me  constriño 
a  señalar  el  hecho:  mientras  que  Gemóki  —el  hijo  del  cacique  As- 
caik—  es  su  compañero  de  marcha,  se  verá  con  no  poca  sorpresa  que 
los  primeros  renglones  del  capítulo  IX  señalan  en  tal  función  al 
indio  Platero,  llamado  seguramente  así  por  su  capacidad  u  oficio. 
Para  la  individualización  de  este  indígena  véase  la  nota  N?  63. 

(12)  .  — El  párrafo  no  expresa  claramente  el  sentimiento  de 
Schmid.  En  otros  lugares  el  lector  podrá  ver  que  no  tiene  reticencias 
en  sindicar  al  gobernador  Schythe  como  el  que  proveía  cognac  a  los 
indígenas,  cosa,  por  otra  parte  evidente,  ya  que  lo  detentaba  en 
evidente  abuso  de  su  poder.  (Véanse  las  notas  25  y  28)  . 

(13)  .  — El  lector  no  debe  dejarse  sugestionar  con  la  lectura  de 
este  párrafo  interpretado  lisa  y  llanamente.  Si  bien  no  es  dudoso 
que  la  labor  debe  haber  sido  pesada  a  la  par  de  molesta,  no  debe 
olvidarse  que  estaba  favorecida  con  el  trabajo  previo  realizado  con 
una  barreta  de  hierro,  según  puede  verse  en  el  texto  de  Schmid  y 
su  comentario  en  la  nota. 


80 


(14)  .  —  Tal  costumbre  de  los  guanacos  determinó,  a  su  vez,  que 
los  indígenas  en  la  época  invernal  buscaran  las  pampas  a  nivel  del 
mar  ya  que  allí  encontraban  su  principal  fuente  de  manutención. 
Inversamente  —aunque  Schmid  no  lo  establezca—  en  los  meses  esti- 
vales la  migración  era  hacia  las  pampas  altas.  Estos  son  hechos  que 
han  quedado  consignados,  entre  otros,  por  Lista  y  Spegazzini  (Ramón 
Lista,  La  Patagonia  austral,  88  y  sgte.;  Buenos  Aires,  1879;  Carlos 
Spegazzini,  Costumbres  de  los  Patagones,  en  Anales  de  la  Sociedad 
Científica  argentina,  XVII,  230;  Buenos  Aires,  1884)  y  a  los  cuales 
he  dedicado  —hace  años—  algunos  renglones  (Milcíades  Alejo 
Vignati,  Resultados  de  una  excursión  por  la  margen  sur  del  rio  Santa 
Cruz,  en  Notas  preliminares  del  Museo  de  La  Plata,  II,  81,  nota  2; 
Buenos  Aires,  1934).  Por  su  parte,  Viedma  ya  había  observado  la 
conducta  de  los  indígenas  con  referencia  a  la  caza:  "jamás  paran 
mucho  tiempo  en  un  destino,  variando  continuamente  de  asiento 
para  poder  subsistir  a  favor  de  la  caza,  que  según  las  estaciones  se 
mete  tierra  adentro,  o  baja  a  buscar  las  playas"  (cfr.:  Antonio  de 
Viedma,  Descripción  de  la  costa  meridional  del  sur,  llamada  vulgar- 
mente Patagónica;  relación  de  sus  terrenos,  producciones,  brutos,  aves 
y  peces;  indios  que  la  habitan,  su  religión,  costumbres,  vestidos  y 
trato;  desde  el  puerto  de  Santa  Elena  en  44  grados,  hasta  el  de  la 
Virgen  en  52,  y  boca  del  estrecho  de  Magallanes,  refiérese  cuanto  en 
dicha  costa  y  tierra  caminó  y  reconoció  por  sí  D.  .  .  .,  en  Pedro  de 
Angelis,  Colección  de  obras  y  documentos  relativos  a  la  historia  an- 
tigua y  moderna  de  las  provincias  del  río  de  la  Plata,  VI,  79;  Buenos 
Aires,  1837) . 

(15)  .  —  Este  cacique  cuyo  nombre  cae  bajo  nuestra  vista  por  vez 
primera  en  el  presente  relato  —y  que  Gardiner  escribirá  Watchee— 
es  el  mismo  que  se  manifiesta  en  las  crónicas  de  la  época  con  la  gra- 
fía Guaichi,  con  motivo  de  haber  intervenido,  de  manera  más  o 
menos  directa,  en  el  alevoso  asesinato  del  gobernador  de  Punta  Are- 
nas Bernardo  Philippi  en  1853.  La  muerte  de  este  incauto  jefe  y  de 
su  capataz  Villa  fue  atribuida  a  la  pequeña  agrupación  denominada 
"Guaicurú'  —en  cuya  compañía  había  salido  de  la  colonia  magallá- 
nica—  actuando  los  indígenas  Chauche,  Majanero,  Luis,  Jarbón  y 
un  hermano  innominado  del  segundo.  Así,  al  menos,  lo  declaró  un 
muchacho  indio  patagón,  Martín,  "a  quien  llevara  Philippi  como 
lenguaraz  en  la  expedición  que  tuvo  para  él  tan  funesto  éxito"  (sicl) 
—según  expresa  el  Gobernador  que  lo  substituyó  (Vera,  La  colo- 
nia, 93)—.  Pero  no  es  dudoso  que  Watchy  en  su  condición  de  caci- 

90 


que  de  la  parcialidad  patagona  a  la  que  aquélla  se  había  incorpora- 
do, haya  condescendido  y  tolerado  el  asesinato  y,  consecutivamente, 
apañado  a  sus  autores,  si  es  que  no  fue  su  verdadero  promotor. 
Aunque  así  no  fuese,  su  responsabilidad  subsidiaria  no  quedó  in- 
demne; así  lo  entendió,  también,  el  gobernador  Schythe:  "siendo  el 
declarante  (se  refiere  al  indio  Martín)  sobrino  del  cacique  de  la 
misma  tribu  a  que  ellos  pertenecen,  es  más  que  probable  que  haya 
tratado  de  disculpar  a  su  pariente,  que  en  su  categoría  de  jefe  no 
habrá  ignorado  el  acto  criminal  que  su  jente  iba  a  cometer,  aunque 
tal  vez  no  haya  tomado  parte  activa  en  él  (Vera,  La  colonia,  93). 
Además,  su  "carácter  violento"  —al  decir  de  Gardiner—  o  "turbu- 
lento" y  "a  quien  le  gusta  la  gresca  y  no  pierde  la  oportunidad  de 
hallarla"  según  Schmid—  no  necesita  de  otros  agravantes  para  que 
se  presente  suficientemente  repulsivo  y  capaz  de  tal  acción.  Otras 
semipruebas  concurrentes  al  mismo  sentir  ya  han  sido  expuestas  con 
atinado  juicio  (cfr.:  Armando  Braun  Menéndez,  Pequeña  historia 
magallánica,  99  y  sgte.;  Buenos  Aires,  1937) .  Vera,  sin  aducir  prueba 
alguna  (Vera,  La  colonia,  143)  da  como  instigador  del  asesinato  a 
Casimiro  (cfr.:  Armando  Braun  Menéndez,  Pequeña  historia  pata- 
gónica, 182;  Buenos  Aires,  1936;  Braun  Menéndez -Cáceres  Freyre, 
Los  apuntes,  10) . 

(16) .  —  Casimiro  ocupa  un  capítulo  de  la  historia  de  Patagonia 
y  mantiene  su  lugar  de  primera  fila  a  pesar  que  se  le  conocen  todos 
sus  defectos  y  errores,  contrariamente  a  muchos  otros  "paladines" 
a  quienes  es  necesario  ocultar  su  faz  negativa  para  que  su  figura  no 
sea  enteramente  insignificante.  Sin  duda  alguna,  es  el  indígena  de 
biografía  más  conocida  y  del  cual  se  han  ocupado  mayor  número 
de  sus  contemporáneos;  su  nombre  llegó  recomendado  al  Almiran- 
tazgo inglés;  su  retrato  ocupó  las  planas  de  obras  y  revistas  europeas; 
fue  el  centro  de  las  actividades  misionales  de  una  entidad  de  prose- 
litismo  protestante;  fue  punta  de  lanza  de  la  soberanía  argentina 
en  los  lejanos  territorios  del  sur  y  ostentó  grado  militar  de  dos  na- 
ciones; hasta  un  caballo  llevó  su  nombre.  .  .  conoció  todos  los  oro- 
peles de  la  proceridad  política  y  puede  ocupar  sin  desmedro  su  pues- 
to en  la  galería  de  los  "notables  patagónicos".  Casimiro  fue  traído 
al  mundo  por  una  mujer  alcohólica  al  grado  que,  pocos  años  des- 
pués, era  una  ebria  consuetudinaria.  La  tara  materna  modeló  toda 
su  vida:  la  descastada  acción  de  venderlo  a  un  cristiano  le  significó 
instruirse  y  agudizar  su  inteligencia  habituándolo  tanto  a  la  convi- 
vencia honesta  como  a  la  hartera;  la  herencia  lo  hizo  un  beodo  y, 


91 


en  prosecución  de  tan  degradante  costumbre,  recurrió  a  todas  las 
trapacerías,  desde  el  apaño  de  criminales  hasta  el  usufructo  de  be- 
neficios tribales  en  sus  actividades  al  margen  de  la  ley;  como,  a  la 
par,  fue  protector  de  náufragos,  proveedor  de  carne  a  los  barcos 
necesitados,  intercesor  sui  generis  entre  indios  y  civilizados,  y  pro- 
pagandista del  dominio  argentino  en  los  confines  patagónicos,  cuan- 
do procedía  con  la  corrección  que  su  patrón  y  padrino  le  había  in- 
culcado durante  sus  años  de  cautiverio.  Con  muchas  más  faltas  y  con 
bastante  menos  mérito,  otros  tienen  estatuas.  El  célebre  naturalista 
Alcides  D'Orbigny  introduce  en  la  historia  —innominadamente—  a 
Casimiro.  El  3  de  marzo  de  1829  al  llegar  a  la  casa  de  la  "Estancia 
del  Estado",  fue  testigo  de  una  escena  que  califica  de  nueva  y  cu- 
riosa. El  recinto  estaba  lleno  de  indios  de  ambos  sexos  pertenecien- 
tes a  la  nación  "Puelche".  Era  costumbre  entonces  de  los  habitantes 
'civilizados'  del  Carmen,  comprar  a  las  diversas  parcialidades  indí- 
genas los  cautivos  que  poseían,  a  quienes  se  empleaba  en  las  tareas 
domésticas  o  en  el  campo.  Parece  que  Bibois  hacía  tiempo  que  de- 
seaba un  niño,  pero  como  no  lo  había  en  la  condición  de  cautivo, 
lo  había  solicitado  a  una  india  llamada  Joujuna  (informe  de  don 
Tomás  Harrington,  carta  del  27  de  julio  de  1942)  que  tenía  un  hijo 
de  10  años  y  era  esa  venta  la  causa  de  tan  numerosa  concurrencia. 
La  mere,  craignant  le  blame  de  ses  parents  —dice—  avait  voulu  les 
rendre  témoins  de  la  vente,  et  les  interesser  dans  son  produit;  ella 
pedía  para  sí  y  los  suyos  tonte  l'eau-de-vie  qu'ils  pourraient  boire  trois 
jours  et  trois  nnits  de  suite.  Tal  propuesta  extrañó  a  los  circuns- 
tantes, tanto  más  que  la  madre  estaba  cubierta  de  harapos  y  no  pen- 
saba en  pedir  vestidos.  Sin  embargo,  fue  cerrado  el  trato  de  acuerdo 
a  los  deseos  de  la  india  y  dio  comienzo  a  su  ejecución  bebiendo  todos 
sin  freno  y  sin  medida.  J'appris,  plus  tard,  que,  pendant  le  temps 
convena  cette  famille  n'avait  cessé  de  boire,  sans  prendre  de  nour- 
riture.  Llegado  el  cuarto  día  des  pleures  vinrent  remplacer  la  gaité; 
la  mere  gémit;  ses  parents  l'imiterent  dans  sa  douleur,  pero  tardía- 
mente: el  niño  estaba  vendido.  Este  párvulo  era  Casimiro.  Las  in- 
formaciones de  Schmid  y  sus  correligionarios  —hasta  ahora  ignora- 
das— no  son  más  que  los  primeros  peldaños;  la  obra  de  Musters  es 
el  enfoque,  al  natural,  del  hombre  en  plena  madurez  de  edad,  en 
la  integridad  de  su  ascendiente  entre  los  naturales,  y  de  la  manera 
cómo  sabía  usufructuarla;  Outes  la  esbozó  íntegramente,  aunque 
con  un  error  inicial  que  es  fundamental  en  la  interpretación  de  su 
idiosincrasia  (Félix  F.  Outes,  Versiones  al  Aonükün'k  (Patagón  me- 


92 


ridional)  de  la  oración  dominical  y  del  versículo  8o  del  salmo  II 
adaptadas  por  Teófilo  F.  Schmid  en  1863,  en  Revista  del  Museo  de 
La  Plata,  XXXI,  310,  nota  1;  Buenos  Aires,  1928) ;  Braun  Menéndez 
le  ha  dedicado  páginas  interesantes  pero  sin  simpatía  a  la  persona 
(Braun  Menéndez,  Pequeña  historia  patagónica,  181  y  sgts.);  Deodat, 
en  brillante  síntesis  reinvidicatoria,  expresa:  "Cuelgan  a  Casimiro 
un  sambenito  de  adjetivos  para  darse  el  goloso  placer  de  zamarrearle 
públicamente  en  el  estrado  de  la  historia.  Adjetivos  que  al  ser  pro- 
nunciados en  alta  voz  poseen  la  estridencia  pirotécnica  de  un  bom- 
bardeo. Barba  Azul,  pintoresco,  instigador  o  encubridor  de  asesinatos 
y  saqueos,  camaleón,  beodo,  bárbaro  e  intrigante.  Nada  más  por 
ahora.  .  .  Ninguna  persona  de  mi  bibliográfico  conocimiento  ostenta 
como  Casimiro  mejores  títulos  a  la  consideración  de  sus  críticos.  Sin 
embargo,  los  manes  de  Casimiro  no  tienen  de  qué  estremecerse;  entre 
los  civilizados  hombres  blancos  sobran  encumbrados  rivales"  (Leon- 
cio S.  M.  Deodat,  Del  tiempo  viejo.  III.  La  captura  de  la  tribu  del 
cacique  Orkeke,  93  y  sgte.;  Puerto  Deseado,  1937).  Por  último,  yo 
también,  la  he  intentado  en  forma  reiterada,  al  hacer  conocer  su 
verdadera  efigie  al  través  de  los  años  (Milcíades  Alejo  Vignati, 
Apuntes  bioiconográficos  del  cacique  Tuelche  Casimiro,  en  Notas 
del  Museo  de  La  Plata,  IV,  251  y  sgtes.;  Buenos  Aires,  1939;  Milcía- 
des Alejo  Vignati,  Iconografía  aborigen.  II.  Casimiro  y  su  hijo  Sam 
Shck,  en  Revista  del  Museo  de  La  Plata,  nueva  serie,  Antropología 
II,  225  y  sgtes.;  La  Plata,  1945) .  —  El  señor  Deodat  ha  producido  un 
capítulo  dedicado  a  este  mismo  tema.  Como  es  anterior  un  par  de 
años  al  mío,  en  el  cual  revelo  los  datos  suministrados  por  D'Orbigny, 
incurre,  por  tal  motivo  en  errores  que  por  diversas  circunstancias  no 
podía  presumir,  errores  que  paso  a  rectificar  de  inmediato,  a)  El 
establecimiento  ganadero  a  cargo  de  Bibois  —o,  por  su  verdadero 
nombre:  Francisco  Fourmantin—  en  la  época  de  la  compra  de  Ca 
simiro  era  la  "Estancia  del  Estado"  sobre  la  boca  del  río  Negro  *.  b) 
Para  la  fecha  historiada  por  D'Orbigny  no  figura  su  propio  estable- 
cimiento, adquirido  muchos  años  después,  c)  La  compra  de  Casi- 
miro fue  en  1829  siendo  un  niño  de  10  años,  d)  La  circunstancia 
que  D'Orbigny  solo  indique  el  apellido  de  Bivois  está  indicando 
que  en  ese  momento  el  apelativo  era  corriente  y  desconocido  su 

*  En  el  Estado  de  Catastro  al  1?  de  enero  de  1934,  según  el  Atlas  d"  los 
Partidos  de  la  Provincia  de  Buenos  Aires,  todavía  el  Estado  tiene  tres  parcelas 
que  integran  una  superficie  de  13.485  H.  aproximadamente,  relicto  de  mayor 
extensión,  pues  en  las  cercanías  hay  otros  lotes  "reivindicados". 


93 


verdadero  apellido;  no  debe  olvidarse,  al  respecto,  que  en  esa  época 
todavía  estaría  muy  presente  su  actuación  inmediata  de  capitán  de 
corsario,  c)  Si  Casimiro,  a  los  años,  informó  que  su  padrino  era 
—o  había  sido—  Gobernador  del  fuerte,  tal  como  se  lo  relató  a  Mus- 
ters  es  porque  en  sus  viajes  al  Carmen,  ya  persona  mayor,  lo  supo 
y  así  pudo  comunicarlo  sin  error,  f)  La  Estancia  del  Estado  estaba 
ubicada  aguas  abajo  de  Patagones,  g)  La  propiedad  privada  de 
Fourmantin  —según  lo  establece  el  señor  Deodat—  estaba  40  leguas 
(=  200  km)  aguas  arriba  de  aquella  localidad,  tanto  que  dice  co- 
rresponder al  actual  pueblo  de  Conesa.  h)  No  es  correcto  confun- 
dir ambos  establecimientos  que  no  tienen  más  vinculación  que  la 
de  haber  estado  regenteado  el  uno  y  administrado  el  otro  por  la 
misma  persona,  i)  Musters  es  quien  tenía  oído  duro;  Casimiro  no 
habrá  tenido  inconveniente  en  pronunciar  bien  lo  que  consideraba 
apellido,  tanto  que  Cunningham  lo  captó  y  escribió  pasablemente 
con  fonética  inglesa:  Casimiero  (sic)  Biwa  (Robert  O.  Cunningham, 
Notes  on  the  Natural  History  of  the  Strait  of  Magellan  and  west 
coast  of  Patagonia,  204;  Edimburgh,  1871)  :  no  es  el  primero  y  único 
caso  del  relato. 

(17)  .  —  Es  parte  del  ceremonial  propio  de  los  Patagones  que 
no  debe  confundirse  con  el  saludo  entre  'naciones'  distintas  (cfr.: 
Milcíades  Alejo  Vignati,  Datos  de  etnografía  Pehuenche  del  Li- 
bertador José  de  San  Martin,  en  Notas  del  Museo  de  La  Plata,  XVI, 
15,  nota  12;  La  Plata,  1953).  Musters,  también,  ha  dejado  consig- 
nado el  hecho  apuntado  por  Schmid:  "Todos  se  dirigieron  inmedia- 
tamente a  los  toldos,  se  ataviaron  y  trajeron  los  caballos  preparán- 
dose para  la  llegada  de  las  visitas,  porque  se  considera  una  cuestión 
de  gran  importancia  el  encuentro  de  un  número  cualquiera  de  in- 
dios después  de  una  separación"  (Musters,  Vida,  222). 

(18)  . —  Al  detenerse  en  la  descripción  pormenorizada  de  Casi- 
miro parecería  que  fuese  la  primera  vez  que  ha  estado  con  él,  cosa 
extraña  por  cuanto  durante  su  primer  viaje  a  Patagonia  en  compa- 
ñía de  Gardiner,  varias  veces  aquél  estuvo  en  tratos  con  los  misio- 
neros y  la  ausencia  de  Schmid  en  estas  entrevistas  resulta  tan  inex- 
plicable que  da  pie  a  la  sospecha  de  tratarse  de  un  párrafo  inter- 
calado. 

(19)  .  — Se  comprende  que  al  expresarse  Schmid  de  esta  mane- 
ra, hace  abstracción  que  Punta  Arenas  era  territorio  chileno,  modo 
de  ver  que  parece  un  eco  de  la  extrañeza  de  Alien  W.  Gardiner  por 
los  que  denomina  "celos"  del  gobierno  de  Chile  por  la  ocupación 


94 


de  islas  (véase  Apéndice  I) .  Ello  aparte,  lo  que  ha  deseado  expresar 
es  que  Casimiro  llegó  a  la  capital  de  la  nación  trasandina  y  estuvo 
en  la  región  más  civilizada  de  ese  país.  Nadie  —que  yo  sepa—  ha 
puesto  en  duda  tal  visita,  durante  la  cual  obtuvo  el  grado  de  capitán 
que,  graciosamente,  se  le  otorgó  —con  vistas  al  dominio  de  la  Pata 
gonia  atlántica—  pero,  según  lo  he  manifestado  en  otra  ocasión,  esa 
visita  "implica  abrir  un  interrogante  respecto  al  nombre  de  quien 
fuera  su  acompañante  en  esas  andanzas;  pues,  mientras  Musters  lo 
apellida  Santorín  (Musters,  Vida,  172),  Cox  lo  llama  Chaquetes 
(Guillermo  E.  Cox,  Viaje  en  las  rejiones  septentrionales  de  la  Pa- 
tagonia,  1862-1863,  173;  Santiago  de  Chile,  1863)".-  Así  había  es- 
crito hace  casi  veinte  años.  Ahora  me  ha  sido  dado  poder  levantar 
el  velo  que  ocultaba  a  este  misterioso  personaje  a  quien  la  grafía 
de  Musters  aproxima  a  la  verdad.  Tomemos  las  cosas  desde  el  prin- 
cipio. Al  decir  de  Coan  —el  misionero  anglicano  que  actuó  en  1833 
en  bahía  Gregorio—  en  su  primer  diario  de  viaje,  uno  de  los  acom- 
pañantes del  gran  jefe  Congo,  era  "un  indio  de  Buenos  Aires,  San- 
turion"  (Arms-Coan,  Extracts  from  the  journals  of  Messrs...,  en 
The  Missionary  Herald,  XXXI,  38;  New  York,  1835);  pero  en  su 
obra  definitiva  se  explaya  más  y  dice  que  el  "poco  capitán"  —según 
escribe—  tratado,  era  Santo  Rio  de  quien  informa  que  "hace  cuatro 
años  fue  enviado  de  las  islas  Falkland,  donde  estaba  viviendo,  por 
el  gobernador  de  esas  islas  para  comerciar  caballos.  Desde  entonces 
—continúa  diciendo—  ha  permanecido  con  los  patagones,  tomó  una 
esposa  de  entre  ellos  y  parece  haberse  quedado  con  la  tribu.  Su  per- 
sona es  inferior  —termina  escribiendo  Coan—  pero  tiene  más  inte- 
ligencia y  mayor  grado  de  civilización  que  la  mayoría  de  los  indios. 
Viste  pantalones  y  una  camisa  de  fabricación  inglesa  sobre  la  cual 
viste  el  manto  de  cuero"  (Titus  Coan,  Adventures  in  Patagonia.  A 
Missionary's  Exploring  Trip,  127;  New  York,  1880).  Por  último, 
cuando  en  1844  la  goleta  Ancud  llega  al  lugar  del  estrecho  donde 
funda  el  fuerte  Bulnes,  entra  en  relaciones  con  el  cacique  comar- 
cano Santos  Centurión  (Armando  Braun  Menéndez,  Fuerte  Bulnes, 
220;  Buenos  Aires,  1943).  Entiendo  que  siempre  se  trata  de  la  mis- 
ma persona  y,  por  consiguiente,  considero  que  no  es  arriesgado  es- 
tablecer las  igualdades: 

Santos  Centurión  =  Santo  Rio  =  Santurion  =  Santorin.  —  Sin 
tener  prueba  que  me  respalde,  sin  embargo,  dudo  de  la  aseveración 
de  Coan  que  haya  sido  un  "indio"  en  la  acepción  restringida  del 
término,  sino,  más  bien,  un  criollo  "aindiado"  como  lo  era  en  las 


95 


Malvinas  la  casi  totalidad  de  la  población  a  cargo  de  los  ganados 
(siempre  que,  en  verdad,  haya  estado  alguna  vez  en  esas  islas,  aserto 
que  queda  en  suspición  de  conformidad  con  los  nuevos  elementos 
que  a  continuación  comento) .  Al  parecer,  es  inevitable  que  a  todos 
los  auténticos  paladines  de  Patagonia  no  se  les  pueda  hurgar,  de  lo 
contrario,  el  gazapo  consciente,  encubridor  de  dobleces  y  renuncia- 
mientos, salta  doquier.  Santos  Centurión  no  podía  escapar  a  la  re- 
gla. En  sus  confidencias  con  Coan  ya  sabemos  cuáles  fueron  sus  ma- 
nifestaciones en  las  que  nadie  puede  vislumbrar  superchería  alguna. 
No  hay  un  solo  dato  que  desentone;  todo  es  natural  y  nada  hace 
suponer  informaciones  engañosas,  como  tampoco  se  hace  perceptible 
motivo  para  simulación.  Pero,  he  ahí  que  un  decenio  después,  al  eri- 
girse Fuerte  Bulnes,  el  propio  Centurión  encaramado  ya  a  la  cate- 
goría de  cacique  importante  se  entrevista  con  el  Gobernador,  sar- 
gento mayor  Silva  —con  el  que  más  tarde,  ha  de  firmar  un  tratado 
de  "amistad  y  comercio"  (en  el  cual  aparece  como  lenguaraz  a  latere 
nuestro  viejo  conocido  Casimiro  Biguá)  —  a  quien,  con  o  sin  moti- 
vo, impone  de  sus  andanzas.  Allí  se  declara  "nacido  en  el  Uruguay 
—en  Montevideo,  aclara  el  texto  del  "tratado"—,  desde  muchacho  se 
había  alistado  como  soldado  en  el  ejército  del  prócer  argentino  el 
general  Manuel  Belgrano.  Ello  no  obstante,  años  después.  .  .  com- 
batió con  la  montonera  del  general  José  Miguel  Carrera,  en  cuyas 
filas  ascendió,  fue  herido  y  cayó  prisionero,  librándose  por  milagro 
del  inevitable  fusilamiento.  Vuelto  al  ejército  argentino,  el  gobierno 
del  general  Dorrego  le  confió  la  misión  de  explorar  la  costa  pata- 
gónica, vincularse  con  los  indios  y  buscar  lugares  a  propósito  para 
establecer  colonias  argentinas"  (Braun  Menéndez,  Fuerte,  220  y 
sgts.).  No  necesita  el  lector  que  le  puntualice  todas  las  discrepancias 
de  ambas  autobiografías  pero  me  permitirá  que  le  formule  retórica- 
mente la  pregunta  ¿Qué  signo,  qué  predestinación  determinaba  un 
avatar  tan  perfilado  a  estos  paladines?  —  Es  dable  conjeturar  que  la 
vinculación  de  la  oficialidad  del  Ancud  con  Santos  Centurión  haya 
sido  la  causa  determinante  del  viaje  de  éste  a  Santiago.  Su  deceso, 
antes  que  el  ascendiente  tribal  de  Casimiro  estuviera  consolidado, 
evitó,  indudablemente,  ulterioridades  de  soberanía  territorial. 

(20)  .  —  A  este  respecto,  véase  la  nota  2  en  la  que  aludo  a  esta 
expresión. 

(21)  .  — En  forma  idéntica  se  expresa  Musters:  "Durante  la  no- 
che murieron  tres  criaturas.  .  .  y  llenaron  el  campamento  los  lamen- 
tos de  las  mujeres"  (Musters,  Vida,  333) . 


96 


(22)  .  —  Para  la  época  de  Mustcrs  tal  costumbre  había  cambia- 
do; ya  no  se  confiaban  en  sus  cantos  sino  que  buscaban  refugio  en 
forma  más  efectiva:  "Se  llamó  entonces  a  las  mujeres  y  a  las  cria- 
turas haciéndolas  salir  de  los  matorrales  en  que  se  habían  refugiado" 
(Musters,  Vida,  201) .  En  la  época  de  González  las  mujeres  tomaban 
parte  activa  (Milcíades  Alejo  Vignati,  Comentarios  etnográficos 
al  "diario"  del  marinero  que  en  1798  viajó  por  tierra  desde  puerto 
Deseado  a  río  Negro,  en  Buenos  Aires.  Revista  de  Humanidades,  N<? 
2,  41;  Buenos  Aires,  1962) . 

(23)  .  —  El  lector  podrá  sorprenderse  todo  cuanto  quiera  de  este, 
al  parecer,  exceso  de  protocolo  tratándose  de  un  desgreñado  hijo 
del  desierto,  pero  tal  hecho,  para  nosotros,  cobra  un  significado  es- 
pecial, para  justificar  nuestra  opinión  que  Casimiro  no  era  'cacique' 
de  tribu  indígena:  la  circunstancia  de  no  rendírsele  honores  es  uno 
de  los  más  evidentes  de  los  testimonios:  el  ceremonial  indígena  era 
tan  tiránico  como  entre  los  más  puntillosos  palaciegos. 

(25)  .  —  La  observación  es  preciosa  para  quien  la  contempla  des- 
de lejos  y  sin  clase  alguna  de  preconceptos.  Vera  —el  meritorio  cro- 
nista de  la  colonia  de  Punta  Arenas—  no  deja  de  transcribir  el  re- 
glamento promulgado  por  el  gobernador  Schythe,  quien  en  el  ar- 
tículo 39  prohibía  la  venta  de  "licores  fuertes"  y  —con  igual  frial- 
dad— consigna,  pocas  páginas  después  que  fue  el  trueque  de  las 
pieles  y  plumas  con  los  indígenas  a  base  de  alcohol  uno  de  los  car- 
gos que  le  hicieron  para  pedir  su  destitución.  Confieso  que,  a  mi 
parecer,  lo  expuesto  basta,  pero  no  quiero  privar  al  lector  de  un 
substancioso  comentario  del  cronista,  quien  al  referirse  a  la  entrega 
de  aguardiente  por  el  gobernador  Schythe  dice:  "Y  si  se  recuerda 
su  famoso  Código  se  comprenderá  que  solo  él  quería  tener  este 
negocio,  pecado  en  que  incurrieron  varios  de  sus  sucesores  y  por  eso 
era  voz  común  que  los  gobernadores  de  Magallanes  se  enriquecían 
en  poco  tiempo"  (Vera,  La  colonia,  136) . 

(26)  .  —  Según  ve  el  lector,  la  permanencia  o  no  del  gobernador 
Schythe  era  de  primordial  importancia  para  la  labor  proselitista  de 
la  Sociedad. 

(27)  .  —  Hay  antinomia  entre  esta  afirmación  con  la  expresada 
casi  al  término  de  esta  misma  carta  (véase  pág.  40) .  Si  aquí  aplau- 
de, más  allá  desconfía.  En  realidad,  si  no  se  trata  de  una  versatilidad 
de  pensamiento  que  presupondría  un  estado  patológico,  hay  que 
acogerse  a  la  posibilidad  de  una  intervención  áulica  que  —desde 
lejos—  comprendía  la  necesidad  de  independizarse  del  tutelaje  de 


97 


un  pueblo  organizado  civilmente.  En  este  supuesto,  el  párrafo  final 
a  que  aludo  habría  sido  introducido  por  la  dirección  de  la  revista 
para  preparar  a  los  afiliados  a  la  idea  del  traslado  del  centro  de 
actividades,  con  el  consiguiente  aumento  de  gastos. 

(28)  .  —  Ya  se  ha  indicado  en  la  nota  N?  25  la  duplicidad  de 
conducta  del  gobernador  Schythe.  No  obstante  la  ingenuidad  del 
comentario  de  Schmid,  no  cabe  la  menor  duda  que  aquél  no  quería 
competidores  en  un  ramo  tan  productivo  como  era  la  proveeduría 
de  bebidas. 

(29)  .  —  En  efecto:  "Con  el  objeto  de  tener  todos  los  talleres 
reunidos  —expresa  el  cronista  de  Punta  Arenas—  y  también  para  dar 
abrigo  a  las  maderas  elaboradas  en  los  montes,  acomodó  el  gober- 
nador Schythe  el  galpón  de  la  playa,  de  24  varas  de  largo,  instalan- 
do allí  la  herrería  y  dos  carpinterías  espaciosas,  al  cual  le  puso  seis 
ventanas  y  tres  puertas  de  dos  hojas"  (Vera,  La  colonia,  132). 

(30)  .  —  Es  interesante,  de  suyo,  la  atención  puesta  a  la  circuns- 
tancia de  estar  vacante  la  capellanía  católica. 

(31)  .  —  Según  ya  he  manifestado  en  la  nota  N<?  4,  es  por  demás 
curiosa  la  intervención  del  Dr.  Burns  —a  quien  un  editorial  de  la  re- 
vista da  como  de  religión  católica—  para  que  ese  subdito  ruso  se 
haga  protestante.  Los  adjetivos  que  éste  prodiga  a  los  católicos  mues- 
tran a  las  claras  la  rusticidad  mental  del  candidato,  o  el  ataque  de 
hígado  que  padecía  el  director  de  la  revista. 

(32)  .  —  Schmid  ignoraba  que  en  Punta  Arenas  la  población  sos- 
pechaba —y  hasta  creía—  que  Casimiro  era,  por  lo  menos,  instigador 
del  asesinato  del  gobernador  Philippi;  motivo,  más  que  suficiente, 
para  justificar  las  suspicacias  de  la  autoridad  chilena  que  venía 
actuando  desde  entonces  en  aquella  ciudad. 

(33)  .  —  No  es  Schmid  el  único  seducido  por  la  cortesanía  de 
Casimiro.  En  el  Apéndice  III  el  lector  puede  ver  cómo  se  expide  a  su 
respecto  un  marino  de  la  armada  inglesa  seguramente  más  fogueado 
en  el  trato  de  gentes  que  nuestro  ingenuo  —por  nacionalidad,  edad 
y  profesión—  misionero.  Considerando  todo  su  comportamiento  a  tra- 
vés de  los  distintos  lentes  de  quienes  le  conocieron,  creo  que,  en 
definitiva,  Casimiro  era  un  perfecto  camandulero. 

(34)  .  —  Así  en  el  original  de  la  revista.  Se  trata  de  don  Bernar- 
do Eumon  Philippi,  Capitán  de  ingenieros,  cuyo  asesinato  por  los 
indígenas  da  lugar  a  la  nota  N<?  15.  Braun  Menéndez  le  ha  dedica- 
do emotivas  páginas  en  una  de  sus  obras  (cfr.:  Braun  Menéndez, 


98 


El  alevoso  asesinato  del  gobernador  Philippi,  en  Pequeña  historia 
magallánica ,  79  y  sgts.) . 

(35)  .  —  Pido  al  lector  recuerde  el  comentario  que  he  escrito 
respecto  al  antagonismo  de  este  párrafo  con  otro  inicial  de  la  pre- 
sente carta  (véase  nota  N<?  27) .  No  es  posible  que  una  persona  se 
exprese  en  forma  tan  contradictoria.  En  mi  opinión,  se  trata  de  un 
párrafo  intercalado  por  la  dirección  de  la  revista  para  preparar  a 
los  fieles  que  se  cotizaban  a  un  cambio  de  situaciones. 

(36)  .  —  Se  trata,  como  al  lector  le  es  dado  colegir,  del  cacique 
Centurión  de  quien  he  tratado  en  mi  anterior  nota  N<?  19.  Ignoro 
si  a  todos  les  resulta  simpático  señalar  los  actos  de  loable  comporta- 
miento por  parte  del  elemento  criollo;  sin  cuidarme  de  esos  sentires 
quiero,  sin  embargo,  dejar  constancia  de  la  conducta  ejemplar  de 
este  mestizo,  de  acuerdo  con  lo  relatado  por  Schmid. 

(37)  .  —  Es  muy  posible  que  haya  habido  por  parte  de  Schmid 
una  apreciación  subjetiva  que  lo  ha  inducido  a  error.  A  quien  se 
saludaba  con  canto  era  a  Casimiro,  puesto  que,  por  analogía,  po- 
demos suponer  entre  los  Aonikenk  una  costumbre  similar  a  la  de  los 
Gününa-küne.  "Cada  familia  —me  escribía  don  Tomás  Harrington 
el  21  de  marzo  de  1945—  tiene  su  canto  o  su  gayan  propio.  Cantan 
únicamente  las  mujeres.  .  .  Hallándome  cierta  ocasión  en  el  rancho 
de  Adolfo  Nawelkir  Chíkchano,  en  compañía  de  Truúlmani  y  Te- 
gui-tsum,  tratando  precisamente  de  esto,  les  pedí  que  al  llegar  el 
primero  (lo  esperaban  esa  tarde  de  Trelew,  donde  había  estado  por 
espacio  de  un  mes)  lo  recibieran  de  acuerdo  con  la  costumbre  india, 
es  decir,  cantando.  Así  lo  hicieron,  con  el  gáyan  de  la  abuela  de 
Adolfo.  Por  estar  la  práctica  antigua  en  total  desuso,  Chíkchano 
quedó  tan  sorprendido  que  no  supo  qué  hacer".  Por  su  parte  Fran- 
cisco P.  Moreno  fue  víctima  de  igual  engaño  egolátrico  que  Schmid 
y  hace  saber  que  a  poco  de  la  llegada  a  casa  del  cacique  Puitchualao 
(Pítchalau,  según  Tomás  Harrington)  "salieron  las  viejas  de  sus 
escondites  y  avanzaron  solemnemente  una  a  una,  hasta  frente  a  nos- 
otros, rodeándonos  en  fila  compacta  y.  .  .  principiaron  un  canto  bien 
poco  armonioso,  coreado  por  los  ahullidos  de  los  cientos  de  perros 
de  todas  clases  e  interrumpidos  por  interminables  aclamaciones, 
exhaladas  por  gargantas  cansadas,  sexagenarias;  era  aquello  una 
muestra  de  la  cortesía  del  hijo  del  desierto  que  nos  daba  la  bienve- 
nida y  recordaba  las  hazañas  de  la  familia  de  mis  guías"  (Francisco 
P.  Moreno,  Recuerdos  de  viaje  en  Patagonia,  29  y  sgte.;  Montevideo, 
1882).  En  realidad,  "cantaron  el  gayan  de  uno  de  los  baqueanos,  el 


99 


de  Gabino,  si  no  me  falla  la  memoria  (está  en  mis  apuntes) ",  i 
aclara  don  Tomás  Harrington,  quien  posee  muchos  otros  datos 
pecto  al  tema  que  no  me  corresponde  hacer  público.  A  Lista  le  cío 
la  posibilidad  de  hacer  el  distingo:  "Poco  después  llegaron  al  a 
pamento  los  tehuelches  de  mi  comitiva...  mientras  que  las  chi^ 
daban  la  bien  venida  a  los  viajeros,  entonando  un  canto  monótoi 
y  triste"  (Ramón  Lista,  Exploración  de  la  Pampa  y  de  la  Patagón. 
en  Ministerio  de  Marina.  Memoria  presentada  al  Honorable  Ce- 
greso  en  1885.  Estudios  hidrográficos,  II,  449;  Buenos  Aires,  1 88í 

(38)  .  —  Ya  Outes  ha  señalado  con  excelente  criterio  que  se  trai 
del  punto  llamado  actualmente  Guer  aike  (cfr.:  Outes,  Versiom 
312,  nota  4) . 

(39)  .  —  La  información  es  extraordinaria;  Musters  la  compl 
menta:  "las  esposas,  hijas  o  novias  peinan  a  los  hombres,  tenienc 
el  mayor  cuidado  de  quemar  todas  las  hebras  que  les  saquen,  porqt 
los  indios  creen  firmemente  que  las  personas  mal  intencionadas  qu 
pueden  obtener  un  pelo  de  ellos  estarán  habilitadas  para  hacerle 
sortilegios.  Por  esta  misma  razón  —agrega—  cuando  se  cortan  las  uñí 
entregan  cuidadosamente  a  las  llamas  las  raeduras"  (Musters,  Vidi 
266).  Lista,  a  su  vez,  parece  glosar  a  ambos:  "si  se  recorta  el  cabell 
arroja  al  fuego  las  mechas,  si  se  monda  las  uñas,  hace  lo  propic 
pues  piensa  que  lo  más  supérfluo  de  su  cuerpo  y  hasta  de  su  vestido 
puede  servir  de  vehículo  para  la  hechicería"  (Ramón  Lista,  Un 
raza  que  desaparece.  Los  indios  Tehuelches,  38;  Buenos  Aires,  1894) 

(40)  .  —  Schmid  señala  —creo  que  por  vez  primera  entre  los  Pat; 
gones—  el  uso  supersticioso  de  las  piedras  agujereadas,  pero  equivoc 
su  significado.  Las  piedras  no  contenían  "veneno"  y  eran  empleada 
con  otro  fin.  Onelli,  hablando  de  las  creencias  indígenas  dice:  "Est 
Espíritu  del  Mal  es  una  fuerza  oculta  que  puede  dañar  hasta  hace 
morir  a  un  indio  si  un  enemigo  consigue  encontrar  una  pequeñ 
piedra  agujereada  de  determinada  manera  y  adentro  de  la  cual  s 
colocan  cabellos  del  adversario;  éste  entonces,  si  no  cae  del  caballo 
si  no  se  ahoga  o  tiene  una  muerte  repentina,  poco  a  poco  entristec 
y  muere  acabado  por  consunción"  (Clemente  Onelli,  Trepand 
los  Andes,  156;  Buenos  Aires,  1904).  "Los  araucanos  de  Boroa  la 
denominan  Pimuntue,  nombre  que  se  refiere  exclusivamente  al  us 
—dice  un  gran  conocedor  actual  de  sus  costumbres—.  La  palabr 
pimuntue  significa  lugar  donde  se  sopla.  Los  boroanos  atribuyen 
estas  piedras  un  poder  maravilloso.  Si  han  robado  o  causado  dañ 
a  una  persona  y  desean  que  permanezca  oculto  su  delito  toman  c 


100 


pimuntue,  colocan  en  frente  de  la  boca  la  abertura  central,  por  ella 
soplan  con  fuerza  y  expresan  en  alta  voz  su  deseo:  "que  no  sepa  el 
dueño  que  fui  yo,  que  no  lo  sepa",  y  vuelven  a  soplar.  Desde  este 
momento  quedan  tranquilos  y  convencidos  que  no  serán  descubiertos 
ni  molestados.  Si  alguna  persona  habla  mal  de  ellos  acuden  al  pi- 
muntue  y  en  la  actitud  indicada  dicen:  "que  fulano  no  hable  mal 
de  mí,  que  se  calle  y  no  diga  mal  alguno".  El  efecto  no  es  dudoso 
para  ellos.  Las  malas  lenguas  callan.  Al  Pimuntue  confían  sus  más 
importantes  secretos  y  con  él  conjuran  los  serios  peligros  que  los 
amenazan"  (H.  Claude  Joseph,  La  vivienda  araucana,  separata  de 
los  Anales  de  la  Universidad  de  Chile,  37  y  fig.  15;  Santiago  de  Chile, 
1931).  Quien  desee  profundizar  más  el  asunto  puede  ver  una  versión 
mucho  más  amplia  (cfr.:  Emile  Housse,  Une  épopéc  indienne. 
Les  Araucans  du  Chili,  95  y  sgts.;  Paris,  1939).  Eso  es  lo  que  dicen 
los  hombres  que  han  tratado  al  indio,  aunque  haya  periodistas  que, 
en  cruda  ignorancia,  acepten  las  charlas  de  la  gente  actual,  y  pu- 
bliquen como  verdad  adquirida  que  estas  piedras  son  "cascotes  po- 
rosos". Sabiendo  ya  de  lo  que  se  trata  se  comprenderá  mejor  el  tes- 
timonio de  Lista:  "con  ciertas  piedras  horadadas,  pequeñas,  aisladas 
y  de  forma  irregular,  sin  la  cuales  sería  imposible  la  acción  maléfica, 
pues  que  su  pérdida  implica  la  cesación  de  aquel  poder  diabólico" 
(Lista,  los  indios,  37) .  Erize  trae  el  proceso  de  fabricación  de  una 
de  las  piedras  Pimuntue  (Esteban  Erize,  Diccionario  comentado 
Mapuche-español.  Araucano  Pehuenche  Pampa  Picunche  Ranculche 
Huilliche,  329;  Buenos  Aires,  1960).  Con  verdadero  provecho  pue- 
den consultarse  pormenores  interesantes  últimamente  publicados 
(Berta  Koessler-Ilg,  Tradiciones  araucanas,  I,  14,  nota  1,  71;  La 
Plata,  1962. 

(41).  — El  tema  es  absolutamente  nuevo  entre  los  indígenas  de 
Patagonia  y  muestra  una  faceta  desconocida  de  la  mentalidad  abori- 
gen. Sin  buscar  parangones  etnográficos  —que  los  hay  muy  abun- 
dantes— sólo  quiero  indicar  la  raiz  del  proceso  mental.  Estamos  en 
presencia  de  una  manifestación  mágica  equivalente  a  la  de  las  pintu- 
ras rupestres  del  paleolítico  europeo,  donde  la  representación  equi- 
valía a  la  corporización  del  ser.  Ello  explica  que  en  Patagonia, 
tanto  argentina  como  chilena,  no  se  haya  difundido  el  uso  de  máscaras 
(kollong)  de  carácter  litúrgico.  Los  Araucanos  las  emplean,  como 
los  esgrimistas,  a  manera  de  protección  de  la  cara  durante  los  violen- 
tos partidos  de  "chueca"  (Claude  Joseph,  La  vivienda,  68) .  Looser 
ha  producido  un  interesante  estudio  en  el  cual  consigna  la  escasez 


101 


de  las  representaciones  humanas  en  Chile,  que,  en  la  generalidad 
de  los  casos,  son  de  factura  moderna,  expresión  de  descreimiento  de 
los  artífices  actuales  en  las  supersticiones  de  sus  antepasados;  en 
cuanto  a  las  máscaras,  establece  que  son  raras  y  para  la  fecha  en 
que  escribía,  sólo  se  las  usaba  para  asustar  a  los  niños  (Gualterio 
Looser,  La  representación  de  figuras  humanas  y  de  animales  por 
los  Araucanos,  en  Boletín  del  Museo  Nacional  de  Chile,  XII,  t.  a.  7; 
Santiago  de  Chile,  1929;  Claude  Joseph,  La  vivienda,  69).  Si  no 
recuerdo  mal,  Moreno  es  el  único  que  ha  señalado  una  máscara 
en  la  Patagonia,  cuya  aplicación  era,  al  parecer,  la  de  asustar  a 
mujeres  y  niños  (Francisco  P.  Moreno,  Viaje  a  la  Patagonia  aus- 
tral emprendido  bajo  los  auspicios  del  Gobierno  Nacional,  1876- 
1877.  I,  98;  Buenos  Aires,  1879).  Siempre,  según  se  ve,  es  la  idea 
del  temor  la  que  se  busca  infundir,  sin  que  la  máscara  personifique 
al  espíritu  del  mal  (como  lo  fue  en  un  principio)  sino  como  sim- 
ple resabio  sin  trascendencia  religiosa.  Tan  perdido  estaba  el  sig- 
nificado mágico  de  las  representaciones  humanas  que,  a  fines  de  la 
pasada  centuria  los  propios  Patagones  produjeron  una  muñeca  re- 
presentando a  una  mujer  a  caballo  (Félix  F.  Outes  -  Carlos  Bruch, 
Los  aborigénes  de  la  República  Argentina,  123,  figura  120;  Buenos  Ai- 
res, 1910)  y,  a  comienzos  del  presente  siglo,  admitieron  de  buena 
gana  el  obsequio  de  estos  juguetes  (Onelli,  Trepando,  146).  Para 
que  se  tenga  noción  acabada  del  valor  que  tenía  la  máscara  den- 
tro de  la  mentalidad  supersticiosa  del  aborigen,  copio  un  interesan- 
te párrafo  que  me  escribiera  don  Tomás  Harrington:  "Sabía  yo 
por  araucanos  desconocedores  de  la  lengua  patagona,  que  kollong 
se  traducía  por  disfraz,  según  unos,  y  por  máscara,  según  otros,  en 
esencia  la  misma  cosa.  Por  lo  tanto  me  propuse  esclarecer  el  punto 
con  tres  de  mis  informantes  gününa  küne.  Convinieron  en  que  el 
araucano  Elel  valía  por  Elñngásüm  y  que  kollong,  sustituto  a  veces 
de  Elel  y  por  consiguiente  de  Elüngásüm,  equivalía  al  disfrazado  o 
el  enmascarado.  ¿Pero  por  qué  lo  de  disfraz  o  máscara?  Y  la  res- 
puesta fue  porque  los  yákarsh  (araucanos)  tenían  a  Elel  por  malo 
o  cosa  funesta.  Ahora  bien,  a  los  araucanos  williches  y  particular- 
mente a  los  pampeanos  no  les  gusta  llamar  por  su  nombre  a  las 
cosas  dañinas  o  que  producen  mal,  y  así,  a  veces,  para  hablar  por 
ejemplo  del  tigre  o  del  puma  recurren  a  rodeos,  diminutivos  cari- 
ñosos y  sobrenombres  para  congraciarse  con  ellos,  lo  cual  explica 
que  para  nombrar  a  Elel  optaron  por  su  disfraz,  o  el  disfrazado,  es 
decir  kollong.  No  supieron  proporcionarme  mayores  datos,  pero  pa- 


102 


ra  mi  es  muy  claro  que  la  idea  de  máscara  o  disfraz  proviene  de  la 
ganga  envolvente  que  disfraza  o  enmascara  a  los  huesos  fósiles"  (car- 
ta de  don  Tomás  Harrington  al  autor,  25  de  marzo  de  1963) .  Lo  que 
antecede  no  niega  la  existencia  de  máscaras  de  disfraz  para  las  fies- 
tas equivalentes  a  las  de  carnaval,  pero  tales  adminículos  no  corres- 
ponden al  tipo  de  manufactura  perdurable:  "Los  jóvenes  —informa 
una  matrona  araucana—  hacían  caretas  de  hojas  de  canelo  y  de  la 
flor  de  copihue"  (Félix  José  de  Augusta,  Lecturas  araucanas,  45; 
Valdivia,  1910) . 

(42)  .  —  Este  hijo  mayor  de  Casimiro  se  conoce  en  la  historia  ét- 
nica de  Patagonia  con  el  nombre  de  Sam  Slick.  Le  he  dedicado,  a 
par  de  su  padre,  un  capítulo  de  mi  serie  iconográfica  (Vignati,  Ico- 
nografía, II,  230  y  sgts.) .  , 

(43)  .  —  El  hermano  menor  de  Sam  Slick  es  conocido  con  el 
nombre  de  Gabriel  y,  como  tal,  tiene  en  su  haber  diversas  alusiones 
de  Musters  que  tanto  conoció  a  esta  familia,  de  las  que  nos  ha  dado 
burilados  esbozos  de  su  vida  y  actuación.  El  simpático  viajero  inglés 
que  acabo  de  mencionar  adjetiva  de  manera  similar  la  vida  volitiva 
del  último  engendro  de  Casimiro  (Musters,  Vida,  173) . 

(44)  .  —  El  tema  no  puede  ser  más  sorprendente.  ¿Habrá  influen- 
cia europea?  ¿Cómo  no  ver  en  la  pregunta  del  viejo  indígena  la  re- 
petición de  las  supersticiones  paganas  de  mitigar  la  violencia  de  los 
elementos  mediante  la  ofrenda  de  víctimas  propiciatorias,  hasta  llegar 
a  las  ya  "cristianizadas"  de  las  mujeres  de  pescadores  de  arrojar  des- 
de la  costa,  rosarios  y  medallas  al  embravecido  mar  para  aplacarle? 
No  es  mi  propósito  disminuir  el  exponente  de  credulidad  supersticio- 
sa del  indígena,  pero  considero  oportuno  recordar  el  pensamiento 
expresado  por  Musters  en  situación  similar  de  escrutar  la  mentali- 
dad aborigen:  "No  estoy  del  todo  seguro  de  que  esa  tradición  no  sea 
una  combinación  confusa  de  la  historia  de  la  Creación,  contada  por 
los  misioneros,  con  las  ideas  propias  de  los  indios.  La  mente  de 
éstos  tiene  una  fuerte  tendencia  a  combinar  en  esa  forma  las  ma- 
ravillas que  se  les  cuenta"...  (Musters,  Vida,  277).  No  obstan- 
te este  excepticismo,  conviene  tener  presente  que  el  Patagón  tenía 
su  mundo  mítico.  Muy  vinculado  a  este  tema  es  la  creencia  que  he 
comentado  hace  poco  (Milcíades  Alejo  Vignati,  Los  dueños  del 
mar  según  los  Patagones  de  San  Cruz,  en  Anthropos,  LVII,  8g7  y 
sgtes.;  Fribourg,  1962). 

(45)  .  —  Confieso  que  cuando  conocí  el  término  calmelache  en 
la  pluma  de  D'Orbigny  creí  había  de  por  medio  los  errores  corres- 


103 


ninguno  de  los  dos  bandos,  pero  me  permito  indicar  que  el  nom- 
bre de  "chueca",  "jíina"  y  "gurda"  le  fue  asignado  por  los  ele- 
mentos hispánicos  mas  no  por  los  Araucanos  que  han  tenido  y  tie- 
nen nombre  propio  para  el  juego:  palín  —que  es  el  propio  de  la 
pelota—  y,  como  también,  lo  tiene  el  palo  con  que  se  juega:  uño. 
Considero,  además,  que  no  se  ha  tomado  en  debida  consideración 
la  circunstancia  que  este  esparcimiento  es  corriente  entre  los  indí- 
genas de  Estados  Unidos.  De  todo  esto  nos  da  cuenta  un  elocuente 
párrafo  de  un  etnógrafo  recientemente  fallecido:  "Antes  de  descri- 
bir los  partidos  de  hockey  que  presencié  en  el  Chaco  desearía  con- 
testar de  antemano  una  cuestión  que  muchos  habrán  de  formularme 
sin  duda.  He  calificado  ese  juego  de  hockey  de  "nacional",  ¿pero 
se  trata  de  un  juego  autóctono  o  ha  sido  tomado  por  los  indios  del 
hockey  europeo  en  tiempos  recientes?  Confieso  que  la  analogía  en- 
tre el  hockey  indio  y  el  europeo  es  tan  apreciable  que  uno  se  siente 
tentado  en  considerar  el  deporte  indígena  como  simple  imitación 
del  difundido  juego  que  todos  conocemos.  Existe  siempre  la  ten- 
dencia de  considerar  como  "copias"  las  similitudes  que  presentan  las 
civilizaciones  primitivas  con  la  nuestra.  En  el  caso  comentado  no 
ocurre  así.  Se  ganaban  o  perdían  partidos  de  hockey  a  orillas  del  Pil- 
comayo  y  a  lo  largo  de  los  Andes  mucho  antes  de  que  los  veleros  del 
adelantado  Pedro  de  Mendoza  hubieran  llegado  a  las  riberas  del 
río  de  la  Plata.  El  hockey  es  un  juego  puramente  indio,  que  existía 
ya  en  los  tiempos  remotos  de  las  migraciones  prehistóricas,  cuando 
las  tribus  llegadas  del  norte  de  América  se  movían  lentamente  ha- 
cia el  sur.  El  referido  deporte,  en  efecto,  es  común  a  los  indios 
de  los  Estados  Unidos,  de  la  Argentina  y  de  Chile.  Los  conquista- 
dores europeos  nos  lo  describieron  mucho  antes  de  que  una  influen- 
cia extranjera  fuera  suficientemente  poderosa  para  permitir  la  in- 
troducción de  nuestro  hockey.  Por  lo  contrario,  nuestra  civilización 
tiende  más  bien  a  hacerlo  desaparecer.  Es  un  juego  prohibido  en 
las  misiones  religiosas  del  Chaco.  Hace  siete  años  se  lo  practicaba 
allá  bastante  más  que  el  año  pasado,  cuando  yo  recorría  aquel  terri- 
torio. Y  no  creo  que  esté  muy  lejano  el  día  en  que  se  dispute  el 
último  partido"  (Alfred  Métraux,  El  hockey,  deporte  de  los  indios 
chaqueños  y  de  los  araucanos,  en  La  Prensa,  sección  tercera,  14  de 
julio;  Buenos  Aires,  1940). 

(18)  .  —  Esta  costumbre  ya  fue  anotada  por  Viedma  con  lujo  de 
pormenores:  "Se  matan  caballos  —dice—  por  casamientos  y  muertes, 
por  la  salida  de  los  dientes  a  los  muchachos,  cuando  comienza  la 


106 


menstruación  a  las  mujeres,  por  cualquier  leve  mal,  por  aplacar  al 
ídolo  enojado,  cpie  creen  lo  está  cuando  tienen  enfermedades,  cuan- 
do les  cuesta  mucho  trabajo  el  tomar  la  caza,  cuando  otros  indios 
los  hostigan  y  no  tienen  fuerzas  suficientes  para  hacerles  guerra".  .  . 
(Viedma,  Descripción,  78).  Para  la  época  de  Musters  se  mantenía 
incólume  y  lo  hace  saber  brindando  información  propia:  "Todos  los 
sacrificios  que  se  hacen  de  yeguas  y  caballos,  no  en  épocas  estable- 
cidas sino  cuando  la  ocasión  lo  requiere,  como  en  los  casos  de  na- 
cimiento, muerte,  etc.,  tienen  por  objeto  propiciar  al  gualichú.  Cuan- 
do una  criatura  se  lastima,  el  sacrificio  de  yeguas  parece  participar 
a  un  tiempo  de  la  naturaleza  de  una  acción  de  gracias,  porque  el 
daño  no  fue  mayor,  y  del  carácter  de  un  acto  propiciatorio  para 
impedir  nuevos  males"  (Musters,  Vida,  278) . 

(49) .  —  Dejándome  llevar  por  la  información  de  Lista  (Lista, 
Los  indios,  16,  et  passin),  hace  años  escribí  El-lal  (Milcíades  Alejo 
Vignati,  Las  culturas  indígenas  de  Patagonia,  en  Historia  de  la 
Nación  Argentina,  I,  640;  Buenos  Aires,  1936).  Supe,  luego,  por  mi 
fiel  correspondiente  e  invariable  amigo  don  Tomás  Harrington  que 
el  ser  mitológico  del  Aóeni  Kenk  es  'Hélal'  (h  sonora)  del  que  anotó 
un  mito  que  obsequió  en  copia  a  Félix  F.  Outes  y  del  cual,  afor- 
tunadamente, conservó  copia  y  que  publicará  oportunamente.  Elel 
—que,  dubitativamente,  supone  voz  araucana  de  la  llanura—  equi- 
vale a  Elurngássum  o  sea  el  animal  fósil  (carta  de  don  Tomás 
Harrington  al  autor  del  27  de  agosto  de  1942).  —El  mito  apuntado 
por  Schmid  es  nuevo  va  que  lo  hace  consorte  con  la  hija  del  sol, 
circunstancia  que  ya  aparece  modificada  en  Lista,  el  cual  establece 
que  'a  superchería  de  que  fue  víctima  originó  su  determinación  de 
eliminarse  del  campo  de  sus  hazañas  (Lista,  Los  indios,  17 
y  25).  En  cuanto  al  nombre  del  héroe  y  su  escritura  es  muy  seme- 
jante a  la  que  me  da  Harrington.  Considero  que  se  trata  del  mismo 
ser  mitológico  llamado  "Elel"  por  Sánchez  Labrador  quien  logró 
captar  las  ceremonias  rituales  sin  preocuparse  de  averiguar  el  ori- 
gen mín'ro  niif  encerraba  'al  conducta  de  los  indígenas  v  míe.  va 
muy  modificada  y  reducida,  fuera  mencionada  por  Muñiz  (Jo- 
seph  Sánchez  Labrador,  Paraguay  catholico.  Los  indios  Pampas- 
Pueiclus-taiagones,  bi  )  sgts.;  rueños  Anea,  1936;  Félix  F.  Outes, 
Observaciones  etnográficas  de  Francisco  Javier  Muñiz,  en  Physis. 
Revista  de  la  Sociedad  argentina  de  Ciencias  naturales,  III,  205; 
Buenos  Aires,  1917).  —La  mitología  de  los  Patagones  es,  por  cierto, 
uno  de  los  capítulos  más  difíciles  de  abordar  de  su  vida  psíquica 


107 


y  es  ingenuo  crer  que  semejante  estudio  puede  quedar  librado  a 
lucubraciones  periodísticas  y  pseudoliterarias  sobre  textos  ya  cono- 
cidos —aunque  apañados  por  periódicos  científicos.  Tal  el  caso 
de  un  señor  Liaras  Samitier  que  ha  dado  una  nueva  versión,  pero 
sin  indicar  las  fuentes  informativas  que  ha  usado,  para  ser  tomado 
en  consideración  es  necesario  que  establezca  en  forma  incuestionable 
la  procedencia  indígena  de  su  inspiración,  ya  que  todas  las  aparien- 
cias hacen  presumir  ser  un  simple  trasiego  del  conjunto  suminis- 
trado por  Lista. 

(50)  .  —  Se  trata  de  una  práctica  no  mencionada  por  otros  via- 
jeros. Es  una  demostración  más  que  los  Patagones  tenían  su  ciclo 
religioso;  la  poca  amplitud  científica  de  Schmid  es  la  causa  de  no 
haber  sabido  captar  todo  el  mundo  espiritual  que  escondía  la  men- 
talidad aborigen.  Si  en  vez  de  esperar  que  le  recitaran  un  evangelio 
—ex  nihilo—  hubiera  buceado  el  alma  de  los  pretendidos  catecúme- 
nos, habría  encontrado  un  mundo  ignorado. 

(51)  .  —  Es  una  idea  que  no  ha  pasado  inadvertida  a  otros 
observadores. 

(52)  .  —  La  descripción  que  Schmid  hace  de  este  río  añade  al 
mérito  de  ser  la  primera  la  de  coincidir  con  la  explayada,  con 
mayor  capacidad  científica,  por  un  meritorio  investigador,  cuarenta 
años  después:  "La  cuenca  del  Coy  Inlet  —dice—  comprende  un  sis- 
tema de  valles  bastante  anchos  pero  poco  profundos.  La  circulación 
subterránea  es  activa,  y  se  manifiesta  con  toda  evidencia  después 
de  una  sequedad  prolongada,  en  que  por  el  verdadero  cauce  del 
río  no  corre  ya  agua,  y  sólo  presenta  una  serie  de  pozos  que  siem- 
pre la  tienen.  En  la  parte  superior  de  esta  cuenca  —añade—  se  ve 
de  repente  desaparecer  los  ríos,  y  reaparecer  un  poco  más  lejos,  en 
forma  de  laguna,  o  más  bien  de  un  pozo,  con  una  salida  lateral 
subterránea  que  da  lugar,  a  alguna  distancia,  a  otra  laguna  seme- 
jante a  la  primera.  Sobre  largos  trayectos  puédense  a  veces  observar 
disposiciones  parecidas.  En  terreno  inclinado  —finaliza—  hay  una 
sucesión  de  lagunas  en  las  cuales  el  nivel  de  las  aguas  responde 
a  la  inclinación  de  la  pendiente"  (Alcides  Mercerat,  Un  viaje 
de  expío) ación  en  la  Patagonia  austral,  en  Boletín  del  Instituto  Geo- 
gráfico argentino,  XIV,  274;  Buenos  Aires,  1893). 

(53)  .  —  Así  en  la  revista.  Es,  a  la  par,  la  más  antigua  de  las 
pictografías  mencionadas  para  Patagonia  como  la  más  austral  de 
las  hasta  ahora  señaladas.  Es  lástima  que  la  Dirección  de  la  revista 
no  le  haya  dado  importancia  y,  por  consiguiente,  nos  veamos  pri- 


108 


vados  de  ese  documento.  A  lo  largo  de  estas  notas  he  ido  seña- 
lando una  serie  de  novedades  dentro  del  conocimiento  etnográfico 
de  los  Patagones.  Esta  que  ahora  comento  es,  en  mi  concepto,  una 
de  las  más  importantes.  En  efecto.  Para  los  Gününa-küne,  habi- 
tantes del  norte  de  Patagonia,  el  Elúmgásum  — corponzauo  en  los 
huesos  fósiles—  es  un  espíritu  superior,  sin  ser,  precisamente,  un 
ente  creador.  Dentro  de  la  mitología  de  la  estirpe  racial  enunciada, 
se  trata  de  un  ser  benéfico  y  de  sexo  masculino  (carta  de  don  Tomás 
Harrington  al  autor,  del  25  de  marzo  de  1963).  Ahora  bien:  Elúm- 
gásum "es  el  autor  de  las  pinturas  parietales"  (Rodolfo  M.  Casa- 
miquela,  Sobre  la  significación  mágica  del  arte  rupestre  nordpata- 
gónico,  en  Cuadernos  del  Sur.  Instituto  de  Humanidades.  Universi- 
dad Nacional  del  Sur,  12;  Bahía  Blanca,  1960)  y,  según  me  lo  hace 
saber  mi  amigo  T.  Harrington,  en  Aóni-kénk  (Patagones  de  Santa 
Cruz) ,  Elúmgásum  es  Yiéklon  (carta  recién  citada) .  Nadie  puede 
dudar  que  el  yicelum  de  Schmid  es  el  Yieklon  de  Harrington.  Hasta 
es  muy  posible  que  haya  habido  error  de  transcripción  en  los  suce- 
sivos pasos:  Schmid-Redacción-imprenta.  Estamos,  por  consiguiente, 
en  presencia  del  mismo  mito  y  comprobamos  cómo  es  el  mismo 
mundo  mágico-supersticioso,  modificado  apenas  en  la  nomenclatura, 
se  mantiene  el  prestigio  prístino  sin  que  en  el  trasiego  cultural 
haya  perdido  ninguna  de  sus  condiciones  esenciales  propias. 

(54)  .  —  La  afirmación  de  Schmid  no  hay  que  tomarla  estricta- 
mente: él,  en  "Maneras  y  costumbres"  menciona  ese  color  como 
usado  por  los  indígenas.  Seguramente  lo  que  ha  deseado  exprésal- 
es que  el  empastado  difiere  en  forma  absoluta  con  el  habitual  en 
la  común  aplicación  de  ocres  a  los  cuerpos  y  cueros.  Sería  pecar 
de  ingenuo  enfatizar  que  tal  ignorancia  por  parte  de  los  indígenas 
postula  una  alta  antigüedad  a  las  pinturas.  Lo  único  que  corres- 
ponde sacar  en  conclusión  es  que  para  esa  época  ya  no  se  hacían 
litogramas  ni  siquiera  quedaba  en  las  personas  el  vago  recuerdo 
que  sus  mayores  las  hubiesen  realizado. 

(55)  .  —  La  práctica  de  formular  el  agradecimiento  mediante  un 
canto  no  había  sido  anotada,  ni  creo  tenga  eco  en  otro  viajero.  La 
verdad  es  que  entre  los  Patagones,  la  expresión  de  los  sentimientos 
a  través  del  canto,  todavía,  no  ha  sido  estudiada  con  toda  la  am- 
plitud y  profundidad  que  el  tema  requiere.  La  costumbre  ha  sido 
anotada  desde  muy  atrás  en  diversas  circunstancias.  Desgraciada- 
mente, los  viajeros  que  la  han  consignado  no  entran  a  hacer  la 
exégesis  de  la  misma.  En  verdad,  el  canto  ha  sido  mucho  más  fre- 


109 


cuente  de  lo  que  hasta  ahora  se  había  supuesto;  ha  sido  señalado 
tanto  en  momentos  de  duelo  como  de  alegría,  de  saludo  como  pro- 
piciatorio, de  agradecimiento  como  de  queja. 

(56)  .  —  La  frase  es  inexplicable  en  la  pluma  de  Schmid.  ¿Cómo 
no  recordar  el  exaltado  propósito  de  hacer  esa  vida  que  ahora  re- 
pudia (véase  página  20)  ?  Así  era  la  letra  en  momentos  de  eufo- 
ria  que  el  lector  —con  razón—  puede  suponer  no  fuesen,  tal  vez, 
correspondidos  en  la  práctica.  Pero  no  es  así.  Ya  se  verá  en  el 
capítulo  VIII  cómo  Schmid,  menospreciando  las  comodidades  de  la 
vida  sedentaria  —y  sin  motivo  ostensible  alguno—  se  incorpora  a 
esa  que  ahora  denomina  "odiosa  vida  de  vagabundos"...  Tengo 
para  mí  que  la  expresión  no  es  de  Schmid:  ha  sido  intercalada  por 
el  Comité  de  redacción.  Había  que  preparar  —tal  como  lo  venían 
haciendo,  según  he  puntualizado  en  la  nota  N?  35—  el  ánimo  de 
los  sufraganies  para  que  una  estación  estable  no  provocara  contra- 
riedades, recelos  ni,  mucho  menos,  disminución  de  las  cuotas.  Pero, 
para  nosotros,  queda  patente  el  propósito  oculto,  pero  tenaz,  de  la 
Sociedad  de  tener  una  base  propia:  pusieron  los  ojos  en  la  isla 
Isabel  —que  "los  celos  del  gobierno  de  Chile"  impidieron—  luego 
fue  la  bahía  Gregorio  (véase  pág.  40  y  nota  N<?  35)  y,  ahora,, 
lo  sería  un  lugar  más  septentrional,  sin  propietario  —según  ellos—. 
Cuando,  al  tiempo,  la  esterilidad  de  sus  alanés  les  demostró  que 
lo  fundamental  era  un  conjunto  de  indios  y  no  la  existencia  de 
una  base  estable,  olvidaron  sus  antiguas  pretensiones  de  liberarse 
de  todo  control  de  las  autoridades  civiles  y  buscaron  refugio  bajo 
su  égida,  en  el  lugar  donde  la  civilización  había  logrado  estabilizar 
parcialidades  aborígenes. 

(57)  .  — Seguramente,  el  fruto  de  tanto  trabajo  es  el  manuscrito 
que  se  conserva  en  el  Museo  Mitre  (Robert  Lehmann-Nitsche, 
Two  linguistic  treatises  on  the  Paíagonian  or  Tchuelche  language 
by  Theophilus  Schmid,  15;  Buenos  Aires,  1910).  Si  así  no  fuese, 
sería  de  lamentar  que  tan  cuantioso  material  se  haya  perdido.  Se 
me  ocurre  que  si  se  lograra  urgar  los  archivos  de  la  South  America 
Missionary  Society  serían  memorables  los  hallazgos  que  podrían  ha- 
cerse desde  el  punto  de  vista  exclusivamente  científico.  Insisto  en 
mi  pedido  platónico:  si  algún  lector  está  en  condiciones  de  inter- 
poner su  influencia  para  que  tal  hecho  tuviera  realización,  haría 
obra  buena. 

(58)  .  —  Esta  aseveración  de  Schmid,  a  pesar  de  su  forma  cate- 
górica, merece  ser  estudiada  no  sólo  en  sus  consecuencias  biblio- 


110 


gráficas  sino,  también,  reducirlo  a  una  solución  racional,  tanto  más 
necesaria,  ya  que  aclara  el  origen  de  una  noticia  producida  como 
propia  por  uno  de  los  más  anodinos  de  los  'exploradores'  con  ve- 
leidades etnográficas  de  la  lejana  Patagonia  del  último  tercio  del 
pasado  siglo,  noticia  insólita  a  la  que,  durante  80  años,  se  le  ha 
otorgado  una  trascendencia  no  justificada  por  la  experiencia.  Sin 
conocimiento  previo  del  texto  del  misionero  causaba  extrañeza  que 
Moreno  en  sus  cortas  frecuentaciones  con  el  indígena,  estuviese  en 
condiciones  de  poder  establecer  "la  curiosa  costumbre  que  tienen 
los  Patagones  de  cambiar  nombres  a  las  cosas,  cuando  un  indio 
que  haya  usado  el  de  una  de  ellas  como  nombre  propio,  muere" .  .  . 
"Entre  estos  indios  los  nombres  de  las  cosas  mueren  cuando  muere 
quien  los  ha  usado;  traen  desgracia  y  deben  ser  olvidados.  Por  esto 
es  que  muchas  veces,  entre  los  indios  de  las  tribus  que  no  se  han 
visitado  durante  algún  tiempo,  se  encuentran  cosas  que  son  señala- 
das con  nombres  distintos;  uno  de  los  dos  es  nuevo.  Muchas  veces 
les  he  nombrado  las  palabras  que  indica  Fitz-Roy  y  aun  Musters 
y  me  han  contestado  "así  se  decía  antes"  (Moreno,  Viaje,  I,  379 
y  sigte) .  Haciendo  caso  omiso  de  tan  edificante  galimatías,  no  se  con- 
forma Moreno  con  atribuir  tal  proceder  a  los  Patagones  del  sur  sino 
que  lo  extiende  a  la  entidad  septentrional:  "He  notado  en  los  Gen- 
naken  la  costumbre  de  cambiar  los  nombres  a  las  palabras  que  los 
indígenas  consideran  desgraciadas,  como  las  que  han  tenido  de  ape- 
lativos personas  que  han  muerto"  (Reminiscencias  de  Francisco  P. 
Moreno.  Versión  propia.  Recopilada  por  Eduardo  V.  Moreno,  123; 
Buenos  Aires,  1942).  A  la  par,  Onelli  no  podía  ser  desleal  a  su 
amo  y  señor  (Onelli,  Trepando,  157)  y  en  forma  bastante  más 
atemperada  Spegazzini  refuerza  el  argumento  (Spegazzini,  Costum- 
bres, 236) .  Ahora  que  sabemos  que  Schmid  apuntó  aquella  singu- 
laridad, no  puede  dudarse  que  Moreno  se  inspiró  en  él  para  asen- 
tar su  afirmación.  Creo  que  hasta  la  fecha,  nadie  ha  señalado  la 
influencia  que  las  publicaciones  de  la  Missionary  Society  y  de 
Schmid  han  tenido  sobre  los  viajeros  que  pocos  años  después  re- 
corrieron Patagonia,  quienes,  de  acuerdo  al  propio  coeficiente  de 
posibilidades,  dejaron  noticias  de  utilidad  para  el  conocimiento  de 
las  costumbres  nativas.  Musters  —de  personalidad  definida,  y  caudal 
de  observaciones  propias—  no  hesita  en  remitirse  a  la  fuente  *; 

*  Las  citas  son  varias  y  de  distinta  índole,  hasta  con  transcripción  de 
párrafos;  pero  Musters  no  puede  con  su  idiosincrasia  de  estropear  nombres,  y 
así  el  compañero  de  Schmid  en  la  misión  de  Santa  Cruz  apellidado  — según  ya 


111 


Moreno,  se  conforma  con  usarlo  de  callada.  Es  admisible  que  algún 
fundamento  real  tenía  la  circunstancia  señalada  por  Schmid  de  la 
variación  del  lenguaje  entre  uno  y  otro  de  sus  viajes,  como  tam- 
poco puede  negarse  que  desde  el  primer  vocabulario  conocido  — que 
fue  registrado  por  un  compañero  de  Magallanes—  la  terminología 
recogida  en  aquel  entonces,  no  ha  sufrido  modificación  intrínseca 
alguna.  Son  dos  opiniones  antitéticas:  la  una  sostenida  por  el  más 
capaz  y  consciente  de  los  recolectores  del  idioma  y  costumbres;  la 
otra,  apuntalada  por  los  vocabularios  de  una  decena  de  viajeros  de 
distintas  épocas  y  nacionalidades.  Bien  se  comprende  que  la  situa- 
ción ha  cambiado  desde  que,  en  otra  ocasión,  traté  este  asunto 
(Milcíades  Alejo  Vignati,  Materiales  para  la  lingüística  patagona. 
El  vocabulario  de  Elizalde,  en  Boletín  de  la  Academia  Argentina 
de  Letras,  VIII,  171  y  sgte.;  Buenos  Aires,  1940).  No  es  que  me  rec- 
tifique de  la  repulsa  que  entonces  mereció  tal  constancia  aseverativa, 
pero  la  caución  testimonial  de  Schmid  por  su  conspicua  autoridad 
merece  que  procedamos  a  indagar  la  causa  determinante  de  su  error. 
En  verdad,  la  fijeza  del  idioma  surge  de  la  mera  compulsa  de  dis- 
tintas voces  a  través  de  cuatro  siglos.  Las  tentativas  parciales  de  C. 
Burmeister  —a  su  pesar—  y  Lista  (Carlos  V.  Burmeister,  Contes- 
tación a  un  trabajo  del  Sr.  Ameghino  sobre  Patagonia,  en  Revista 
de  la  Sociedad  Geográfica  Argentina,  VII,  231  y  sigts.;  Buenos  Aires, 
1890;  Ramón  Lista,  Mis  exploraciones  y  descubrimientos  en  la  Pata- 
gonia, 1877-1880,  115;  Buenos  Aires,  1880),  el  cotejo  integral  de  voca- 
bularios de  Lehmann-Nitsche  y  Escalada  (Robert  Lehmann-Nits- 
che,  El  grupo  lingüístico  Tshon  de  los  territorios  magallánicos,  en 
Revista  del  Museo  de  La  Plata,  XXII,  242  y  sgts.;  Buenos  Aires, 
1914;  Federico  A.  Escalada,  El  complejo  "Tehuelche".  Estudios  de 
etnografía  patagónica,  164  y  sgts.;  Buenos  Aires,  1949)  y  las  exé- 
gesis  de  Harrington,  Deodat  y  mía  (Tomás  Harrington,  Con- 
tribución al  estudio  del  indio  Gününa  Küne,  en  Revista  del  Museo 
de  La  Plata,  nueva  serie,  Antropología,  II,  252  y  sgte.;  La  Plata, 
1946;  Leoncio  S.  M.  Deodat,  Onomástica  indígena  de  Patagonia. 

sabe  el  lector —  Hunziker,  se  transforma  en  Hart  (en  la  traducción,  para  colmo, 
por  error  de  imprenta,  figura  como  Mart;  cfr.:  Musters,  Vida,  168)  .  Hace  poco 
he  señalado,  igualmente,  que  el  participante  de  la  expedición  descubridora  del 
lago  Argentino,  radicado  todavía  en  la  isla  Pavón  durante  la  estada  de  Musters, 
lo  llama  Holstein,  en  lugar  de  Hansen  (cfr.:  Milcíades  Alejo  Vignati,  El  des- 
cubrimiento del  lago  Argentino.  La  expedición  Piedra  Buena  -  Gardiner.  Octubre 
IS67,  .en  Revista  de  Educación,  año  III,  N?  1,  enero,  65,  nota  6;  La  Plata,  1958). 


112 


Ortografía  del  nombre  del  cacique  Orkekc,  en  Argentina  Austral, 
año  XXVI,  N<?  279,  7;  Buenos  Aires,  1954;  Vignati,  Materiales,  171 
y  sgte.)  son  pruebas  más  que  suficientes  para  establecer  que  los 
vocablos  indígenas  no  han  variado  en  tan  largo  lapso.  Por  mi  parte, 
queda  descartado  todo  invento  o  fantasía  de  Schmid  al  respecto, 
pues  no  tenía  necesidad  de  paliar  ante  sus  superiores  la  lentitud 
de  su  aprendizaje;  algún  fundamento  debía  tener  al  indicar  tan  pas- 
mosa modificación  de  los  vocablos,  fundamento  o  explicación  que 
satisfaga  —ya  que  no  podemos  justificarlo  plenamente—.  Pues  bien; 
¿por  qué  sus  interlocutores  lo  corregían?  Arriesgo  esta  respuesta  con- 
jetural: porque,  sin  advertirlo,  trataba  con  representantes  de  for- 
mas dialectales  diferentes,  las  propias  de  los  indígenas  ya  meridio- 
nales, ya  septentrionales  de  Santa  Cruz.  Un  análisis  íntimo  de  la 
última  gramática  de  Schmid  con  el  vocabulario  de  Musters  creo  que 
proporcionaría  revelaciones  extraordinarias  al  respecto. 

(59) .  —  Esta  clasificación  étnica  no  puede  tomarse  tal  como  está 
expresada  aunque  es  muy  posible  que  mi  disentimiento  radique  en 
errores  tipográficos,  según  se  verá  de  inmediato.  Hamanicenc  Zonc- 
ea y  Ganmetcenc  Zonc-ca  (a  pronunciar:  Hamanikenc  Zon-ka  y  Gan- 
metkenc  Zon-ka,  de  acuerdo  a  las  normas  fonéticas  expresadas  por 
Schmid)  aunque  no  es  fácil  reducirlas  a  formas  conocidas,  corres- 
ponden, a  todas  luces,  a  la  división  de  meridionales  y  septentriona- 
les de  los  Patagones  del  sur;  De-ushenc  Zon-ca  (a  pronunciar:  Te- 
ushenc  Zon-ka,  por  las  mismas  razones  ya  expresadas)  son  los  Teus- 
hen;  los  Cebcnicenc  Zon-ka  y  Yancez-cenc  Zon-ca  (a  pronunciar: 
Kebenikenc  Zon-ka  y  Yancez-kenc  Zon-ka)  bien  podrían  ser  las  dos 
grandes  agrupaciones  de  los  'pampas'  de  Musters,  es  decir,  los  ha- 
bitantes propios  de  Chubut  y  Río  Negro  que  tienen  como  elemento 
principal  y  de  existencia  indiscutida  a  los  Gününa-küne;  por  úl- 
timo los  Lalmejenc  Zon-ca  o  Yacush  como  Schmid  mismo  lo  reco- 
noce y  establece  son  los  Araucanos.  Si  esta  interpretación  del  texto 
es  correcta,  sólo  hay  que  objetar  que,  una  vez  más,  se  nos  brinden 
gentilicios  que  no  son  tales,  sino  la  forma  léxica  que  un  Patagón 
septentrional  —Casimiro  en  este  caso—  denominaba  a  las  distintas 
entidades  poseyeran  una  misma  lengua.  Si  así  fuera,  mi  castillo  de 
a  nuestros  conocimientos  actuales,  no  deseo  ocultar  que  es  un  poco 
fuerte  aceptar,  así  como  así,  a  manera  de  equívoco  de  transcripción 
un  error  tan  abultado  como  es  el  de  afirmar  que  las  últimas  cuatro 
entidades  poseyeran  una  misma  lengua.  Si  así  fuera  mi  castillo  de 
naipes  no  sería  de  mucha  duración.  Afortunadamente,  para  conti- 


113 


miar  sosteniendo  que  ha  habido  error  de  parte  de  la  revista,  arguyo 
lo  siguiente:  si  los  Lalmejenc  Zon-ca  "son  los  mismos  indios  que 
nosotros  conocemos  como  Araucanos"  las  otras  dos  entidades  men- 
cionadas anteriormente  ¿qué  son?  Como  se  ve,  nuevamente,  esta- 
mos machacando  el  mismo  asunto  y,  confieso,  que  prefiero  adaptar 
el  esquema  de  Casimiro  a  nuestros  conocimientos  a  fiarme  del  texto 
impreso  cuyas  inexactitudes  frecuentes  no  son  la  mejor  caución. 
No  quiero  dar  término  a  esta  apostilla  sin  declarar  que  hay  otro 
motivo  de  duda  en  este  esbozo  interpretativo.  En  efecto;  en  el 
Apéndice  VIII  se  da  a  conocer  a  nuestros  lectores  una  carta  del 
catequista  Hunziker  —por  entonces  ya  radicado  en  la  región  del  río 
Negro—.  Allí  se  podrá  leer  unos  numerales  en  el  idioma  que  él 
llama  'The-ushenc',  es  decir,  que  correspondería  a  nuestros  Teushen, 
pero  resulta  que  tal  elenco  de  fonemas  corresponde,  en  verdad,  a 
los  Gününa-küne.  Sin  entrar  a  estudiar  cada  una  de  las  diversas 
hipótesis  que  este  hecho  plantea,  considero  que  Escalada  proporciona 
la  solución  cuando  establece  la  dificultad  de  hacer  comprender  al 
aborigen  el  concepto  de  raza  u  origen  y  lograr  la  enunciación  de 
su  gentilicio  (Escalada,  El  complejo,  71  y  sgts.) .  No  es,  pues, 
de  extrañar  que  Hunziker  en  la  imposibilidad  de  fijar  la  naciona- 
lidad de  sus  informantes  haya  recurrido  al  esquema  de  Casimiro 
y  haya  atribuido,  sin  ton  ni  son,  a  una  entidad  para  él  descono- 
cida, un  vocabulario  numeral  correspondiente  a  otra. 

(60) .  —  Se  trata  del  reverendo  Charles  Bull,  capellán  británico, 
por  aquel  entonces,  en  Stanley,  islas  Malvinas,  que  remitió,  vía 
Málaga,  a  la  Sociedad  organizadora  la  carta  que  recibiera  de  Schmid. 
De  no  mediar  ese  comedimiento,  el  Comité  no  hubiese  podido  dar 
a  sus  benefactores  —en  esa  fecha—  noticia  de  la  labor  misionera, 
ya  que  deja  constancia  de  no  haber  recibido  ni  el  diario  ni  la  carta 
de  su  catequista;  cierto  es  que  el  Superintendente  Stirling  estando 
en  Montevideo  vio  acumulada  allí  correspondencia  para  las  Malvi- 
nas de  cuatro  meses  sin  que  nadie  tuviera  idea  respecto  a  la  fecha 
que  sería  remitida. 

(C^\.  —  Se  puede  comorobar  que  el  gentilicio  está  escrito  de  ma- 
nera diferente  a  la  que  consta  en  la  página  58.  Hay  un  equívoco 
de  le'     :  'e'  no»-  V. 

(62) .  —  Aquí  la  grafía  adoptada  difiere  de  la  de  la  página  58 
y  posiblemente,  ha  de  ser  la  verdadera,  que  con  facilidad  puede 
reducirse  al  Aoni-Kenk  actual.  El  error  ha  consistido  en  poner  en 
la  primera  versión  'n'  en  vez  de  'u'  que  es  la  forma  correcta.  En 


114 


cambio,  en  aquélla,  el  gentilicio  termina  con  'c'  como  corresponde, 
que  aquí  se  ha  confundido  con  una  'e'. 

(63)  .  —  Este  Platero  es  recordado  por  Musters  y  por  Fontana 
(Musters,  Vida,  160  (que  en  el  texto  inglés  figura  en  español 
y  entre  comillas:  "Pedro  el  Platero"  dando  la  impresión  de  aludir 
al  oficio  que  desempeñaba);  Luis  Jorge  Fontana,  Viaje  de  explo- 
ración en  la  Patagonia  austral,  87  y  sgts.;  Buenos  Aires,  1886  (el 
autor  lo  nombra  'Martín'  pero  no  puede  dudarse  de  su  identidad 
pues  recordó  haber  tratado  mucho  a  Musters;  además  confirma  que 
la  denominación  que  figura  como  apellido  no  era  más  que  el  oficio). 
Llama  la  atención  el  entre  paréntesis,  puesto  que  Schmid  nunca  ha 
mencionado  a  este  indio;  en  su  primer  viaje  el  'protector'  fue  As- 
caik  y  en  el  segundo,  su  hijo  Gemóki;  más  aún,  deja  constancia 
que  en  ausencia  del  primero  era  la  madre  de  éste  la  que  le  cuidaba 
(véase  página  47) .  ¿Serán  agregados  de  la  dirección  para  dejar  bien 
a  As-caik? 

(64)  .  —  Ese  dolor  de  Platero  es  típico  de  los  indígenas  Pata- 
gones; Musters  coincide  en  su  información  (Musters,  Vida,  277) . 

(65)  .  —  Igualmente,  Musters  hace  mención,  como  otros  viajeros, 
de  la  creencia  de  los  aborígenes  en  hechicerías  que  ocasionan  la 
muerte  de  sus  parientes.  La  influencia  de  los  misioneros  no  logró 
extirpar  semejantes  supersticiones  y  el  mismo  autor  recuerda  a  este 
respecto  que  Casimiro  "después  de  la  muerte  de  su  madre  o  de  una 
de  sus  esposas,  enviara  un  agente  para  que  matase  a  una  mujer  que, 
según  había  asegurado  la  difunta,  la  había  embrujado"  (Musters, 
Vida,  279) . 

(66)  .  —  El  canto  fúnebre  no  se  lo  ha  mencionado  con  frecuen- 
cia. Fuera  de  Schmid,  Moyano  y  Onelli,  según  recuerdo,  son  quie- 
nes apuntan  su  existencia  (Moyano  ex  José  Penna,  La  cremación 
en  América,  213,  nota  1;  Buenos  Aires,  1889;  Onelli,  Trepando, 
151  y  155). 

(67)  .  —  Por  la  insólita  y  desarreglada  conducta  tenida  en  el 
momento,  es  muy  posible  que  este  'Tommy'  no  sea  otro  que  el  his- 
tórico Jemmi  Button  el  facineroso  y  fachendoso  indígena  que  tanto 
mal  hizo  a  los  buques  de  Fitz  Roy  y  a  los  misioneros  (Narrative 
of  the  Survcying  voyages  of  his  majesty's  ships  Adventure  and  Beagle, 
between  the  years  1826  and  18^6;  London,  1839;  Armando  Braun 
Menéndez,  Pequeña  historia  fueguina,  33  y  sgts.;  Buenos  Aires, 
1939). 

(68)  .  —  Se  trata  de  don  Tomás  Bridges  por  entonces  simple 


115 


catequista.  Ha  conquistado  un  puesto  eminente  entre  los  america- 
nistas con  la  compilación  del  admirable  diccionario  Yámana  que 
la  piedad  filial  ha  hecho  imprimir  en  beneficio  de  la  ciencia  lin- 
güística (Thomas  Bridges,  Yamana-English.  A  dictionary  of  the 
spcech  of  Tierra  del  Fuego  by  the  Reverend .  .  .  ;  Módling  in  Aus- 
tria, 1933). 

(69)  .  —  Según  E.  Lucas  Bridges,  los  Yámana  (o  Yahgan,  como 
acostumbra  nombrarlos)  Jorge  Okoko  y  su  mujer  Gamela,  fue  el 
matrimonio  que  le  enseñó  el  difícil  y  cuantioso  idioma  vernáculo 
(Bridges,  Uttermost,  47). 

(70)  .  —  Es  el  cacique  Chingoleo.  Era  hermano  del  otrora  tris- 
temente famoso  cacique  Llanketrrú  a  quien  sucedió  como  jefe  de 
los  indios  'mansos'  —dada  la  minoría  de  edad  de  los  hijos  de  aquél— 
cuando  fue  muerto  por  indígenas  de  otra  parcialidad  en  Bahía  Blan- 
ca. Supo  corresponder  a  la  confianza  en  él  depositada  luchando 
denodadamente  al  frente  de  esa  tropa  auxiliar,  defendiendo  la  po- 
blación de  Carmen  de  Patagones  y  estancias  vecinas. 

(71)  .  —  Actualmente  ningún  estudioso  duda  del  significado  de 
'Chuelche'  —o  cualquier  otra  de  sus  formas—  después  que  Harring- 
ton  develó  el  misterio,  que  no  es  otro  que  chewul  =  'bravo',  'valien- 
te", etc.  (Tomás  Harrington,  Observaciones  sobre  vocablos  in- 
dios, en  Publicaciones  del  Museo  Antropológico  y  Etnográfico  de  la 
Facultad  de  Filosofía  y  Letras,  serie  A,  III,  59  y  sgts.;  Buenos  Aires, 
1935).  Escalada  ha  llegado  al  mismo  resultado  (Escalada,  El 
complejo,  34  y  sgts.).  Y  me  parece  que  es  llegada  la  hora  que  los 
profesionales  se  despojen  de  sentimentalismos  inconducentes  y  eli- 
minen ese  pseudogentilicio  ya  que  es  tan  impropio  como  erróneo. 
Éste  es  un  llamado  de  cordura  a  los  especialistas;  los  aficionados 
tienen  libertad  de  expresarse  según  sus  deseos. 

(72\ .  —  Otra  prueba  más  nue  el  texto  brindado  por  la  Sociedad 
en  el  elenco  étnico  de  la  página  58  y  nota  N9  59  es  erróneo  en 
su  redacción,  se  encuentra  en  la  frase  que  informa  que  algunos 
indígenas  del  río  Negro  hablan  "tres  o  cuatro  idiomas  autóctonos". 
En  el  cuadro  regional,  según  se  recordará,  sólo  se  enumeran  tres;  pero 
se  ve  ahora  que  es  necesario  introducir  uno  más  para  que  las  cuen- 
tas —más  que  los  díceres—  sean  equivalentes,  y  ese  idioma  que  falta 
no  puede  ser  otro  que  el  ya  sugerido,  propio  de  los  Gününa-Küne. 


116 


APÉNDICE 


1 

CARTA  Y  DIARIO  DEL  SEÑOR  ALLEN  W.  GARDINER 
The  Voice  of  pity  South  America,  V.  199-212;  London,  1858 

Isla  Elisabetli.  —  Celos  del  Gobierno  de  Chile.  —  Indios  fue- 
guinos. —  Vapor  norteamericano.  —  Indumento  indígena  dis- 
tinto. —  Wigwans.  —  Canoa.  —  Hacha  curiosa.  — ;  Punta  Are- 
nas. —  Casimiro.  —  Compra  de  un  caballo.  —  Familia  de  Ca- 
simiro. —  Caciques  patagones.  —  Visita  a  los  toldos.  —  Bahía 
Gregorio.  —  Isla  Keppel.  —  Muerte  de  Frank. 

Mi  estimado  Señor,  —Mi  diario  termina  con  nuestra  llegada  a  la 
isla  Keppel  el  30  de  marzo,  y  ya  que  la  gira  patagónica  ha  concluido 
por  la  presente  estación,  quizá  me  permitirá  usted  formular  algunas 
apreciaciones  acerca  de  su  jurisdicción  misionera  en  esta  región, 
en  la  medida  en  que  mi  observación  personal  me  ha  servido  para 
formarme  una  opinión  al  respecto. 

Tanto  los  indios  patagónicos  como  fueguinos,  en  las  vecindades 
de  la  caleta  Bougainville  y  bahía  India,  parecen  a  primera  vista, 
mucho  menos  degradados  y  más  susceptibles  de  trato  que  los  fuegui- 
nos del  cabo  de  Hornos. 

La  isla  Elisabeth,  situada  en  los  estrechos  de  Magallanes,  así 
como  el  lado  occidental  de  la  Segunda  Angostura,  constituirán  un 
admirable  punto  de  apoyo,  para  los  patagónicos  y  los  fueguinos  por 
igual.  El  camino  que  viene  de  la  serranía  de  Gregorio,  campo 
favorito  de  cacerías,  pasa  a  la  vista  de  la  isla,  separada  ésta  del 
continente  por  un  fondeadero  conocido  como  Royal  Roads  y  lugar 


117 


seguro  para  anclar  naves.  De  allí  a  la  caleta  Bougainville  la  navega- 
ción es  muy  fácil,  pues  hay  seis  ancladeros  sobre  la  costa  expuesta 
al  mar  entre  la  caleta  y  la  isla  Elisabeth,  una  distancia,  estimo  yo, 
apenas  mayor  de  60  millas.  Son  éstos  Peckett's  Harbour,  bahía 
Laredo  (en  estos  dos  puntos  soportamos  fuertes  borrascas,  una  de  las 
cuales  duró  cinco  días) ,  Punta  Arenas,  bahía  Agua  Fresca,  puerto 
Hambre  y  bahía  India. 

El  gran  obstáculo  para  la  ocupación  de  la  isla  Elisabeth  por 
parte  de  la  Sociedad  como  puesto  de  avanzada  sería,  a  mi  entender, 
la  ingerencia  del  gobierno  chileno,  que  ahora  reivindica  su  dere- 
cho sobre  los  Estrechos  y  se  muestra  sumamente  celoso  de  ellos. 
Dos  novedades  noté  esta  vez:  un  refuerzo  de  tropas  de  desembar- 
co y  la  creación  de  un  nuevo  cargo,  el  de  capitán  del  puerto. 
Además,  ahora  disparan  un  cañonazo  para  hacer  detener  las  naves 
que  pasan  frénte  a  la  base.  Actualmente  este  aviso  es  desoído 
a  menudo,  especialmente  por  parte  de  los  buques  norteamericanos. 
Ello  no  obstante,  si  pudiera  obtenerse  el  consentimiento  del  gobier- 
no chileno,  o  si  nuestra  posición  fuera  respaldada  por  nuestro 
propio  gobierno  en  atención  a  su  carácter  inofensivo  en  cuanto 
se  refiere  a  derechos  de  comercio,  colocándola  bajo  la  protección 
de  las  leyes  internacionales,  difícil  es  imaginar  otro  lugar  mejor 
adaptado  como  base  de  operaciones.  La  isla  Elisabeth  es  apta  para 
la  cría  de  ovejas  y  cabras  y,  no  hallándose  cubierta  de  bosques,  reque- 
riría muy  poco  gasto  para  su  limpieza.  Además,  podría  obtenerse 
la  madera  de  Shoal  Haven,  que  se  halla  muy  cerca,  para  cualquier 
uso  que  se  deseara.  Una  pequeña  embarcación,  con  base  allí, 
aseguraría  la  fácil  comunicación  con  los  fueguinos,  evitándose  el 
trajín  propio  de  la  travesía  desde  las  islas  Falkland,  siempre  azarosa 
y  agotadora  debido  a  los  vientos  predominantes.  Una  vez  que  los 
patagones  hallaran  allí  una  población,  vendrían  con  frecuencia  a  la 
margen  opuesta  y  algunos,  a  no  dudarlo,  establecerían  suficiente 
intimidad  como  para  cruzarse  hasta  aquí  y,  quizá,  dejarían  sus  niños 
por  algún  tiempo,  especialmente  si  se  los  atrajera  con  alimentos 
y  ropas.  Podría  así  aprenderse  gradualmente  su  lengua  y  pronto 
seguirían,  como  consecuencia  natural,  largas  cabalgatas  con  ellos 
hasta  las  serranías  de  Gregorio  y  sus  lugares  predilectos  de  cacerías. 
Si  la  comisión  pudiera  materializar  una  empresa  de  esta  índole, 
mucho  me  alegraría  saberlo.  Después  de  mi  regreso  a  la  patria,  para 
ordenarme  y  si  Dios  me  da  vida,  es  mi  firme  propósito  ofrecer  nue- 
vamente mis  servicios  como  agente  honorario  y  de  muy  buen  grado 
acompañaría  a  una  expedición  así;  pues  tengo  la  impresión  de  que 


118 


las  actuales  giras,  si  bien  son  muy  útiles  como  viajes  de  reconoci- 
miento, pronto  deberían  ser  reemplazadas  por  intentos  sistemáticos 
de  ocupación  permanente  de  algún  punto  determinado.  Confiando 
en  que  plazca  a  Dios  patrocinar  y  dirigir  en  sus  detalles  esta  em- 
presa, realmente  importante,  y  congregar  más  amigos  y  simpatizan- 
tes de  nuestra  caritativa  obra, 

Me  repito,  como  siempre,  Suyo,  etc. 

Alien  W.  Gardiner. 

Caleta  Bougainville,  marzo  9.  —  Los  fueguinos  nos  han  visitado 
regularmente  en  estos  últimos  cinco  días  y  nos  han  proporcionado, 
en  distintas  ocasiones,  más  de  50  libras  de  venado.  Venían  de  ba- 
hía Blanca,  situada  unas  tres  millas  al  este,  y  formaban  una  comi- 
tiva de  unos  veinticinco;  tres  toldos,  cuatro  canoas. y  una  docena 
de  perros  era  todo  su  haber.  Hoy  sólo  vino  una  de  las  canoas  y 
nos  dieron  a  entender  que  el  resto,  con  los  perros,  se  hallaba  cazan- 
do venados  y  que  nos  traerían  algo  más.  El  capitán,  el  señor  Tur- 
pin,  y  yo,  partimos  entonces  en  el  menor  de  nuestros  botes  hacia 
donde  los  indios  decían  que  se  encontraban  los  demás.  Como  la 
canoa  no  podía  seguir  nuestro  tren  de  marcha,  la  remolcamos  con 
una  soga  y  transferimos  los  dos  hombres  al  bote,  quedando  las  mu- 
jeres en  la  canoa.  Tras  de  pasar  a  sotavento  de  las  islas  Nassau, 
dimos  la  vuelta  a  un  cabo  y  entramos  a  la  bahía  San  Nicolás,  en  la 
que  desemboca  el  río  De  Guenness.  Este  río  no  penetra  tanto  tierra 
adentro  como  el  río  Sedger,  en  puerto  Hambre,  ni  se  ve  mucha 
madera  arrastrada  en  su  desembocadura.  Detrás  de  una  pequeña 
isla,  situada  dentro  de  la  bahía,  vimos  humo  y  supusimos  que  el  res- 
to de  la  partida  estaría  allí,  pero  al  llegar  al  lugar  del  fuego  no 
hallamos  a  nadie;  probablemente  lo  habían  dejado  encendido  los 
mismos  fueguinos  que  nos  acompañaban.  Desembarcamos  y,  tras  de 
arrastrar  nuestro  bote  a  tierra,  continuamos  todos  a  pie  hasta  ro- 
dear otro  cabo;  de  pronto,  nos  indicaron  un  humo  que  se  elevaba 
a  unas  seis  millas  más  lejos  aún,  diciéndonos  que  ése  era  el  lugar. 
Nos  encontrábamos  ya  a  varias  millas  de  nuestra  embarcación  y,  co- 
mo nunca  puede  uno  confiar  en  el  tiempo  en  los  Estrechos,  no  qui- 
simos aventurarnos  tan  lejos.  Después  de  regalarles  algunos  bizco- 
chos, nos  separamos;  estábamos  ya  muy  cerca  de  caleta  Bougainville 
cuando  nos  pasó  un  buque  de  vapor  norteamericano;  llegados  a  la 
goleta,  el  contramaestre,  señor  Vansands,  nos  dijo  que  tan  pronto 
avistaron  nuestra  embarcación,  los  del  vapor  detuvieron  su  marcha 


119 


de  inmediato  y  se  dirigieron  a  la  entrada  de  la  caleta.  Seguida- 
mente bajaron  un  bote  y  lo  enviaron  a  ver  si  se  trataba  de  un  bu- 
que en  peligro.  Muy  amablemente,  el  capitán  nos  ofreció  llevar 
nuestra  correspondencia,  nos  dijo  que  las  cosas  en  la  India  marcha- 
ban con  lentitud,  aunque  favorablemente  para  los  ingleses  y,  des- 
pués de  unos  quince  minutos,  partió  nuevamente.  Había  hecho  la 
travesía  de  Monte  Video  a  Punta  Arenas  en  seis  días. 

Hope  Harbour,  jueves,  marzo  11  —  Levamos  ancla  esta  tarde  y, 
aprovechando  una  fuerte  brisa  del  norte,  nos  dirigimos  hacia  la  en- 
trada del  canal  Cockburn.  Verdaderamente  difícil  es  describir  el 
paisaje  de  esta  costa:  montañas  abruptas,  quebradas,  con  un  perfil 
caprichosamente  recortado  y  las  cumbres  más  altas  cubiertas  de  nie- 
ve y  nubes  errantes.  Los  bordes  de  los  acantilados,  recortados  por 
profundas  y  oscuras  hendiduras,  parecen  tallados  por  un  enorme  es- 
calpelo. A  la  entrada  del  canal,  los  flancos  de  la  costa  sobresalen 
hacia  arriba  con  formas  fantásticas,  como  si  una  inmensa  boca  se 
abriera  tétricamente  para  recibir  al  navegante  que  pasa.  Nos  acer- 
camos a  uno  de  los  paredones  más  altos,  sobre  un  lado  de  Hope 
Harbour,  tan  erguido  y  amenazante  que  parecería  dispuesto  a  des- 
cargar sobre  nosotros,  de  un  momento  a  otro,  una  avalancha  de  nie- 
ve, imposible  de  esquivar.  Ni  un  fuego,  ni  un  toldo,  interrumpía 
la  inmensa  soledad  de  esta  ensenada;  la  sensación  de  angustia  que 
imprimía  la  escena  trajo  a  mi  mente  aquel  versículo  de  las  Escri- 
turas: "Miré  y  no  había  hombre  alguno,  y  vi  que  todas  las  aves 
del  cielo  habíanse  volado". 

Marzo  12.  —  Tuvimos  un  atardecer  bastante  calmo;  una  canoa 
cruzó  hacia  nosotros  desde  el  otro  lado  del  canal,  habiendo  oído, 
quizá,  el  estampido  de  nuestro  cañoncito,  que  disparamos  para  atraer 
la  atención.  No  arribaron  hasta  después  de  caído  el  sol.  En  la  ca- 
noa venían  dos  hombres,  dos  mujeres  y  una  niña.  No  tenían  man- 
tas de  guanaco  como  nuestros  amigos  de  Bahía  Blanca,  sino  que 
estaban  cubiertos  con  cueros  de  foca,  excepto  una  de  las  mujeres, 
que  llevaba  un  viejo  vestido  de  franela,  obtenido  quizá  como  regalo 
de  algún  buque.  Parecían  muy  familiarizados  con  las  embarcacio- 
nes, pues  rápidamente  subieron  a  bordo,  pidieron  bizcochos,  que 
ellos  llaman  "galleta",  y  tabaco,  que  pronuncian  "tabac".  Traían 
en  el  bote  una  gaviota  viva,  aparentemente  mansa.  Había  caído 
la  noche  cuando  se  alejaron,  pero  al  rato  tenían  ya  un  gran  fuego 
ardiendo  en  la  ribera. 

Marzo  13.  —  El  señor  Turpin  y  yo  bajamos  a  tierra  esta  mañana 
y  comprobamos  que  los  indios  habían  pasado  la  noche  en  uno  de 


120 


los  tres  viejos  toldos  levantados  en  la  costa  sur  del  puerto.  Se  encon- 
traba en  ruinas,  de  manera  que  lo  reparamos  con  ramas,  pareciendo 
quedar  muy  satisfechos  los  indios  con  su  aspecto;  luego  transporta- 
ron adentro  una  pila  de  leña  que  yo  corté  para  ellos.  Reflotamos 
nuestro  bote  y,  remolcando  la  canoa,  fuimos  hacia  la  entrada  del 
puerto,  en  la  esperanza  de  cazar  algún  pájaro  para  darles;  pero  las 
aves  son  muy  raras  aquí  y  no  pudimos  atrapar  ninguna.  Después 
del  almuerzo  acompañé  a  los  dos  hombres,  a  pie,  de  vuelta  al  toldo, 
siguiéndonos  las  mujeres  en  la  canoa.  Deseoso  de  experimentar  la 
sensación  de  un  viaje  en  canoa,  les  ofrecí  un  cuchillo  si  me  lleva- 
ban hasta  el  buque,  distante  una  media  milla,  a  lo  que  accedieron. 
Las  mujeres,  sentadas  en  la  popa,  remaban;  uno  de  los  hombres 
ocupó  el  centro  de  la  embarcación,  colocándose  el  otro  detrás  de 
él  para  dejarme  su  puesto  en  la  proa.  Llevábamos  un  remo  cada 
uno,  excepto  la  niña,  que  con  un  recipiente  hecho  de  corteza  de 
árbol  desagotaba  continuamente  la  canoa;  pronto  llegamos  así  jun- 
to al  buque. 

Marzo  15.  —  Viendo  los  fueguinos  que  no  queríamos  comerciar 
en  día  domingo  y  que  no  les  permitíamos  subir  a  bordo,  aprovecha- 
ron la  calma  para  cruzar  al  lado  del  canal  Gabriel,  distante  unas 
seis  millas.  Regresaron  a  su  toldo  al  anochecer  y  no  se  acercaron  al 
buque  hasta  el  lunes  por  la  mañana;  vimos  entonces  que  había  caras 
nuevas  en  la  canoa  y  sólo  dos  de  la  primitiva  partida  estaban  pre- 
sentes. Uno  de  los  nuevos  visitantes  tenía  una  curiosa  hacha,  fabri- 
cada por  él  mismo  y  que  despertó  mi  curiosidad  por  ver  cómo  la 
usaba;  echando  mano  entonces  de  un  hacha  americana  de  a  bordo, 
me  embarqué  en  la  canoa  y  fui  con  ellos  a  tierra,  atracando  casi  al 
fondo  del  puerto.  Tras  de  encallar  la  canoa  en  la  playa,  las  mu- 
jeres desaparecieron  en  el  bosque  con  una  canasta,  en  busca  de  fru- 
tillas. El  dueño  del  hacha  comenzó  entonces  a  trabajar  conmigo, 
cortando  leña  para  transportar  a  la  canoa,  en  la  que  mantienen  un 
fuego  permanente  durante  el  día,  transfiriéndolo  al  toldo  por  la 
noche.  Manejaba  su  tosca  herramienta  con  tal  destreza  que  no  la- 
menté haber  llevado  mi  hacha  bien  afilada,  para  poder  competir 
con  él.  Pero  él  no  conseguía  hender  los  troncos  una  vez  cortados, 
por  lo  que  nos  dividimos  el  trabajo,  cortando  él  la  madera  y  yo 
partiéndola  en  trozos  menores,  mientras  el  otro  indio  la  estibaba  en 
la  canoa.  De  regreso  a  bordo,  le  di  un  hacha  en  buen  estado  a  cam- 
bio de  su  primitivo  instrumento,  trueque  que  aceptó  complacido, 
después  de  ajustar  fuertemente  las  ligaduras,  a  fin  de  vender  un 
hacha  "garantida".   Tres  de  los  fueguinos  se  encontraban  aún  a 


121 


bordo  cuando  levamos  el  ancla;  tan  pronto  como  el  buque  comenzó 
a  navegar,  se  descolgaron  por  la  escala  y  ganaron  la  canoa,  invitán- 
dome por  señas  a  que  los  acompañara.  De  inmediato  y  no  obstante 
lo  encrespado  del  mar,  iniciaron  el  cruce  hacia  el  canal  Gabriel. 
Tan  frágil  y  pequeña  parecía  la  canoa  a  la  distancia,  zamarreada 
sin  piedad  por  la  mar  gruesa,  que  al  embate  de  cada  ola  mayor  te- 
míamos por  su  seguridad.  Pero  la  creciente  brisa  pronto  nos  alejó 
y  la  perdimos  de  vista;  tras  de  presenciar  las  curiosas  cabriolas  de 
una  manada  de  focas,  llegamos  de  regreso  a  nuestro  ancladero  en 
la  caleta  Bougainville  alrededor  de  las  cinco  de  la  tarde. 

Establecimiento  Chileno,  Punta  Arenas,  marzo  18.  —  Anclamos 
aquí  anoche,  a  la  caída  del  sol,  y  desembarcamos  apenas  terminado 
el  desayuno.  Supimos  que  los  patagones  habían  estado  buscándonos 
poco  después  de  nuestra  partida;  pero  el  carpintero  había  logrado 
transmitir  nuestro  mensaje  a  Casimiro,  advirtiéndole  que  teníamos 
un  regalo  para  él  a  bordo,  por  lo  que  prometió  regresar  a  la  breve- 
dad. Esta  mañana  temprano  llegó  un  mensajero  indio,  anunciando 
la  llegada  de  Casimiro  y  otro  jefe;  efectivamente,  alrededor  de  las 
once,  Casimiro  hizo  su  entrada  a  caballo  en  el  establecimiento,  segui- 
do de  varios  patagones  también  montados.  Nos  dijeron  que  la  tribu 
se  encontraba  en  San  Gregorio  (bahía  Gregorio?) ,  donde  había  mu- 
cha carne  de  guanaco.  Pero  no  traían  ninguna  consigo,  aunque  uno 
de  ellos  nos  regaló  un  hueso,  con  algo  de  carne,  como  muestra.  Dos 
de  los  indios  nos  acompañaron  al  buque  y  allí  almorzaron,  pero  sin 
entrar  a  la  cabina,  pues  no  eran  jefes.  Uno,  de  estatuía  gigantesca 
y  que  decía  llamarse  capitán  Harry,  hablaba  algunas  palabras  de 
inglés,  como:  "Yo  ser  capitán  Harry,  corazón  bueno,  no  bandido". 
El  otro  era  más  bien  corto  de  miembros  y  de  aspecto  ladino.  Des- 
pués del  almuerzo  el  capitán  Harry  anunció  que  se  resfriaría  si  lo 
obligaban  a  permanecer  en  cubierta  y  entró  en  la  cabina,  donde 
en  seguida  comenzó  a  negociar  algunas  mantas  de  guanaco  a  cambio 
de  bizcochos,  azúcar,  etc.  Desembarcamos  luego  con  ellos  y  hallé  a 
Casimiro,  que  andaba  buscándome;  cuando  le  invitaba  a  acompañar- 
me a  bordo,  apareció  un  soldado  montando  un  caballo  que  nuestro 
capitán  deseaba  adquirir  y  quiso  exhibir  sus  cualidades,  pero  fue 
arrojado  violentamente.  Montólo  entonces  Casimiro,  salió  al  galo- 
pe, lo  frenó  de  repente  y  regresó  a  toda  carrera,  dominando  eviden- 
temente al  caballo  con  la  mayor  facilidad,  a  pesar  de  hacerlo  sin 
montura.  Terminada  esta  función,  Casimiro  caminó  conmigo  hacia 
la  playa.  El  otro  jefe,  Choila,  fue  a  caballo  hasta  el  bote  y  pidió 


122 


que  lo  lleváramos  a  bordo.  Con  los  dos  caciques  patagónicos  senta- 
dos majestuosamente  en  la  popa  de  nuestra  ballenera,  nos  acercamos 
entonces  a  la  goleta,  en  la  que  se  izó  la  bandera  británica  como 
homenaje  a  tan  calificados  visitantes.  Claro  está  que  de  inmediato 
les  invitamos  a  pasar  a  la  cabina  y  allí  mostré  a  Casimiro  su  regalo, 
consistente  en  dos  grandes  frazadas  de  color  para  él,  un  vestido  con 
adornos  y  una  capa  para  su  esposa  y  un  par  de  muñequeras  de  lana 
roja;  agregamos  a  esto  algunos  bizcochos,  azúcar  y  un  poco  de  taba- 
co. Casimiro  se  mostró  francamente  halagado  y  manifestó  que  no 
había  esperado  recibir  semejante  regalo;  lo  agradeció  cortésmente 
("muchas  gratias") ,  declarándose  "muy  contento".  Me  pidió  que 
transmitiera  sus  saludos  a  la  "señorita  Sofía",  quien,  según  le  ex- 
presé, había  tejido  para  él  las  muñequeras.  Me  preguntó  entonces 
en  qué  podía  servirme,  a  lo  que  respondí  diciéndole  que  necesitaba 
un  caballo;  me  prometió  averiguar  entre  los  patagones  si  alguno  te- 
nía uno  para  vender;  de  lo  contrario  me  vendería  uno  de  los  suyos. 

Marzo  19.  —  Tan  pronto  como  desembarcamos  esta  mañana  me 
dirigí  en  busca  de  Casimiro.  Uno  de  los  indios  me  dijo  que  se  ha- 
llaba aún  durmiendo  (10  de  la  mañana,  hora  de  costumbre  en  estas 
tierras)  ;  pero  a  los  dos  minutos  apareció,  no  siendo  habitual  una 
larga  toilette  entre  estas  gentes.  Manifestó  no  haber  olvidado  su 
promesa  y  en  el  acto  envió  a  un  indio  en  busca  del  caballo,  el  que 
rápidamente  regresó  trayendo  uno,  blanco.  Casimiro  me  preguntó 
qué  tal  me  parecía,  le  dije  que  no  me  gustaba  en  absoluto  y  despa- 
chó de  nuevo  al  indio,  que  volvió  trayendo  otro,  "colorado"  esta 
vez.  Era  un  lindo  animal  y  decidí  adquirirlo,  para  llevarlo,  si  fuera 
posible,  a  la  isla  Keppel.  Pregunté  a  Casimiro  cuánto  quería  por 
él.  A  todo  esto  el  caballo  era  paseado  de  un  lado  a  otro,  para  exhi- 
birlo, recomendándomelo  como  "muy  manso",  "muy  nuevo"  y  "muy 
bueno  para  el  laso".  Casimiro  me  insinuó  que  lo  cambiaría  por  un 
rifle;  no  queriendo  yo  hacer  transacciones  de  esta  clase  ante  testi- 
gos, pues  a  esta  altura  se  había  congregado  una  comitiva,  le  expresé 
mi  deseo  de  que  viniera  a  almorzar  conmigo  a  bordo  y  allí  discuti- 
ríamos el  negocio.  Montó  en  su  caballo  y  fue  hacia  el  bote,  pidiendo 
permiso  para  llevar  consigo  uno  de  sus  hijos.  La  madre  de  Casimiro 
vive  aún;  su  esposa  tiene  bastante  buen  aspecto,  considerando  que 
las  facciones  de  estos  patagónicos  son,  por  lo  general,  demasiado  an- 
chas para  calificarlas  como  bellas.  Los  tres  hijos  de  Casimiro  se  lla- 
man Manuel,  Gabriel  y  Juana.  De  toda  la  información  que  pude 
obtener  de  él  los  puntos  más  importantes  son  los  siguientes:  Los 
patagones  se  encuentran  ahora  acampados  en  San  Gregorio,  por  lo 


123 


visto  en  gran  número,  bajo  el  mando  de  dos  jefes,  Watchee  y  Choila, 
actualmente  en  Punta  Arenas.  El  primero  es  un  hombre  de  carácter 
violento  y  tiene  pocos  adictos;  el  otro,  Choila,  es  el  más  valiente  de 
todos  los  caciques  patagones  y  posee  gran  influencia  sobre  sus  subdi- 
tos; es  muy  amigo  de  Casimiro,  encabezando  éste,  a  su  vez,  otra  tri- 
bu. No  conviene,  hoy  en  día,  internarse  mucho  entre  los  patagones 
llevando  rifles,  pues  los  indios  están  ansiosos  por  conseguir  armas 
de  fuego  y,  seguramente,  matarían  a  quien  las  tenga  para  apoderarse 
de  ellas.  Han  tenido  cautivos  a  varios  hombres  blancos  en  los  últi- 
mos tiempos.  Calcula  que  el  número  de  patacones  hoy  existente  en- 
tre las  Pampas  y  el  mar  —los  estrechos  de  Magallanes—  no  baja  de 
10.000.  Mencionó,  con  gran  respecto,  a  un  capitán  Powell,  de  un 
buque  norteamericano,  diciendo  que  era  un  hombre  muy  bueno. 
Tras  de  cerrar  el  trato  sobre  el  caballo,  di  a  Casimiro  algunos  rega- 
los para  su  esposa  e  hijos  y,  por  su  parte,  me  prometió  una  "capa" 
de  guanaco  para  mi  hermana. 

Realicé  una  visita  a  los  toldos,  como  los  llaman  los  españoles, 
situados  del  otro  lado  del  río.  Consisten  en  un  armazón  de  palos, 
cubiertos  con  pieles  de  guanaco  y  divididos  en  compartimientos  para 
cada  familia.  En  uno  de  ellos  una  mujer  estaba  atendiendo  a  su 
hijito,  acostado  en  una  cuna  de  aspecto  muy  curioso  y  envuelto, 
como  una  momia,  en  pieles  suaves.  En  otro,  dos  mujeres  se  hallaban 
uniendo,  mediante  costuras,  unos  cueros  de  avestruz.  Colgada  de  los 
palos  del  toldo,  para  secarse,  tenían  carne  de  guanaco;  al  lado  esta- 
ban cocinando,  a  la  manera  campestre,  un  trozo  de  esta  carne,  cla- 
vada en  un  palo  frente  al  fuego.  Algunos  caballos  se  hallaban  listos 
para  montar;  otros  pastaban  un  poco  más  lejos;  perros  de  todo  ta- 
maño, forma  y  raza,  vagaban  por  todas  partes.  Uno  de  los  patago- 
nes, en  voz  muy  alta  y  aparentemente  algo  ebrio,  anunció  que  iría 
con  nosotros  a  San  Gregorio;  pero  salió  para  allá  con  los  demás 
esta  mañana,  quedando  Casimiro  algo  rezagado. 

Bahía  Laredo,  marzo  22.  —  Zarpamos  de  Punta  Arenas  alrededor 
del  mediodía,  con  viento  muy  fuerte  y  apenas  habíamos  alcanzado 
un  ancladero  en  bahía  Laredo  cuando  la  tempestad  equinoccial  se 
desató  en  toda  su  furia.  Duró  cuatro  días,  por  momentos  con  fuerza 
de  verdadero  huracán,  pero  la  Alien  Gardiner  se  mantuvo  firme  en 
sus  anclas  e  hizo  frente  al  viento  con  facilidad. 


124 


Bahía  Gregorio,  marzo  25.  —  Anclamos  aquí  el  miércoles  por  la 
noche  y  quedé  muy  contrariado  al  no  hallar  a  los  indios.  Sin  embar- 
go, al  desembarcar  descubrimos  en  la  playa  muchas  huellas  frescas 
de  caballos  y  rastros  de  perros,  lo  cual  indicaba  que  los  patagones 
habían  estado  allí  recientemente.  Pensando  que  podían  estar  acam- 
pados en  dirección  a  Oazy  Harbour,  a  catorce  millas  de  bahía  Gre- 
gorio, el  capitán  y  yo  nos  pusimos  en  marcha  esta  mañana,  a  pie, 
con  uno  de  los  marineros,  Fred,  que  se  ofreció  a  acompañarnos.  So- 
plaba un  viento  tan  fuerte  que  apenas  podíamos  avanzar;  no  con- 
seguimos avistar  la  entrada  a  Oazy  Harbour  hasta  las  2  de  la  tarde. 
Aún  así,  quedaba  bastante  retirado  de  nuestra  ruta,  pues  siguiendo 
una  huella  de  indios  durante  unas  cinco  millas  nos  habíamos  desvia- 
do mucho  tierra  adentro.  Como  no  viéramos  señales  de  patagones 
en  esa  dirección,  temí  que  se  hubieran  dirigido  a  algún  otro  lugar, 
decidiendo  no  esperarnos  más.  Emprendimos  entonces  el  regreso  y, 
tras  de  haber  caminado  unas  veinticuatro  millas,  llegamos  a  bordo 
ya  entrada  la  noche.  Al  pie  de  la  serranía  Gregorio  pasamos  junto 
a  una  salina  y,  algo  más  adelante,  una  laguna  de  agua  dulce.  Las 
aves  que  pudimos  ver  en  este  trecho  eran  gansos,  cercetas,  patos,  hal- 
cones grandes  y  pequeños,  el  petirrojo  de  las  Falkland  y  un  par  de 
cisnes.  El  campo  es  hermoso  para  caminar,  contrastando  con  el  de 
las  Falkland,  siempre  lleno  de  pantanos,  rocas  y  raíces  salientes  que 
entorpecen  el  andar. 

Marzo  26.  —  Levamos  ancla  esta  mañana  con  una  suave  brisa  del 
oeste;  cuando  estábamos  aproximadamente  a  la  mitad  de  la  Primera 
Angostura,  vimos  el  casco  de  un  gran  buque  encallado  en  la  playa; 
cerca  de  él  ardía  un  gran  fuego,  seguramente  encendido  por  los  pa- 
tacones para  atraer  nuestra  atención.  Muchos  de  ellos  se  veían  ca- 
minando alrededor  del  casco;  algo  más  adelante,  otro  fuego  ardía 
frente  a  los  toldos,  levantados  al  abrigo  de  un  promontorio,  y  una 
cantidad  de  indios  cabalgaba  a  lo  largo  de  la  playa.  Desgraciada- 
mente el  fondeadero  en  cuestión  se  hallaba  muy  expuesto  al  embate 
del  viento  sur,  que  soplaba  con  fuerza  y  amenazaba  convertirse  en 
borrasca.  El  capitán  me  hizo  entender  que  sería  demasiado  aven- 
turado anclar  la  goleta  en  ese  lugar  y  un  desembarco  con  el  viento 
azotando  la  costa  era  poco  menos  que  imposible.  En  tales  circuns- 
tancias había  que  renunciar  a  establecer  comunicación  con  los  in- 
dios; así  fue  como,  con  profunda  pena,  eché  una  última  mirada  a  su 
c  mnamento,  frente  al  cual  pasábamos  en  estos  momentos  a  razón 
de  doce  nudos  por  hora  (sic).  Nunca  hubiera  sospechado  que  se  ha- 
llaran tan  lejos  como  la  Primera  Angostura;  lo  cual  significa  que 


125 


ellos  llaman  San  Gregorio  a  la  serranía  Gregorio  y  no  a  la  bahía 
Gregorio.  Quizá  se  encontraran  allí  persiguiendo  guanacos,  que  de- 
ben ser  muy  abundantes  a  juzgar  por  los  que  vimos  desde  el  buque. 
Habríamos  dado  con  ellos,  sin  duda,  si  nos  hubiéramos  detenido 
otros  dos  días  en  bahía  Gregorio.  Yo  tenía  resuelto  caminar  hoy 
hasta  la  bahía  Santiago  si  el  viento  no  fuera  muy  fuerte,  pero  como 
ya  llevábamos  un  atraso  de  tres  semanas  y  las  provisiones  estaban 
casi  agotadas,  era  necesario  optar  por  la  partida  y  vencer  nuestra 
amargura  ante  lo  inevitable.  Me  consuela  pensar  que  los  indios,  des- 
pués de  todo,  podrán  comprobar  que  no  faltamos  a  la  cita,  pues  ve- 
rán nuestras  huellas  en  la  playa  cuando  pasen  por  bahía  Gregorio. 

Isla  Keppel,  marzo  31.  — YA  viernes  por  la  noche,  marzo  26,  per- 
dimos de  vista  el  cabo  Vírgenes  y  el  domingo,  cerca  del  mediodía, 
avistamos  las  Jason.  La  marea  bajaba  rápidamente  en  el  paso  Occi- 
dental, por  lo  que  la  entrada  a  Hope  Harbour  quedó  descartada; 
arrastrados  por  la  corriente,  pronto  nos  encontramos  encerrados  en 
el  laberinto  de  las  islas  Jason.  Al  atardecer  nos  acercamos  a  la  isla 
Keppel  y  fondeamos  para  hacer  noche.  El  sermón  que  pronuncié 
al  crepúsculo  ante  la  tripulación  versó  sobre  el  duodécimo  capítulo 
del  Ecclesiastés:  "Y  perderáse  el  apetito;  porque  el  hombre  va  a  la 
casa  de  su  siglo,  y  los  endechadores  andarán  en  derredor  por  la  pla- 
za". Una  calma  nos  mantuvo  inmóviles  todo  el  día  lunes,  a  la  vista 
de  puerto  Egmont,  sobre  uno  de  cuyos  flancos  está  la  isla  Keppel. 
A  la  puesta  del  sol  la  calma  se  trocó  en  borrasca,  con  fuerte  viento 
en  contra.  El  capitán  mandó  izar  una  vela,  procurando  capear  el 
temporal,  aunque  sin  mayores  esperanzas  de  éxito.  Pasamos  una 
hora  de  ansiedad,  especialmente  preocupados  por  tener  caballos  a 
bordo;  la  goleta,  escorada  fuertemente  bajo  el  paso  de  la  vela,  ape- 
nas avanzaba  en  dirección  al  puerto,  cual  fatigada  por  la  azarosa 
travesía.  Jamás  se  nos  presentó  tan  atrayente  la  isla  Keppel,  ahora 
que  las  negras  nubes  parecían  querer  ahuyentarnos  de  sus  costas.  La 
Alien  Gardincr  es  siempre  difícil  de  manejar  en  tormenta;  sólo  me- 
diante un  despliegue  de  habilidad  y  algunas  verdaderas  proezas  de 
marinería  pudo  la  tripulación  dominarla  hasta  entrar  en  la  ense- 
nada. La  luna,  asomando  a  ratos,  iluminaba  una  que  otra  colina  de 
la  isla,  lugares  que  conocíamos  tan  bien;  todo  parecía  allí  tan  quie- 
to y  apacible,  tan  distinto  del  espeluznante  espectáculo  de  las  aguas 
que  nos  hostigaban  con  sus  despiadados  embates.  ¡Nadie  hubiera 
sospechado  que  allá  nos  esperaba  el  cuadro  de  la  muerte;  que  aún 
nos  quedaba  por  aprender  en  carne  propia  la  tétrica  lección,  oída 


126 


hacía  poco  entre  el  aullido  del  viento  y  los  golpes  del  mar  embra- 
vecido; que  una  profunda  y  penosa  impresión  vendría  a  turbar  la 
aparente  bonanza  de  nuestra  rutina  doméstica  y  nos  haría  meditar 
sobre  aquella  verdad  irrefutable:  "En  medio  de  la  vida  caminamos 
a  la  muerte"!  El  martes  levamos  ancla  a  la  madrugada  y  fondeamos 
en  la  bahía  Committee  antes  del  mediodía;  esa  misma  noche  moría 
Frank.  Tan  pronto  como  oyó  que  el  buque  había  entrado  en  la 
bahía,  expresó  su  deseo  de  verme  sin  demora,  cosa  que  yo,  por 
desgracia,  sólo  supe  después;  como  nadie  creía  que  estuviera  real- 
mente grave,  no  llegué  a  su  lado  hasta  el  anochecer.  Podrá  usted 
imaginar  mi  emoción  al  comprobar  que  su  vida  se  extinguía  rápida- 
mente. Había  estado  enfermo  unos  ocho  días  y  se  encontraba,  evi- 
dentemente, débil  en  extremo.  Sólo  alcanzó  a  balbucear  estas  pa- 
labras: "Me  siento  muy  enfermo;  por  favor,  déme  algún  remedio". 
Pero  era  ya  demasiado  tarde,  pues  al  despuntar  el  alba  expiraba. 
Sólo  una  sepultura  queda  ahora  en  isla  Keppel. 


127 


II 


CARTA  DE  JUAN  FEDERICO  HUNZIKER 

The  Voice  of  pity  for  South  America,  VIII,  234-236;  London,  1861 

Partida  de  Crammer.  —  Viaje  por  el  estrecho.  —  Expectativa.  — 
Visita  del  Gobernador.  —  El  Dr.  Burns. 

Punta  Arenas,  4  de  julio  de  1861. 

Mi  estimado  Señor.  Tras  larga  espera,  amaneció  por  fin  el  día 
en  que  el  señor  Schmid  y  yo  habríamos  de  zarpar  hacia  nuestro 
punto  de  destino.  El  15  de  mayo  nos  despedimos  de  nuestra  Misión 
y  nos  embarcamos  en  la  Alien  Gardiner.  No  puedo  dejar  de  men- 
cionar el  cariño  y  la  amabilidad  con  que  el  señor  Despard,  su  fa- 
milia y  todos  los  residentes  de  Cranmer  nos  trataron  durante  nues- 
tra permanencia  en  las  islas.  El  señor  Despard  no  se  dió  descanso 
para  asegurar  nuestra  comodidad  y  el  éxito  de  la  Misión  cuando 
llegáramos  a  Patagonia.  En  la  mañana  del  16  de  mayo  levamos  an- 
cla, enarbolamos  la  bandera  y  pronto  perdimos  de  vista  la  hermosa 
sede  de  la  Misión.  Tuvimos  viento  en  contra  durante  toda  la  trave- 
sía entre  las  Falklands  y  la  costa  patagónica;  no  es  de  extrañar,  pues, 
que  hasta  el  19  de  junio  no  halláramos  un  sitio  para  anclar  frente 
a  esa  costa.  Sufrí  mucho  del  mareo  en  el  viaje.  Al  remontar  el  Es- 
trecho tuvimos  tiempo  bueno,  pero  excesivamente  calmo,  lo  que  nos 
obligó  a  anclar  todas  las  noches  en  cualquier  refugio  que  se  ofre- 
ciera. Hubiéramos  deseado  ver  a  los  aborígenes  antes  de  arribar  a 
Punta  Arenas,  pero  no  tuvimos  tal  suerte;  supimos  luego,  al  llegar 


129 


a  la  Colonia,  que  los  indios  se  hallaban  acampando  en  un  paradero 
cercano  al  cabo  Gregorio.  Estábamos  muy  preocupados  pensando 
qué  clase  de  recepción  tendríamos  en  Punta  Arenas;  encomendamos 
al  Señor  el  éxito  de  la  Misión,  rogándole  que  ablandara  los  cora- 
zones de  las  autoridades  y  pudiéramos  obtener  el  permiso  necesario 
para  esperar  a  los  patagones  y  llegar  a  un  acuerdo  con  ellos  para 
acompañarlos  en  sus  andanzas. 

Anclamos  en  Punta  Arenas  el  9  de  junio.  No  habíamos  termina- 
do de  hacerlo  cuando  vimos  acercarse  un  bote,  trayendo  al  Gober- 
nador en  persona,  el  mismo  que  recibiera  y  ayudara  al  señor  Schmid 
en  su  viaje  anterior  al  país  de  los  indios.  Nos  recibió  muy  amigable- 
mente y  nos  autorizó  a  permanecer  en  la  Colonia  hasta  que  llegaran 
los  nativos,  prometiendo  volver  a  ejercer  su  autoridad  cuando  hu- 
biera que  tratar  con  ellos.  Nos  cedió,  asimismo,  una  habitación  en 
su  residencia  oficial. 

También  tuvimos  la  suerte  de  encontrar  al  doctor  Burns,  en  cu- 
ya casa  comemos.  Su  amabilidad  es  extraordinaria.  Sobrados  moti- 
vos tenemos  para  dar  gracias  al  Señor,  que  ha  escuchado  nuestras 
oraciones  y  despejado  el  camino  ante  sus  siervos,  removiendo  hasta 
aquí  todos  los  obstáculos. 

Los  patagones  habían  estado  en  la  Colonia  pocos  días  antes  de 
nuestro  arribo;  siempre  que  aparecen  preguntan  por  el  señor  Schmid. 
Quiera  el  Señor  bendecir  nuestra  empresa  y  prestarnos  su  auxilio; 
con  él  nuestros  esfuerzos,  aunque  pequeños,  por  conquistar  esas  al- 
mas para  su  Reino,  rendirán  los  ansiados  frutos. 

Que  el  Señor  nos  tenga  siempre  en  su  divina  presencia,  ante  las 
tentaciones,  los  peligros  y  las  dificultades,  infundiéndonos  fe,  amor 
y  paciencia  en  nuestro  cometido. 

Mis  atentos  saludos  para  toda  la  Comisión  y  su  familia.  .  . 

Invocando  la  bendición  de  Dios  sobre  todos  vosotros  y  vuestra 
piadosa  obra,  me  repito 

Suyo,  etc.. 


130 


III 


INFORME  AL  ALMIRANTAZGO  DEL  CAPITAN  BARNARD 
DEL  H.  M.  S.  VIXEN 

The  Voice  of  pity  for  South  America,  VIII,  271-2;  London,  1861 

El  cacique   Casimiro.  —7  Sus  condiciones  intelectuales.  —  Su 
concepto  respecto  a  los  otros  indios. 

Por  recomendación  del  capitán  Salas,  recibí  a  bordo  en  Punta 
Arenas  (estrecho  de  Magallanes) ,  al  cacique  Casimiro,  quien  había 
enviado  a  la  gente  de  su  tribu  a  bahía  Gregorio  con  el  encargo  de 
esperarnos  allí  provistos  de  carne  de  guanaco.  Me  impresionó  como 
inteligente  y  bastante  civilizado;  habla  corrientemente  el  español  y, 
a  juzgar  por  sus  modales  a  la  mesa,  está  acostumbrado  a  tratar  con 
europeos.  Es  muy  interesante  oírle  describir,  con  pelos  y  señales, 
los  habitantes  de  las  Pampas.  Dice  que  no  saben  absolutamente 
nada  y  no  son  siquiera  superiores  a  los  guanacos  que  cazan;  que  no 
poseen  la  más  vaga  idea  sobre  la  mentalidad  del  cristiano,  ni  les 
preocupa  en  absoluto  el  concepto  de  amistad  o  de  buena  fe.  A 
menos  que  tengan  entre  ellos  a  un  hombre  como  él,  capaz  de  man- 
tenerlos a  raya,  contestar  sus  tonterías  y  explicarles  el  significado 
de  las  cosas,  no  hacen  más  que  seguir  sus  inclinaciones  animales, 
robar  y  matar  al  que  encuentren.  Habiendo  oído  hablar  de  un 
naufragio  entre  la  Primera  y  Segunda  Angosturas,  le  pregunté  si 
sabía  algo  al  respecto;  me  respondió  que  un  buque  inglés  había  sido 
arrojado  sobre  la  costa  unos  cinco  años  atrás  y  que  los  indios  lo 
habían  desmantelado,  llevándose  la  tripulación  cautiva  a  las  Pam- 


131 


pas  mientras  Casimiro  se  encontraba  en  la  Colonia;  pero  que  tan 
pronto  como  se  enteró,  fue  en  rescate  de  los  prisioneros  y  los  condujo 
bajo  su  custodia  a  Punta  Arenas,  que  es  una  base  española.  Declaró 
que,  en  lo  que  a  él  respecta,  (y  esto  es  lo  más  importante  de  todo) , 
su  misión  es  hacer  de  mediador  entre  los  nativos  y  los  cristianos, 
razón  por  la  cual  vive  constantemente  en  las  Pampas  con  los  aborí- 
genes. Desea  fervientemente  ir  a  Inglaterra  y  a  otros  países  cristia- 
nos, a  fin  de  poder  instruir  a  sus  ignorantes  compatriotas  con  lo  que 
aprenda;  me  rogó  que  hiciera  todo  lo  posible  por  ayudarle  en  sus 
planes.  Los  caciques  Pedro  Siloci  y  Guaichi,  un  "capitán  Jack"  y 
un  hijo  de  la  "María"  mencionada  por  el  capitán  Fitzroy,  vinieron 
a  bordo;  todos  ellos  unos  perfectos  salvajes  comparados  con  Casimi- 
ro, que  parece  gozar  de  una  considerable  influencia  moral  sobre 
ellos.  Me  parecieron  más  susceptibles  de  adquirir  hábitos  civiliza- 
dos que  muchos  otros  aborígenes  que  he  conocido.  Vestidos  sola- 
mente con  pieles  de  guanaco,  oliendo  como  animales,  piden  alcohol 
con  insistencia  y  se  muestran  muy  impacientes  por  obtener  pólvora, 
aunque  saben  que  hay  muy  pocas  probabilidades  de  conseguir  ambas 
cosas  a  bordo  de  un  buque  de  la  Armada  Británica.  Recomendaría 
a  cualquier  capitán,  de  paso  por  bahía  Gregorio,  que  pregunte  por 
"Casimiro". 


132 


IV 


CARTA  DE  JUAN  FEDERICO  HUNZIKER 

The  Voice  of  pity  for  South  America,  IX,  173;  London,  1862 

Los  hijos  de  Casimiro.  —  Despedida. 

El  Señor  bendijo  nuestra  obra  misionera  mientras  nos  encontrá- 
bamos entre  los  amigos  de  Patagonia  y  tenemos  plena  confianza  en 
ellos.  Nos  han  tratado  con  bondad  y  los  dos  muchachos  (hijos  de 
Casimiro) ,  de  cuya  instrucción  nos  hicimos  cargo,  han  demostrado 
poseer  aptitudes  para  aprender,  especialmente  el  mayor,  cuyo  deseo 
de  progresar  era  evidente.  Fue  un  triste  momento  aquél  en  que  tu- 
vimos que  separarnos  de  nuestros  queridos  discípulos.  Espero  que 
nuestra  salida  de  Punta  Arenas  despierte  la  decisión  de  continuar 
la  obra  misionera  y  que  nosotros,  al  construir  una  sede  propia,  po- 
damos cumplir  el  mandato  de  Dios  con  mayor  éxito.  Elevo  a  Dios 
mi  ferviente  oración,  pidiéndole  que  guíe  nuestros  actos  en  esta 
empresa,  pues  es  Su  obra. 


133 


V 


TROZOS  DE  UNA  CARTA  DEL  SEÑOR  HUNZIKER 
A  Voice  for  South  America,  X,  89-91;  London,  1863 

Estada  en  Santa  Cruz.  —  Llegada  de  indios.  —  Idioma  más 
difundido.  —  Agasajo.  —  Viaje  de  Schmid  al  sur. 

Habiendo  partido  el  señor  Schmid  de  esta  base,  en  compañía  de 
los  indios,  con  el  objeto  de  traer  aquí  algunos  muchachos  indígenas, 
informaré  a  usted  sobre  las  novedades  locales.  En  agosto  último, 
una  tribu  de  indios  procedente  del  norte,  acampó  sobre  la  margen 
septentrional  del  río  Santa  Cruz.  Alcanzamos  a  ver  sus  fuegos  y, 
una  noche,  el  capitán  Fordham  llegó  hasta  aquí  de  visita,  en  com- 
pañía de  algunos  indios,  a  los  que  dimos  alojamiento  en  nuestra 
carpa.  Hablaban  el  mismo  idioma  que  nuestros  amigos  del  sur  y 
nos  dijeron  que  en  su  campamento  había  algunos  que  conocían  al 
señor  Schmid,  quien  a  su  vez  conoce  a  varios  miembros  de  la  tribu 
por  haber  estado  con  ellos  cuando,  en  su  primer  viaje,  acamoaban 
en  las  cercanías  del  río  Gallegos.  Algunos  pertenecen  a  otras  tri- 
bus y  hablan  distintos  dialectos,  pero  todos  hablan  el  Tsoneca  con 
facilidad.  Grande  ha  sido  la  previsión  del  Señor  al  disponer  que 
sus  siervos  comenzaran  por  aprender,  precisamente,  la  lengua  indí- 
gena de  uso  más  general  entre  el  río  Negro  y  los  estrechos  de  Ma- 
gallanes. Si  el  señor  Schmid  hubiera  comenzado  su  obra  misionera 
entre  otras  tribus,  quizá  habría  aprendido  un  idioma  que  no  le  hu- 
biera servido  de  mucho,  mientras  que  ahora,  conociendo  bastante 
bien  el  lenguaje  patagónico  más  difundido,  nos  hallamos  en  una 


135 


posición  muy  ventajosa  para  llevar  a  cabo  nuestra  labor  evangeliza- 
dos y,  sin  duda,  esta  ventaja  se  acentuará  a  medida  que  aprenda- 
mos más.  Nuestra  base  se  encuentra  en  pleno  corazón  de  la  Pata- 
gonia.  Si  Dios  nos  ayuda,  con  el  tiempo  nos  haremos  amigos  de 
nuestros  vecinos  indígenas  y,  una  vez  ganada  su  confianza,  nos  con- 
cederán la  tutela  de  sus  hijos.  Habrá  llegado  entonces  el  momento 
de  sembrar  la  semilla  de  la  verdad  que  proclama  el  Evangelio;  pero, 
por  ahora,  debemos  proceder  con  paciencia,  paso  a  paso.  La  tribu 
procedente  del  norte  cruzó  el  río  en  la  tarde  del  16  de  septiembre 
y  de  inmediato  enviaron  dos  mensajeros,  anunciando  la  visita  de  un 
grupo  de  ellos  para  el  día  siguiente.  Salí  por  la  mañana  en  compa- 
ñía de  estos  mensajeros,  cabalgando  detrás  de  uno  de  ellos.  Como  a 
quince  millas  de  nuestra  base  encontramos  a  los  indios  que  venían 
a  visitarnos,  regresando  yo  con  ellos;  permanecieron  con  nosotros 
hasta  la  hora  del  almuerzo  del  día  siguiente,  sin  molestarnos  en  ab- 
soluto y  comportándose  muy  bien.  Preparamos  una  olla  de  arroz 
cuando  llegaron,  otra  por  la  noche  y  otra,  finalmente,  antes  de  irse, 
comida  con  la  que  quedaron  muy  conformes.  Traían  consigo  mu- 
chos artículos  para  comerciar;  pero  como  nosotros  no  hacemos  tal 
cosa,  les  compramos  tres  cabras.  Parecen  mucho  más  prósperos  que 
los  indígenas  del  sur.  Dado  que  estos  últimos  se  encuentran  a  sólo 
seis  días  de  marcha  de  nuestra  base  y  nosotros  esperamos  ansiosa- 
mente poder  iniciar  la  educación  de  alguno  de  sus  muchachos,  el 
señor  Schmid  pensó  que  sería  conveniente  ir  hacia  ellos  y  tratar  de 
convencer  a  un  grupo  de  ellos  para  que  viniera  con  él.  El  Cacique, 
un  hombre  muy  amable,  mandó  un  joven  y  hermoso  caballo  para 
uso  del  señor  Schmid,  quien  partió  de  este  lugar  el  día  22,  con  los 
más  sinceros  deseos  de  buena  suerte  por  parte  de  este  compañero  de 
tareas.  No  ha  regresado  aún,  pero  le  espero  de  un  día  para  otro.  Que 
Dios  le  bendiga  y  premie  con  el  éxito  su  empresa,  pues  es  mucho  lo 
que  depende  de  ella.  Estamos  impacientes  por  recibir  noticias  de 
nuestros  hogares.  Espero  que  la  Alien  Gardiner  aparezca  pronto, 
pues  se  están  agotando  nuestras  provisiones.  Queda  poca  caza  en 
la  zona,  habiendo  desaparecido  los  guanacos  y  avestruces.  Nos  ha- 
llamos bien  de  salud.  Quiera  el  Señor,  nuestro  celestial  Maestro, 
disponer  todo  a  fin  de  que  nuestra  obra  sea  de  provecho  en  esta  des- 
amparada región.  No  olvidéis  interceder  por  nosotros  ante  el  trono 
de  la  gracia,  para  que  el  éxito  corone  nuestra  obra  misionera. 


136 


VI 


CARTA  DE  WAITE  HOCKIN  STIRLING 

A  Voice  for  South  America,  X,  141-149;  London,  1863 

De  El  Carmen  a  la  boca  del  rio  Negro.  . —  Conocidos  de  los 
misioneros.  —  En  Santa  Cruz.  —  La  Misión  de  Weddell's 
Bluff.  —  Tormentas.  —  Las  habitaciones  de  los  misioneros.  — 
El  misionero  Schmid.  —  El  catequista  Hunziker.  —  La  huerta.  — 
El  "pozo  Jacob".  —  Excursión  río  arriba. 

Tras  de  poner  punto  final  a  mi  última  carta,  en  diciembre  de 
1862,  dando  amplias  informaciones  sobre  nuestra  visita  a  El  Carmen 
y  su  probable  ubicación,  la  Alien  Gardiner  prosiguió  aguas  abajo 
por  el  río  Negro,  al  mando  del  piloto  y  ancló  en  las  proximidades 
de  esta  barra,  a  la  espera  de  una  oportunidad  para  cruzarla.  En 
cierto  momento,  mientras  navegaba  hacia  la  boca  del  río  Negro,  la 
goleta  quedó  a  la  deriva  y  encalló,  permaneciendo  en  esa  condición 
durante  veintidós  horas,  volcada  primero  sobre  un  lado  y  luego  so- 
bre el  otro.  Truenos,  relámpagos  y  una  lluvia  torrencial  se  suce« 
dieron  sin  cesar,  pero  sin  que  ocurriera  nada  al  buque  o  a  sus  pasa- 
jeros; nuestra  gratitud  aumentó  al  tener  conocimiento  que  dos  hom- 
bres jóvenes  habían  sido  fulminados  por  un  ravo  en  un  Inorar  por 
el  que  habíamos  pasado,  precisamente,  poco  antes.  En  "la  boca"  del 
río  debimos  permanecer  once  días,  a  la  espera  de  un  viento  favora- 
ble para  atravesar  la  barra;  ésta  sólo  presenta  una  estrecha  abertura 
para  entrar  y  salir,  siendo  muy  peligrosa  por  el  oleaje  que  rompe 
sobre  sus  flancos.  La  demora  no  se  debió  al  excesivo  calado  de  la 


137 


Alien  Gardiner  sino  a  lo  tormentoso  del  tiempo  y  al  fuerte  oleaje. 
Mientras  esperábamos  en  la  boca,  visitamos  a  la  familia  del  piloto; 
recuerdan  todos  al  señor  Ogle  y  hablan  de  él  con  gran  estima  y 
respeto.  Entre  los  tripulantes  del  buque  piloto  se  hallaba  un  anti- 
guo parroquiano  del  padre  del  señor  Lett,  en  Clough,  así  como  un 
ex-cocinero  de  la  Alien  Gardiner;  de  manera  que  nuestra  embarca- 
ción era  bien  conocida.  Además  de  las  mencionadas,  había  allí  otras 
personas  que,  por  uno  u  otro  motivo,  merecieron  nuestra  atención; 
espero,  pues,  que  la  demora  sufrida  en  tan  inhospitalario  lugar  hava 
tenido  alguna  influencia  benéfica  para  la  obra  de  Dios.  Hasta  la 
una  de  la  tarde  del  24  de  diciembre  no  pudimos  cruzar  la  barra,  lo 
que  hicimos  con  un  sol  radiante  y  viento  favorable,  iniciando  así  la 
travesía  hacia  Santa  Cruz.  Pero  al  anochecer  cambió  el  viento  y  el 
resto  del  viaje  fué  a  menudo  tempestuoso.  . . 

Entramos  en  el  estuario  del  río  Santa  Cruz  al  atardecer  del  19  de 
enero  de  1863  y  a  la  mañana  siguiente  desembarqué  en  Weddell's 
Bluff,  recibiendo  una  calurosa  bienvenida  de  nuestros  amados  co- 
laboradores allí  radicados.  Grande  fue  nuestro  alivio  al  ver  que  se 
encontraban  bien,  pues  mi  mente  había  sido  presa  de  ansiedad  al 
pensar  en  los  posibles  inconvenientes  que  les  podría  ocasionar  la 
demora  de  la  Alien  Gardiner;  aunque,  en  realidad,  no  tardamos  más 
de  lo  que  nos  impusieron  las  circunstancias.  .  .  Todo  parecía  admi- 
rable en  el  aspecto  exterior  de  la  Misión  de  Weddell's  Bluff,  orden 
y  aseo  se  percibía  por  doquier;  lo  solitario  de  la  vida  no  había  logra- 
do debilitar  en  estos  hombres  el  gusto  por  las  comodidades  de  la 
civilización  ni  el  respeto  de  sí  mismos,  tan  necesarios  para  hacer 
llevadera  la  existencia  en  común.  Sé  que  ellos  ya  han  informado  a 
usted  detalladamente  sobre  sus  tareas  y  sus  proyectos  y,  a  este  res- 
pecto, sólo  me  resta  decir  que,  si  se  la  apoya  decididamente,  creo 
que  la  Base  Misionera  de  Santa  Cruz  ha  de  lograr  resultados  impor- 
tantes. Se  trata  de  una  obra  a  la  que  es  preciso  dedicar  toda  una 
vida  y  no  es  posible  acelerarla.  El  escenario  de  esta  empresa  es  ex- 
tremadamente amplio  y  monótono,  nada  propicio  para  quienes  an- 
dan en  busca  de  proezas  dramáticas,  pero,  aún  así,  posee  toda  la 
plenitud  y  la  riqueza  que  proporcionan  la  vida  interior  y  la  fe.  asi 
como  una  forma  de  heroísmo  muy  particular  pero  no  menos  admi- 
rable. Los  Misioneros  de  la  Sociedad,  señores  Schmid  y  Hunziker, 
gozan  de  buena  salud;  el  sitio  elegido  para  la  Misión  es  bueno,  a 
pocas  vardas  de  la  ribera  en  alta  marea  y  a  la  salida  de  un  valle  que 
penetra  un  largo  trecho  tierra  adentro,  hacia  el  sudoeste;  un  arroyo 


138 


con  aguas  permanentes  recorre  este  valle  y  a  su  lado  un  ancho  pas- 
tizal, magnífico  para  mantener  ganado,  da  un  aspecto  fértil  y  alegre 
a  la  parte  más  baja  y  llana.  Las  colinas  que  se  levantan  sobre 
ambos  lados,  ya  recortadas  por  profundas  gargantas,  ya  aisladas  por 
suaves  cañadas,  poseen  en  sus  flancos  abundante  vegetación,  cuyo 
aroma  refresca  el  ambiente.  El  clima  es  saludable,  aunque  muy 
frío  en  invierno. 

Durante  la  estada  de  la  Alien  Gardiner  en  Santa  Cruz  tuvimos 
fuertes  y  frecuentes  tormentas  de  viento;  aunque  anclada  al  reparo 
de  altas  colinas,  se  inclinaba  fuertemente  sobre  un  lado,  obligando 
a  los  que  se  hallaban  en  cubierta  a  asirse  de  vergas  y  sogas;  pero  la 
goleta  es  muy  marina  y  se  mantuvo  firme,  si  bien  cuando  giraba  alre- 
dedor del  ancla  parecía,  por  momentos,  que  fuera  a  quedar  escorada. 
El  ruido  del  viento  era  impresionante  y  a  cada  arremetida,  levantan- 
do enormes  crestas  de  agua  y  espuma,  se  lanzaba  contra  el  barco  en 
forma  horripilante;  todos  los  de  a  bordo  debían  aeacharse  y  buscar 
refugio  detrás  de  cualquier  reparo.  Mientras  navegaba  del  río  Ne- 
gro al  Santa  Cruz  y  tras  de  cruzar  la  barra  del  primero  el  24  de  di- 
ciembre, la  Alien  Gardiner  debió  soportar  mal  tiempo  con  frecuen- 
cia; fuerte  oleaje  y  vientos  incesantes  la  castigaron,  durante  cuarenta 
y  ocho  horas  una  vez  y  veinticuatro  otra,  poniendo  a  prueba  al  ex- 
tremo su  resistencia.  En  medio  de  la  ansiedad  y  la  fatiga,  era  un 
espectáculo  notable  el  que  ofrecía  esta  gallarda  goleta  en  su  lucha 
solitaria  contra  los  feroces  elementos,  que  ya  la  alzaban  en  la  cresta 
de  una  ola  gigantesca,  ya  la  arrojaban,  de  proa,  al  fondo  de  un 
abismo  rugiente.  Chirridos  de  obenques  se  oían  a  cada  arremetida, 
salvo  cuando  el  viento,  ahogando  todos  los  otros  ruidos,  sacudía  al 
barco  entero...  Era  imposible  buscar  refugio  para  esperar  a  que 
amainara  el  temporal,  pues  no  había  al  alcance  costa  alguna  para 
colocarnos  a  sotavento;  dejarse  llevar  mar  afuera  por  la  borrasca 
hubiera  significado  postergar  el  arribo  al  río  Santa  Cruz  por  un  mes; 
el  capitán  adoptó,  pues,  el  único  temperamento  a  seguir  en  tales 
circunstancias:  avanzar  mientras  se  pudiera.  Tuvimos  que  arreglar- 
nos como  pudimos  en  cuanto  a  cocinar  y  dormir,  cosas  nada  fáciles 
en  medio  de  tal  vaivén;  nos  consolaba  la  certidumbre  de  que,  entre 
el  bramido  de  la  tempestad  y  el  rugir  del  mar  embravecido,  el  más 
leve  susurro  de  una  oración  siempre  llegó  a  los  oídos  de  Aquel  que, 
sentado  en  su  trono  de  misericordia,  manda  a  su  placer  los  vientos 
y  las  aguas. 

.  .  .De  lo  dicho  podrá  colegir  la  Comisión  que  la  nave  misionera 
ha  entrado  de  lleno  en  la  tormentosa  lid;  esperemos  que  los  amigos 


139 


de  la  Misión  no  dejarán  de  elevar  sus  súplicas  a  Dios,  de  vez  en 
cuando,  para  que  proteja  a  la  Nave  Evangelista  y  sus  pasajeros.  Si 
los  huracanes  que  soportó  la  Alien  Gardiner  cuando  se  hallaba  an- 
clada en  el  río  Santa  Cruz  la  hubieran  sorprendido  mar  afuera,  qui- 
zá no  hubieran  sido  escritas  estas  líneas;  aún  así,  el  barco  se  halla 
en  perfecto  estado  y  tan  firme  como  siempre. 

Los  señores  Schmid  y  Hunziker  ocupan  la  que  antes  fuera  la 
choza  del  señor  Gardiner  en  la  isla  Keppel.  Es  muy  pequeña,  pero 
le  han  agregado  dos  compartimientos,  uno  para  dormir  y  otro  para 
cocinar.  La  carpa,  levantada  al  reparo  del  viento,  sirve  de  depósito 
de  aquellos  artículos  que  no  pueden  despertar  la  codicia  de  los  in- 
dios. Su  lona  blanca  y  la  bandera  británica,  flameando  en  su  mástil 
a  manera  de  bienvenida;  la  casilla  de  las  cabras,  con  su  techo  de  paja 
y  sus  velludos  ocupantes  pastando  pintorescamente  en  la  ladera  de 
una  colina  cerca  del  mar,  así  como  una  buena  provisión  de  leña, 
laboriosamente  acumulada  en  previsión  del  crudo  invierno  por  ve- 
nir, daban  un  aspecto  alegre  y  confortable  a  la  sede  de  la  primera 
Misión  Cristiana  Protestante  de  Patagonia.  El  encuentro  con  nues- 
tros amados  hermanos  en  Cristo  trajo  indecible  felicidad  a  todas  las 
almas  y,  al  elevar  nuestra  humilde  oración  de  gratitud  (pronunda- 
da  por  el  señor  Schmid  mientras  nos  hallábamos  todos  de  rodillas, 
dentro  de  la  pequeña  choza) ,  sentimos  que  nuestros  corazones  se 
unían  en  el  amor  de  los  unos  hacia  los  otros  y  de  nuestro  Creador. 

Desde  el  mes  de  noviembre  esperaban  los  Misioneros  la  llegada 
de  la  Alien  Gardiner  o  de  algún  otro  barco  al  que  se  hubiera  enco- 
mendado visitar  esta  base;  la  tardanza  en  arribar  no  dejó  de  pro- 
vocar ansiedad  en  las  últimas  semanas  del  año  anteríor.  .  .  La  salud 
del  señor  Schmid,  durante  la  permanencia  de  la  Alien  Gardiner  en 
Santa  Cruz,  fue  excelente;  parecía  hallarse  en  óptimas  condiciones, 
especialmente  hacia  el  final  de  nuestra  visita  que,  sin  duda,  le  pro- 
porcionó un  oportuno  descanso  físico  y  mental.  Tranquilo  y  siem- 
pre dueño  de  sí  mismo;  paciente  y  perseverante,  con  firme  determi- 
nación en  sus  propósitos  y  sólida  experiencia  en  lo  que  respecta  a 
la  obra  patagónica;  de  una  sencilla  sinceridad  y  celoso  en  el  cumpli- 
miento de  su  deber,  creo  que  este  Misionero  merece  ocupar  un  lu- 
gar muy  destacado  en  nuestra  Misión.  Profeso  por  él  una  sincera 
admiración;  es  extraordinariamente  ajustado  en  sus  juicios  y,  en  mi 
opinión,  su  notable  capacidad  para  apreciar  el  detalle  no  le  resta 
una  acertada  visión  del  conjunto;  posee,  además,  una  admirable  faci- 
lidad para  aprender  y  expresarse  en  el  lenguaje  patagónico.  La  sa- 
lud del  señor  Hunziker,  en  cambio,  no  me  parece  del  todo  satisfac- 


140 


toria.  Manifestaba  encontrarse  bien,  muy  bien .  .  .  Pero  no  hay  duda 
de  que  este  género  de  vida  y,  especialmente,  el  aislamiento  impuesto 
por  la  naturaleza  de  sus  tareas,  han  minado  su  resistencia.  Durante 
tres  meses  permaneció  solo  en  Santa  Cruz,  con  la  única  compañía  de 
un  sirviente,  W.  Gardiner,  mientras  el  señor  Schmid,  noble  y  abne- 
gadamente, se  ausentó  con  una  tribu  de  indios  procedentes  del  nor- 
te (a  quienes  él  no  conocía  pero,  por  referencias,  era  conocido  de 
los  nativos)  y  se  dirigió  con  ellos  al  sur,  para  visitar  a  sus  antiguos 
amigos  y  comunicarles  el  establecimiento  de  la  nueva  base  en  Santa 
Cruz.  El  señor  Hunziker  sintió  intensamente  esta  soledad  y,  cuando 
regresó  el  señor  Schmid,  aquél  no  lo  reconoció,  preguntándole  si 
hablaba  inglés  o  español.  Este  incidente  revela  a  las  claras  las  difi- 
cultades que  debió  afrontar  el  señor  Schmid  y,  más  dramáticamente 
aún,  el  sufrimiento  mental  que  tres  meses  de  aislamiento  provoca- 
ron en  el  señor  Hunziker.  No  abrigo  duda  alguna  sobre  la  abnega- 
ción cristiana  y  el  interés  de  este  hermano  en  la  obra  misionera;  es 
un  elemento  valioso,  decidido  y  constante  en  el  servicio  del  Señor. 
Sé  que  la  Comisión  ha  de  contemplar  a  estos  dos  hombres  con  espe- 
cial consideración  y  afecto;  no  hay  palabras  suficientemente  lauda- 
torias, ni  estímulo  demasiado  grande,  para  dos  espíritus  tan  cristia- 
nos como  éstos. 

La  huerta  que,  con  gran  trabajo,  habían  cultivado  cerca  de  la 
choza,  no  recompensó  los  esfuerzos  de  nuestros  dos  hermanos.  La 
tripulación  de  la  Alien  Gardiner  se  dedicó,  sin  pérdida  de  tiempo, 
a  preparar  el  terreno  para  otra,  a  unas  trescientas  yardas  más  arriba 
en  el  valle,  limpiando,  cavando  y  cercando  una  superficie  de  tierra 
adecuada,  de  modo  que  después  del  próximo  invierno,  una  vez  disi- 
padas la  escarcha  y  la  nieve,  pueda  esperarse  mayor  éxito  del  culti- 
vo. Al  señor  Rau  se  le  ocurrió  hacer  un  gran  pozo,  en  el  que  verte- 
ría sus  aguas  un  canal  sacado  del  arroyo  que  riega  este  valle.  Su 
laboriosidad  y  entusiasmo  para  llevar  a  la  práctica  la  idea  lograron 
atraerle  la  colaboración  de  algunos  voluntarios  y  en  cosa  de  cinco 
días  quedó  terminado  un  magnífico  estanque;  a  él  llega  ahora  el 
arroyo  y  distribuye  el  agua  donde  hace  falta.  La  obra  fue  coronada 
con  una  piedra,  en  la  que  se  grabó  la  fecha  y  el  versículo  XXI,  6, 
del  Apocalipsis,  dando  bello  marco  al  "Pozo  de  Jacob"  (Jacob  es, 
precisamente,  el  nombre  de  pila  del  señor  Rau)  . .  .  Mirando  hacia 
el  futuro,  veo  llegar  el  momento  en  que  muchas  bendiciones  serán 
recogidas  por  las  tribus  aborígenes  en  esta  Misión,  ahora  en  sus  co- 
mienzos. .  .  Mientras  la  Alien  Gardiner  estuvo  en  Santa  Cruz,  los 
indios  se  hallaban  lejos  de  allí,  cazando.  Casimiro  y  su  familia  ha- 


141 


bían  abandonado  la  Misión  el  día  de  Navidad,  con  intención  de 
regresar,  en  compañía  de  su  tribu,  al  cabo  de  un  mes.  Pero  el  tiem- 
po se  nos  hacía  corto  y,  no  habiendo  aparecido  ningún  indio  el  27 
de  enero  de  1863,  a  la  mañana  siguiente,  temprano,  levamos  ancla 
y  partimos  hacia  la  isla  Keppel.  En  una  oportunidad  acompañé  a 
los  señores  Hunziker  y  Rau  en  una  excursión  a  pie,  alejándonos 
unas  quince  millas  de  la  base  y  encendiendo  grandes  fogatas,  en  la 
esperanza  de  atraer  a  los  nativos  que  pudieran  hallarse  a  la  vista  del 
humo.  Pero  tales  señales  no  tuvieron  éxito  como  anunciadoras  de 
nuestra  presencia,  respondiendo  a  ellas  sólo  alguna  que  otra  manada 
de  guanacos  o  algún  furtivo  puma,  escondido  en  los  riscos  vecinos. 
El  domingo  anterior  a  nuestra  partida  celebramos  la  Cena  del  Se- 
ñor en  la  cabina  de  la  Alien  Gardiner,  uniéndonos  varias  veces  en 
oración  e  invocando  la  divina  bendición  y  guía,  así  como  rogando 
porque  los  indios  fueran  conducidos,  en  sus  andanzas,  hacia  el  nue- 
vo hogar  espiritual  que  el  Señor  les  enviara:  paz  y  sosiego  reinaron 
en  nuestros  corazones.  Prometí  regresar,  si  todo  marcha  bien,  en  el 
próximo  mes  de  abril,  de  paso  para  El  Carmen  y,  desde  aquí,  vol- 
ver una  vez  más  a  la  isla  Keppel.  Ruego  a  ustedes  seguir  a  la  Alien 
Gardiner  con  sus  oraciones. 


142 


VII 


CARTA  DE  WAITE  HOCKIN  STIRLING 

A  Voicc  for  South  America,  X,  248-259;  London,  1863 

Provisiones  para  los  misioneros  de  Santa  Cruz.  —  La  "Alien 
Gardiner".  —  Llegada  a  Weddell's  Bluff.  —  Los  primeros  indí- 
genas. —  La  parcialidad  patagona  del  sur.  —  Agasajos  y  pri- 
meras conversaciones.  —  Parlamento.  —  Actuación  de  Casimi- 
ro. —  Recelos.  —  Promesas.  —  El  paso  de  Santa  Cruz.  —  Cán- 
tico nocturno. 

Isla  Keppell 

Cargadas  las  provisiones  con  destino  a  Santa  Cruz,  la  Alien  Gar- 
diner zarpó  de  Stanley  el  lunes  4  de  mayo.  A  pesar  de  un  fuerte 
viento  en  contra,  anclamos  en  Committe  Bay  el  jueves  7  por  la  ma- 
ñana. Un  grupo  de  cuatro  personas  fue  destacado  en  procura  de 
carne  fresca  para  el  consumo  de  a  bordo  y,  especialmente,  para  salar 
y  llevar  a  los  residentes  en  Santa  Cruz;  dos  pequeños  cerdos  se  re- 
servaron con  este  fin.  Se  cosecharon,  asimismo,  bastantes  patatas. 
Un  ambiente  de  orden  y  laboriosidad  reinaba  en  la  Base.  El  jueves 
14,  hallándose  todo  listo  menos  el  viento,  que  se  presentó  franca  y 
obstinadamente  contrario,  me  embarqué  en  la  goleta  en  busca  de 
Santa  Cruz.  El  primer  oficial,  James  Parry,  creía  que  la  Alien  Gar- 
diner iba  a  vérselas  en  serios  apuros  para  salir  del  estrecho  de  Kep- 
pel,  pero  lo  hizo  con  admirable  tranquilidad  y  a  eso  de  las  cuatro 
de  la  tarde  del  viernes  (otra  vez  contra  los  vaticinios  de  Parry) , 


143 


dobló  las  Jason,  venciendo  gallardamente  a  una  fuerte  marejada 
frente  a  la  bahía.  Menciono  la  opinión  de  Parry  porque  es  un 
marino  de  primera  y  un  excelente  oficial  que  conoce  bien  a  la  Alien 
Gardiner,  por  haber  estado  seis  meses  a  bordo  de  ella  con  anterio- 
ridad a  este  viaje.  Ahora  declara  que  la  goleta  vale  por  dos,  compa- 
rada con  lo  que  era  antes;  de  no  haber  sufrido  las  recientes  refor- 
mas, nunca  habría  podido  salir  del  estrecho  de  Keppel  o  vencer  la 
corriente  de  las  Jason.  No  hay  duda  de  que  es  una  hermosa  nave 
para  el  mar.  El  domingo  por  la  noche,  a  las  10.10,  fondeamos  fren- 
te a  Keel  Point,  en  Santa  Cruz,  después  de  cruzar  la  barra  alrede- 
dor de  las  9.30,  un  pasaje  que  hace  honor  a  la  goleta,  pues  tuvo 
que  luchar  contra  la  marea  casi  todo  el  trayecto,  con  fuerte  viento 
en  contra  y  castigada  incesantemente  por  el  oleaje.  A  las  7.30  de  la 
mañana  del  lunes,  apenas  despuntaba  el  alba  y  aprovechando  la 
marea  favorable,  aunque  con  viento  de  proa,  avanzamos  hacia  Wed- 
dell  Bluff,  donde  llegamos  a  las  9.30.  Tras  de  desayunar  y  celebrar 
el  acostumbrado  oficio  matutino  a  bordo,  el  Capitán  y  yo  bajamos 
a  tierra,  siendo  recibidos  en  la  playa  por  nuestros  hermanos  Misio- 
neros, señores  Schmid  y  Hunziker.  No  era  necesaria  mucha  imagi- 
nación para  percibir  que  el  corazón  y  la  mente  de  nuestros  herma- 
nos se  hallaban  en  un  estado  de  fuerte  depresión  y  tristeza,  necesi- 
tando, sin  duda,  un  pronto  descanso. 

El  martes  por  la  mañana  el  capitán  anunció,  desde  la  cubierta, 
haber  visto  las  señales  de  humo  de  los  indios,  a  unas  tres  millas  de 
distancia  y  sobre  la  playa.  La  noticia  me  llenó  el  corazón  de  ale- 
gría; rápidamente  se  preparó  el  bote  y,  en  compañía  de  nuestros 
queridos  hermanos,  salí  al  encuentro  de  los  visitantes.  Eran  seis: 
dos  hombres,  dos  muchachos,  una  mujer  y  una  interesante  niña  de 
unos  cuatro  años.  Nos  anunciaron  que  dentro  de  pocos  días  llega- 
ría una  gran  partida  de  indios,  hallándose  unos  800  de  ellos  acam- 
pados actualmente  a  pocas  millas  de  este  lugar.  Pronto  fueron  aga- 
sajados en  la  Base  los  recién  llegados,  dándoseles  café  y  bizcochos 
y  cambiándose  mütuas  demostraciones  de  amistad.  Había  entre  ellos 
un  miembro  de  las  tribus  del  norte;  hombre  bien  parecido,  alto,  de 
expresión  sumamente  amistosa  pero,  por  desgracia,  completamente 
sordo,  aunque  no  tendría  más  de  40  años.  El  otro  hombre  pertene- 
cía a  las  tribus  del  sur,  de  unos  sesenta  años  pero  corpulento  y  er- 
guido, padre  de  uno  de  los  muchachos  y  cuya  madre,  araucana,  ha- 
bía muerto  pocos  años  antes  en  Puerto  Deseado.  También  la  niñita 
era  hija  suya;  la  madre,  perteneciente  a  la  tribu  fueguina  de  los 
Alikhoolip,  había  sido  ultimada  a  puñaladas  y  quemada  como  bruja 


144 


alrededor  de  un  año  y  medio  atrás.  La  mujer  era  hijastra  de  este 
hombre  e  hija  de  la  muerta  Alikhoolip,  y  de  un  marido  anterior  de 
ésta;  el  viejo  parecía  quererla  mucho.  El  otro  muchacho  era  un 
hijo  de  Casimiro  y  antiguo  alumno  de  los  señores  Schmid  y  Hunzi- 
ker.  El  indio  del  sur  gozaba  de  gran  prestigio  entre  nuestros  her- 
manos misioneros;  su  aspecto  y  modales  traslucían  una  actitud  amis- 
tosa y,  desde  la  primera  vez  que  el  señor  Schmid  viajara  con  su  tri- 
bu, este  hombre  se  hizo  acreedor  a  su  confianza  y  aprecio.  Decidí,  por 
ello,  demostrarle  especial  consideración  y  le  invité  a  bordo  de  la 
Alien  Gardiner.  Se  mostró  muy  satisfecho  con  un  regalo  de  bizco- 
chos y  un  poco  de  azúcar,  a  lo  que  agregué  algunas  cuentas  y  un 
vestido  para  su  hijastra.  Como  todos  los  nativos  que  en  estas  regio- 
nes entran  en  contacto  con  europeos,  pidió  brandy  y  no  sé  si  me 
creyó  cuando  le  aseguré  que  no  traíamos  tal  bebida  en  la  goleta; 
pero  se  deleitó  con  un  poco  de  jugo  de  lima,  bebiéndolo  en  gran 
camaradería.  Su  hijo  vino  a  bordo  con  él;  era  un  muchacho  de  buen 
aspecto  y  muy  discreto.  Me  sorprendió  oírle  expresar  su  deseo  de 
visitar  las  Falklands,  pues  dijo,  entre  otras  cosas,  que  quería  ver  al 
Gobernador;  insistió  sobre  el  particular  y  su  voluntad  de  que  le 
acompañaran  su  hijo  e  hijastra.  Con  toda  paciencia  le  explicó  el 
señor  Schmid  que  el  Gobernador  de  las  Falklands  era  un  hombre 
muy  distinto  de.  .  .  de.  .  .  y  que,  por  cierto,  no  daba  brandy  a  los 
aborígenes;  más  aún,  que  la  Base  de  la  Misión  se  hallaba  muy  dis- 
tante de  la  residencia  del  Gobernador.  Pareció  contentarse  con  estas 
explicaciones,  pero  insistió  en  que  lo  mismo  deseaba  viajar  en  el 
buque.  Tal  estado  de  ánimo  infundió  en  mí  un  poco  de  optimismo 
en  cuanto  a  nuestra  Misión  en  Patagonia,  pues  me  hizo  entrever  que 
tocaban  a  su  fin  las  dificultades  halladas  hasta  aquí. 

El  miércoles  por  la  mañana  aparecieron  algunos  indios  sobre  las 
colinas  que  dominan  la  Base;  en  pintorescos  grupos,  fueron  descen- 
diendo y  acercándose  a  nuestra  residencia.  El  jueves  aumentó  repen- 
tinamente el  número  de  visitantes  y,  al  llegar  la  noche,  no  menos 
de  cuatrocientos  se  hallaban  en  los  alrededores.  El  jefe  supremo  de 
los  indios  del  sur  es  Gemóki,  hijo  de  As-caik,  el  fiel  amigo  del  se- 
ñor Schmid  durante  su  primer  viaje  entre  los  Patagones.  Gemóki  es 
un  hombre  de  muy  buen  aspecto;  pero  su  ayudante,  que  parecía 
no  apartarse  nunca  de  su  lado,  dejó  en  mí  una  impresión  de  gran- 
deza varonil  que  nunca  he  de  olvidar;  un  príncipe  entre  hombres, 
un  Saúl  entre  sus  gentes,  se  me  figuraba  capaz  de  dictar  condicio- 
nes de  paz  a  su  antojo  en  rueda  de  reyes:  tal  me  pareció  cuando  lo 
vi,  erguido  y  arrogante,  apoyado  su  brazo  como  un  cetro  sobre  el 


115 


pescuezo  arqueado  de  su  cabalgadura.  Vestía,  igual  que  Gemóki, 
un  amplio  poncho  y  sueltos  pantalones  de  gaucho,  pies  y  piernas 
cubiertos  con  botas  de  cuero  bien  sobado  de  puma  o  guanaco.  De 
la  parte  posterior  de  su  ancho  cinto  sobresalía  la  empuñadura  de 
plata  de  un  gran  "facón",  arma  característica  de  estas  gentes;  una 
vincha  de  seda  que,  en  este  caso,  mantenía  en  orden  la  abundante 
cabellera,  servía,  insensible  pero  eficazmente,  de  substituto  de  una 
corona,  ciñendo  una  frente  altiva  y  dando  singular  realce  a  unas 
facciones  hermosamente  masculinas.  Parecía  hallarse  muy  por  enci- 
ma —por  lo  menos  esa  fue  nuestra  impresión—  de  todo  gesto  de 
vanidad  y  rasgo  de  barbarie,  tan  comunes  entre  sus  hermanos  de 
raza.  Demasiado  a  menudo  las  caras  de  estos  indios  se  hallan  desfi- 
guradas con  grotescas  pinturas,  especialmente  en  las  mujeres.  Pero 
este  hombre  no  ostentaba  adorno  alguno,  siendo  difícil  imaginar, 
por  la  expresión  de  su  semblante,  que  pudiera  hacer  uso  de  cual- 
quier artimaña  para  recalcar  su  natural  prestancia.  Dormí  en  tierra 
esa  noche,  a  fin  de  formarme  una  opinión  personal  sobre  la  con- 
ducta de  estos  indios  que  ahora  acampaban  alrededor  de  nuestra 
casilla,  verdadera  reliquia  de  la  guerra  de  Crimea,  residencia  de 
nuestros  abnegados  hermanos  y  que  otrora  ocupara  el  señor  Gardi- 
ner  en  la  isla  Keppel.  Fui  afuera  en  una  oportunidad,  para  con- 
templar una  escena  que  las  silenciosas  estrellas  y  la  pálida  luna 
apenas  alumbraban.  Ardían  aún,  aquí  y  allá,  algunos  fuegos  de  los 
campamentos;  gruñían  algunos  perros,  atentos  a  cualquier  pisada 
extraña.  Todo  parecía  tan  vivo  y  real  frente  a  la  siniestra  quietud 
de  la  noche  patagónica,  extendida  sobre  los  cuerpos  de  muchos 
hombres  que  rodeaban,  envueltos  en  sus  ponchos,  las  brasas  morte- 
cinas de  los  fogones  campestres.  Había  comenzado  a  helar  con  inten- 
sidad y  a  menudo  se  oía  la  tos  de  los  durmientes,  demostrando  que 
la  crudeza  de  la  intemperie  tenía  efecto  aun  sobre  estos  hombres  tan 
curtidos.  Pocos  eran  los  que  habían  traído  toldos,  pues  la  presencia 
de  la  Alien  Gardiner  en  Santa  Cruz  les  había  tomado  por  sorpresa 
y,  en  grupos  heterogéneos,  se  fueron  acercando  a  la  Base  sin  pérdi- 
da de  tiempo,  según  donde  se  hallaran  a  la  sazón  y  el  interés  que 
nuestra  llegada  despertara  en  los  respectivos  jefes  de  familia.  La  van- 
guardia de  la  tribu  ocupaba  las  vecindades  de  Weddell  Bluff,  ha- 
llándose el  campamento  principal  a  unas  quince  millas  hacia  el  sud- 
oeste. Entre  los  que  se  habían  adelantado  estaban  Gemóki,  Casi- 
miro y  un  cacique  del  norte;  un  sobrino  de  Casimiro,  segundo  de 
Gemóki,  había  quedado  a  cargo  del  grueso  de  la  gente;  pero  aun 
éste,  acompañado  de  una  docena  de  hombres,  nos  hizo  una  visita  de 


146 


algunas  horas  para  presentarnos  sus  respetos,  según  dijo,  y  expresar 
su  deseo  de  que,  en  nuestro  próximo  viaje,  pudiera  estar  más  tiem- 
po conmigo,  etc. 

Llevé  a  bordo  de  la  goleta  al  jefe  y  algunos  de  los  hombres  más 
prominentes  del  grupo,  procediendo  a  repartir  entre  ellos  bizcochos, 
azúcar,  arroz,  cuentas  y  varias  prendas  de  vestir.  Di  a  Gemóki  una 
bolsa  entera  de  bizcochos,  para  que  repartiera  entre  los  indios  pre- 
sentes en  la  proporción  que  deseara.  Con  todo  éxito  hizo  de  intér- 
prete el  señor  Schmid;  por  su  intermedio  pude  comunicar  a  los  ca- 
ciques y  demás  personajes  influyentes  de  la  tribu  los  grandes  obje- 
tivos de  nuestra  misión,  especialmente  el  de  fundar  una  escuela  pa- 
ra sus  niños  y,  de  ser  posible,  conseguir  que  algunas  familias  se  ra- 
dicaran o,  por  lo  menos,  que  hicieran  frecuentes  visitas  a  nuestra 
Base.  Convinimos  en  que  se  proclamaría  nuestra  intención  ante  to- 
dos los  componentes  del  campamento  y  que  recibiríamos  una  con- 
testación a  nuestra  propuesta  el  viernes  por  la  mañana.  Llegado  el 
momento  indicado,  ocupé  un  sitial  fuera  de  la  casa,  sentándose  el 
señor  Schmid  a  mi  derecha  y  Gemóki  a  mi  izquierda.  Frente  a  mí 
se  colocó  Casimiro  y,  en  un  semicírculo  a  su  alrededor,  sentados  en 
el  suelo,  tomaron  lugar  unos  cincuenta  hombres.  Aquí  y  allá  gru- 
pos aislados  de  indios  conversaban  entre  sí  o  contemplaban  el  par- 
lamento desde  alguna  distancia,  mientras  los  niños,  siempre  curiosos 
y  no  sin  cierto  respeto,  permanecían  plantados  alrededor  del  gru- 
po, con  los  ojos  fijos  en  la  magna  asamblea.  Claro  está  que  había 
mujeres  por  doquier;  recuerdo  una,  especialmente,  que,  no  impre- 
sionada en  lo  más  mínimo  por  la  solemnidad  del  momento,  mantu- 
vo todo  el  tiempo  un  verdadero  sistema  de  telegrafía  facial,  gesti- 
culando y  exhibiendo  insistentemente  varias  pieles  ante  nuestra  mi- 
rada, con  el  deseo  evidente  de  canjearlas.  No  le  faltaba  razón,  pues 
los  jefes  iniciaron  la  sesión  regalándome,  en  medio  de  muchas  pala- 
bras y  agasajos,  algunas  mantas  de  guanaco  y  cueros  de  puma.  Cuan- 
do esto  ocurre,  es  costumbre  retribuir  las  atenciones  por  la  tarde,  o 
a  las  pocas  horas  de  recibirlas,  en  escala  adecuada:  así  me  informó 
el  señor  Schmid  y  no  opuse  reparos,  pues  las  mantas  eran  tres  y  los 
cueros  de  puma  cuatro  en  total.  Estos  últimos  no  tienen  valor  co- 
mercial alguno,  pero  los  recibí  agradecido  por  el  gesto  amistoso  que 
implicaban.  Terminados  los  preliminares,  pusimos  a  consideración 
de  nuestros  visitantes  el  proyecto  relativo  a  la  escuela  para  niños 
aborígenes;  por  un  rato  se  escucharon  opiniones  en  pro  y  en  contra, 
poniendo  yo  especial  empeño  en  que  comprendieran  lo  sincero  de 
nuestras  intenciones  y  la  ausencia  de  todo  motivo  ulterior  de  nues- 


147 


tra  parte:  veníamos  a  enseñarles  el  camino  hacia  el  verdadero  Dios 
y  hacia  Jesucristo,  su  mensajero  en  la  tierra,  no  a  apoderarnos  de  su 
propiedad  y  su  suelo,  ni  a  propugnar  la  invasión  extranjera;  ni  si- 
quiera nos  animaba  el  deseo  de  comerciar.  Instruirlos  sobre  la  vida 
eterna,  sobre  la  existencia  de  un  mundo  mejor  más  allá  de  la  tumba; 
ayudarles  a  mejorar  sus  condiciones  de  vida,  a  convertirse  en  un 
pueblo  numeroso,  fuerte  y  feliz,  es  decir  —según  pudo  hacerles  en- 
tender el  señor  Schmid  a  través  de  mis  palabras—  en  una  gran  na- 
ción. Recalqué  que  éramos  cristianos,  cristianos  ingleses,  no  espa- 
ñoles o  chilenos  y  que  nuestra  única  aspiración  era  su  progreso  y 
felicidad. 

En  contestación  a  esto  Casimiro,  que  actuaba  en  nombre  de  los 
demás,  dijo  que  la  caza  no  era  buena  en  las  inmediaciones  de  la 
Base;  su  gente  tenía  la  intención  de  trasladarse  al  norte  durante  el 
invierno;  en  cuanto  a  él,  deseaba  que  sus  hijos  se  instruyeran,  pero 
qué  los  otros  no  querían  prometer  nada.  ¿Cuándo  regresaría  la  go- 
leta? Respondimos  que  al  cabo  de  dos  meses,  si  el  tiempo  y  los  vien- 
tos nos  favorecían.  A  esto  contestaron  que  pensaban  permanecer  en 
la  zona  alrededor  de  dos  meses  y,  una  y  otra  vez,  expresaron  su 
deseo  de  que  la  Alien  Gardiner  regresara  a  Santa  Cruz  antes  de  su 
partida. 

He  aquí,  en  resumen,  lo  tratado  en  nuestra  primera  reunión  for- 
mal; celebramos  otras  conferencias,  pero,  en  general,  el  resultado  fue 
siempre  el  mismo.  Los  indios  se  negaron  a  formular  promesa  algu- 
na, especialmente  Casimiro;  éste,  según  me  dijo  el  señor  Schmid,  se 
sentía  celoso  de  nuestro  ofrecimiento,  pues  quería  que  sus  hijos  fue- 
ran los  únicos  en  recibir  educación  y  deseaba  aumentar  su  men- 
guante influencia  ante  la  tribu  a  expensas  de  nosotros.  No  me  sentí 
contrariado  por  el  resultado;  en  realidad,  hubiera  quedado  menos 
satisfecho  si  los  indios  hubieran  manifestado  completo  acuerdo  y 
formulado  una  serie  de  promesas.  No  comprenden,  por  ahora,  el 
alcance  de  nuestros  propósitos,  ni  los  beneficios  que  éstos  encierran 
para  ellos;  han  tenido  experiencias  demasiado  desagradables'  en  su 
trato  con  los  "cristianos"  como  para  ponerse  confiadamente  en  sus 
manos,  pues  una  y  otra  vez  han  sido  traicionados.  No  es  extraño, 
por  lo  tanto,  que  se  muestren  tímidos  y  prevenidos  antes  de  aceptar 
una  nueva  propuesta,  por  más  desinteresada  que  ella  sea  y  cuya  fi- 
nalidad y  consecuencias  no  pueden  apreciar  concretamente.  Ello  no 
obstante,  mi  impresión  está  lejos  de  ser  pesimista,  pues  veo  que  se 
trata  de  una  gente  con  muchos  rasgos  de  carácter  por  demás  favo- 
rables; es  una  raza  magnífica,  bárbara  y  supersticiosa  por  cierto, 


148 


pero  sin  hábitos  crueles;  ajena  a  los  beneficios  que  confiere  la  Igle- 
sia de  Cristo,  no  por  hostilidad  hacia  sus  principios  sino  por  el 
ejemplo  nefasto  que  ha  traído  una  raza  de  conquistadores  totalmen- 
te desprovista  de  escrúpulos  y  de  toda  inspiración  evangélica.  Nues- 
tros Misioneros  conocen  ya  bastante  bien  su  lenguaje  y  se  han  con- 
quistado su  confianza  gracias  a  la  vida  sana  y  virtuosa  que  han  lle- 
vado siempre  durante  sus  andanzas,  de  muchos  meses  a  la  vez,  en 
compañía  de  las  tribus  del  sur,  aislados  por  completo  de  todo  trato 
con  europeos.  Veo,  asimismo,  que  los  hijos  de  estos  nómades  son 
capaces  de  asimilar  cierta  instrucción,  pues  no  son  faltos  de  inteli- 
gencia y  parecen  ofrecer  un  campo  propicio  para  sembrar  la  doctri- 
na de  Dios.  Quien  posea  un  corazón  capaz  de  abrigar  amor  por  los 
niños  no  dejará  de  reconocer  la  irresistible  atracción  que  ejercen 
esos  pequeños  semblantes,  francos  y  expresivos,  y  el  derecho  que  les 
asiste  de  solicitar  nuestro  interés  y  cuidado.  ¿No  significan  nada 
para  nosotros,  cristianos,  esos  ojos  que  parecen  implorarnos  les  in- 
diquemos el  camino  hacia  la  verdadera  vida?  También  las  mujeres 
merecen  nuestra  simpatía  y  protección;  hay  en  su  aspecto  algo  que 
revela  una  gran  disparidad  entre  lo  que  son  y  lo  que  podrían  ser; 
que  las  hace  acreedoras  a  una  vida  muy  distinta  de  la  que  llevan 
y  que  podría  prometer,  dada  una  oportunidad,  una  hermosa  cose- 
cha de  gracias  y  virtudes  en  el  seno  del  Evangelio.  ¿Por  qué  no 
hemos  de  contemplar,  pues,  con  fe  y  esperanza  la  obra  de  nuestra 
Misión?  Fácil  sería,  claro  está,  enumerar  las  dificultades  que  aún 
debemos  superar;  pero  si  conseguimos  vencerlas,  estoy  íntimamente 
convencido  de  que  todo  lo  que  precisamos  es  perseverar  en  la  obra 
iniciada  para  ver  coronados  con  el  éxito  los  aesvelos  de  nuestros 
Misioneros  en  Patagonia.  Ante  su  espontánea  oferta,  encomendé  a 
Casimiro  el  cuidado  de  nuestros  hermanos  mientras  permanezca  en 
las  vecindades  de  la  Base,  ayudándoles  en  las  cacerías  y  evitando 
que  sus  compañeros  molestaran  a  los  nuestros;  le  prometí  una  bolsa 
de  bizcochos  y  tres  libras  de  tabaco  para  cuando  la  Alien  Gardinei 
vuelva  a  Santa  Cruz.  A  Gemóki,  por  su  parte,  prometí  varias  pren- 
das de  vestir  y  a  todos  los  demás,  para  uso  de  la  comunidad,  un 
bote  con  un  cable,  que  podrán  emplear  como  balsa  en  el  cruce  del 
río,  algunas  millas  aguas  arriba  de  Weddell  Bluff.  Hace  mucho 
tiempo  que  desean  poseer  un  bote,  pues  la  rápida  corriente  del  San- 
ta Cruz  hace  peligroso  el  pasaje,  aún  para  los  hombres.  Esta  pro- 
mesa provocó  gran  satisfacción  y  uno  de  los  indios,  procedente  del 
norte,  declaró  que  daría  a  conocer  la  noticia  entre  todas  las  tribus. 
En  la  actualidad  sólo  unos  pocos,  entre  los  más  osados,  se  atreven 


149 


a  ganar  el  lado  sur  del  río.  Casimiro  dijo  que  muchos  más  nativos 
visitarían  la  Base  si  dispusieran  de  un  bote.  Puse  como  condición 
para  cumplir  mi  promesa  buena  conducta  y  trato  amistoso  de  su 
parte;  el  incumplimiento  de  su  palabra  acarrearía  el  inmediato  re- 
tiro de  la  embarcación.  Si  nosotros  cumplimos  por  nuestra  parte, 
estoy  persuadido  de  que  los  indios  irán  adquiriendo  gradualmente 
más  confianza  en  nosotros  y  en  nuestra  buena  voluntad,  con  lo  que 
desearán  beneficiarse.  Les  dije  que  era  mi  aspiración  ser  conocido 
entre  ellos  como  "el  amigo  de  los  indios";  pero  este  pomposo  título 
demanda,  sin  duda,  hechos  más  que  palabras  y,  por  mi  parte,  he 
de  hacer  todo  lo  posible  para  mantenerlo,  mientras  se  me  propor- 
cionen los  medios.  Hasta  qué  punto  responderán  los  indios  a  nues- 
tras demostraciones  de  amistad  es  cosa  que  no  puedo  predecir.  En 
cierto  sentido,  la  actitud  que  observen  hacia  nuestros  misioneros 
que  quedan  a  cargo  de  la  Base  de  Santa  Cruz  (William  Gardiner  y 
Matthew  Paravick)  durante  los  próximos  dos  meses,  servirá  de  prue- 
ba para  el  futuro;  si  se  abstienen  de  molestarlos  y  son  lo  suficiente- 
mente atentos  como  para  proporcionarles,  de  cuando  en  cuando,  ali- 
mentos cada  vez  que  salen  de  caza,  confiaré  en  las  perspectivas  del 
establecimiento.  Si,  por  el  contrario,  acosan  a  nuestra  gente  o  se 
dedican  a  robarles,  no  he  de  desesperar;  ello  servirá  para  reforzar 
nuestras  precauciones  y  ponernos  en  guardia  para  más  adelante. 
Pese  a  todo  esto,  confío  en  que  nuestro  pacto  con  los  indios  haya 
quedado  bien  establecido,  así  como  nuestra  mutua  confianza  y  que 
encontremos  todo  en  orden  y  en  las  mejores  relaciones  cuando  vol- 
vamos a  Santa  Cruz. 

Podría  narrar  muchos  detalles  interesantes  ocurridos  durante 
nuestra  estada  en  Santa  Cruz  con  los  nativos;  pero  esta  carta,  ya  bas- 
tante extensa,  podría  aparecer  como  "rellenada"  innecesariamente, 
al  decir  de  un  célebre  juez.  Debo  agregar,  sin  embargo,  que  nues- 
tros amigos  los  señores  Schmid  y  Hunziker  parecen  encontrarse  a 
gusto  entre  esta  gente.  Cuentan,  evidentemente,  con  su  confianza  y 
su  buena  voluntad,  pues  son  reconocidos  como  miembros  honorarios 
de  la  tribu  del  sur;  "Ophilo"  (el  señor  Schmid)  y  "Fred-rik"  (el 
señor  Hunziker)  fueron  presentados  a  un  cacique  del  norte  como 
pertenecientes  a  los  Tsoneca  del  sur.  Durante  la  noche  que  pasé  en 
tierra  y  mientras  yacía  despierto  en  mi  lecho,  envuelto  en  una  manta 
de  guanaco  y  pensando  en  todo  lo  que  había  visto,  lo  extraño  de  la 
escena  en  que  me  hallaba  y  otras  cosas,  escuché  a  dos  hombres  que, 
afuera  de  la  choza,  cantaban,  aparentemente,  las  alabanzas  de  "Ophi- 


150 


lo",  pues  este  nombre  se  podía  distinguir,  clara  y  frecuentemente, 
por  encima  del  lúgubre  cántico,  extraño  y  melancólico,  que  entona- 
ban. Llegamos  a  isla  Keppel  el  viernes  último,  a  las  dos  de  la  tarde. 
Aunque  se  marearon  bastante,  los  tres  indios  se  comportaron  bien. 


151 


VIII 


CARTA  DE  WAITE  HOCKIN  STIRLING 

A  Voice  for  South  America,  XI,  30-31;  London,  1864 

Término  de  la  misión  de  Santa  Cruz.  —  El  proceder  de  los 
capitanes  traficantes  de  pieles.  —  Fidelidad  de  dos  indígenas. 

La  misión  de  Santa  Cruz  ha  sido  desmantelada  y  los  señores 
Schmid  y  Hunziker  se  hallan  aquí.  El  primero  regresa  de  inmediato 
a  Inglaterra  y  al  continente  europeo;  quizá  esté  ya  con  ustedes  cuan- 
do les  llegue  esta  carta  y  les  informará  él  personalmente  sobre  los 
pro  y  contras  de  la  repentina  disolución  de  la  Base  de  Santa  Cruz. 

Parece  que  un  capitán  N...  visitó  dicho  río  poco  después  de 
salir  la  Alien  Gardiner,  en  el  mes  de  mayo  último,  repartiendo  en- 
tre los  indios  grandes  cantidades  de  ron,  con  lo  que  por  muchos 
días  la  borrachera  fue  general...  ¡Y  todo  ello  a  manera  de  "in- 
tercambio"! Convino  luego  en  volver  a  encontrarse  con  la  tribu 
en  bahía  Laredo,  algunas  semanas  más  tarde,  para  reanudar  el 
"comercio". 

A  menudo  sufrieron  gran  ansiedad  los  dos  hermanos  a  cargo  de 
la  Misión  y,  cuando  nuestra  goleta  tocó  Santa  Cruz,  pintaron  un 
cuadro  muy  desalentador  de  los  acontecimientos.  Los  señores 
Schmid  y  Hunziker  manifestaron  serias  dudas  sobre  la  utilidad 
de  permanecer  en  dicho  puerto,  pues  es  evidente  que  capitanes 
como  el  mencionado  N . .  . ,  mientras  logran  sus  propósitos  de  ob- 
tener pieles  y  otros  artículos,  no  repararán  en  convertir  el  campa- 
mento en  un  centro  de  vicio  y  desorden,  mediante  la  distribución 


153 


de  ron,  coñac  o  lo  que  sea.  Agregaré,  además,  que  una  sequía  ex- 
traordinaria se  prolongó  durante  toda  la  primavera  y  hasta  hace 
pocos  días,  faltando  casi  totalmente  el  agua  en  la  Base.  Llegada 
esta  crisis,  abrí  el  sobre  con  las  instrucciones  de  la  Comisión  y, 
tras  de  leerlas,  se  iniciaron  de  inmediato  los  preparativos  para  des- 
hacer la  casa  y  levantar  todo  lo  que  perteneciera  a  la  Misión  para 
embarcarlo.  Los  dos  indios,  padre  e  hijo,  que  habían  estado  con 
los  señores  Schmid  y  Hunziker  durante  la  visita  de  éstos  a  la  isla 
Keppel,  se  negaron  a  abandonarlos  y  llegaron  aquí  a  bordo  de  la 
Alien  Gardiner. 


154 


IX 


CARTA  DE  JUAN  FEDERICO  HUNZIKER 
A  Voice  for  South  America,  XI,  180-182;  London,  1864 

La  Misión  de  San  Javier.  —  Inconvenientes  por  la  sequedad, 
calor,  vientos  y  tierra.  —  Escuela.  —  Mejor  conocimiento  del 
idioma.  —  Indios  Tuwelches.  —  Recuerdos  del  misionero 
Schmid.  —  Actuando  de  médico.  —  Numerales  en  un  idioma 
patagónico. 

San  Xavier,  18  de  abril 

Con  gran  placer  y  emoción  recibí,  todas  juntas,  vuestras  cartas. 
Algunas  estaban  fechadas  en  1863  (!)  y  otras  en  enero  y  febrero 
de  1864.  (Los  servicios  postales  de  y  para  Patagones  son,  eviden- 
temente, muy  deficientes.  —  Ed.) .  Durante  los  primeros  meses  de 
mi  permanencia  aquí  me  dediqué  a  levantar  nuestra  pequeña  cho- 
za. Hemos  comprobado  que  en  esta  región  no  es  conveniente  eri- 
gir habitaciones  de  madera,  pues  la  arena  acarreada  por  las  tor- 
mentas atraviesa  las  paredes  fácilmente.  No  podíamos  mantener 
nada  limpio  y  hasta  los  alimentos  se  llenaban  de  tierra  y  arena; 
a  menudo  nos  ocasionó  molestias  digestivas  la  suciedad  así  acumu- 
lada y,  además,  el  calor  se  hacía  adentro  insoportable,  pareciendo 
más  una  estufa  que  una  habitación;  la  sequedad  del  ambiente,  por 
otra  parte,  hizo  retorcer  las  maderas,  de  modo  que  el  techo  dejaba 
pasar  la  lluvia.  Muy  a  menudo  pasábamos  el  día  entero  en  los 
montes,  contentos  de  hallar  un  reparo  contra  el  calor  y  la  tierra. 


155 


Inauguramos  una  pequeña  escuela  para  niños  indígenas;  al  prin- 
cipio, tres  o  cuatro  muchachos  de  las  familias  vecinas  era  toda 
nuestra  asistencia,  pero  ahora  el  número  ha  ascendido  a  ocho.  He 
logrado  juntar  unas  cuantas  palabras  más  del  idioma  Zónica;  mu- 
chas son  las  dificultades  que  aún  he  de  vencer  antes  de  hablar 
fácilmente  con  los  indios  sobre  Jesucristo  Nuestro  Salvador.  Dentro 
de  mis  posibilidades,  he  tratado  a  menudo  de  hacerles  comprender 
el  significado  del  amor  de  Dios,  pero,  por  lo  general,  he  debido 
renunciar  sin  obtener  resultado  alguno. 

Muy  pocos  indios  se  han  hecho  ver  por  las  vecindades  en  los 
últimos  meses;  algunos  se  han  ido  a  sus  campamentos,  otros  a  unas 
tres  leguas  tierra  adentro  y,  actualmente,  sólo  quedan  dos  toldos 
en  las  proximidades.  Se  espera  aquí  la  llegada  de  unas  cuarenta 
familias  de  inmigrantes  suizos  y  alemanes,  que  han  de  fundar  una 
colonia  a  unas  quince  leguas  de  la  población  y  aguas  arriba  del 
río;  es  muy  probable  que,  cuando  vengan,  los  indios  tengan  que 
retirarse.  También  se  espera,  de  un  día  para  otro,  la  llegada  de  una 
tribu  de  Tuwelches,  pues  hace  pocos  días  llegaron  cuatro  de  ellos. 
Fui  en  su  busca,  les  hablé  en  Zonica  y,  para  mi  sorpresa,  me  con- 
testaron en  el  mismo  idioma,  asegurándome  que  era  el  lenguaje 
usado  por  ellos.  No  sé  cuántos  miembros  tendrá  esa  tribu;  conocen 
sólo  a  unos  pocos  de  nuestros  "Hananicene  Zonica"  pero,  me  di- 
jeron haber  oído  que  entre  ellos  había  un  "pequeño  inglés"  (el 
señor  Schmid) ,  con  barba  y  que  era  un  hombre  muy  bueno.  Ha- 
bremos ganado  mucho  terreno  si  el  idioma  Zonica  es  conocido  de 
tantas  tribus.  Incluyo  aquí  una  lista  de  los  números  usados  en 
otro  de  los  dialectos  patagónicos.  Me  he  convertido  en  "médico" 
entre  los  indios,  muy  a  pesar  mío.  Como  tengo  un  botiquín  y  al- 
gunas nociones  de  medicina,  he  podido  socorrer  a  más  de  un  en- 
fermo; en  una  oportunidad,  pude  arreglar  la  pierna  de  un  indio, 
rota  al  caerse  del  caballo  y,  en  otra,  logré  curar  al  Cacique  Chin- 
galee.  Todo  esto  me  ha  atraído  amigos,  aunque  desearía  poseer  ma- 
yores conocimientos  de  medicina  y  me  arrepiento  de  no  haber  pro- 
fundizado algo  más  en  estos  estudios  en  años  anteriores.  Espero  que 
mi  querido  compañero  de  tareas  regrese  pronto,  pues  le  extraño 
mucho. 


156 


THE-USHENC, 
UNO  DE  LOS  LENGUAJES  PATAGÓNICOS 


Bej    2 

Gej   3 

Mala    4 

Banca    .5 

Jiman    6 

Cajbej    7 

Busha    8 

Jiba   9 

Zamazca    10 

Zamazca  jia   11 

Zamazca  bej   12 

Beja  zamazca   20 


Beja  zamazca  jia    21 

f  ✓ 

Geja  zamazca   30 

y 

Mala  zamazca    40 

Danca  zamzca    50 

Jimana  zamazca    60 

Cajbeja  zamazca    70 

Busha  zamazca    80 

v 

Jiba  zamazca    90 

Bataca  (Jia  pataca)   100 

Jia  pataca  danca  zamazca  150 

Beja  Pataca    200 

Waranca    1000 


157 


X 


CARTA  DEL  DR.  G.  HUMBLE 

The  Voice  for  South  America,  XII,  62-64;  London,  1865 

Reseña  del  viaje.  —  Actuación  como  médico.  —  Nuevas  cons- 
trucciones. —  Visita  a  San  Javier. 

23,  noviembre,  1864 

Hallándose  a  punto  de  zarpar  un  buque,  mañana  temprano,  apro- 
vecho la  oportunidad  para  enviar  a  usted  una  breve  reseña  de  los 
acontecimientos,  esperando  poder  hacerlo  en  forma  más  extensa  para 
cuando  parta  el  Río  Negro.  Llegué  a  la  boca  de  este  río  el  día  8  y, 
al  día  siguiente,  proseguí  a  caballo  hacia  Patagones,  a  fin  de  ver 
cuanto  antes  a  la  pobre  señora  Stirling.  Habrá  usted  oído  ya,  sin 
duda,  los  pormenores  de  la  enfermedad.  .  . 

Hallé  gran  demanda  por  mis  servicios  como  médico  apenas  me 
encontré  en  ésta,  pues  no  lo  había  en  la  zona  en  ese  momento.  He 
alquilado  una  habitación  para  dispensario,  en  el  cual  distribuyo  a 
los  pobres,  gratuitamente  y  a  determinadas  horas,  atención  y  medi- 
camentos. Aunque  parezca  extraño,  estoy  atendiendo  actualmente  al 
Cura  de  la  localidad,  que  recientemente  regresó  de  Buenos  Aires  y 
se  halla  postrado.  No  parece  tener  mayor  confianza  en  el  médico  de 
la  guarnición  militar. 

El  hecho  de  ser  médico,  a  la  vez  que  misionero,  me  confiere  un 
ascendiente  del  que  no  gozaría  de  otra  manera.  Mi  deseo  es  dedicar 
todo  ello  al  servicio  de  la  causa  del  Maestro. 


159 


Temo  que  este  trimestre  los  gastos  sobrepasen  algo  la  suma  asig- 
nada. He  tenido  que  hacer  frente  a  algunos  desembolsos  ocasiona- 
dos por  la  nueva  construcción,  hallándose  hecha  la  mayor  parte  de 
los  ladrillos  necesarios.  Ya  se  ha  levantado  una  pieza  y  creo  que  con 
£  200  podrá  completarse  la  nueva  ala  del  edificio.  Espero  tener,  den- 
tro de  poco,  una  iglesia-escuela,  con  el  presbiterio  cerrado  durante 
los  días  de  semana,  un  dispensario  y  un  dormitorio  para  alojar  al- 
gunos niños  indígenas.  Esto  me  mantendrá  muy  ocupado,  así  como 
a  mi  personal,  durante  un  tiempo.  La  semana  pasada  fui  a  caballo 
a  San  Xavier,  en  compañía  del  señor  Stirling,  donde  vi  la  pequeña 
choza  de  madera  y  visité  diez  toldos  de  los  indios.  Comuniqué  a  éstos 
que  era  médico  y  les  ofrecí  mis  servicios  desinteresados  para  cuando 
los  necesitaran.  Algunos  vinieron  a  consultarme  allí  mismo;  otros 
manifestaron  su  alegría  de  saber  que  podrían  contar  con  asistencia 
médica  en  caso  necesario.  Estoy  atendiendo  ahora  al  hijo  de  uno  de 
los  indios  más  influyentes  de  la  costa  sur  del  río;  posee  un  alto 
grado  militar  al  servicio  del  gobierno  y  categoría  de  segundo  jefe. 
Tiene  un  criadero  de  caballos  de  carrera  y  vastas  extensiones  de 
tierra.  Espero  que  su  influencia  me  abra  las  puertas  de  los  otros  in- 
dígenas. El  señor  Stirling  se  halla  aún  aquí,  a  la  espera  de  la  Alien 
Gardiner.  Me  ha  sido  muy  grato  reunirme  con  él  y  aprovechar  su 
experiencia  y  consejos  para  mi  futura  labor  de  Superintendente.  Los 
señores  Schmid  y  Hunziker  han  ido  a  San  Xavier  por  uno  o  dos  días, 
con  el  fin  de  aprontarse  para  iniciar  las  clases  una  vez  abierta  la 
escuela. 


160 


MANERAS  Y  COSTUMBRES 
DE  LOS  INDIOS  PATAGÓNICOS 


PRÓLOGO 


Han  pasado  muchos  años  desde  que  conocí  por  vez  primera  es- 
tas observaciones  etnográficas  de  Schmid  y,  por  cierto,  cada  vez  que 
intento  leerlo  con  propósitos  de  anotarlo,  encaro  la  posibilidad  que, 
en  parte,  no  sean  fruto  de  observaciones  propias  sino  el  compendio 
de  ajenas,  bibliográficamente  reunidas  y  elaboradas.  No  olvidando 
que  fueron  redactadas  durante  su  estada  en  Londres,  tengo  para  mí 
hayan  sido  puestos  a  contribución  los  viajeros  ¿ditos  más  o  menos 
conocidos,  especialmente  los  de  habla  inglesa.  Ello  no  obsta  a  que, 
eliminados  todos  los  datos  que  tienen  ese  origen  —llamémosle:  es- 
purio— queda,  sin  embargo,  un  cúmulo  de  informaciones  que  no 
tienen  símil  con  lo  ya  conocido  y  constituyen  el  metal  noble  de 
"Maneras  y  Costumbres".  Así,  por  ejemplo,  las  prácticas  consecutivas 
a  la  muerte  de  un  indio  no  solo  eran  desconocidas,  ni  siquiera  sos- 
pechadas. Pero,  también,  hay  omisiones  evidentes,  ocasionadas  por 
el  más  detestable  puritanismo  con  no  poco  de  mojigatería.  Tal.  la 
eliminación  absoluta  de  todo  lo  atinente  a  las  usuales  ceremonias 
y  festejos  determinados  por  la  entrada  de  una  niña  a  la  pubertad. 
Tal,  el  ocultar  el  homosexualismo  de  los  "médicos".  Tal,  ignorar  la 
poligamia  de  los  caciques  y  de  los  indígenas  pudientes.  Tal,  las 
borracheras  y  las  continuas  reyertas  intertribales.  Tal,  los  casamien- 
tos por  compra  de  la  mujer.  En  fin:  en  aras  de  ridículos  escrúpulos 
y  disimulos  extemporáneos  el  Comité  de  Redacción  ha  suprimido 
muchos  de  los  acápites  que  —si  liabian  sido  escritos  con  tanta  pro- 
fundidad de  observación  como  los  que  han  llegado  hasta  nosotros— 
serian  otros  tantos  mojones  en  el  conocimiento  etnográfico  de  los 
Patagones  del  sur. 

Mientras  no  nos  sea  dado  conocer  esos  capítulos,  seguramente 


163 


escritos,  pues  no  entra  en  el  campo  de  lo  razonable  que  a  una  per- 
sona para  quien  la  pudicicia  y  el  recato  de  la  ?nujcr  patagona  no 
era  óbice  para  saber  que  se  pintaban  el  cuerpo  integramente,  o  que 
se  laceraban  las  piernas  en  expresión  de  duelo,  le  Jiaya  pasado  in- 
advertido, en  los  muchos  meses  de  trato  con  los  indios,  la  entrada 
de  una  niña  a  la  nubilidad,  cosa  que  durante  el  viaje  de  González 
acontecía  cada  dos  o  tres  semanas,  escritos,  repito  cuajados  de  no- 
ticias captadas  por  un  buen  observador,  conformemos  nuestros  de1- 
seos  a  las  posibilidades.  En  rigor,  lo  poco  que  ha  dejado  a  nuestro 
alcance  el  Comité  de  Redacción  es  una  contribución  tan  efectiva 
que  aun  con  verdadero  dolor  por  lo  ocultado,  corresponde  agradecer 
las  migajas  que  han  tenido  la  bondad  de  brindarnos. 

Las  "Maneras  y  costumbres"  son  un  conjunto  orgánico,  publi- 
cado por  razones  editoriales,  en  varios  números  de  la  revista,  pero 
si?i  que  allí  se  adviertan  modificaciones  substanciales  en  lo  expre- 
sado por  Schmid,  aunque  si  muchas  supresiones  que  las  desmerecen. 
Cabe,  sin  embargo,  señalar  el  valor  tan  especial  de  estos  informes. 
Al  igual  que  en  la  casi  totalidad  de  los  cronistas  hasta  el  siglo  xvm 
inclusive,  los  datos  que  se  proporcionan  son  única  consecuencia  de 
las  observaciones,  sin  que  medie  —por  razones  obvias—  manifesta- 
ción alguna  por  parte  de  los  nativos.  Es  decir,  se  ha  visto  y  se  ha 
hecho  relación  de  ello  y,  de  vez  en  cuando,  se  ha  presumido  la  causa 
que  determina  la  acción  pero  sin  intervención  exegética  de  los  pro- 
pios actores.  Como  en  todas  las  cosas  humanas,  tanto  valor  tienen 
los  factores  que  valorizan  esta  situación  de  vidente  sin  habla  como, 
en  su  desmedro,  la  de  describir,  suponiendo,  lo  que  no  ha  sido  mo- 
tivo de  explicación. 

Pero  es  el  caso  que,  sin  entrar  a  discriminar  cuál  es  la  más 
valorable  de  las  situaciones,  conviene  advertir  al  lector  que  el  testi- 
monio de  Schmid  a  este  respecto  es  por  demás  interesante.  Nadie, 
antes  ni  después  de  él,  ha  acumulado  tan  gran  golpe  de  noticias; 
una  que  otra,  la  encontramos  en  el  remoto  Viedma  y,  pocas  más, 
en  el  seductor  relato  de  Musters.  Descartando  la  cantidad  —que  en 
estos  asuntos  no  es  nada  despreciable—  Sclimid  tiene  para  nosotros 
un  mérito  extraordinario  por  cuanto  explaya  y  aumenta  las  infot- 
maciones  de  aquél;  ambos  autores  constituyen  el  eje  alrededor  del 
cual  deben  girar  nuestros  conocimientos  del  indio  Patagón  de  la 
época  ecuestre,  pero  todavía  no  contaminado  con  las  costumbres 
europeas;  desde  ese  punto  de  vista  Musters  nos  muestra  solo  la  faz 
epigonal  de  la  modalidad  indígena:  si  Moreno  hubiera  escrito  con 


164 


criterio  etnográfico,  no  se  podrían  establecer  diferencias;  Lista  y 
Onelli  sin  serlo,  proporcionan  un  cuadro  que  no  desentona  con  el 
del  viajero  inglés.  La  verdad  es  que,  desde  su  época,  el  indígena 
tenía  muy  poco  que  adoptar  de  las  costumbres  'cristianas'  y,  tam- 
bién, muy  poco  que  consewar  de  las  propias:  se  había  llegado  al 
equilibrio  osmótico  cultural.  Musters,  ignora  y  niega  el  mundo 
mítico  de  los  indígenas  que,  en  cambio,  Mendoza,  y  con  posterio- 
ridad Lista,  lo  llegaron  a  conocer  aunque  en  cantidad  tan  reducida 
que  solo  sirve  para  actuar  de  boya  indicadora  de  ese  algo  que  se 
perdió  para  siempre. 

No  hesito  en  manifestar  que  es  con  honda  satisfacción  que  en- 
trego a  los  estudiosos  estas  "Maneras  y  costumbres".  Junto  con 
Viedma,  Schmid  nos  hace  conocer  al  Patagón  que  aún  vivía  su  vida 
en  el  momento  crucial  de  su  cultura  al  adoptar  el  caballo.  Es  el 
binomio  indestructible  donde  basar  nuestras  inferencias  etnográficas. 
Y  habría  de  pasar  más  de  media  centuria  para  que  llegara  el  Piga- 
fetta  de  los  tiempos  modernos,  el  redescubridor  de  la  población 
autóctona,  de  amplio  criterio  científico,  que  no  ha  soslayado  difi- 
cultades y  que  posee  —como  nadie  más—  cuanto  puede  saberse  de 
la  población  aborigen  de  Patagonia:  don  Tomás  Harrington. 

Que  el  ilustre,  modesto  y  noble  anciano  a  quien  dedico  estas 
páginas  de  su  predecesor  en  el  campo  de  la  investigación,  quiera 
admitirlas  como  ofrenda  cordial  de  quien  tanto  lo  aprecia  y  respeta 
y  como  exteriorización  del  hondo  afecto  que  amistosamente  nos  liga. 


165 


The  Voice  of  pity  for  South  America. 
VII,  201-214,  220-232;   London,  1860. 


SUMARIO 


Caria  de  remisión.  —  Estatura  indígena.  —  Corpulencia.  _  Ca- 
racteres fisionómicos.  —  Dentadura.  —  Vestido.  —  Higiene.  — 
Pintura  (acial  y  corporal.  —  Adornos.  —  Falta  de  ideas  reli- 
giosas. —  Entierros.  —  Hospitalidad.  —  A'o  son  caníbales.  — 
Nombre  de  la  entidad.  —  Idiomas  indígenas.  —  El  toldo.  — 
Alimentación.  —  El  lenguaje.  —  Caza.  —  Proclama.  —  El  circu- 
lo de  caza.  —  Repartición  de  la  caza.  —  Obtención  del  juego.  — 
Reservas  de  grasa.  —  Cocción  del  avestruz.  —  Tareas  femeni- 
nas con  la  caza.  —  Traslado  de  campamento.  —  Cuna  de  trans- 
porte. —  Paraderos.  —  La  familia.  —  Médicos.  —  Ceremonias 
fúnebre*.  —  Duelo.  —  í'isitas  de  pésame.  —  Sacrificio  del  ca- 
ballo. —  Tumbas. 


167 


Reverendo  y  Estimado  Señor: 

Me  tomo  la  libertad  de  dirigirme  a  usted  una  vez  más,  insistien- 
do sobre  el  tema  que  ocupa  mi  pensamiento  día  y  noche:  nuestra 
obra  misionera  entre  los  nómades  de  la  Patagonia.  A  través  de  mi 
carta  anterior,  publicada  por  usted  en  la  "Voice  of  Pity",  así  como 
de  las  conversaciones  mantenidas  al  respecto,  se  ha  visto  claramente 
la  bondad  y  la  misericordia  con  que  Nuestro  Señor  Jesucristo,  cuyo 
humilde  siervo  deseo  ser,  se  ha  dignado  protegerme  de  todo  mal  y 
de  cuanto  peligro  me  acechara  entre  esos  indios  primitivos  e  inci- 
vilizados; cómo  dispuso  sus  corazones  en  mi  favor,  haciendo  que 
me  trataran  con  toda  la  consideración  de  que  son  capaces,  en  es- 
pecial durante  los  nueve  meses  en  que  As-caik,  el  noble  y  generoso 
cacique,  vivia  aún.  Ello  fue  obra  del  Señor,  pues  Él  es  quien  tiene 
el  poder  necesario  para  ablandar,  a  su  gusto  y  voluntad,  hasta  los 
corazones  más  duros,  como  son  los  de  estos  salvajes  cazadores.  Mi 
experiencia  tras  de  un  año  de  vida  entre  ellos  me  permite  expresar 
mi  convicción  de  que  Nuestro  Señor  Jesucristo,  cuyo  reino  hemos 
de  predicar  a  todas  las  naciones  y  a  todas  las  razas,  ha  abierto  tam- 
bién la  Patagonia  a  nuestra  obra.  La  seguridad  de  que  no  me  equi- 
voco y  de  contar  con  la  protección  de  Aquél  que  tan  abundante- 
mente dispensa  sus  dones  a  quienes  le  honran  y  ensalzan,  así  como 
la  perspectiva  de  contar  con  la  compañía  y  ayuda  del  señor  Hun- 
ziker,  me  animan  a  continuar  con  júbilo  la  tarea  comenzada,  esto 
es,  la  adquisición  del  idioma  indígena.  Es  este  el  primer  paso  a  dar 
en  la  conquista  de  nuestro  objetivo:  hacerles  conocer  el  amor  de  Je- 
sucristo, Redentor  crucificado  de  todos  los  hombres,  y  la  plenitud 
de  Su  gracia;  la  gracia  que  ha  ganado  tantos  pecadores  encegueci- 
dos y  almas  endurecidas,  convirtiéndolos  en  dóciles  siervos  del  Cor- 
dero. Es  triste  y  lamentable  que  la  Iglesia  Cristiana  demuestre  tan 
poca  preocupación  por  estos  oscuros  y  desamparados  vagabundos 


169 


que,  bien  mirado,  no  son  peores  que  tantos  otros;  la  experiencia  me 
autoriza  a  afirmarlo.  La  Iglesia  ha  realizado  enormes  esfuerzos  por 
llevar  el  Reino  de  Dios  y  de  Cristo  a  casi  todos  los  pueblos  y  rinco- 
nes del  mundo;  pero  pocos  son  los  fieles  que  dedican  su  energía,  sus 
recursos  y  sus  oraciones  a  incorporar  a  ese  Reino  el  vasto  territorio 
de  la  Patagonia.  Dice  el  Padre  Todopoderoso  en  el  Salmo  II,  8: 
"Pídeme,  y  te  daré  por  heredad  todas  las  gentes,  y  por  posesión  te 
daré  hasta  el  último  confín  de  la  tierra".  En  esta  promesa  debemos 
encontrar,  ciertamente,  un  enorme  estímulo  para  orar  y  trabajar 
por  el  éxito  de  nuestra  obra  misionera.  Es  hora  que  los  amigos  del 
Reino  Celestial  despierten  de  la  indiferencia  y  apatía  que  demues- 
tran hacia  el  trabajo  de  nuestra  Sociedad;  es  hora  que  apoyen  de- 
cididamente a  quienes  dirigen  nuestra  obra  desde  la  metrópoli,  así 
como  a  los  que  han  emprendido  su  cumplimiento  en  campaña.  La 
puerta  se  nos  ha  abierto;  los  indios  se  sienten  honrados  de  tener 
europeos  consigo  y,  sin  lugar  a  dudas,  continuarán  siendo  amigos 
dignos  de  confianza  si  nosotros  nos  mantenemos  fieles  a  nuestras 
promesas.  Cierto  es  que  no  se  percibe  entre  los  nativos  el  menor  in- 
terés por  compenetrarse  de  las  cosas  divinas,  pues  sus  mentes  son 
demasiado  incultas  para  comprender  la  necesidad  de  cualquier  cla- 
se de  instrucción,  mucho  menos  de  las  bendiciones  que  ella  trae. 
Tampoco  abandonarán  sus  costumbres  nómades,  principal  obstáculo 
que  se  interpone  en  toda  tentativa  de  enseñarles  algo  de  una  ma- 
nera sistemática,  mientras  no  se  consiga  inculcarles  las  ventajas  del 
cristianismo  y  la  civilización.  Pero  si  bien  ha  de  estar  dispuesto  a 
compartir  sus  hábitos  errantes  quien  desee  vivir  con  ellos,  a  fin  de 
familiarizarse  con  su  lenguaje  y  costumbres,  ello  no  obsta  para  que 
tratemos  de  educar  a  algunos,  por  lo  menos  a  los  que  muestren  de- 
seos de  aprender,  hasta  tanto  la  Sociedad  pueda  tomar  las  medidas 
conducentes  al  establecimiento  de  una  sede  permanente,  ya  sea  en 
la  isla  Elizabeth,  en  el  estrecho,  ya  en  la  tierra  firme;  pues  no  dudo 
que  los  indios,  después  de  cierto  tiempo,  nos  confiarían  la  educa- 
ción de  sus  hijos.  Podrá  parecemos  ésta  una  tarea  ardua  y,  por  aho- 
ra, llena  de  dificultades;  pero  si  tal  es  la  voluntad  de  Dios,  ella  se 
cumplirá  a  corto  plazo,  quizá  más  corto  y  en  mejores  condiciones 
de  lo  que  esperamos  que  ésta  sea  pronto  una  realidad  y  que  el  nom- 
bre de  Jesús  sea  proclamado  y  venerado,  es  el  sincero  deseo  de 

Su  Humilde  Siervo 

Thcoph.  Schmid. 


170 


De  acuerdo  con  la  promesa  formulada  en  mi  diario,  adjunto 
a  esta  un  bosquejo  de  las  maneras  y  costumbres  de  los  indios  de  la 
Patagoñia,  con  los  cuales  quiso  Dios  que  viviera  y  viajara  durante 
doce  meses  *.  Hago  esto  tan  solo  a  título  de  información  para  los 
amigos  de  nuestra  Misión,  cuyos  esfuerzos,  desvelos  y  oraciones  se 
han  unido  a  fin  que  en  esta  tierra  desamparada  se  dé  a  conocer  el 
nombre  de  Jesucristo,  Señor  del  Universo,  ante  el  que  todos  debe- 
mos prosternarnos.  Como  es  tan  poco  lo  que  se  sabe  en  general,  so- 
bre estos  indígenas,  comenzaré  por  describir  su  estatura  y  aspecto. 

Muchos  creen  aún  que  los  Patagones  son  verdaderos  gigantes  de 
seis  a  ocho  pies  de  altura  y  a  menudo  se  me  ha  preguntado  si  eso 
es  verdad.  Pues  bien;  se  ha  exagerado  a  este  respecto,  aunque  puede 
considerárselos  altos,  teniendo  en  cuenta  que  la  estatura  media  de 
los  hombres  oscila  alrededor  de  5  pies  9  i/2  pulgadas,  en  medidas 
inglesas.  Caile,  el  Cacique,  mide  unos  6  pies  2  pulgadas;  Watchy  era 
algo  más  alto  todavía.  Las  mujeres  son,  por  lo  general,  bajas;  la 
mayoría  no  excede  de  5  pies  y  una  o  dos  pulgadas,  aunque  algunas 
son  verdaderamente  altas,  llegando  a  5  pies  y  ocho  pulgadas  -. 
Ambos  sexos  son  fornidos  y  más  bien  gruesos,  aunque  no  al  punto 
de  parecer  desagradables;  su  aspecto  es,  por  cierto,  muy  superior 
al  de  lo  miserables  y  semi-famélicos  fueguinos.  De  color  cobrizo, 
tanto  niños  como  adultos  denotan  buena  salud  y  poseen  mejillas 
rosadas.  La  cabeza  es  pequeña  3,  con  cabello  negro,  grueso  y  largo; 
la  frente  baja  y  huyente;  ojos  pequeños,  pero  brillantes  y  angulo- 
sos; la  cara  ancha  y  la  nariz  a  menudo  aquilina,  más  comúnmente 
chata;  boca  generalmente  grande  y  de  labios  gruesos,  aunque  no 
siempre.  Los  hombres  no  usan  barba;  tan  pronto  como  aparece  un 
pelo,  lo  arrancan  con  el  cuchillo.  En  muchos  casos,  especialmente 
entre  hombres  y  mujeres  jóvenes,  se  depilan  las  cejas  como  arti- 
ficio de  belleza. 

Cualquiera  sea  su  edad  y  sexo,  tienen  siempre  dentadura  sana 
y  pareja;  los  dientes  de  los  jóvenes  son  realmente  hermosos  y  tan 
blancos,  o  más,  que  si  se  los  limpiaran  con  cualquier  polvo4.  Sus 
cuerpos  son  largos,  con  extremidades  cortas,  porque  a  caballo 
parecen  muy  altos  5. 

La  vestimenta  más  común,  a  la  vez  que  la  más  primitiva,  con- 
siste en  una  capa  hecha  con  pieles  de  guanacos  jóvenes G,  blandas 
y  suaves,  con  la  que  se  cubren  del  cuello  a  los  tobillos.  También 
usan  pieles  de  zorrinos,  aunque  esto  es  menos  común  debido  a  la 
gran  cantidad  de  cueros  que  se  precisan  para  hacer  una  capa  de 
hombre:  cincuenta  y  dos.  No  faltan  tampoco  las  de  piel  de  liebre7; 


171 


pero,  según  dicen,  sólo  se  las  puede  conseguir  al  norte  del  río  San- 
ta Cruz.  Hombres  y  mujeres  visten  igual,  pues  la  capa  es  la  misma; 
la  diferencia  radica  en  el  modo  de  usarla:  los  hombres  las  sostienen 
con  las  manos,  para  evitar  que  se  caiga,  pero  las  mujeres  las  ase- 
guran sobre  el  pecho  mediante  dos  alfileres  de  bronce,  agujas  de 
acero  o  broches  de  madera  8.  Las  jóvenes,  aunque  sean  casadas,  usan 
las  primeras  cuando  no  están  de  luto;  las  viejas  deben  contentarse 
con  los  broches  de  madera.  Cada  alfilar  tiene  unas  cinco  pulgadas 
de  largo,  achatada  y  con  un  agujero  en  la  punta,  por  el  que  pasa  una 
ristra  de  cuentas  de  colores  (prefieren  las  rojas  y  celestes) ,  y,  si  los 
tienen,  aseguran  dos  o  tres  dedales  contra  el  agujero  9.  En  raros  casos, 
usan  para  esto  un  disco  de  plata,  afinado  a  martillazos  y  a  veces 
grande  como  un  platillo.  Clavan  los  alfileres  horizontalmente  a  tra- 
vés de  la  capa,  separados  entre  sí  unas  cinco  pulgadas;  cualquier 
cosa  que  sobresalga,  como  dedales  y  otras  chucherías,  quedan 
colgando. 

Cuando  andan  a  caballo,  hombres,  mujeres  y  niños  usan  botas, 
confeccionadas  con  cuero  de  pata  de  caballo  o  de  guanaco,  atándo- 
las con  tientos  debajo  de  la  rodilla  10.  Al  llegar  al  campamento,  se 
sacan  las  botas  cuanto  antes  y  andan  descalzos,  invierno  y  verano. 
Los  hombres  usan(  además,  un  taparrabo  de  paño,  ya  vayan  a  ca- 
ballo o  pasen  una  tarde  tomando  coñac;  lo  aseguran  al  cuerpo  con 
un  cinturón  de  cuero,  a  veces  adornado  con  hebillas  de  plata  o  de 
bronce  u.  No  existe  el  sombrero;  una  vincha  o  un  pañuelo  sirven 
para  asegurar  sus  largas  cabelleras.  Les  gusta  tener  gorras  y,  en  tales 
casos,  las  llevan  puestas  todo  el  tiempo  posible.  Sienten  gran  predi- 
lección por  las  camisas,  que  usan  en  los  días  fríos,  porque  cuando 
arrojan  las  boleadoras,  al  cazar  un  guanaco,  se  les  cae  la  capa  y  sus 
cuerpos  desnudos  quedan  expuestos  al  viento. 

No  puede  decirse  que  el  tocado  de  mis  amigos  patagónicos  sea 
muy  minucioso,  aunque  el  agua  abunda  y  sobran  los  motivos  para 
uso  de  ella.  Lavarse  bien  es  una  precaución  saludable,  aparte  de 
la  sensación  de  bienestar  que  ello  trae;  pero  los  indios  no  están  de 
acuerdo  con  nosotros  a  este  respecto,  pues  no  creen  necesario  tener 
las  caras  o  las  manos  limpias.  No  todos  piensan  lo  mismo,  por  cier- 
to, pues  hay  algunos  que  parecen  relativamente  aseados;  a  veces  se 
lavan  la  cara  y  luego  se  la  pintan  con  tierra  (roja,  parda  o  negra) 
mezclada  con  grasa,  simulando  un  dibujo  en  forma  de  corazón; 
otros,  especialmente  los  jóvenes,  se  pintan  dos  rayas  horizontales  que 
atraviesan  nariz  y  mejillas  y  otra  alrededor  de  la  boca  12.  Una  que  otra 
vez  se  lavan  las  manos,  por  excepción  los  brazos.  Las  mujeres  se 


172 


peinan  a  diario,  dividiendo  el  cabello  al  medio  y  dejándolo  suelto 
o  trenzándolo.  A  ellas  corresponde,  asimismo,  la  obligación  de  aci- 
calar a  los  hombres.  El  peine  está  hecho  con  un  pasto  duro  y  seco, 
que  unen  a  la  manera  de  un  pincel 13.  Como  fijador  sirve  la  grasa  de 
avestruz  o  de  cualquier  otra  procedencia.  Finalmente,  se  embadur- 
nan el  cuerpo  con  un  barro  blanco,  pintándose  los  hombres  el  pe- 
cho, hombros  y  brazos  en  franjas  y  las  mujeres  todo  el  cuerpo  14. 

Además  de  los  alfileres  de  bronce,  cuentas  y  otros  ornamentos 
mencionados,  las  mujeres  gustan  ponerse  pulseras  y  tobilleras  de 
igual  naturaleza.  Con  las  mismas  cosas  adornan  algunos  sus  montu- 
ras, agregándoles  botones;  lo  mismo  hacen  con  unos  anchos  cintu- 
rones,  que  confeccionan  con  cuero  sobado.  A  las  trenzas  suelen  atarse 
ristras  de  cuentas  azules;  otros  pasan  su  tiempo  fabricando  unos  es- 
tuches para  guardar  espejos,  pegándoles  en  la  tapa  botones  de  bron- 
ce, cuentas  y  dedales,  que  cuelgan  de  los  bordes  y  producen  un 
retintín  al  moverlos.  Aros  de  plata,  de  tamaño  y  forma  muy  variada, 
constituyen  el  adorno  favorito  de  hombres,  mujeres  y  niños  por 
igual,  cuando  los  consiguen;  no  es  raro  tampoco  ver  a  los  hombres 
usando  collares  de  cuentas  de  diversos  colores. 

Estos  indios  son  dignos  del  esfuerzo  que  realiza  nuestra  Sociedad 
con  su  obra  misionera.  No  poseen  un  entendimiento  desarrollado  en 
lo  que  respecta  a  religión;  Dios  —el  Supremo  Hacedor  de  todo  lo 
creado—  es  para  ellos  un  desconocido.  Tampoco  mantienen  culto  al- 
guno ni  se  preocupan  por  la  existencia  de  un  Ser  Supremo.  Los  he 
observado  atentamente,  tratando  de  descubrir  algún  rastro  de  ce- 
remonia religiosa  en  sus  actos,  pero  sin  llegar  a  identificar  nada 
que  pueda  considerarse  como  tal.  Sin  embargo,  a  juzgar  por  ciertos 
ritos,  muy  curiosos,  que  practican  al  morir  y  sepultar  a  un  muerto 
(me  refiero  a  la  costumbre  de  matar,  por  lo  menos,  un  caballo  y 
todos  los  perros  del  difunto,  a  manera  de  sacrificio) ,  creo  que  no 
están  del  todo  desprovistos  de  creencias  acerca  de  una  vida  futura; 
más  aún,  les  he  visto  enterrar  con  el  cadáver  una  cantidad  de  objetos 
destinados,  evidentemente,  a  un  supuesto  uso  en  el  más  allá.  Cuando 
muere  un  hombre,  entierran  con  él  un  cuchillo  elegido,  una  hoja 
de  lanza,  herramientas  de  metal,  etcétera.  En  la  sepultura  de  una 
niña  de  unos  dieciséis  años,  colocaron  alrededor  de  la  almohada  en 
que  yacía  su  cabeza  una  pava,  platillos,  monedas,  un  cortaplumas, 
tijeras,  hilos  de  coser  y  muchas  otras  chucherías.  Pregunté  a  una 
de  las  mujeres  si  luego  sacarían,  poco  a  poco,  las  cosas  que  iban 
poniendo  en  la  tumba  y  me  respondió:  "No;  quedan  allí  para  siem- 
pre". Es  muy  grande  el  respeto  que  demuestran  hacia  el  desapa- 


173 


recido;  envuelven  el  cadáver  en  un  cuero  seco  de  caballo  y  lo  depo- 
sitan con  gran  cuidado  y  solemnidad  en  su  última  morada.  Los 
lamentos  que  acompañan  a  todo  esto  suelen  ser  muy  conmovedores 
y  el  ruido  que  producen  en  sus  manifestaciones  de  dolor  puede 
oírse  desde  lejos.  Hasta  los  hombres  menos  dados  a  la  expresión 
de  sus  emociones  saben  dar  rienda  suelta  a  su  pesar  cuando  pierden 
algún  pariente  cercano,  llorando  como  niños.  En  general,  son  bue- 
nos y  tolerantes  entre  sí  y  con  los  extraños;  me  han  dado  muchas 
pruebas  de  su  bondad  durante  mis  andanzas  con  la  tribu,  especial- 
mente As-caik,  el  Cacique  con  quien  yo  vivía,  muerto  hace  ya  varios 
meses  ir\  Su  sentido  de  hospitalidad  es  muy  marcado;  no  vacilan  en 
ofrecer  al  extraño  y  al  necesitado  el  abrigo  de  su  toldo  y  el  uso 
de  sus  provisiones.  En  cierta  oportunidad,  unos  marineros  de  la 
Colonia  que  regresaban  a  pie  del  lugar  en  que  naufragó  la  Anne 
Baker,  buque  que  comandara  el  capitán  Gibson,  dirigiéndose  a 
Punta  Arenas,  no  tenían  comida  y  les  quedaba  aún  mucho  por 
andar,  hallándose  cansados  y  hambrientos.  Ni  bien  oyó  As-caik  que 
se  encontraban  cerca  de  la  costa,  buscando  dónde  pasar  la  noche 
v  cómo  pudieran,  me  consultó  sobre  lo  que  convenía  hacer;  pero 
él  ya  había  decidido  ir  con  sus  hermanos  al  campamento  de  los 
necesitados  y  traerlos  a  la  toldería,  para  darles  comida  y  alojamien- 
to hasta  que  pudieran  continuar  la  marcha.  Pidió  a  dos  o  tres  ami- 
gos que  le  acompañaran,  llevando  cada  uno  un  caballo  de  más 
para  conducir  a  los  marineros;  rápidamente  dieron  caza  a  los  caba- 
llos y  As-caik,  Caile  y  otros  dos  hombres  se  pusieron  en  camino, 
dispuestos  a  cumplir  su  hospitalaria  misión.  Entretanto,  la  mujer 
de  As-caik  y  dos  esposas  de  Caile  animaron  el  fuego  y  se  pusieron 
a  preparar  una  olla  de  arroz,  deseando  tener  todo  listo  para  cuando 
llegaran,  cosa  que  ocurrió  ya  muy  tarde  en  la  noche.  Demostraron 
gran  alegría  al  ver  la  satisfacción  y  gratitud  con  que  los  recién 
llegados  hicieron  honor  al  plato  de  comida  que  les  esperaba.  ¿No 
son  altamente  promisorios  esos  sentimientos  de  mis  amigos?  ¿No  es 
ésta  una  prueba  de  que  hasta  entre  las  más  rudas  y  primitivas  cria- 
turas del  Señor  se  puede  hallar  bondad  y  hospitalidad?  Tras  de  lo 
que  acabo  de  relatar  y  haber  vivido  con  esta  gente  durante  doce 
meses,  puede  verse  que  por  parte  de  los  indios  no  existen  obstáculos 
a  la  entrada  en  su  seno  del  europeo;  sólo  se  requiere  estar  dispuesto 
a  sacrificar  las  comodidades  en  lo  relativo  a  comida,  alojamiento 
y  otras  condiciones  de  vida.  Los  indios  tratarán  bien  a  quien  se  les 
acerque  y  sabrán  respetar  la  persona  y  la  propiedad;  al  menos  eso 
es  lo  que  han  hecho  conmigo.  Pero  no  hay  que  hacerles  esperar  la 


174 


recompensa  cuando  se  les  ha  prometido  algo;  a  ese  respecto  son 
como  niños  y  quieren  ver  la  palabra  y  el  hecho  seguirse  sin  dila- 
ciones: la  promesa  es  una  deuda  y  hay  que  cumplirla  de  inmediato. 

Lo  dicho  hasta  aquí  demuestra,  a  mi  entender,  la  posibilidad 
que  el  europeo  pueda  radicarse  entre  ellos,  y  algo  más:  la  relativa 
facilidad  con  que  podría  comenzarse  a  educar  la  nueva  generación; 
digo  esto  en  base  a  que  dos  muchachos  y  un  adulto  me  han  demos- 
trado, en  distintas  ocasiones,  su  voluntad  y  deseo  de  aprender  a  leer 
y  escribir.  A  menudo  me  observaban  con  atención  mientras  escribía 
mi  diario  y  recopilaba  frases  de  su  idioma  y,  varias  veces,  el  hombre 
trató  de  imitar  mi  escritura,  con  bastante  éxito,  en  una  libreta  que 
llevo  siempre  conmigo. 

No  creo  necesario  decir  más  para  desmentir  la  afirmación  que 
son  caníbales,  como  muchos  creen;  hasta  en  el  libro  "Los  Gigantes 
de  la  Patagonia"  1(i  puede  leerse  que  los  indios  se  aprestaron  a  matar 
al  autor,  con  el  fin  de  comérselo.  Sólo  puedo  agregar  que  tal  cosa 
es  increíble;  descuento  la  sorpresa  y  la  repugnancia  que  ellos  mis- 
mos demostrarían  si  vieran  hacer  eso.  Tienen  comida  en  abundancia 
y  no  sienten  la  menor  necesidad  ni  inclinación  hacia  el  consumo 
de  carne  humana.  Nunca  he  oído  que  uno  de  ellos  muriera  por 
falta  de  alimento;  ni  son  tan  perezosos  o  desconsiderados  como  para 
dejar  de  buscarse  el  sustento  y  el  de  los  suyos  mediante  la  caza, 
excepto  cuando  se  encuentran  alcoholizados,  cosa  que  a  veces  dura 
varios  días.  Muchas  veces  les  oí  decir:  "Los  niños  tienen  hambre; 
voy  a  cazar".  No  transcurre  un  día  sin  que  reciban  el  pan  cotidiano 
de  manos  de  Aquel  que  vela  constantemente  por  todos  nosotros. 
La  tribu  con  que  yo  vivía  se  llama  a  sí  misma  Tsoneca;  por  infor- 
maciones que  pude  recoger  y  por  observación  personal,  no  han  de 
ser  más  de  450  ó  500  sus  miembros.  Hablan  un  idioma  propio,  dis- 
tinto del  que  usan  otras  tribus  vecinas.  Según  me  han  dicho  algunos 
amigos  indios,  hay  otras  cuatro  tribus  entre  Santa  Cruz  y  Río  Negro, 
cada  una  con  su  lengua.  Tampoco  se  parece  el  idioma  Isoneca  a 
las  lenguas  fueguinas  o  araucana.  No  sólo  he  podido  confeccionar 
un  vocabulario,  sino  que  he  logrado  captar  algunas  de  sus  caracte- 
rísticas. Para  designar  los  artículos  que  reciben  de  los  europeos,  han 
asimilado  el  nombre  español,  como  pan  17,  azúcar,  etc.  Unos  cuantos 
hablan  algo  de  español  y  dos  o  tres  han  aprendido  un  poco  de 
inglés;  todos  conocen  bien  los  juramentos  que  usan  los  marineros 
británicos. 

Siendo  esencialmente  nómades,  estos  indios  no  se  adaptan  a  la 
vida  en  ciudades  o  aldeas;  llevan  sus  toldos  consigo  dondequiera 


175 


que  vayan  a  acampar.  El  toldo  consta  de  un  cierto  número  de  palos 
(entre  nueve  y  dieciocho,  según  el  tamaño  de  la  vivienda)  de  lon- 
gitud variable  entre  ocho  y  cuatro  pies  18.  Los  clavan  en  el  suelo  de 
manera  muy  regular,  colocándolos  en  tres  hileras;  la  del  medio, 
que  constituye  el  principal  sostén,  se  clava  primero,  siguiendo  luego 
la  tercera,  que  sostiene  la  parte  posterior;  estos  son  los  palos  más 
cortos  y  sobre  ellos  se  apoyan  otros,  transversales,  sobre  los  que 
descansa  la  cubierta.  Luego  vienen  los  más  largos,  que  ponen  al 
frente.  Una  vez  dispuestos  todos  los  palos,  extienden  sobre  ellos 
una  cubierta,  generalmente  hecha  con  cueros  de  guanacos  adultos 
y  fuertemente  unidos  con  costuras;  la  estiran  hasta  cubrir  todos 
los  palos,  con  el  pelo  hacia  afuera  y  asegurada  a  los  palos  frontales 
con  correas;  la  parte  posterior  es  fijada  al  suelo  con  estacas.  Una 
vez  levantado  y  asegurado  el  toldo,  presenta  la  forma  de  un  medio 
cono;  queda  siempre  abierto  al  frente,  que  mira  al  este,  pues  el 
viento  predominante  es  del  oeste.  Luego  siguen  las  cargas  traídas 
por  los  demás  caballos  y  que  pertenecen  a  la  misma  familia:  mantas, 
alfombras,  pieles  de  guanaco,  bolsas  con  los  surtidos  más  variados, 
como  cuentas,  jabón,  cuchillos  .  . .  todo  lo  que  consiguieron  en  el 
último  naufragio  y  que  va  a  repartirse  periféricamente  en  el  interior 
del  toldo,  a  fin  de  hacer  un  reparo  contra  el  viento  que,  de  otro 
modo,  entraría  por  los  bordes.  Con  mantas,  alfombras  o  paños  de 
cualquier  clase  y  tamaño  dividen  esta  habitación  en  compartimen- 
tos; el  espacio  cubierto  por  cada  uno  es  proporcional  al  número 
de  sus  ocupantes.  El  dormitorio,  usado  simultáneamente  como  cuar- 
to de  vestir,  sala  y  taller,  va  desde  la  segunda  hilera  de  palos  hasta 
casi  la  parte  posterior,  disponiéndose  las  camas  de  tal  manera  que 
la  persona  acostada  apoya  los  pies  contra  los  bultos  que  forman 
el  equipaje.  La  cama  es  un  cuero  seco  de  caballo,  sobre  el  que  se 
apilan  mantas  y  frazadas,  haciendo  de  almohada  una  bolsa  llena 
con  lana  de  guanaco  19.  Los  sitios  vacíos  se  usan  para  reunión,  pin- 
tando algunos,  cosiendo  mantas  otros,  o  bien,  para  jugar  a  los 
naipes.  No  todas  las  familias  pueden  permitirse  el  lujo  de  tener 
un  toldo;  a  menudo  deben  compartir  uno  entre  dos  o  más.  Suelen 
juntar  varios  toldos,  de  modo  que  la  habitación  resultante  parece 
una  sola,  ocupada  por  seis  u  ocho  familias  20.  Aquellos  que  no  poseen 
toldo  propio  y  deben  vivir  en  casa  ajena,  no  pagan  alquiler  alguno; 
pero  las  mujeres,  en  quienes  recae  la  tarea  de  armar  y  mantener 
arreglado  el  campamento,  deben  entonces  ayudar  en  todos  esos 
quehaceres,  bastante  pesados  cuando  el  suelo  se  halla  congelado21. 
En  tiempo  muy  frío  y  lluvioso,  agregan  por  fuera  del  toldo  otra 


176 


cubierta,  a  manera  de  sobrecarpa,  que  aseguran  a  su  vez  con  palos. 
Para  esto  echan  mano  de  velas  sacadas  de  algún  buque  naufragado, 
bayeta  o  cualquier  otro  paño  de  lana.  Cuando  se  traslada  el  campa- 
mento, bajan  la  cubierta,  la  doblan  y  la  colocan  sobre  el  lomo  del 
caballo,  atando  los  palos  a  dos  cabrestillos  laterales. 

El  alimento  principal  de  estos  aborígenes  es  la  carne  de  guanaco 
y  avestruz;  pero  no  desdeñan  la  de  puma  o  de  zorrino  si  está  gorda. 
La  carne  de  caballo  es  muy  apreciada  y  se  reserva  para  ocasiones 
especiales,  como  el  nacimiento  de  un  niño  o  la  muerte  de  algún 
miembro  de  la  tribu.  Generalmente  la  comen  asada,  usando  para 
ello  un  asador  de  hierro  o  una  horqueta  de  madera,  que  extienden 
sobre  el  fuego  oblicuamente,  clavándola  en  el  suelo;  algunos  trozos 
son  hervidos  en  cacerolas.  Si  en  el  campamento  hay  carne  en  Srfe^rr- 
dancia,  cortan  los  cuartos  traseros  en  lonjas  largas  y  delgadas,  col- 
gándolas de  un  palo  a  secar22;  ésta  es  tarea  de  las  viejas.  La  carne 
así  secada  se  asa  lo  mismo  que  la  fresca  y  se  come  con  grasa  de 
avestruz,  o  bien  se  machaca  sobre  una  piedra  hasta  tornarla  blanda 
y  fibrosa  y  se  sirve  mezclada  con  grasa  de  avestruz;  para  esto  no  es 
necesario  usar  platos  limpios,  sino  dedos  sucios.  Es  enorme  la  can- 
tidad de  grasa  que  consumen  y  sólo  en  caso  de  extrema  necesidad 
se  resignan  a  comer  carne  flaca. 

Son  muy  adictos  al  arroz,  porotos,  harina  y  bizcochos,  que  ob- 
tienen en  sus  viajes  a  la  Colonia  y  comen  hervidos  en  ollas.  Saben 
hacer  pequeños  panes  cocinados  sobre  las  cenizas,  que  comen  con 
azúcar  cuando  la  tienen  23.  Les  agrada  mucho  cuanto  sea  dulce.  Nunca 
comen  pescado24,  así  sea  el  mejor  salmón,  pero  sí  ostras  y  mejillones 
como  variación  25.  También  suelen  comer  crudas  algunas  raíces,  la 
hoji  de  diente  de  león  y  frutillas  silvestres  como  el  arándano  y  la 
zarzamora  2G. 

No  existen  horas  fijas  para  las  comidas,  excepto  en  los  meses  de 
invierno,  cuando  se  sientan  alrededor  de  un  fuego,  que  encienden 
al  anochecer;  mientras  se  preñara  la  cena,  pasan  las  horas  charlan- 
do, comentando  lo  ocurrido  durante  la  cacería  y  otros  temas  27.  Un 
cuarto  delantero  v  costillar  de  guanaco  constituve  H  comida;  cuan- 
do está  semicocida  28,  la  dividen  en  porciones  y  reparten  una  costilla 
a  cada  miembro  de  la  familia  o  visitante.  Si  hav  suficiente  leña, 
encienden  el  fuego  por  la  mañana  temprano  y  se  calientan  mientras 
preparan  el  asado;  si  no  hay,  lo  mismo  cocinan,  usando  el  fuego  de 
un  vecino  y  sin  molestarse  a  pedir  permiso.  De  las  dos  comidas  dia- 
rias, la  principal  es  la  cena.  Debo  hacer  notar  que  en  cuanto  a  la 
hora  de  acostarse  y  levantarse,  no  observan  la  costumbre  de  otros 


177 


salvajes  ele  guiarse  por  el  sol,  sino  que  se  aproximan  a  la  rutina  del 
hombre  civilizado. 

El  lenguaje  de  los  Patagones  no  se  asemeja  a  ninguno  de  los 
idiomas  indígenas  conocidos.  Presenta  un  sonido  |muy  gutural 
a  los  oídos  de  un  inglés,  pero  no  es  difícil  representarlo  en  nuestro 
alfabeto  fonético.  Algunos  hablan  un  poco  de  español  y  tres 
de  ellos  se  jactan  de  saber  el  inglés,  especialmente  Pedro-Silbo29; 
pero  su  inglés  no  coincide  con  el  mío,  pues  no  consigo  hacerle 
entender  la  pregunta  más  sencilla.  Por  lo  visto,  no  hay  en  su 
idioma  palabras  para  "Dios",  "alma",  "reino",  "creencia",  "ala- 
bar", o  cualquier  otro  término  abstracto. 

La  principal  ocupación  de  los  hombres  es  la  caza,  de  la  que 
depende  el  sustento  diario  —guanacos  y  avestruces.  No  tienen  día 
fijo  para  cazar;  salen  cuando  se  está  terminando,  o  se  ha  agotado 
totalmente,  la  provisión  de  carne.  Deciden,  entonces,  cumplir  con 
su  obligación  una  vez  más;  un  grupo  de  hombres,  cuando  nó 
casi  todos  ellos,  se  apresta  a  renovar  las  provisiones. 

A  veces  el  que  hace  de  Cacique  lanza  una  proclama  verbal 
a  sus  hombres,  invitándoles  a  salir  en  busca  de  comida.  Parado 
frente  a  su  toldo,  en  voz  muy  alta  y  con  una  entonación  particu- 
lar, les  ordena  ir  por  caballos,  recordándoles  su  obligación  de 
colaborar  todos  y  la  dirección  en  que  deben  salir.  A  través  de  su 
discurso,  puede  advertirse  que  repite  muchas  frases  dos  veces  y,  tras 
de  proferir  una  serie,  hace  una  pausa  antes  de  reanudar  la  arenga  30. 
Nadie  presta  la  menor  atención  al  orador,  pues  todos  siguen 
charlando  o  haciendo  otra  cosa. 

Luego  comienza  a  notarse  cierta  actividad;  rodean  los  caba- 
llos, los  enlazan  v  ensillan  lentamente,  mientras  que  aquellos  que 
aún  no  han  decidido  si  van  a  salir  o  a  quedarse  andan  de  un  lado 
para  otro,  haciendo  tiempo.  Siempre  hay  un  cierto  número  de 
verdaderos  holgazanes  que  prefiere  vivir  del  trabajo  ajeno,  en  lugar 
de  poner  en  juego  su  fuerza  y  destreza.  Además  de  botas  y  espue- 
las, el  cazador  lleva  un  corto  rebenque  para  animar  a  su  caballo 
cuando  echa  a  correr  detrás  de  un  guanaco  o  un  avestruz31.  Sus 
armas  son  dos  juegos  de  boleadoras,  uno  para  cazar  guanacos  y  otro 
para  avestruces;  el  primero  consta  de  tres  bolas,  generalmente  de 
plomo  ¿algunas  veces  de  piedra) ,  cubiertas  con  cuero  y  unidas 
mediante  una  correa  resistente;  el  segundo  lleva  sólo  dos,  más 
pequeñas  y  livianas.  Así  equipados,  los  cazadores  salen  en  grupos 
de  dos  o  tres;  cuando  se  han  alejado  del  campamento  como  una 
milla,  se  reúnen  al  reparo  de  un  arbusto,  encienden  un  fuego  si 


178 


la  temperatura  lo  exige,  se  calientan  y  fuman  una  pipa.  Entonces 
el  Cacique,  o  jefe  de  la  cacería  8*,  da  instrucciones  a  sus  subditos, 
que  vuelven  a  dispersarse  en  grupos  de  dos  o  tres  en  distintas 
direcciones,  pero  siempre  de  modo  que  llegan  al  mismo  tiempo 
al  lugar  donde  deben  hallarse  los  guanacos.  Si  encuentran  una 
tropilla  inesperadamente  (cosa  que  suele  suceder  en  terreno  que- 
brado) ,  arrojan  las  boleadoras  a  diestra  y  siniestra,  logrando 
a  menudo  matar  dos  o  tres  guanacos  cada  uno  en  una  sola  cacería. 
Los  animales,  claro  está,  se  dispersan  en  todas  direcciones,  pero 
vuelven  a  ser  interceptados  dondequiera  que  vayan;  es  común  ver 
a  uno  de  ellos  correr  en  línea  recta  al  ser  perseguido,  aunque 
delante  de  él  y  a  corta  distancia  se  halle  otro  cazador  y  pudiera 
escapar  doblando,  repentinamente,  a  la  derecha  o  a  la  izquierda. 
Son  animales  muy  ariscos,  siempre  alerta  a  la  espera  de  posibles 
enemigos;  si  bien  algunos  se  dejan  acercar  bastante,  los  más  suelen 
salir  a  la  carrera  apenas  ven  un  jinete,  aunque  sea  a  gran  distan- 
cia. Andan  solos  o  en  parejas,  a  veces  en  grupos  de  seis  y  a  menudo 
en  manadas  de  veinte  a  cincuenta.  Si  el  indio  ve  un  guanaco  a  la 
distancia  y  éste  no  se  acerca  hasta  colocarse  a  tiro,  no  se  preocupa 
por  perseguirlo;  espera  a  que  llegue  la  oportunidad  propicia  y,  de 
no  presentársele,  vuelve  al  campamento  con  las  manos  vacías. 
Suele  ocurrir  que  los  cazadores,  o  la  mayoría  de  ellos,  regresa  a  la 
toldería  sin  haber  dado  caza  a  un  solo  animal,  por  ser  escasos 
en  la  zona  o  porque  no  los  tuvo  bastante  cerca  como  para  perse- 
guirlos. No  es  raro  ver  que  un  guanaco,  acosado  por  un  hombre, 
caiga  en  manos  de  otro  que  estaba  presenciando  la  maniobra 
u  oyó  los  gritos  del  perseguidor;  entonces  prepara  las  boleadoras, 
que  llevaba  atadas  a  la  cintura  y,  haciéndolas  girar  sobre  la  cabeza, 
las  arroja  contra  el  fugitivo.  Es  regla  entre  los  nativos  que  quien 
se  halle  más  cerca  a  la  presa  la  derribe,  pero  no  la  mate;  si  acierta 
(cosa  que  no  siempre  sucede) ,  tiene  derecho  a  quedarse  con  los 
dos  cuartos  delanteros,  considerados  como  la  mejor  parte;  el  perse- 
guidor, en  cambio,  recibe  los  dos  cuartos  traseros 33.  Jamás,  bajo 
ninguna  circunstancia,  se  apartan  de  la  ley  y  nunca  se  suscitan 
altercados  por  cuestiones  de  caza.  Si  el  animal  tiene  cría  consigo, 
el  perseguidor  se  queda  con  ella  34.  Cuando  se  le  ha  derribado  con 
las  boleadoras  (las  que,  dicho  sea  de  paso,  arrojan  al  pescuezo, 
de  manera  que  la  parte  colgante  se  enrolle  en  las  patas  delanteras) , 
el  cazador  se  apresura  a  degollarlo  y,  me  complazco  en  decirlo,  lo 
hace  con  la  mayor  rapidez  posible.  Si  el  tiempo  no  es  muy  frío, 
lo  cortan  en  pedazos  allí  mismo,  colocándolos  sobre  la  montura; 


179 


de  lo  contrario,  atan  el  cadáver  a  la  cola  del  caballo  con  las  bolea- 
doras y  lo  arrastran  hasta  ponerse  al  reparo  de  un  arbusto,;  donde 
puedan  encender  fuego.  Hacen  esto  valiéndose  de  pedernal  y  acero, 
usando  como  yesca  un  retazo  de  paño  semi-quemado,  un  trozo 
de  cáñamo,  etc.  3S.  Cuando  ésta  ha  prendido,  la  colocan  sobre  un 
puñado  de  pasto  seco  y  la  exponen  al  viento  o  la  soplan  hasta 
que  se  forme  llama.  Una  vez  que  han  fumado  una  pipa  y  se 
han  calentado,  proceden  a  descuartizar  la  presa  3G.  Llama  la  atención 
que  aún  queden  tantas  manadas  de  guanacos  a  pesar  de  las  matan- 
zas que  los  indios  hacen  todos  los  años,  especialmente  animales 
jóvenes  (se  necesitan  trece  pieles  37  de  éstos  para  hacer  una  capa  de 
hombre) ,  la  mortandad  natural  y  la  cantidad  de  ellos,  recién 
nacidos,  que  mueren  víctima  de  los  pumas  y  los  perros. 

También  dan  caza  al  avestruz  o,  mejor  dicho,  al  emú  (pues 
esta  ave  es  muy  diferente  del  avestruz  africano,  siendo  más  peque- 
ña, con  tres  dedos  en  lugar  de  dos  y  plumas  de  calidad  muy  infe- 
rior a  las  del  ave  africana  38)  ;  prefieren  su  carne  a  cualquier  otra, 
pues  los  he  visto  perseeuir  a  un  ejemplar  que  se  introdujo  entre 
los  guanacos,  dejando  de  lado  a  éstos  y  corriendo  detrás  de  aquél. 
Esto  se  debe,  por  lo  general,  a  que  el  avestruz  es  gordo  y  el  guanaco 
casi  siempre  flaco39. 

Durante  los  meses  de  febrero,  marzo  y  abril  cazan  cuanto  aves- 
truz encuentran,  a  fin  de  aprovisionarse  de  grasa  para  el  invierno 
siguiente  y  conservándola  en  una  bolsa  hecho  con  el  cuero  del 
mismo  animal.  Renuevan  este  envase  todos  los  años;  cada  bolsa 
llena  pesa  unas  treinta  libras,  precisándose  para  ello  la  grasa  de 
cinco  o  seis  avestruces.  La  familia  cuyo  jefe  posee  cuatro  o  cinco 
caballos  pronios  y,  por  lo  tanto,  puede  matar  más  avestruces  nue 
los  demás,  llega  a  media  docena  de  bolsas 40.  Si  dos  hombres 
han  intervenido  en  la  caza  de  un  avestruz,  se  observa  la  misma 
regla  de  repartición  antes  citada:  el  que  lo  boleó  se  queda  con  la 
pechuga  y  una  pata;  y  el  otro  recibe  la  otra  nata  y  la  porción 
trasera 41.  Cuando  los  cazadores  regresan  al  campamento,  es  fácil 
sa^r  quién  boleó  una  determ;narla  pre^a  ñor  las  partes  que  t^e 
en  la  montura.  Excepto  en  los  meses  de  febrero,  marzo  y  abril, 
rara  vez  llevan  el  animal  entero  al  camnamento,  pues  corinan 
parte  del  micmo  en  el  canino,  rellenándolo  con  piedras  calientes 
y  poniéndolo  luego  sobre  las  brasas  42.  Bastan  diez  o  quince  minutos 
para  cocinar  todo  el  avestruz,  con  lo  que  quer'a  tierno  v  iuqroso. 
Cada  comensal  recibe  una  lonja  de  grasa,  pero  el  que  efectúa  el 
reparto  pone  de  lado  algunas  porciones  para  su  familia.  Las  muje- 


180 


res  hacen  tientos  con  los  tendones  43  y  los  emplean  en  coser  las  capas 
y  otros  usos;  venden  las  plumas  en  la  Colonia  44,  de  donde  son  envia- 
das a  Valparaíso  para  la  fabricación  de  plumeros. 

Al  llegar  frente  a  sus  respectivos  toldos,  las  esposas,  madres 
y  hermanas  de  los  cazadores  salen  a  descargar  los  caballos  y  colgar 
la  carne  de  los  palos  que  sostienen  la  habitación,  despreocupán- 
dose los  hombres  totalmente  de  esta  tarea.  Como  ya  he  observado, 
los  jefes  de  familia  cumplen  rigurosamente  con  la  obligación  de 
procurar  el  alimento,  a  menos  que  se  hallen  —a  veces  durante 
varios  días  seguidos—  bajo  la  influencia  del  alcohol  45. 

Si  hay  que  trasladar  el  campamento  4G,  la  noticia  circula  de  boca 
en  boca  y,  llegado  el  momento,  los  muchachos  salen  a  bu»car  los 
caballos.  Los  padres  proceden  entonces  a  enlazar  los  que  les  perte- 
necen, lo  cual  se  ve  facilitado  por  el  hecho  de  que  los  animales  de 
propiedad  de  una  familia  andan  siempre  juntos.  A  medida  que 
van  llegando,  aparecen  las  mujeres  y  comienzan  a  ensillar  cada 
una  su  caballo,  pues  son  tan  mansos  que  ni  siquiera  se  ven 
obligados  a  enlazarlos;  esto  no  sucede,  generalmente,  con  los  caba- 
llos de  los  hombres,  siempre  más  briosos.  Casi  todos  son  muy 
hábiles  con  el  lazo;  otros  lo  son  menos  y  erran  el  tiro  con  frecuen- 
cia. Tan  pronto  como  el  animal  siente  el  lazo  sobre  el  pescuezo, 
se  detiene  y  sigue  a  su  dueño  hasta  el  toldo47,  donde  se  procede 
a  colocarle  la  rienda  antes  de  desatar  el  lazo.  El  caballo  sabe 
que  mientras  se  hace  esto  debe  quedarse  quieto,  sin  necesidad 
de  que  se  le  ate  a  un  palo;  pero  cuando  es  joven  y  aún  no  bien 
amansado,  suele  olvidar  el  reglamento  y  salir  a  la  carrera,  por 
lo  que  es  preciso  manearlo  previamente.  Cuando  todos  los  caballos 
están  listos,  comienzan  las  mujeres  a  cargarlos,  uno  por  uno;  si 
tienen  hijas,  éstas  ayudan  en  la  operación,  pues  es  necesaria  la  cola- 
boración de  dos  personas  para  ello,  especialmente  en  días  de  viento. 
A  veces  una  mujer  tiene  que  cargar  tres  o  cuatro  caballos.  Cada 
hija  posee  su  cabalgadura,  aunque  sólo  tenga  cinco  o  seis  años 
de  edad;  pero  siempre  es  un  caballo  carguero,  el  que  debe  cumplir 
la  función  de  tal  y  llevar,  simultáneamente,  a  su  pequeña  patrona. 
En  estos  preparativos  no  intervienen  para  nada  los  hombres  ni 
los  muchachos;  todo  el  trabajo  de  cargar  recae  sobre  las  mujeres  4S. 

Lo  último  en  cargarse  es  el  toldo  reservándose  para  su  tran- 
portc  el  caballo  más  manso.  Pero  no  es  lo  único  que  lleva:  una 
vez  asegurados  los  palos  y  la  sobrecubierta  del  toldo,  se  le  agrega 
una  serie  de  trastos  menores,  como  las  bolsas  de  plumas  para 


181 


vender,  la  provisión  de  grasa,  ollas,  pavas  y  cualquier  utensilio 
o  herramienta  encontrado  a  último  momento49. 

Cuando  una  madre  tiene  un  niño  de  semanas  o  de  meses,  lo 
coloca  en  una  cuna  hecha  de  cañas,  a  la  que  asegura  su  pequeño 
tesoro  con  la  mayor  precaución,  envolviéndolo  cuidadosamente 
y  tapándolo  con  ramas  de  algún  arbusto,  las  que  ata  fuertemente 
a  la  cuna.  Cubre  todo  con  una  manta,  que  las  ramas  mantienen 
alejada  del  infante  lo  suficiente  para  que  éste  tenga  libre  circula- 
ción de  aire  y  se  halle  a  la  vez,  bien  protegido  del  frío.  La  cuna 
se  asegura,  finalmente,  a  la  carga  del  caballo  que  monta  la  madre; 
si  el  niño  se  despierta  en  el  camino  y  empieza  a  llorar,  la  madre 
se  apea,  baja  la  cuna  y  lo  apacigua  dándole  de  mamar;  cuando  se 
ha  dormido,  vuelve  a  atar  la  cuna  a  la  carga  y  reanuda  su  marcha  50. 
Si  se  está  haciendo  tarde  y  la  madre  desea  llegar  a  destino  cuanto 
antes,  lo  deja  llorar.  Los  niños  de  uno  a  cuatro  o  cinco  años  van 
siempre  sentados  sobre  la  falda  de  la  madre,  que,  a  su  vez,  va 
sentada  sobre  la  carga  como  en  un  taburete  51. 

Cuando  han  cargado  todos  los  caballos  y  montado  todos  los 
jinetes,  echan  a  andar  entre  el  ladrido  de  los  perros,  el  llanto 
de  los  niños  y  los  gritos  desaforados  de  una  mujer  cuyo  caballo, 
recién  cargado,  consideró  oportuno  deshacerse  de  lo  que  llevaba 
y  salir  a  la  carrera.  Más  allá  otro  caballo,  cansado  de  esperar, 
se  echó  en  el  pasto,  con  toda  la  carga  encima;  la  mujer  se  enoja 
y  pretende  hacerlo  levantar,  sin  conseguirlo,  por  lo  que  debe  des- 
atar todo,  obligarlo  a  pararse  y  volverlo  a  cargar.  Nadie  se  conduele 
de  ella;  por  el  contrario,  celebran  con  grandes  risotadas  lo  ocurri- 
do mientras  la  pobre,  visiblemente  fastidiada,  debe  resignarse 
a  cumplir  con  su  deber. 

Los  paraderos  en  que  acampan,  generalmente  situados  en  algún 
valle  y  siempre  cerca  de  un  lugar  con  agua,  tienen  sus  nombres 
distintivos 52;  por  lo  tanto,  cuando  deshacen  un  campamento  para 
trasladarse  a  otro,  no  se  ponen  en  marcha  como  buscando  otra 
nueva  morada,  sino  que  abandonan  la  comarca  por  un  tiempo, 
como  si  yo  fuera,  digamos,  de  Bristol  a  Bath  y,  de  allí,  a  otra 
ciudad.  Antes  de  salir  saben  hacia  dónde  se  dirigen  y  dónde  van 
a  acampar,  como  lo  sabría  yo  al  iniciar  un  viaje.  Llegados  al 
nuevo  paradero,  descargan  los  caballos,  levantan  los  toldos  y  todas 
sus  pertenencias,  con  las  monturas  y  las  riendas,  quedan  deposi 
tadas  en  un  sitio  determinado  hasta  la  próxima  mudanza. 

Las  familias  de  estos  aborígenes  no  son  nunca  numerosas;  en 
lérmino  medio,  dos  o  tres   hijos  forman  toda   la  prole.  Según 


182 


lo  que  hasta  ahora  he  podido  ver,  hay  más  varones  que  mujeres 
en  estas  tribus. 

Algunos  de  ellos  ostentan  el  título  de  "médico"  53,  aunque  no 
entienden  nada  de  enfermedades  o  de  remedios,  ni  siquiera  para 
curar  una  herida.  Cuando  tales  médicos  precisaban  algún  calmante 
o  un  ungüento  para  su  uso  propio,  me  lo  pedían  a  mí.  Si  alguno 
en  la  toldería  cae  enfermo,  llaman  al  "Calamelouts"  (así  se  deno- 
mina el  importante  personaje)  para  que  ejerza  sus  habilidades 
curativas  sobre  el  paciente.  A  veces,  para  dar  más  solemnidad 
a  su  intervención,  éste  se  pinta  rayas  blancas  sobre  el  cuerpo 
desnudo  "'4;  mira  entonces  fijamente  al  enfermo,  frota  con  su  mano 
la  parte  afectada,  le  aplica  la  boca,  como  chupando  algo  y,  tras 
de  susurrar  y  proferir  distintos  ruidos  durante  unos  segundos,  coro- 
na su  magnífica  obra  con  unos  gestos  muy  raros  y  deja  al  paciente 
como  lo  encontró:  sufriendo  "'.  Algunas  veces  aparece  con  un  par 
de  bolsas  hechas  con  cuero  de  guanaco,  en  las  que  coloca  algunas 
piedras  y,  agitándolas,  produce  un  ruido  ensordecedor 5e.  Cuando 
esto  ocurre,  el  toldo  está  lleno  de  gente,  que  escucha  tan  extraño 
concierto  con  la  misma  atención  que  nosotros  pondríamos  en  la 
función  teatral  de  algún  actor  célebre. 

Ya  he  relatado  someramente  ciertas  ceremonias  relacionadas 
con  la  muerte  y  sepultura  de  un  deudo;  me  propongo  ahora  ampliar 
con  algunos  detalles  lo  presenciado  en.  tales  ocasiones.  Espero 
no  cansar  a  mis  lectores  con  esta  narración,  extraña  por  cierto, 
de  los  ritos  y  costumbres  que  se  observan  cuando  la  muerte  se 
lleva  a  uno  de  sus  seres  queridos. 

Si  bien  estos  nativos  son  fuertes  y  robustos,  una  vez  que  caen 
enfermos  suelen  morir  rápidamente.  Cuando  uno  de  ellos  se  halla 
grave  y  es  evidente  que  se  acerca  su  fin,  llaman  al  "Calamelouts" 
para  que  ejerza  sus  habilidades  curativas,  lo  que  hace  en  la  forma 
ya  descripta.  Si  no  tiene  éxito  en  sus  esfuerzos  y  el  paciente  no 
reacciona,  se  escabulle  silenciosamente  y  se  encierra  en  su  toldo; 
una  vez  muerto  el  paciente,  trata  de  explicar  su  fracaso  culpando 
a  alguien  de  haber  abrigado  funestas  intenciones  con  el  difunto 
e  indica  a  tal  o  cual  persona  como  responsable  de  la  desgracia; 
en  su  extrema  credulidad,  los  oyentes  toman  tal  testimonio  como 
verídico  37 .  Al  ver  que  el  enfermo  ha  entrado  en  agonía  y  el  alma 
inmortal  está  a  punto  de  abandonar  la  materia,  los  familiares  se 
congregan  a  su  alrededor,  dando  rienda  suelta  a  su  pena  con 
llantos  y  lamentos  realmente  conmovedores.  Alternan  en  estas 
expresiones  los  cantos  que,  en  un  tono  lúgubre  por  demás,  acos- 


183 


tumbran  entonar  cada  vez  que  un  pesar  o  una  calamidad  los  acosa. 
Si  la  muerte  sobreviene  durante  el  día,  las  mujeres  /siempre  de  la 
familia)  proceden  de  inmediato  a  preparar  el  cadáver  para  entrar 
a  su  última  morada  5S;  comienzan  por  quitarle  la  capa  de  piel  que 
usaba,  peinándolo  y,  a  veces,  adornándolo  con  cuentas  de  colores. 
Luego  lo  envuelven  en  mantas  o  ponchos,  cubriendo  todo  el  cuerpo 
y  doblando  las  rodillas  sobre  el  abdomen r'9,  para  colocarlo,  final- 
mente, sobre  el  cuero  del  caballo  que  en  vida  fuera  su  cama: 
allí  lo  cubren  con  otro  pedazo  de  paño  y,  colgando  a  su  alrededor 
una  manta  a  manera  de  cortina,  lo  dejan  hasta  el  momento  del 
sepelio.  Terminados  estos  preliminares,  los  parientes  masculinos 
se  sientan  alrededor  del  difunto  y,  uno  tras  otro,  reverentemente, 
agita  una  mano  sobre  él,  dándole  suaves  palmadas  sobre  la  cabeza, 
como  si  deseara  contagiarse  de  las  virtudes  del  extinto 60;  cuando 
todos  han  repetido  tres  o  cuatro  veces  esta  ceremonia,  se  quedan 
alrededor  del  cadáver  una  o  dos  horas  más,  hablando  en  voz  muy 
baja  y  haciendo  circular  la  pipa.  Mientras  los  hombres  se  hallan 
así  ocupados,  las  mujeres  de  más  edad  se  visten  con  ornamentos 
de  luto:  sobre  la  capa  de  pieles  echan  un  paño  rojo 61,  que  asegu- 
ran sobre  el  pecho  con  dos  alfileres  y  por  éstos,  a  su  vez,  pasan 
una  ristra  de  cuentas  de  colores.  Luego,  rasguñándose  la  piel  con 
un  trozo  de  vidrio  a  través  de  las  mejillas  y  la  nariz,  hacen  brotar 
sangre  suficiente  para  formar  una  franja  roja  que  atraviesa  toda 
la  cara  62;  otras  se  lastiman  las  piernas  en  forma  parecida  y  hacien- 
do correr  la  sangre.  Continúan,  entretanto,  los  lúgubres  cánticos, 
alternando  con  ruidosos  llantos  y  lamentos. 

Proceden  entonces  a  encender  la  pira  que  ha  de  reducir  a  ceni- 
zas cuanto  perteneciera  al  difunto63.  Hacen  esto  a  unas  veinte  yardas 
del  toldo,  yendo  a  parar  al  fuego  todo  artículo  combustible  que  en- 
cuentran, viejo  o  nuevo,  haya  sido  usado  por  el  extinto  o  no:  alfom- 
bras, mantas  de  piel,  enteras  o  a  medio  terminar,  ropa  de  cama, 
montura,  riendas,  vestimentas  de  cualquier  clase  y  hasta  el  palo 
del  toldo  que  estaba  más  cerca  de  la  cama  mortuoria,  en  el  que 
solía  colgar  ropas  y  sus  equipos  de  montura  y  caza.  No  se  hace 
excepción  alguna  respecto  de  la  edad  o  el  sexo  del  muerto.  Nada 
que  le  perteneciera  y  pudiera  recordar  su  paso  por  la  tierra  debe 
quedar  sin  destruir;  su  nombre  no  se  pronuncia  más  y  se  considera 
funesto  mencionarlo  en  adelante  64:  sólo  cabe  la  destrucción  y  el  ol- 
vido; todo  aquello  que  no  pudo  quemarse  o  romperse  se  entierra 
coñ  el  cadáver  6S. 

Cuando  el  fuego  ha  consumido  casi  todo,  los  parientes  más 


184 


cercanos  se  congregan  alrededor  de  las  brasas,  prosiguiendo  sus 
cánticos  y  lamentaciones.  Los  que  tenían  trapos  rojos  como  luto, 
se  los  quitan  y,  uno  tras  otro,  los  arrojan  al  fuego;  la  misma 
suerte  corren  las  cuentas  y  alfileres.  Si  alguno  de  los  hombres  lleva 
prendas  rojas,  se  las  saca  también  y  las  echa  a  la  pira,  junto  con 
la  vmcha  o  el  pañuelo  que  llevaba  en  la  cabeza,  quedando  así 
con  el  cabello  suelto  y  desarreglado.  Acto  seguido,  los  hombres 
se  cortan  el  cabello  de  la  parte  posterior  de  la  cabeza,  haciéndolo 
las  mujeres  con  el  de  la  frente;  son  muy  enemigos  de  cortarse  el 
cabello,  pero  en  caso  de  duelo  lo  hacen  como  señal  de  respeto 
al  muerto. 

A  partir  de  entonces,  los  hombres  se  atan  pañuelos  blancos  a  la 
cabeza,  o  bien  se  dejan  el  cabello  suelto  por  uno  o  dos  días  más. 
Las  mujeres  allegadas  al  difunto  se  envuelven  en  géneros  blancos 
y  en  esta  indumentaria  viven  varios  meses,  cambiándola  por  otra 
igual  (cuando  la  tienen)  si  se  les  ensucia  o  deshace  demasiado. 
Por  lo  tanto,  rojo  y  blanco  parecen  ser  sus  colores  de  luto.  Si  el 
cadáver  debe  ser  enterrado  al  día  siguiente,  por  haber  muerto  a  una 
hora  avanzada,  los  familiares  pasan  la  noche  en  vela.  Mientras 
tanto,  llaman  al  "Calamelouts"  y  le  piden  que  haga  funcionar  sus 
'cascabeles,  requerimiento  que  éste  cumple  con  energía,  produ- 
ciendo un  ruido  infernal.  Cerca  del  cuerpo  yacente,  clavan  un 
cuchillo  en  el  suelo  66  y  al  lado  de  él  se  ejecuta  la  música  mortuoria, 
mientras  todos  los  presentes,  en  solemne  silencio,  mantienen  en 
sus  semblantes  una  expresión  de  profundo  y  contenido  pesar. 

Las  visitas  de  pésame  por  parte  de  parientes  y  amigos  no  se 
hacen  esperar  una  vez  producido  el  deceso 67.  Llevando  consigo 
un  bulto  de  mantas,  alfombras  y  géneros,  una  mujer  vestida  de  rojo 
se  acerca  al  toldo  del  duelo,  seguida  de  otras  dos  o  tres,  con  igual 
indumentaria.  A  la  entrada  las  esperan  las  mujeres  allegadas  al 
difunto;  sin  pronunciar  una  palabra,  comienzan  todas  a  exteriori- 
zar su  pena  con  los  acostumbrados  cantos  y  lamentos,  en  alta  voz, 
mientras  se  congregan  las  mujeres,  un  grupo  de  dos  o  tres  hombres, 
lentamente  y  con  expresión  solemne,  se  acerca  al  toldo  y  a  cierta 
distancia  de  éste  es  recibido  por  los  parientes  masculinos  del  muerto. 
Uno  de  los  visitantes  toma  la  palabra  y  se  dirige  a  los  deudos  en  la 
siguiente  forma:  "Has  perdido  tu  hijo  (hermano,  padre  o  lo  que 
haya  sido  el  muerto)  y  ahora  eres  muy  pobre;  por  lo  tanto,  te 
traemos  algunos  regalos."  Terminado  el  consolador  discurso,  los 
visitantes  se  retiran  a  sus  toldos.  Uno  que  otro  se  introduce  en  la 
habitación  del  duelo  para  expresar  su  dolor  en  forma  más  íntima; 


185 


en  tales  casos,  hablan  siempre  en  voz  muy  baja  y  sin  levantar  la 
vista.  Distintos  grupos  y  procediendo  siempre  en  la  misma  forma, 
siguen  visitando  el  lugar  del  duelo  a  intervalos.  Debo  hacer  notar 
que  las  manifestaciones  de  condolencia  son  mayores  cuando  el 
muerto  es  un  niño,  una  mujer  o  un  hombre  joven,  que  cuando 
se  trata  de  una  persona  mayor  o  anciana08.  Entonces  la  madre 
o  abuela  del  extinto  llora  su  desaparición  todos  los  días  y  duran- 
te largo  tiempo. 

Antes  de  llevar  el  cadáver  a  su  última  morada,  para  su  eterno 
descanso,  matan  todos  los  perros  del  muerto,  así  como  uno  de  los 
caballos.  Cuando  el  caballo  es  conducido  hacia  el  toldo,  para 
ser  sacrificado  ante  el  amo  desaparecido,  las  mujeres  prorrumpen 
una  vez  más  en  llantos  y  lamentos.  En  general,  la  carne  de  los 
caballos  así  sacrificados  se  reparte  entre  los  familiares  y  amigos 
del  extinto;  sólo  algunas  porciones  hervidas,  se  distribuyen  entre 
los  demás  °9. 

El  entierro  se  realiza  allí  donde  puede  cavarse  una  tumba  con 
facilidad,  es  decir  en  terreno  blando  o  en  algún  médano.  Debido 
a  sus  costumbres  nómades,  no  tienen  enterratorios  fijos.  Si  el  suelo 
ofrece  buenas  condiciones  cerca  del  campamento,  allí  lo  entierran; 
de  lo  contrario,  envuelto  el  cadáver  lo  cargan  en  un  caballo  y  lo 
llevan  a  un  sitio  propicio70.  Todo  el  trabajo  de  excavación,  trans- 
porte y  demás,  relacionado  con  el  sepelio,  es  ejecutado  por  las  mu- 
jeres exclusivamente;  ningún  hombre  o  muchacho  acompaña  al 
muerto  hasta  su  tumba71. 

Excavada  la  sepultura,  generalmente  de  unos  cuatro  pies  de 
profundidad,  preparan  dentro  de  ella  un  lecho,  para  descanso  del 
difunto;  lo  bajan  luego  lentamente  y  con  sumo  cuidado,  tras  de  dar 
suaves  palmadas  sobre  su  cabeza,  con  gran  reverencia  y  cariño, 
a  manera  de  despedida.  Entierran  juntamente  cualquier  cosa  que 
creen  puede  necesitar  el  extinto  en  el  más  allá:  una  lanza,  un 
cuchillo  y  una  que  otra  herramienta  o  utensilio;  si  es  una  mujer, 
colocan  a  su  lado  algunos  punzones,  un  par  de  tijeras,  etc.  72.  Una 
vez  cubierto  con  tierra  el  cadáver  y  sus  accesorios,  vuelven  a  expre- 
sar una  vez  más  su  dolor  con  ruidosos  lamentos  y,  lentamente,  se 
alejan  hacia  los  toldos. 


186 


COMENTARIO S 


(1) .  —  Entiendo  que  esta  expresión  es  exagerada  por  mucho  que 
el  Comité  de  la  Sociedad  patrocinadora  la  ratifique  en  la  introduc- 
ción al  darlo  a  la  publicidad.  Aunque  moleste  a  los  "apóstoles  de 
la  verdad",  la  crueldad  de  las  fechas  es  la  siguiente:  Las  "Maneras 
y  costumbres"  fueron  publicadas  en  el  tomo  VII  de  The  voice  of 
Pity  a  continuación  del  'diario'  de  Schmid  correspondiente  al  viaje 
de  1859  —como  que  son  su  consecuencia  inmediata  y  que  él  anuncia 
al  final  del  mismo.  La  primera  discrepancia  —que  sorprende  no 
haya  sido  corregida  por  el  Comité  de  Redacción,  es  que  en  los  pri- 
meros renglones  de  la  carta  de  remisión  que  precede  a  este  texto, 
habla  de  "nueve  meses"  que,  como  se  ve,  se  han  alargado,  súbita- 
mente, a  un  año.  Ahora  bien:  fue  recién  el  4  de  febrero  cuando  el 
catequista  Schmid  partió  de  la  isla  Keppel  para  Punta  Arenas,  sin 
que  me  sea  dado  puntualizar  el  día  de  su  llegada.  Ello  no  es  de  im- 
portancia, ya  que,  por  propia  confesión,  establece  que  pasaron  al- 
rededor de  seis  semanas  antes  que  llegaran  los  indígenas  al  lugar  y 
aun  transcurrió  cierto  tiempo  en  conversaciones  y  tratos  hasta  que, 
recién  el  23  de  abril  inicie')  la  marcha  al  norte  en  compañía  de  los 
Patagones.  Su  regreso  a  la  colonia  fue  el  6  de  octubre.  Por  consiguien- 
te, el  cómputo  total  es  de  5  meses  y  14  días,  cifra  que  no  alcanza  a  la 
mitad  de  la  que,  tan  deliberamente,  se  adjudica  de  convivencia  con 
los  aborígenes,  con  el  visible  propósito  de  hacer  más  valorable  su 
informe.  En  verdad,  tengo  la  convicción  que  no  es  Schmid  el  autor 
de  semejante  ultraje  a  la  cronología  histórica.  En  el  "diario"  del 
catequista  —impreso  en  la  primera  parte  de  este  tomo—  son  tantas  las 
contradicciones  y  zancadillas  a  la  verdad  que  aparecen  bajo  su 


187 


firma,  que  no  pongo  en  duda,  sean  consecuencia  de  un  guisado 
propio  de  la  cocina  del  Comité  de  Redacción. 

(2)  .  —  Consigno,  a  continuación,  las  equivalencias  a  las  cifras 
de  las  medidas  inglesas  al  sistema  métrico:  m  1,76,  1,88,  1,54  ó  1,57 
y  1,72.  No  creo  sea  necesario  hacer  clase  alguna  de  comentario  al 
respecto.  El  tema  de  la  estatura  de  los  Patagones  ha  sido  sobado  y 
resobado  al  infinito.  En  el  momento  actual  sólo  está  en  labios  de 
periodistas  o  de  aficionados  que  desean  lucirse  con  una  bibliografía 
que  viene  de  siglos  repitiéndose,  aunque  —para  nuestra  satisfacción 
y  regocijo—  ignorando  muchas  de  las  fuentes  de  viajeros  que  por  no 
formar  parte  de  grandes  expediciones  han  escapado  a  su  fácil  cuanto 
deleznable  erudición. 

(3)  .  —  Es  un  error  de  Schmid.  La  cabeza  de  los  Patagones  está 
muy  dejos  de  ser  pequeña.  Es  muy  posible  que  la  apariencia  le 
haya  inducido  a  tal  apreciación,  pero,  en  verdad,  la  cabeza  del  Pa- 
tagón es  muy  armónica  y  sólo  el  gran  desarrollo  corpóreo  puede 
haberle  confundido.  Al  respecto,  es  ejemplarmente  didáctica  la  in- 
formación proporcionada  por  Musters  —a  sólo  una  década  de  las 
observaciones  de  nuestro  misionero—.  No  teniendo  a  su  disposición 
compases  para  realizar  las  correspondientes  medidas  cefálicas,  echó 
mano  de  un  fácil  y  expeditivo  procedimiento:  intercambiar  sombre- 
ros, consiguiendo  así  verificar  que  los  diámetros  ántero-posterior  y 
transverso-máximo,  a  más  de  no  diferir  mayormente  con  el  propio, 
mantenían  una  relación  similar  a  la  del  britano.  Aunque  elemental 
y  tosco  en  cuanto  a  los  medios  usados,  los  resultados  son  ampliamen- 
te satisfactorios. 

(4)  .  —  La  blancura  de  los  dientes  ha  sido  siempre  motivo  de 
justos  recuerdos  de  parte  de  los  viajeros  (de  Bougainville,  Voyage 
autour  du  monde  par  la  prégate  du  Roi  La  Boadeuse  et  la  flute 
l'Etoile;  en  1766,  1767,  1768  ¿r  1769,  129;  Paris,  1771)  .  Pero  lo  que 
más  llama  la  atención  es  que  Schmid  después  de  asentar  ese  hecho  no 
haya  reparado  que  había  un  factor  externo  que  producía  resultados 
tan  halagüeños.  Es  una  resina  de  uno  de  los  varios  Schinus  (n.v.: 
incienso,  aguaribay,  pimiento,  etc.)  preparada  de  acuerdo  a  reglas 
que  transcribiré  de  inmediato,  resina  que  tiene  su  nombre  propio  y 
cuyo  uso  ha  quedado  señalado  hasta  comienzos  de  este  siglo.  La  ex- 
pedición Malaspina  recolectó  la  voz  indígena  y  su  uso:  "resina  que 
mascan"  =  maque,  según  Antonio  de  Pineda  (Félix  F.  Outes,  Voca- 
bularios inéditos  del  Patagón  antiguo,  en  Revista  de  la  Universidad 
de  Buenos  Aires,  XXI,  475;  Buenos  Aires,  1913)  y,  en  otro  lugar: 


188 


"mascan  el  corazón  de  una  planta  que  les  conserva  la  dentadura 
sumamente  limpia  y  blanca"  (Robert  Lehmann-Nitsche,  Noticias 
etnológicas  sobre  los  antiguos  Patagones  recogidas  por  la  expedición 
Malcspina  en  1789,  en  Boletín  de  la  Academia  Nacional  de  Ciencias 
de  Córdoba,  XX,  109;  Buenos  Aires,  1914)*.  A  su  vez,  Muñiz  anota: 
"mascan  una  especie  de  cera  que  llaman  maquín  que  dicen  ser  esto- 
macal" (Félix  F.  Outes,  Observaciones  etnográficas  de  Francisco 
Javier  Muñiz,  en  Physis.  Revista  de  la  Sociedad  Argentina  de  Cien- 
cias Naturales,  III,  214;  Buenos  Aires,  1917) .  Para  no  perder  la  opor- 
tunidad de  cultivar  el  error,  el  inefable  Guinnard  asienta:  leur  gour- 
mandise  cst  tellc  que  lorsqu'  ifs  ne  peuvent  plus  manger,  dans 
l'appréhension  oü  ils  sont  de  laisser  leur  máchoire  en  repos,  ils  má- 
chent  continuellement  une  sorte  de  résine  blanche  qu'ils  nomment 
otcho.  Ils  la  recueillent  sur  un  petit  arbrisseau  connu  chez  eux  sous 
le  nom  de  motchi.  Le  goiit  de  cette  résine  est  des  plus  insignifiants, 
elle  les  fait  beaucoup  cracher.  A  forcé  d'étre  máchée  elle  devient 
molle  et  presque  semblabe  á  la  gomme  que  machottent  les  enfants  en 
pensión.  C'est  la  premiere  chose  qu'ils  offrent  á  ceux  qui  leur  ren- 
dent  visite,  et  ils  ne  font  aucun  scrupule  de  leur  donner  celle  qu'ils 
ont  dans  leur  bouche.  C'est  méme  chez  eux  un  honneur  que  de 
partasrer  de  la  sorte  (A.  Guinnard,  Trois  ans  d'esclavage  chez  les 
Patagons.  Récit  de  tna  captivité,  210  y  sgte.;  París,  1864  **)  .  La  recti- 
ficación no  se  hizo  esperar,  añadiendo  información  de  buena  ley: 
"La  risa  siempre  pronta  de  los  indios  descubre,  por  lo  general  —ex- 
presa Musters— ,  buenos  dientes  a  los  que  conservan  blancos  y  lim- 
pios mascando  maki,  una  goma  que  exuda  del  arbusto  del  incienso 
y  que  las  mujeres  y  las  criaturas  recogen  con  cuidado.  Esta  goma 
tiene  un  sabor  poco  agradable,  y  es  un  dentífrico  excelente,  digno 
de  rivalizar  con  el  odeonto  o  la  florina,  y  se  le  usa  sencillamente  por 
tal  virtud,  y  no  como  dice  M.  Guinnard  porque  la  voracidad  de  los 

*  Esta  noticia,  intrínsecamente,  ratifica,  según  se  ve,  el  concepto  de  aseo 
dental  a  expensas  de  la  acción  meramente  física,  pero  suscita  un  distingo  a 
solucionar.  En  efecto;  se  habla  aquí  de  el  'corazón'  de  un  vegetal  y  no  de  la 
resina  a  que  aluden  los  demás  autores.  ¿Ello  deriva  de  un  error  de  concepto 
en  cuanto  al  material  empleado  o  a  una  sinécdoque  propia  de  la  idiosincrasia 
hispánica? 

**  Las  dos  palabras  indígenas  están  mal  escritas.  Otcho,  posiblemente,  es 
open  =  resina,  y  motchi  es,  sin  duda,  el  conocido  muchi  (Milcíades  Alejo 
Vignati,  Antecedentes  para  la  protoetnografia  del  norte  de  Patagonia,  en  Boletín 
de  la  Academia  Nacional  de  la  Historia,  XXXIV,  segunda  sección,  517;  Buenos 
Aires,  1964)  . 


189 


indios  es  tan  grande  que  tienen  que  estar  mascando  siempre  algo 
(George  Ghaworth  Musters,  At  Home  with  the  Patagonians.  A 
yeafs  wanderings  over  untrodden  ground  from  the  Straits  of  Mage- 
llan  to  the  rio  Negro,  159;  London,  1871;  trad.:  G.  Cu.  Musters, 
Vida  entre  los  Patagones.  Un  año  de  excursiones  por  tierras  no 
frecuentadas,  desde  el  estrecho  de  Magallanes  hasta  el  río  Negro, 
en  Universidad  Nacional  de  La  Plata,  Biblioteca  centenaria.  I,  262; 
Buenos  Aires,  1911).  Esta  opinión  ha  sido  ampliamente  compartida 
por  Onelli.  Dice  así:  "se  procede  en  seguida  al  cuidado  de  los 
dientes,  sanos  y  blancos  ya  como  de  nieve:  una  bola  grande  como 
una  nuez  es  pasada  de  boca  en  boca  y  en  el  turno  masticada  con 
delicia  y  entusiasmo;  es  el  maqui,  resina  granulosa  y  áspera  cosecha- 
da durante  la  primavera  en  los  arbustos  de  incienso,  que  hace  per- 
fectamente su  oficio  y  después  de  una  o  dos  horas  es  cuidadosamente 
guardada  para  la  limpieza  del  día  siguiente"  (Clemente  Onelli, 
Trepando  los  Andes,  145;  Buenos  Aires,  1904).  Una  nueva  grafía  la 
proporciona  Escalada  que  dice:  "Métchar  es  la  "resina  de  molle"  que 
los  indígenas  masticaban  y  que  constituía  material  útil,  mezclado 
con  excrementos  carbonizados  de  guanaco,  como  pasta  que  permitía 
fijar  a  la  madera,  especialmente  para  el  enmangado  de  raspadores" 
(Federico  A.  Escalada,  El  complejo  "Tehuelche" .  Estudios  de  etno- 
grafía patagónica,  69;  Buenos  Aires,  1949).  Desde  el  punto  de  vista 
etnográfico  nada  habría  que  agregar,  si  no  fuera  que,  con  suerte 
poco  frecuente,  tenemos  una  amplia  referencia  del  modo  como  se 
consigue  y  se  prepara  el  maqui,  de  las  ventajas  que  proporciona  su 
uso  y  de  los  inconvenientes  que,  a  las  veces,  sobrevienen  al  novato 
en  la  práctica  de  su  masticación.  Tan  rica  información  la  debemos 
a  Hudson  —nuestro  gran  naturalista  quien,  de  alguna  manera,  de- 
bía vincular  su  nombre  a  los  estudios  etnográficos—  en  una  de  sus 
obras  más  sentidamente  pampeanas  cuyo  valor  testimonial  se  acre- 
cienta por  la  circunstancia  de  estar  basada  en  observaciones  realiza- 
das en  Patagones  contemporáneamente  a  la  estada  de  Musters.  La 
minuciosa  mención  de  Hudson  es  la  siguiente:  "Otras  veces  me  en- 
tretenía buscando  la  goma  resinosa  conocida  en  el  lugar  por  su  nom- 
bre indio:  maken.  El  arbusto,  de  ramas  muy  extendidas,  una  especie 
de  enebro,  me  hizo  pagar  con  creces  —en  rasguños  y  desgarrones— 
el  robo  de  sus  lágrimas  de  ámbar.  La  goma  se  encuentra  en  peque- 
ños abultamientos  en  la  cara  inferior  de  las  ramas  bajas,  siendo, 
cuando  está  fresca,  semitransparente  y  pegajosa  como  el  muérdago. 
Para  poder  usarla  los  nativos  la  reducen  a  bolitas  manteniéndolas 


190 


en  la  puma  de  una  vara  sobre  un  recipiente  de  agua  fría.  AI  acer- 
carle un  carbón  encendido,  el  calor  derrite  la  goma,  la  que  cae  en 
gotas  dentro  del  recipiente.  Las  gotas  solidificadas  por  este  proce- 
dimiento son  amasadas  entonces  con  los  dedos,  agregándosele  agua 
fría  de  vez  en  cuando,  hasta  que  la  goma  queda  compacta  y  opaca 
como  masilla.  Para  masticarla  se  necesita  realmente  una  gran  prácti- 
ca; mas  cuando  se  ha  adquirido  este  arte  indígena,  puede  conser- 
varse cada  día  una  de  las  estas  pequeñas  bolitas  durante  dos  o  tres 
horas  en  la  boca,  y  tal  es  su  consistencia  que  se  usan  hasta  una  se- 
mana o  más,  sin  que  pierdan  su  agradable  sabor  resinoso  o  dismi- 
nuyan su  tamaño.  El  masticador  de  maken  se  saca  la  bolita  de  la 
boca,  la  lava  y  la  guarda  para  volver  a  usarla  más  tarde,  exactamen- 
te igual  que  hacemos  nosotros  con  el  cepillo  de  dientes.  Masticar 
goma  no  es  puramente  un  acto  ocioso,  y  lo  menos  que  puede  decirse 
en  su  favor  es  que  impide  el  abuso  del  tabaco,  que  no  es  pequeña 
ventaja  para  los  despreocupados  habitantes  indios  o  blancos  de  esta 
tierra  desierta.  Preserva  también  los  dientes,  manteniéndolos  libres 
de  cuerpos  extraños  y  dándoles  un  lustre  perlino  que  no  he  visto 
nunca  fuera  de  esa  región.  Mis  tentativas  para  mascar  maken  fraca- 
saban siempre,  pues  la  goma  se  extendía  invariablemente  en  una 
fina  lámina  dentro  de  la  boca,  cubriendo  el  paladar  y  forrando  los 
dientes  como  con  una  envoltura  de  caucho.  Cuando  se  introduce 
entre  la  dentadura,  sólo  se  logra  hacerla  salir  masticando  vigorosa- 
mente sebo  crudo  durante  media  hora  y  sorbiendo  de  vez  en  cuando 
agua  fría  para  endurecer  la  deliciosa  mezcla.  Pero  el  colmo  se  pro- 
duce cuando  la  goma  se  desparrama  sobre  los  labios  y  se  enreda 
en  el  bigote  o  la  barba,  y  cuando  se  quiere  abrir  con  los  dedos,  cui- 
dadosamente, la  boca  cerrada,  porque  ellos  también  se  pegan,  que- 
dando firmemente  juntos  y  como  unidos  por  una  membrana.  Todo 
esto  sucede  por  no  tener  una  sencilla  precaución,  lo  que  nunca  le 
ocurre  al  masticador  habilidoso.  Cuando  la  goma  está  todavía  fres- 
ca, en  ocasiones  puede  perder  la  dureza  producida  artificialmente, 
y  de  pronto,  sin  ninguna  razón,  se  vuelve  al  estado  primitivo  en  que 
fue  sacada  del  árbol.  El  avezado,  que  conoce  por  ciertos  indicios  el 
instante  en  que  esto  va  a  producirse,  se  llena  la  boca  con  cierta 
cantidad  de  agua  fría  en  el  momento  crítico,  y  así  evita  un  percan- 
ce tan  desastroso  para  el  novicio.  Masticar  maken  es  una  costumbre 
muy  común  de  la  Patagonia,  y  por  esta  razón  he  descripto  la  deli- 
ciosa práctica"  (W.  H.  Hudson,  Idle  days  in  Patagonia,  128  y  sgts.; 
London,  1893;  trad.:  Días  de  ocio  en  Patagonia,  128  y  sgts.;  Buenos 


191 


Aires,  1940) .  La  resina  del  molle  o  incienso  ha  sido  estudiada  quími- 
camente (Edwin  Rothlin,  Contribución  al  estudio  de  la  resina  de 
Molle,  en  Trabajos  del  Instituto  de  Farmacología  de  la  Facultad  de 
Ciencias  Médicas  de  Buenos  Aires,  N?  26;  Buenos  Aires,  1912.  Debo 
advertir,  por  último,  que  la  resina  motivo  de  este  largo  escolio,  no 
tiene  ninguna  relación  con  el  "maqui"  (Aristotelia  maqui)  elemento 
florístico  de  los  Andes  patagónicos,  tal  como  equivocadamente  lo  ha 
hecho  Carbajal  que  se  ha  dejado  llevar  por  la  casi  equivalencia  del 
vocablo  (Lino  D.  Carbajal,  La  Patagonia.  Studi  generali.  Serie  se- 
conda,  489;  s.c,  1900) . 

(5)  .  —  Coincidir  en  un  hecho  real  no  es  prueba  que  un  texto 
haya  servido  de  fuente  inspiradora,  pero  convenir  en  un  error,  casi 
significa  una  confesión  del  saqueo.  Tal  sucede  en  este  caso.  La  teoría 
elaborada  para  explicar  una  presunta  desproporción  del  tronco  con 
las  extremidades  inferiores,  fue  expuesta  por  Parker  King  (Narrative 
of  the  Surveying  voyages  of  His  Majesty's  ships  Adventure  and  Bea- 
gle,  between  the  years  1826  and  1836,  describing  their  examination 
of  the  Southern  Shores  of  South  America,  I,  17;  London,  1839), 
pero  al  poco  tiempo,  D'Orbigny  refutó  el  aserto  (Alcides  D'Orbigny, 
Voyage  dans  l'Amérique  méridionale,  III,  217;  Paris,  1846). 

(6)  .  —  Se  trata,  como  bien  se  comprende,  de  la  prenda  que  en 
el  comercio  y  entre  las  personas  que  presumen  de  hacer  folklore, 
se  la  denomina  quillango.  Aunque  la  etimología  de  la  palabra  está 
aun  en  duda  (Rodolfo  Lenz,  Diccionario  etimolójico  de  las  voces 
chilenas  derivadas  de  lenguas  indíjenas  americanas,  666;  Santiago 
de  Chile,  1904),  todo  hace  presumir  que  proviene  del  guaraní: 
quiya  —  nutria,  pi  =  cuero,  designación  que  aun  conservan  algu- 
nas parcialidades  chaqueñas  para  nombrar  sus  mantos  de  pieles. 
Posiblemente,  el  término  es  de  origen  marginal,  arrabalero,  aplica- 
do por  "criollos"  como  modismo  y  por  similitud.  No  considero  que 
sea  necesario,  por  el  momento,  entrar  en  pormenores  respecto  a  la 
manufactura  de  cada  una  de  estas  piezas,  ya  que,  con  abundancia  de 
bibliografía,  el  tema  ha  sido  estudiado  en  forma  exhaustiva  por 
un  etnógrafo  de  nuestros  días  (S.  K.  Lothrop,  Polychrome  guanaco 
cloaks  of  Patagonia,  en  Contributions  from  the  Museum  of  the  Ame- 
rican Indian  Heye  Foundation,  VII,  N?  6;  New  York,  1929;  S.  K. 
Lothrop,  Painted  skin  articles  from  Patagonia,  en  Bulletin  du  Musée 
d'Ethnographie  du  Trocadero,  N<?  2,  31  y  sgtes.;  Paris,  1931). 

(7)  .  —  Se  comprende  que  no  se  refiere  a  la  liebre  europea  im- 
portada en  el  último  tercio  del  siglo  pasado,  sino  a  la  "mará"  o 


192 


Dolichotis  magellanica  (Kerr)  (Alberto  Vúletin,  Zoonimia  andina 
(Nomenclador  zoológico) .  Universidad  Nacional  de  Tucumán.  Fa- 
cultad de  Filosofía  y  Letras.  Instituto  de  Lingüística,  Folklore  y 
Arqueología,  139;  Santiago  del  Estero,  1960). 

(8)  .  —  Estos  alfileres  han  sido  mencionados  por  diversos  via- 
jeros y,  por  cierto,  que  están  muy  lejos  de  tener  el  esplendor  de 
los  equivalentes  araucanos;  basta  comparar  algunas  de  las  imágenes 
publicadas  (G.  Roncagli,  Da  Punta  Arenas  a  Santa  Cruz,  en  Bolle- 
tino  dclla  Societá  Geográfica  Italiana,  serie  II,  IX,  lám.  I,  11;  Roma, 
1884;  Félix  San  Martin,  Ncuquén,  123;  Buenos  Aires,  s.  f.) .  Los 
modernos  son  metálicos,  pero  todo  hace  presumir  que  antes  que  se 
establecieran  contactos  culturales  que  se  les  suministrara,  debieron 
poseer  otros  de  material  local.  En  consideración  a  esa  premisa  juzgo 
el  objeto  labrado  en  hueso,  de  unas  seis  pulgadas  de  longitud,  con 
prominente  cabeza  y  todo  él  esmeradamente  pulido  que  se  ha  des- 
crito hasta  ahora  como  escarbadientes,  corresponde  estimarlo  como 
un  alfiler  primitivo  (véase  lám.  VI)  (Ricardo  Carnac  Temple, 
The  World  Encompassed  and  analogous  contemporary  documents 
concerning  Sir  Francis  Drake's  circumnavigation  of  the  World,  with 
an  Appreciation  of  the  Achievement  by  Sir...,  122;  London,  1926) .  El 
testimonio  de  Viedma  marca  el  pasaje  de  una  a  otra  manufactura: 
"lo  sujetan,  pasándole  dos  agujetas  de  a  tercia  de  largo,  hechas  de 
madera  o  de  fierro"  (Antonio  de  Viedma,  Diario  de  un  viage  a  la 
costa  de  Patagonia  para  recocer  los  puntos  en  donde  establecer  po- 
blaciones, en  Pedro  de  Angelis,  Colección  de  obras  y  documento^ 
relativos  a  la  historia  antigua  y  moderna  de  las  provincias  del  Río  de 
la  Plata,  VI,  70;  Buenos  Aires,  1837) . 

(9)  .  — Viedma  ya  había  apuntado  igual  costumbre:  "también  se 
ponen  los  abalorios  en  las  agujetas  con  que  sujetan  el  cuero  en  el 
pecho  y  en  las  cañas  de  las  piernas  como  pulseras,  y  en  el  cuello 
por  gargantillas  de  cualesquiera  colores"  (Viedma,  Diario,  70) .  Para 
los  Araucanos  argentinos  del  Neuquén,  Cox  se  expresa  en  términos 
similares:  "su  coquetería  es  tener  bonitas  pulseras  en  los  tobillos  y 
muñecas,  hileras  de  dedales  de  colores  pendientes  de  la  aguja" 
(Guillermo  E.  Cox,  Viaje  en  las  rejiones  septentrionales  de  la  Pa- 
tagonia. 1862-1863,  162;  Santiago  de  Chile,  1863). 

(10)  .  —  Nadie  puede  cuestionar  que  Schmid  hace  referencia  a 
la  famosa  y  casi  proverbial  "bota  de  potro".  No  creo  que  me  corres- 
ponda entrar  en  desigual  batalla  con  una  gran  monografía  respecto 
a  este  tema  (Robert  Lehmann-Nitsche,  Folklore  argentino.  IV.  La 


193 


bota  de  potro,  en  Boletín  de  la  Academia  Nacional  de  Ciencias  en 
Córdoba  (República  Argentina),  XXI,  183-300;  Buenos  Aires,  1916. 

(11)  .  — Se  refiere  Schmid  al  chiripá;  me  he  ocupado  de  esta 
prenda  en  un  trabajo  anterior  (Milcíades  Alejo  Vignati,  Datos  de 
etnografía  Pehuenche  del  Libertador  José  de  San  Martín,  en  Notas 
del  Museo  de  La  Plata,  XVI,  13  y  sgte.;  La  Plata,  1953). 

(12)  .  —  Roncagli  se  ha  preocupado  de  lapizar  los  dibujos  más 
frecuentes  en  ambos  sexos  (Roncagli,  Da  Punta,  figs.  de  las  págs. 
765  y  767) . 

(13)  .  — Es  el  rana,  en  Gününa  yájitch  o  bien  páachen  en  la 
Aonico-ayim,  "es  el  peine  o  escobilla  con  que  las  indias  se  adereza- 
ban el  cabello"  (Carta  de  Don  Tomás  Harrington  al  autor,  del  19 
ile  febrero  de  1963) .  Pueden  verse  fotografías  de  las  piezas  en:  (Félix 
F.  Outes- Carlos  Bruch,  Los  aborígenes  de  la  República  Argentina, 
122,  fig.  118;  Buenos  Aires,  1910;  Dionisio  Schoo  Lastra,  El  indio 
del  desierto.  1535-1879,  lámina  frente  a  la  pág.  200;  Buenos  Ai- 
res, 1928). 

(14)  .  — Aunque  la  castidad  no  sea  una  de  las  órdenes  del  sa- 
cerdocio protestante  (Schmid  era,  por  entonces,  simple  catequista) 
no  deja  de  tener  su  ribete  risueño  el  aserto  de  Schmid,  según  el  cual 
las  mujeres  se  pintaban  todo  el  cuerpo.  La  proverbial  exactitud  ger- 
mánica y  el  axiomático  puritanismo  inglés  vedan  investigar  la  ex- 
periencia que  lo  inspiraba.  Tomemos  la  información  como  cierta, 
sin  mas  averiguaciones. 

(15)  . —  El  pertinaz  silencio  respecto  a  la  muerte  de  este  cacique 
hace  presumir  que  fue  en  una  riña  de  beodos.  De  no  ser  así  nos 
habría  proporcionado  amplia  información. 

(16)  .  — Se  refiere  a  la  obra:  Benjamín  Franklin  Bourne,  The. 
captive  in  Patagonia;  or,  Life  among  thc  Giants.  A  personal  narrative; 
Boston,  1855.  Hay  varias  ediciones;  existe  el  propósito  de  publicarlo 
traducido  en  esta  Biblioteca  de  viajeros. 

(17)  .  — El  Comité  de  Redacción  no  tuvo  en  consideración  esta 
circunstancia  anotada  por  Schmid  y  en  la  oración  dominical  que  se 
publica  al  término  del  Capítulo  VIII,  han  corregido  y  puesto  bread. 

(18)  .  — En  términos  generales,  hay  concordancia  entre  los  in- 
formes de  Schmid  con  los  de  Musters,  con  discrepancias  mínimas. 
Sin  embargo,  creo  conveniente  transcribir  el  texto  del  marino  inglés 
para  que  el  lector  pueda  tener  una  idea  cabal  de  la  manera  cómo 
se  erigía  un  toldo  y  cómo  quedaba  constituido  para  ser  habitado. 
"Se  entiérra  en  el  suelo  —dice—  en  posición  ligeramente  indinada. 


194 


una  lila  de  postes  ahorquillados,  de  unos  tres  pies  de  altura,  y  se 
coloca  sobre  ellos  un  palo  como  caballete;  frente  a  estos  postes,  a  la 
distancia  de  unos  siete  pies,  se  planta  otra  fila,  de  seis  pies  de 
altura,  también  con  su  caballete,  y  a  la  misma  distancia  de  los  úl- 
timos, otra  fila  más,  de  ocho  pies  de  altura,  todos  un  poco  inclina- 
dos, pero  no  con  el  mismo  ángulo.  Se  estira  sobre  ellos,  desde  la 
parte  trasera,  una  cubierta  hecha  con  cuarenta  o  cincuenta  pieles 
de  guanaco  adulto,  untada  con  una  mezcla  de  grasa  y  ocre  rojo, 
y  la  gran  tensión  de  la  pesada  capota  endereza  los  postes;  se  la  ase- 
gura entonces  con  correas  a  los  palos  delanteros,  y  se  atan  cortinas 
de  cuero  entre  los  postes  interiores  para  separar  los  dormitorios, 
y  el  bagaje  amontonado  junto  a  los  costados  de  la  tienda  cierra  el 
paso  a  las  ráfagas  frías  que  entran  por  debajo  de  la  cubierta.  Se  en- 
ciende el  fuego  en  la  parte  delantera,  o  "boca  de  la  tienda".  Cuando 
el  tiempo  es  muy  malo,  o  cuando  se  acampa  para  pasar  el  invierno, 
se  ata  a  los  postes  delanteros  otra  cubierta,  y  se  la  asegura  abajo  en 
otra  fila  de  postes  cortos,  con  lo  que  todo  se  hace  cómodo  y  abri- 
gado" (Musters,  At  Home,  67  y  sgte.;  trad.  Vida,  190  y  sgte.) . 

(19)  .  — Los  tres  escasos  lustros  que  median  entre  las  observa- 
ciones de  Schmid  con  las  de  Musters  marcan  variaciones  que  es  sa- 
tisfactorio señalar,  pues  tienen  el  deliberado  propósito  de  aumentar 
la  comodidad  del  dormitorio,  reduciendo,  a  la  par,  el  espartanismo 
primitivo  de  la  cama.  "Los  enseres  de  los  toldos  consisten  en  uno  o 
dos  cojines  y  uno  o  dos  cueros  de  caballo  para  cada  dormitorio; 
uno  de  estos  últimos  sirve  de  cortina  y  el  otro  de  cama.  Los  cojines 
se  hacen  de  ponchos,  o  lechus,  viejos,  llamados  también  mandiles, 
mantas  tejidas  conseguidas  de  los  Araucanos,  a  quienes  esa  fabrica- 
ción ha  hecho  célebres,  y  se  les  rellena  con  lana  de  guanaco,  cosién- 
dolos luego  con  tendones  de  avestruz  o  de  guanaco.  Estos  cojines 
sirven  de  almohada  o  de  asiento,  y  en  la  marcha  contribuyen  a  for- 
mar las  monturas  de  las  mujeres.  Aparte  de  eso,  todas  las  mujeres 
poseen  mandiles  para  sus  camas"  (Musters,  At  Home,  68;  trad., 
Vida,  191).  Véase:  lám.  VIII. 

(20)  .  —  La  explicación  no  es  lo  suficientemente  clara.  Más  com- 
prensible es  el  texto  de  Musters:  "Los  parientes  o  amigos  se  arre- 
glan comúnmente  para  juntar  sus  toldos;  en  estos  casos,  en  vez  de 
hacer  que  la  cubierta  baje  hasta  el  suelo,  por  el  costado,  se  la  ex- 
tiende sobre  el  toldo  contiguo,  y  así  el  techo  de  una  tienda  cobija 
dos  o  tres  hogares  distintos"  (Musters,  At  Home,  68;  trad.,  Vida, 
191).  Para  la  época  en  que  Spegazzini  conoció  a  los  Patagones,  estos 


195 


toldos  invernales  los  constituían  toldos  comunes  adosados  por  Ja 
boca  de  modo  que  el  conjunto  era  una  construcción  a  dos  aguas 
(Carlos  Spegazzim,  Costumbres  de  los  Patagones,  en  Anales  de  la  So- 
ciedad Científica  Argentina,  XVII,  230  y  sgte.;  Buenos  Aires,  1884) 
que,  si  no  me  equivoco,  encuentra  su  representación  gráfica  en  Falk- 
ner  (Thomas  Falkner,  A  description  of  Patagonia  and  the  adjoining 
parts  of  South  America,  mapa,  parte  austral;  Hereford,  1774). 

(21)  .  — Esta  información  no  es  íntegramente  novedosa.  Ya  Par- 
ker King,  habla  de  la  barreta  de  hierro  utilizado  en  estas  circunstan- 
cias (Narrativc,  I,  93;  trad.  Narración,  I,  122)  y  ello  hace  que  ten- 
gamos un  tanto  a  menos  las  referencias  de  los  tripulantes  de  las  naves 
de  Dumont  D'Urville  quienes  en  el  año  1838  no  dejan  de  señalar 
la  carencia  de  material  adecuado  para  hacer  toda  clase  de  perfora- 
ción (J.  Dumont  D'Urville,  Vovagc  au  pole  sud  et  dans  l'Océanic 
sur  les  corvettes  "L'Astrolabe"  et  "La  Zelée".  Histoire  du  voyage,  I, 
281;  Paris,  1841).  Esa  ignorancia  determinada  exclusivamente  por 
la  adecuada  falta  de  observaciones  no  invalida  —ni  mucho  menos- 
Ios  testimonios  de  quienes  las  vieron  usar.  Como  se  comprende,  la 
costumbre  apuntada  por  Schmid  era  posible  dada  la  gran  cantidad 
de  naufragios  que  se  producían  por  aquel  entonces  en  la  costa  pa- 
tagónica y,  muy  especialmente,  en  el  estrecho  de  Magallanes,  naufra- 
gios que  suministraban,  a  más  de  otros  elementos  mucho  más  codi- 
ciados, el  hierro  en  cantidad  suficiente  para  estos  menesteres.  A  co- 
mienzos de  este  siglo  —desaparecidos  los  siniestros  con  la  substitución 
casi  total  de  la  navegación  a  vela  por  la  de  vapor—  aun  perduraba  el 
uso  de  una  barreta,  no  ya  de  metal  sino  de  madera  algo  quemada, 
denominada  taúk  (Escalada,  El  complejo,  186) . 

(22)  .  —  Como  se  comprende,  se  trata  del  charque.  Musters  se 
expide  en  términos  casi  idénticos  respecto  a  la  preparación  y  maneras 
de  comerlo  (Musters,  At  Home,  74  y  sgte.;  trad.  Vida,  196).  La 
costumbre  se  ha  anotado  de  antiguo,  sin  que  pueda  por  el  momento 
indicar  cuando  aparece.  ¿Ha  sido  un  préstamo?  o  por  el  contrario 
¿ha  sido  el  criollo  de  frontera  quien  lo  adquirió  como  novedad,  sin 
sospechar  que  el  español  neto  lo  traía  en  sus  alforjas  llamándolo  ceci- 
na o  tasajo  según  su  mayor  o  menor  cantidad  de  sal?  La  hipótesis 
que  cuenta  con  mayores  posibilidades  es  que  el  indígena  Patagón  lo 
haya  adquirido  del  Araucano  =  Mapuche,  quien,  a  su  vez,  del  con- 
tacto con  la  cultura  incaica;  por  lo  menos,  el  nombre  es  de  origen 
quéchua  y  no  es  de  suponer  que  se  hubieran  acostumbrado  a  pre- 
pararlo antes  que  tuviese  designación  vernácula. 


196 


(23)  .  —  Como  en  muchas  otras  ocasiones,  no  es  dable  poner  el 
dedo  encima  de  la  fuente  inspiradora  —o  hipocrene,  que  diría  el  in- 
olvidable Carbia  de  los  neologismos  rebuscados—.  Musters  ha  tenido 
muy  presente  los  diversos  escritos  de  Schmid,  al  redactar  su  seductor 
relato  y  es  por  ello  que,  en  verdad,  no  puedo  valorar  debidamente  su 
testimonio.  ¿Hasta  dónele  es  de  su  propia  cosecha  y  dónde  comienza 
la  versión  inspirada?  De  cualquier  manera  que  sea,  Musters  anota 
igual  costumbre  (Musters,  At  Home,  173;  trad.  Vida,  272). 

(24)  .  —  Ya  lo  había  anotado  Viedma  en  forma  similar  (Viedma, 
Diario,  66) .  Musters  se  adjudica  el  mérito  de  haberlo  inducido  a  la 
costumbre  de  la  pesca:  "Varios  Tehuelches  se  decidieron  entonces 
por  primera  vez  a  probar  el  pescado  con  que  nos  regalábamos  Casi- 
miro, Meña  y  yo,  y  algunos  se  aficionaron  mucho  a  él;  me  pidieron 
prestadas  las  líneas  y  anzuelos,  y  en  breve  se  les  vió  sentados  en  la 
ribera  esperando  pacientemente  la  picada .  .  .  Como  yo  tenía  anzue- 
los en  abundancia,  los  ingeniosos  salvajes  se  hicieron  en  seguida  lí- 
neas con  tendones  de  avestruz  retorcidos,  y  supongo  que  siguen  pes- 
cando todavía"  (Musters,  At  Home,  201;  trad.  Vida,  294).  El  opti- 
mismo del  viajero  inglés  no  tuvo  la  trascendencia  que  supuso:  años 
después,  Lista,  nuevamente,  a  su  manera  comprueba  su  repugnancia 
al  ictiofagismo  (Ramón  Lista,  Una  raza  que  desaparece.  Los  indios 
Tehuelches,  100;  Buenos  Aires,  1894).  Tratándose  de  Lista  —que 
tenía  patente  libre  para  fantasear—  hay  derecho  a  ponerlo  en  sus- 
pición. 

(25)  .  —  Es  por  demás  curioso  que  en  el  transcurso  de  tres  si- 
glos los  viajeros  que  convivieron  con  los  Patagones  casi  no  han 
reparado  en  tal  costumbre  que,  no  obstante  el  silencio  que  guardan 
al  respecto,  era,  según  todo  lo  hace  suponer,  práctica  común.  La  ex- 
pedición de  Magallanes  ya  la  señala  (Maximiliano  Transilvano,  Re- 
lación escrita  por.  .  de  cómo  y  por  quien  y  en  qué  tiempo  fueron 
descubiertas  y  halladas  las  islas  Molucas,  en  Martín  Fernández  de 
Navarrete,  Colección  de  los  viajes  y  descubrimientos,  que  hicieron 
por  mar  los  españoles,  IV,  257;  Madrid,  1837) ;  Dumont  D'Urville, 
por  su  parte  nos  hace  conocer  cómo  las  comían:  patelles  qu'ils  fai- 
saiént  aussi  rótir  un  instant  sur  le  brassier  (J.  Dumont  D'Urville, 
Voyage  au  pole  sud  et  dans  l'Océanie  sur  les  corvettes  "L'Astrolabe" 
et  "La  Zélée",  exécuté  par  ordre  du  Roi  pendant  les  années  1837- 
1838-1839-1840  sous  le  commandement  de  M.  .  . .,  Histoire  du  voyage, 
I,  154;  Paris,  1841)  ;  por  consiguiente,  corresponde  admitir  que,  en 
momento  alguno,  dejó  de  recurrirse  a  esta  variación  de  la  dieta. 


197 


(26)  .  —  La  lacónica  enumeración  en  dos  renglones  de  todo  cuan- 
to atañe  a  la  dieta  vegetal  del  indio  Patagón  es  cruelmente  cxtorsiva. 
Dejando  aclarado  que  Schmid  se  refiere:  a)  a  raíces  que,  en  la  pru- 
ralidad  de  los  casos  las  comían  crudas;  b)  a  plantas  ye)  a  frutos, 
remito  al  lector  a  una  monografía  especialmente  dedicada  al  tema 
—que  publicaré  en  breve—  pues  no  deseo  estrangular  en  los  premio- 
sos límites  de  una  nota,  un  tema  de  vastos  horizontes  y  precaria- 
mente estudiado  hasta  mi  primer  monografía  al  respecto  (Milcíades 
Alejo  Vignati,  Contribución  a  la  etnobotánica  indígena.  El  "pan" 
de  los  Patagones  prótohistóricos,  en  Notas  del  Museo  de  La  Plata, 
IV,  321  y  sgtes.;  La  Plata,  1941). 

(27)  .  —  Creo  que  Schmid  es  el  único  autor  que  hace  referencia 
a  estas  charlas  vespertinas  como  producidas  en  las  salas  de  un  club. 
Es  un  hecho  confortante  enterarse  que  esas  horas  muertas  eran  apro- 
vechadas para  un  esparcimiento  tan  espiritual  como  intrascendente. 

(28)  .  —  Se  comprende  que  para  la  gente  que  le  agrada  comer  la 
carne  cocida  al  punto  de  ser  comparada  con  una  suela  de  zapato  pue- 
da parecer  que  la  costumbre  patagónica  implicaba  comerla  casi  cru- 
da. Entiendo,  por  el  contrario,  que  sabían  paladear  a  la  que  llama- 
mos simple  y  sencillamente  "jugosa".  Es  el  concepto  que  tiene  eco 
en  Musters  (Musters,  At  Home,  173;  trad.  Vida,  272). 

(29)  .  —  En  la  nota  N<?  63  del  diario  de  Schmid  ya  he  dilucidado 
de  quién  se  trata,  El  lector  no  debe  olvidar  que  las  "Maneras  y  cos- 
tumbres" fueron  escritas  inmediatamente  después  de  realizado  el  pri- 
mer viaje  por  el  austro  patagónico.  Es  de  suponer  que  tres  años 
después,  tras  larga  convivencia  con  los  misioneros,  el  inglés  de  Sil- 
vo  =  Platero  fuese  más  inteligible. 

(30)  .  —  Es  para  mí  causa  de  singular  extrañeza  que  Outes  no 
haya  captado  el  significado  de  la  proclama  que,  ya  descabalada,  logró 
recoger  Schmid.  No  tuvo  en  cuenta  que  la  caza  era  la  forma  eco- 
nómica del  pueblo  Patagón  y,  por  consiguiente,  que  el  logro  de  la 
subsistencia  dependía  del  éxito  en  la  misma.  Era  necesario  propiciar 
a  la  divinidad  para  que  sus  dones  cuajaran  abundantes.  Por  eso 
tuvieron  su  plegaria,  su  invocación  a  esa  gracia  tal  como  la  conoce- 
mos ahora  para  los  Gününaküne  (Rodolfo  M.  Casamiquela,  El 
contacto  Araucano-Güniina-küna.  Influencias  reciprocas  en  sus  pro- 
ducciones espirituales,  en  Jornadas  Internacionales  de  Arqueología 
y  Etnografía.  "Vinculaciones  de  los  aborígenes  argentinos  con  los 
de  los  países  limítrofes".  11  al  15  de  de  noviembre  de  1957,  I,  s.p.; 
Buenos  Aires,  1962).  Me  he  dejado  decir  que  el  texto  de  Schmid  es 


198 


desea  halado;  ello  fluye  de  la  circunstancia  que  treinta  años  antes, 
Bourne  —testigo  visual  y  de  oído—  proporciona  dos  datos  que  están 
en  plena  contradicción.  El  primero  —de  suyo,  dirimente—  la  dura- 
ción: '"no  menos  de  una  hora"  (Bourne,  The  captive,  114)  y  además 
la  palabra  comole  repetida  una  y  otra  vez  en  el  transcurso  de  la  pro- 
clama, que  no  aparece  para  nada  en  el  dado  a  conocer  por  Outes 
(Félix  F.  Outes,  Un  texto  Aonükün'k  (Patagón  meridional)  para 
incitar  a  la  caza  obtenida  por  Juan  Federico  Hunziker  en  1861,  en 
Revista  del  Museo  de  La  Plata,  XXXI,  353  y  sgtes.;  Buenos  Aires, 
1928).  La  explicación  de  estas  discrepancias  está,  tal  vez,  en  suponer 
que  en  el  correr  de  los  años,  la  oración  cada  vez  más  cercenada  haya 
quedado  reducida,  simbólicamente,  a  la  exhortación  final  —En  esta 
nota  me  he  referido  en  forma  reiterada  al  "texto  de  Schmid"  aunque 
al  darlo  a  la  publicidad,  Outes  lo  haya  atribuido  a  Hunziker.  Es  una 
de  las  tantas  trapacerías  del  autor  local.  No  puedo,  como  se  compren- 
de, reducir  una  demostración  de  esta  índole  a  la  angustiosa  extensión 
de  un  escollo,  y  dejo  para  muy  próximo  traer  las  pruebas  convincen- 
tes de  la  paternidad  de  Schmid  a  la  proclama  de  caza—.  Se  trata, 
como  se  comprende,  de  una  cacería  organizada,  es  decir,  en  la  que 
participan  la  gran  mayoría  de  los  hombres  de  la  parcialidad  o  de 
una  agrupación  ocasional  de  toldos,  propia  de  la  época,  pues  para 
entonces,  el  elemento  femenino  había  sido  desplazado  a  una  colabo- 
ración distinta  a  la  que  tenía  una  centuria  antes,  como  consecuencia 
de  la  introducción  y  adopción  del  caballo.  Outes  en  la  obra  recién 
mencionada  ha  dado  ha  conocer  una  amplia  recopilación  de  ante- 
cedentes relativos  ya  a  la  caza  individual  propia  de  los  tiempos 
protohistóricos  como,  también,  a  la  más  moderna,  con  la  pluralidad 
de  los  representantes  masculinos  del  contingente. 

(31)  .  —  Según  creo,  es  la  primera  vez  que  se  menciona  látigo  en 
manos  de  los  indígenas  de  Patagonia.  El  hecho  en  sí,  no  tiene  nada 
de  extraordinario  puesto  que  el  aborigen  al  adoptar  el  caballo  como 
medio  de  trasporte,  ha  debido  incorporar  todos  los  adminículos  co- 
rrespondientes a  su  apero,  aunque  los  haya  simplificado  cuanto  era 
necesario  para  ensamblar  con  sus  posibilidades  manuales.  Lo  raro 
de  la  información  es  que  antes  de  Schmid  y  —si  la  memoria  no  me 
es  infiel—  tampoco  después  de  él,  nadie  señaló  su  uso,  casi  tan  in- 
dispensable como  las  espuelas. 

(32)  .  —  El  lector  puede  saborear  el  formulismo  inglés  tan  ago- 
biador  como  nuestra  burocracia.  No  basta  ser  el  jefe:  es  necesario 
ejercer  la  función  de  tal,  el  mando  ejecutivo. 


199 


(33) .  —  ¿Habían  cambiado  las  costumbres  atinentes  al  arte  ve- 
natorio desde  la  época  de  Fitz  Roy,  o,  sencillamente,  hubo  de  parte 
de  éste  una  deficiente  observación?  Mientras  para  el  ilustre  marino 
el  producto  de  la  cacería  era  un  bien  común  (Narrative,  II,  151), 
Schmid  señala  una  propiedad  personal  tan  estrictamente  establecida 
como  si  respetara  las  prescripciones  de  un  código  escrito.  Sin  embar- 
go, es  posible  encontrar  justificativo  al  aserto  de  Fitz  Roy:  Casimiro 
informó  a  Musters  en  cierta  ocasión  que  los  Patagones  septentrio- 
nales =  Gününa-küne,  cuando  no  tenían  caballos,  al  término  de  las 
cacerías  dividían  el  botín  en  partes  iguales,  botín  que  era  traspor- 
tado al  hombro  hasta  los  toldos  (Musters,  At  Home,  194;  trad. 
Vida,  289) .  Entre  los  Araucanos  argentinos  del  Neuquén,  Cox  com- 
probó otra  suerte  de  división:  "en  el  guanaco  lo  que  más  vale  es  el 
cuerpo  que  pertenece  al  boleador,  la  cabeza  al  principal  de  la  partida, 
y  el  resto  se  distribuye  igualmente  entre  los  demás"  (Cox,  Viaje, 
188) .  Musters,  al  parecer,  no  muy  bien  enterado,  no  entra  en  por- 
menores y  zanja  la  dificultad  diciendo  que  "cuando  se  trata  de  gua- 
nacos, el  primero  [el  cazador  que  bolea]  toma  la  mejor  mitad"  (Mus- 
ters, At  Home,  73;  trad.  Vida,  195) .  No  deja  de  ser  una  coincidencia 
que  hace  pensar,  la  circunstancia  que  los  Araucanos  de  Cox  obse- 
quiasen la  cabeza  del  animal  cazado  al  jefe  de  la  partida,  de  manera 
similar  a  la  de  los  hombres  del  paleolítico  europeo  que  ofrendaban 
a  la  divinidad  (Kurt  Lindner,  La  chasse  préhistorique,  247  y  sgtes.; 
Paris,  1941).  Desvanecida  por  el  tiempo  la  impretación  mágica  con 
su  correspondiente  oblación,  supervivió,  sin  embargo,  la  idea  que  la 
cabeza  era  tabú  al  cazador  común.  Bourne,  cuya  única  preocupación 
fue  la  de  exagerar  en  uno  y  otro  sentido  y  de  hacer  aseveraciones  a 
tontas  y  a  locas,  consigna  que  las  costillas  y  la  cabeza  eran  abandona- 
das en  el  campo  (!)  (Bourne,  The  captive,  71) .  En  verdad,  ese  pobre 
hombre,  no  sabía  lo  que  decía.  —Tal  respeto  a  la  divinidad  llegó, 
también,  a  los  Patagones  del  norte  =  Gününa-küne.  Recuerdo  aun  la 
tarde  en  que  conocí  personalmente  a  Rodolfo  Casamiquela  —que  me 
visitó  en  compañía  de  mi  buen  amigo  Tomás  Harrington.  Al  des- 
pedirnos le  recomendé  —ya  que  partía  a  sus  lares:  Río  Negro—  que 
procurase  ubicar  el  altar  donde  ofrendaban  los  indígenas  para  ob- 
tener buena  caza,  del  que  nos  informa  Muñiz  (Outes,  Observaciones, 
211)  y  mencionado  por  Moreno  medio  siglo  después  (Francisco  P. 
Moreno,  Recuerdos  de  viaje  en  Patagonia,  28;  Montevideo,  1882;  re- 
impreso en:  Reminiscencias  de  Francisco  P.  Moreno,  114;  Buenos 
Aires,  1942) .   Ha  tenido  la  suerte  de  poder  ubicarlo  y  de  recoger 


200 


de  los  últimos  supérstites  de  la  raza,  las  tradiciones  respectivas.  "Cuan- 
do rogaban  los  antiguos  —informa—  juntaban  muchas  cabezas,  con 
cuero  y  todo,  de  guanacos  y  avestruces,  los  pintaban  con  meskáuge 
(tierra  de  color  azul  o  verde) ,  las  ponían  como  cerco  bajito  en  algún 
faldeo,  y  cantaban  encima  las  mujeres  para  pedir  suerte  para  que 
hubiera  animales"  (Casamiquela,  El  contacto,  s.p.) .  Creo  que  no  se 
puede  menos  que  reconocer  la  similitud  de  ofrendas  a  través  de  las 
creencias  y  de  los  siglos  que  median  entre  el  hombre  paleolítico  eu- 
ropeo y  nuestro  nómade  patagón. 

(34)  .  —  Este  pormenor  respecto  a  quien  correspondía  la  cría  de 
la  guanaca  cazada,  entiendo  que  es  única.  No  puedo  menos  que  ma- 
nifestar mi  asombro  ante  tanta  jurisprudencia  emanada  de  un  fon- 
do tradicional  basado  en  la  armoniosa  convivencia  de  los  miembros 
de  la  agrupación  tribal. 

(35)  .  —  Bien  se  comprende  que  se  trata  de  un  préstamo  de  la  ci- 
civilización  europea.  El  procedimiento  primitivo  para  la  obtención 
del  fuego  era  el  correspondiente  a  su  estado  cultural:  el  llamado  de 
taladro  o  de  giración  (Carnac  Temple,  The  World,  119;  John  Nar- 
borough,  Jasmen  Tasman,  John  Wood  y  Frederice  Marten,  An 
Account  of  several  late  Voyages  ir  Discoveries  to  the  South  and  North. 
Towards  the  Streights  of  Magellan,  the  South  Seas,  the  vast  tracts  of 
land  beyond  Hollandia  Nova,  ¿re.  also  Towards  Nova  Zembla,  Green- 
Innd  or  Sbitsbe>p.  Grovnland  or  Engrondland  &c,  53:  London, 
1694)  (véase  la  lámina  VI).  Ya  para  la  época  de  Musters  los  niños 
eran  capaces  de  usar  cerillas  (Musters,  At  Home,  64;  trad.  Vida,  188) 
como  cosa  habitual;  Spegazzini  ratifica  la  información  aunque  mani- 
fiesta que,  raramente,  vio  yesqueros  con  pedernales  para  obtener  la 
chispa  (Spegazzini,  Costumbres,  232).  No  obstante  esta  lógica  va- 
riación de  costumbres,  hacia  1876,  Barberis,  todavía,  menciona  el 
método  primitivo  (Giulio  Barberis,  La  Repubblica  Argentina  e  la 
Patagonia,  71;  Torino,  1877),  posiblemente,  en  agrupaciones  de  poca 
frecuentación  a  las  colonias  argentinas  o  chilenas. 

(36)  .  — Todos  estos  pormenores  de  las  modalidades  e  inciden- 
cias de  una  cacería  son  únicos.  Ningún  otro  viajero  a  ahondado 
tanto  en  el  proceso  consecutivo  al  hecho  de  cazar  en  su  acepción  más 
estricta.  Reclamo  para  Schmid  el  mérito  de  ilustrarnos  a  su  res- 
pecto con  la  veracidad  de  testigo. 

(37)  .  —  Mediando  la  circunstancia  que  Musters  —con  conoci- 
miento de  causa—  se  queja  que  la  costuren  de  pieles  al  armar  un 
manto  de  uso  masculino  se  queda  con  !a  mejor  y  mayo'  parte,  po- 


201 


demos  admitirle  su  testimonio  de  ingenuo  esquilmado  cu-indo  co- 
rrobora el  número  de  pieles  de  chulengo  que  eran  necesarias  para 
hacer  el  mencionado  indumento  del  hombre  (Musters,  At  How, 
171;  trad.  Vida,  271) . 

38) .  —  No  se  crea  que  el  propósito  de  Schmid  es  hacer  zoología 
No  es  más  que  una  prueba  del  espíritu  práctico  inglés  que  in£orn;;i 
respecto  a  posibles  negocios. 

(39)  .  —  La  afirmación  de  Schmid  es  cierta  hasta  no  producirse 
determinadas  circunstancias:  que  la  hembra  deposite  sus  huevos  y, 
consecutivamente,  el  macho  los  empolle.  Acaecidos  ambos  aconte- 
cimientos, por  varios  meses,  el  indígena  prefería  la  caza  del  guanaco 
que,  a  más  de  su  corpulencia,  ofrecía  algo  más  de  gordura.  El  buen 
Dios,  en  movimiento  pendular,  les  ofrecía  unos  y  otros  alternativa- 
mente. Sin  embargo,  debe  dejarse  constancia  que  la  grasitud  del 
avestruz,  nunca  era  alcanzada  por  los  guanacos;  de  ahí  que  el  indí- 
gena, reservara  bolsas  con  grasa  —como  se  verá  de  inmediato—  para 
suplementar  la  carne  magra  del  cuadrúpedo  en  las  épocas  en  que, 
inevitablemente,  debía  utilizarla.  La  preferencia  de  la  carne  de  aves- 
truz sobre  la  del  guanaco  ha  sido  señalada  también  por  Musters 
quien  añade  consideraciones  interesantes  al  respecto  (Musters,  At 
Home,  74;  trad.  Vida,  196). 

(40)  .  —  Es  singularmente  ilustrativo  todo  cuanto  nos  refiere 
Schmid  relativo  a  estas  reservas  de  grasa.  De  no  haberlo  consigna- 
do en  la  forma  que  acaba  de  leerse,  sólo  podríamos  inducir  la 
costumbre  entre  los  indios  del  norte  de  Patagonia  =  Gününa- 
küne,  por  dos  lacónicas  frases  de  Musters,  frase  la  segunda  simple- 
mente corroborativa  de  la  primera  (Musters,  At  Home,  194,  220; 
trad.  Vida,  289,  309)  . 

(41)  .  — La  repartición  del  avestruz  entre  los  cazadores  intervi- 
nientes  ha  quedado  anotada  por  Cox  en  distintas  proporciones:  "las 
plumas  pertenecen  al  cazador  que  ha  boleado  el  choique,  como  tam- 
bién las  patas,  cuyos  nervios  sirven  a  las  mujeres  para  coser  las  hua- 
ralcas;  el  resto  del  cuerpo  se  divide  entre  los  diversos  indios  que  lo 
persiguieron  y  se  come  en  la  noche"  (Cox,  Viaje,  188)  .  A  su  vez 
Musters  no  deja  de  darnos  su  versión:  "el  hombre  que  bolea  el  aves- 
truz deja  que  el  otro  que  ha  estado  cazando  con  él,  se  lleve  la  presa 
o  se  haga  cargo  de  ella,  y  al  terminar  la  cacería  se  hace  el  reparto; 
las  plumas,  el  cuerpo,  desde  la  cabeza  hasta  el  esternón  y  una  pierna, 
pertenecen  al  que  la  cazó,  y  el  resto  a  su  ayudante"  (Musters,  At 
Home,  73;  trad.  Vida,  195) . 


202 


(42)  ■  —  lista  forma  de  cocinar  la  presa  üene  eco  en  la  gran  ma- 
yoría de  los  viajeros  que  realmente  han  convivido  con  el  aborigen. 
Como  se  sabe,  es  una  de  las  tantas  formas  del  llamado  "horno  de 
tierra",  al  que,  hace  años,  he  dedicado  un  trabajo  monográfico  (Mil- 
cíades  Alejo  Vignati,  El  "horno  de  tierra"  y  el  significado  de  las 
"tinajas"  de  las  provincias  del  occidente  argentino,  en  Physis.  Rc- 
xñsta  de  la  Sociedad  Argentina  de  Ciencias  Naturales,  IX,  241  y 
sgtes.;  Buenos  Aires,  1928) . 

(43)  .  —  No  es  necesario  enfatizar  respecto  a  la  ignorancia  de 
muchos  de  los  que  han  escrito  de  costumbres  patagónicas  cuando  con- 
funden lamentablemente  los  tendones  con  los  nervios.  Aquéllos, 
tal  como  lo  apunta  Schmid,  eran  los  utilizados.  El  haz  de  fibras  que 
los  constituyen  eran  deshilacliados  por  los  indios  antes  de  trenzar- 
los: "Se  sacan  estos  tendones  dislocando  la  coyuntura  inferior  de 
la  pata;  el  primer  tendón  sale  tirándose  de  él  a  mano,  y  el  otro 
a  la  fuerza,  usando  el  hueso  de  la  pata  como  mango.  Después  se 
separa  del  pie  este  hueso,  dejando  los  tendones  adheridos  al  prime- 
ro; se  les  seca  un  poco  al  sol  y  luego  el  hueso  extraído  sirve  para  se- 
parar las  fibras  tirando  de  él  fuertemente  por  entre  los  tendones. 
Una  vez  separados  éstos,  se  les  corta  del  pie,  se  les  da  el  mismo  grueso 
y  el  mismo  largo  y  se  les  pone  en  un  sitio  húmedo  para  que  se  ablan- 
den, y  cuando  están  blandos,  se  les  trenza,  frotándolos  con  sesos  co- 
cidos para  que  sean  más  flexibles  y  ajusten  mejor  en  la  trenza" 
(Musters,  At  Home,  135;  trad.  Vida,  243) .  Según  se  ve,  la  obtención 
de  los  tendones  y  su  preparación  era  labor  de  ambos  sexos,  de  acuer- 
do al  fin  a  que  estaban  destinados:  si  se  trataba  de  trenzados,  la  tarea 
correspondía  a  los  hombres;  si,  por  el  contrario,  solo  era  cuestión  de 
costura,  entonces  las  mujeres  eran  las  que  debían  hacerse  cargo  de  la 
tediosa  preparación. 

(44)  .  —  Es  evidente  que  esta  agrupación  con  quien  viajaba 
Schmid  tenía  su  ámbito  exclusivamente  meridional.  El  Carmen,  a 
orillas  del  río  Negro,  no  contaba  para  sus  transacciones  y  faltaban 
algunos  años  para  que  el  establecimiento  de  Piedra  Buena  en  la  is- 
la Pavón  se  erigiera  en  rival  comercial  de  Punta  Arenas. 

(45)  .  —  El  párrafo  que  acaba  de  leerse  es  de  inapreciable  since- 
ridad; solo  cabe  acotar  que  ha  sido  escrito  son  sutileza  latina,  insi- 
nuando una  afirmación  que  hubo  de  ser  perentoria.  Francisco  Gon- 
zález —marinero  que  en  1798  hizo  el  camino  desde  puerto  Deseado 
hasta  el  río  Negro  en  compañía  de  una  agrupación  indígena  —quien, 
crudamente,  estampa  los  acontecimientos  del  día  vivido,  no  tiene  in- 


203 


conveniente  proselitista  en  puntualizar  las  veces  que  las  mujeres  han 
debido  salir  a  recoger  vegetales  o  a  realizar  verdaderas  cacerías  para 
suplir  la  incapacidad  momentánea  de  los  hombres  del  campamento, 
abatidos  por  brutales  borracheras  que,  no  siempre,  acababan  plácida- 
mente (Milcíades  Alejo  Vignati,  Comentarios  etnográficos  al  "dia- 
rio" del  marinero  que  en  1798  viajó  por  tierra  desde  puerto  Deseado 
a  ría  Negro,  en  Buenos  Aires.  Revista  de  Humanidades,  año  II,  N? 
2,  28  y  sgtes.;  Buenos  Aires,  1962). 

(46)  .  —  Conviene  dejar  establecido  como  premisa  general  que 
las  cacerías  eran  más  frecuentes  que  los  cambios  de  domicilio.  Salvo 
en  aquellos  casos  excepcionales  en  que  la  agrupación,  por  motivos 
fortuitos,  se  veía  obligada  a  marchas  aceleradas  para  poner  terreno 
de  por  medio  a  posibles  persecuciones  enemigas  o,  por  el  contrario, 
para  llegar  al  término  del  viaje  cuando  aun  los  almacenes  estaban 
bien  provistos,  salvo  —repito—  esas  circunstancias,  se  cambiaba  de 
lugar  de  estar  cuando  la  caza  —arisca  de  suyo—  se  levantaba  y  ya 
resultaban  estériles  los  círculos  cinegéticos.  Pero  a  Schmid  se  le 
ha  ocurrido  —tal  vez  por  cromosómica  herencia  de  método—  desglo- 
sar los  procesos  que  habitualmente  eran  sincrónicos,  en  la  descrip- 
ción pormenorizada  de  cada  uno  de  ellos.  Ya  ha  descripto  la  cacería 
en  sí;  ahora  pinta  el  pintoresco  abatir  de  los  toldos,  la  ruidosa  y 
excitante  carga  de  los  animales  y,  por  último,  el  abigarrado  y,  casi 
siempre,  monótono  andar  de  la  cabalgada  femenina  salpimentada  con 
esas  pequeñas  incidencias  que  vivifican  la  jornada. 

(47)  .  —  La  mansedumbre  del  caballo  de  los  indígenas  una  vez 
que  sentían  las  riendas  ha  quedado  señalada,  de  manera  admirativa, 
por  Musters  cuando  en  Inglaterra  se  le  preguntó  quién  se  hacía 
cargo  de  la  cabalgadura  cuando  el  jinete  desmontaba  (Musters,  Ai 
Home,  169;  trad.  Vida,  269). 

(48)  .  —  Ya  Viedma  lo  había  escrito:  "las  mujeres  tienen  obliga- 
ción de.  .  .  armar  y  desarmar  el  toldo  en  las  marchas,  y  cargarlo  y 
descargarlo,  sin  que  para  nada  de  esto  le  ayude  el  hombre,  aunque 
ella  esté  enferma,  porque  ha  de  sacar  fuerzas  de  flaqueza"  (Viedma, 
Diario,  71) .  Esa  conducta  prescindente  del  elemento  masculino  en  to- 
da actividad  ajena  al  enjaezamiento  de  su  propia  cabalgadura  es  un 
aspecto  ostensible  de  la  división  sexual  del  trabajo  y,  por  consiguien- 
te, ha  sido  observada  por  diversos  viajeros.  La  menor  ayuda  del  es- 
poso, hijo  o  hermano  en  esas  faenas  domésticas  era  considerado  desdo- 
roso. En  pleno  auge  de  los  "hombres-médicos"  —que  fisiológicamen- 
te actuaban  como  mujeres—  era  parte  de  sus  obligaciones  colaborar  en 


204 


todas  las  tareas  propias  del  elemento  femenino:  habían  perdido  su 
sexo  y,  en  consecuencia,  debían  cumplir  las  propias  del  que  habían 
elegido  en  su  libre  albedrío. 

(49)  .  —  Los  caballos  cargueros  eran  las  víctimas  de  las  mudanzas. 
Se  los  abrumaba  con  el  peso  de  todo  cuanto  constituía  el  campamen- 
to, en  el  cual  todo  eran  muebles,  desde  la  misma  habitación  hasta 
el  abalorio  más  pequeño,  pero  no  el  menos  preciado. 

(50)  .  —  En  los  párrafos  que  acaban  de  leerse,  Schmid  describe 
la  cuna  de  transporte  ecuestre  (véase  lámina  XI) .  El  tema  fue  mo- 
tivo de  una  pequeña  nota  monográfica  que  escribí  hace  años  (Mil- 
cíades  Alejo  Vignati,  La  técnica  del  transporte  de  párvulos  entre 
los  Patago7ies  ecuestres,  en  Notas  del  Museo  de  La  Plata,  III,  71 
sgtes.;  Buenos  Aires,  1938).  La  tesis  tiene  proyecciones  en  la  anato- 
mía craneana.  Imbelloni  señaló  que  la  deformación  plano  occipital 
era  debida  al  uso  de  la  cuna  (J.  Imbelloni,  Sobre  el  número  de  tipos 
fundamentales  a  los  que  deben  referirse  las  deformaciones  craneanas 
de  los  pueblos  indígenas  de  Sud  Aménca,  en  Gaea.  Anales  de  la  So- 
ciedad argentina  de  Estudios  geográficos,  I,  195;  Buenos  Aires,  1925)  ; 
pero  bastó  que  von  Aichel  argumentara  que  se  trataba  de  una  po- 
sición imposible  para  la  cabeza  yacente  para  que  aquél  se  rectificara 
¡cuando  estaba  en  plena  posesión  de  la  verdad!  (J.  Imbelloni,  For- 
mas, esencia  y  metódica  de  las  deformaciones  cefálicas  intenciona- 
les, en  Revista  del  Instituto  de  Antropología  de  la  Universidad  Na- 
cional de  Tucumán,  I,  N?  1,  18  nota  2;  Tucumán,  1938) .  La  verdad 
es,  que  ninguno  de  los  dos  contendientes  conocía  a  la  fecha,  la  forma 
de  la  cuna  de  transporte  ecuestre  y  por  ello  insisten  en  la  expresión 
"decúbito  horizontal"  cuando  la  superficie  es  convexa.  —Hace  tiempo 
(Milcíades  Alejo  Vignati,  Una  narración  fiel  de  los  peligros  y  des- 
venturas que  sobrellevó  Isaac  Morris,  104,  nota  59;  Buenos  Aires, 
1956)  prometí  ocuparme  de  este  tema  pero,  como,  por  el  momen- 
to, no  alcanzo  a  ver  la  posibilidad  de  publicar  el  ya  pergeñado  artícu- 
lo hago  conocer  la  reconstrucción  de  laboratorio  que  realicé  (lámina 
XII)  que  evidencia  cuán  equivocado  estaba  von  Aichel  en  desechar 
la  posibilidad  que  una  cuna  podía  obrar  sobre  la  región  lambdica  y  a 
la  que  se  debe  la  deformación  tan  particular  de  los  cráneos  moder- 
nos (3  siglos  de  antigüedad,  como  máximo)  de  los  etnos  patagónicos. 
Con  anterioridad  a  la  cuna  de  tiansporte  ecuestre  el  indígena  poseía 
la  propia  adaptada  a  su  andar  pedestre  (Viedma,  Diario,  75)  .  Como 
era  de  suponer,  su  tipo  se  asemeja  más  al  que  se  conoció  en  uso  en- 
tre los  Ona  de  Tierra  del  Fuego  de  fines  del  pasado  siglo  que  el  equi- 


205 


valente  de  los  Araucanos  (Vignati,  La  técnica,  73,  fig.  I) .  —A  este 
respecto,  para  que  no  se  diga  que  rehuyo  rectificaciones,  manifiesto 
que  el  doctor  Bormida  ha  deseado  quedar  bien  con  su  padrino  de 
tesis,  quebrando  una  lanza  en  su  defensa:  procurando  hacerle  decir 
al  párrafo  de  Viedma  y  al  de  Verneau  lo  que  no  dicen  (Marcelo 
Bormida,  Los  Antiguos  Patagones.  Estudio  de  crancologia,  en  Runa. 
Archivo  para  las  ciencias  del  hombre,  VI,  53;  Buenos  Aires,  1953-54) . 
Arguye,  en  efecto,  con  un  testimonio  de  Agustina  Moreira.  He  tra- 
tado a  esta  india  y  no  tardé  en  enterarme  y  poco  después,  en  con- 
vencerme que  era  mucho,  mucho  más  taimada  de  lo  que  naturalmente 
correspondía  a  la  ingenuidad  de  sus  cultos  interlocutores.  Tenía  la 
costumbre  de  hacerse  repetir  la  pregunta  tantas  veces  como  fuera 
necesario  no  para  entenderla  sino  para  llegar  al  convencimiento  de 
la  respuesta  que  se  deseaba  escuchar  de  sus  labios,  y,  por  cierto,  ¡qué 
pocos  le  ganaban  en  el  arte  de  cuestionar!:  quería  quedar  bien... 
Obtenida  de  doña  Agustina  la  explicación  práctica  anhelada  el  re- 
vanchismo  quedó  satisfecho.  ¡Vanas  presunciones!  Cuando  doña 
Agustina  vino  al  mundo,  hacía  muchos  decenios  que  la  cuna  de  es- 
tar y  de  transporte  a  las  espaldas  de  la  madre  patagónica  había  de- 
saparecido; tantos  como  contaba  la  adopción  del  caballo.  Es  posi- 
ble que  a  fines  del  siglo  pasado  y  comienzos  de  este,  cuando  las 
agrupaciones  indígenas  tuvieron,  por  imposición  del  blanco,  que 
abandonar  el  nomadismo  de  sus  mayores,  la  mujer  patagona  haya 
vuelto  a  necesitar  la  cuna  de  estar;  pero  entonces,  no  volvió  a  la 
desconocida  de  sus  antecesores,  sino  que  tomó  en  préstamo  la  que 
estaba  en  uso,  de  tiempo  inmemorial,  entre  los  Araucanos  (véase  lá- 
mina XIII) ,  tal  vez  con  la  única  excepción  del  híbrido  dado  a  conocer 
por  Hauthal  (véase  lámina  XIV)  (R.  Hauthal,  Ueber  cine  Kinder- 
trage  der  Tehuelchen  im  südlichen  Patagonien,  en  Atti  del  XXII 
Congresos  Internazionale  degli  Americanisti.  Roma  -  Setiembre  1926, 
150  y  sgte.,  figura  6;  Roma,  1928).  El  proceso  etnográfico  tal  como 
lo  desea  el  binomio  Imbelloni-Bormida  es  un  absurdo.  Los  Ona  tie- 
nen la  cuna  de  estar  —proveniente  de  los  antecesores  comunes  con 
los  Patagones—  sin  tablilla  frontal;  los  Araucanos,  tampoco  la  tienen 
(véase  como  documento  etnográfico,  la  escultura  de  una  cuna  de 
trasporte  araucana  en:  Gualterio  Looser,  La  representación  de  figu- 
ras humanas  y  de  animales  por  los  Araucanos,  en  Boletín  del  Museo 
Nacional  de  Chile,  XII,  t.  a.  14  fig.  12;  Santiago,  1929).  ¿Cómo  pu- 
do tenerla  la  propia  de  la  cultura  patagónica?  Todo  eso  en  el  campo 
de  la  especulación  científica,  pero  el  Dr.  Bormida  ha  olvidado  que 


206 


lo  que  he  negado  —y  sigo  negando—  es  que  en  el  párrafo  de  Viedma 
—en  el  cual  el  profesor  Imbelloni  finca  su  tesis—  no  existe  mención 
alguna  de  una  tablilla  que  obrara  sobre  la  frente  del  párvulo.  Eso 
es  todo.  El  único  asunto  controvertido  es  la  existencia  o  no  de  una 
tablilla  frontal  en  el  texto  de  Viedma.  Imbelloni  la  da  por  existen- 
te; yo  la  niego.  Y  si  el  Dr.  Bormida  a  esta  altura  de  su  vida  inte- 
lectual todavía  se  cree  en  la  necesidad  de  ser  paladín  de  quien  fue 
su  maestro,  puede  hacerse  cargo  de  demostrar  en  qué  palabras,  en 
qué  tilde,  en  qué  perífrasis,  Viedma  habla  de  la  tablilla  que  tanto 
necesitaba  Imbelloni  para  mantener  su  perniquebrada  clasificación 
deformatoria.  Eso  es  todo  y  en  ello  me  mantengo. 

(51)  .  —  La  observación  de  Schmid  es  perfecta;  lástima  que  no 
hizo  referencia  al  tan  peculiar  estribo  cogotero  del  que  echaban  pie 
para  ascender  al  pináculo  de  tantos  trastos.  "Ponen  a  la  yegua  un 
collar  al  cuello  que  cae  hasta  las  rodillas,  con  cuantos  cascabeles  y 
colgajos  pueden  conseguir.  Estos  arreos  son  para  gala  y  fiestas,  pero 
en  sus  marchas  ordinarias  no  usan  estos  adornos,  y  en  lugar  de  dicho 
collar  ponen  un  cordón  de  lana  azul  o  colorado,  de  un  dedo  de 
grueso,  con  el  cual  dan  tres  vueltas  al  cuello  de  la  caballería  y  les 
sirve  también  de  estribo  para  montar  en  el  sillón  donde  se  asientan 
con  la  cara  a  la  cabeza  del  caballo,  recogiendo  las  piernas  arriba 
sobre  las  faldillas  del  mismo  sillón,  en  una  postura  muy  violenta  y 
trabajosa,  que  solo  la  costumbre  puede  hacerles  sufrir;  por  lo  que 
están  expuestas  a  muchas  caídas"  (Viedma,  Diario,  71) .  No  recuer- 
do haber  leído  nada  respecto  al  origen  de  ese  estribo;  sin  embargo, 
no  dejo  de  apuntar  para  quien  desee  estudiarlo  que  pieza  similar 
se  usa  en  Andalucía  y  otros  lugares  de  España.  Nada  hay  que  des- 
diga de  ese  origen  peninsular  heredado  junto  con  el  propio  caballo. 

(52)  .  —  Nadie  como  Schmid  en  el  texto  que  acaba  de  leerse  ha 
proporcionado  los  pormenores  que  definen  la  existencia  de  "para- 
deros" fijos  que  señalaban  el  término  de  cada  jornada  o  marcha  del 
indígena  nómade,  y  establece,  al  mismo  tiempo,  las  condiciones  que 
el  lugar  debía  reunir  para  asegurar  ese  mínimo  de  comodidades  que 
necesitaba  el  aborigen  para  instalarse.  Por  cierto  que  a  Viedma  no 
pasó  inadvertido  el  contenido  formal  de  esas  cabalgatas  que  entra- 
ñaban cambios  de  campamento;  es  terminante  e  indiscutible  en  su 
laconismo:  "las  mujeres  van  por  veredas  que  hay  hechas  para  todas 
las  aguadas  donde  deben  parar"  (Viedma,  Descripción,  72)  . 
Bourne  —con  absoluta  incomprensión  de  tal  proceder—  señala,  a  su 
pesar,  idéntica  idea.  Refiere  que  cierto  día  levantaron  el  campamen- 


207 


to  y  —trastocando  la  interpretación  del  "desayuno"  que  tiene  su  real 
exégesis  en  Musters  (Musters,  Vida,  194  y  204)—  añade:  "ter- 
minada la  escasa  comida  toda  la  compañía  comenzó  su  viaje,  que 
con  sus  tortuosas  vueltas  no  eran  muy  diferente  del  de  los  israelitas 
en  el  desierto,  pero  del  que  se  diferenciaba,  porque  nosotros  no  pa- 
recíamos tener  destino  u  objetivo,  excepto  la  exploración  de  nue- 
vos campos  de  caza  y  la  gratificación  de  la  caprichosa  inquietud  de 
los  indios.  Se  logró  un  fin  muy  deseable;  conseguimos  lo  suficiente 
para  comer,  ya  que  tuvimos  éxito  en  matar  gran  cantidad  de  presas. 
Los  indios,  es  digno  de  hacerse  notar,  nunca  erraban  cuando  se  tra- 
taba de  encontrar  sus  campos.  Parecían  tan  familiarizados  con  sus 
vagabundeos  y  con  la  conformación  general  del  país,  que  aunque  la 
superficie  no  presentaba  a  mis  ojos  huellas  dinstinguibles  ni  marcas, 
ellos  partiendo  desde  cualquier  punto,  por  distante  que  fuera  lle- 
gaban sin  titubear  en  dirección  a  sus  tiendas"  (Bourne,  Life, 
64  y  sgte.) .  Sin  desear  abusar  de  textos  análogos  no  puedo  menos 
que  documentar  que  aun  en  la  época  de  Musters  se  mantenía  igual 
concepto.  "Como  el  cacique  —dice—  había  anunciado  en  su  arenga 
que  íbamos  a  acampar  junto  a  una  fuente  en  la  parte  oriental,  y  como 
yo  había  muerto  a  un  avestruz,  que,  después  de  una  rápida  carrera 
de  media  milla  había  vuelto  atrás  espantado  por  la  cabalgata  de  las 
mujeres,  seguí  adelante  en  compañía  de  Casimiro  y  de  otro,  para 
preparar  un  poco  de  comida.  Al  efecto,  elegimos  un  matorral,  coci- 
namos y  comimos  nuestra  ave,  y,  una  vez  terminada  la  comida  mon- 
tamos y  nos  dirigimos  al  sitio  donde  esperábamos  encontrar  el  cam- 
pamento. Pero  al  llegar  allí,  no  vimos  a  nadie,  y  mirando  hacia  el 
llano  alcanzamos  a  divisar  la  figura  de  una  mujer  rezagada  en  el 
momento  mismo  que  desaparecía  en  el  barranco  arriba  mencionado. 
Por  consiguiente,  continuamos  andando,  y  al  cabo  de  una  hora  de 
galope  estuvimos  con  los  demás"  (Musters,  Vida,  204  y  sgte.) . 
De  todo  ello  fluye  que  entre  un  campamento  y  otro,  uniendo,  como 
quien  dice,  ambas  estaciones,  existía  un  camino,  senda  perfectamente 
marcada  a  la  cual  Roncagli  sin  mayor  preocupación  llamara  "cami- 
no de  chinas"  (G.  Roncagli,  Da  Punta  Arenas  a  Santa  Cruz,  en 
Bolletino  della  Societá  Geográfica  Italiana,  Ottobre,  1884.  Serie  II, 
vol.  IX,  758;  Roma,  1884)  como  que  en  verdad  era  el  conjunto  feme- 
nino y  los  niños  los  que  la  usaban  en  sus  frecuentes  mudanzas.  Los 
hombres,  mientras  tanto,  cumplían  su  obligación  de  cazar  —cosa 
que,  como  se  recordará  necesitaba  la  existencia  de  esta  línea  móvil 
que  la  impedimenta  proporcionaba  naturalmente  en  consecución  del 


208 


nuevo  domicilio  ya  que  espantaba  a  las  piezas  levantadas  por  el  ojeo—. 
Bien  se  comprende  que  tal  comportamiento  no  era  constante:  mu- 
chas veces  el  apremio  de  carne  no  era  perentorio  y,  entonces,  a  pesar 
de  estar  la  toldería  en  marcha,  los  hombres  podían  satisfacer  su  in- 
agotable anhelo  de  errar  sin  mayores  preocupaciones  —tal  como  lo 
hiciera  San  Slick.  abandonando  la  senda  "a  la  que  declaró,  con  marca- 
do desdén,  buena  para  mujeres,  no  para  hombres"  (Musters, 
Vida,  157)—,  pero  sin  que  implicase  en  caso  alguno  que  su  itinerario 
fuese  "divagante  e  instable"  según  Outes  manifiesta  reiteradamente 
(Outes,  Versiones,  309,  323,  329)  .  Entretener  sus  ocios  en  reco- 
nocimiento de  nuevos  campos  de  cacería  como  lo  expresa  Bourne  o 
el  de  practicar  merodeos  individuales  no  justifica  los  adjetivos  usa- 
dos por  Outes  para  pintar  su  nomadismo.  Por  el  contrario:  entraña 
desconocer  en  su  esencia  la  razón  oculta  de  ese,  al  parecer,  andar 
despreocupado  que,  sin  embargo,  tenía,  desde  el  momento  de  partir, 
rumbo  cierto  y  meta  conocida. 

(53) .  —  Entramos  en  un  capítulo  pletórico  de  interés.  Lamenta- 
blemente, el  texto  se  reduce  a  la  faz  exclusivamente  "médica"  sin 
tocar  su  actuación  mágico-religiosa.  ¿Fue  Schmid  quien  no  quiso 
estudiarla  o  fue  el  Comité  de  Redacción  que  usó  liberalmente  de 
las  tijeras  y  suprimió  todo  cuanto  podía  lastimar  la  presumida  or- 
fandad de  creencias  que  atribuían  al  Patagón?  Encarado  el  tema  de 
la  manera  como  lo  ha  hecho  Schmid  la  actuación  del  "médico"  no 
puede  presentarse  en  forma  menos  lucida.  El  misionero  —muy  si- 
glo xix—  confía  y  más  que  confía,  cree  en  la  terapéutica  local  y  al 
encontrarse  con  que  el  "médico"  no  usa  ungüentos,  que  no  acos- 
tumbra a  dar  yuyos  ni  a  beber  sus  infusiones,  señala,  en  consecuen- 
cia, su  insuficiencia  e  ignorancia;  son  cosas  inadmisibles  y  las  fus- 
tiga. En  momento  alguno  se  le  ocurrió  pensar  que  ese  degenerado 
hijo  de  Hipócrates,  desempeñaba  con  sus  pantomimas,  maracas,  éx- 
tasis, gritos,  contorsiones  y  succiones  la  delicada  función  de  obrar 
sobre  la  psiquis  del  paciente,  tal  como  se  viene  haciendo  —vencido 
un  siglo—  con  los  ampulosos  nombres  de  sugestión  e  hipnosis.  Creo 
que  con  D'Orbigny,  que  lo  llama  calmelaclic ,  Schmid  es  el  otro  via- 
jero que  le  da  nombre  genérico  al  "médico".  Ambos  términos  tienen 
evidentes  parentezco,  pero  ninguno  impresiona  como  voz  exacta.  El 
verdadero,  me  lo  ha  proporcionado  mi  buen  amigo  don  Tomás  Ha- 
rrington,  es:  "kalümuláwetrr  o  külemulauetrr,  en  que  kdlü  o  küle 
significa  blanco".  En  efecto.  "El  kan  ájwai  se  desarrollaba  durante  los 
camarucos  o  nguillatun  realizados  por  los  gününa  küne  y  en  el  recinto 


209 


de  estas  rogativas,  ignoro  si  frente  al  rewe  mirando  al  Este  o  en  la  par- 
te posterior,  y  participaban  el  curandero,  cuatro  muchachos  varones  y 
cuatro  muchachas,  estos  ocho  de  unos  11,  12  ó  13  años  de  edad,  pinta- 
dos y  adornados  con  plumas.  El  curandero,  con  excepción  de  plumas 
en  la  cabeza  y  otras  que  le  servían  de  taparrabo,  completamente  des- 
nudo y,  como  era  de  rigor  cuando  desempeñaban  funciones  impor- 
tantes, todo  pintado  de  blanco,  de  la  cara  a  los  pies,  color  que, 
como  acabo  de  decir  (kálü)  forma  parte  de  su  nombre.  La  cere- 
monia consistía  en  bailes  cuyos  pormenores  desconozco,  ejecuta- 
dos por  los  nueve  sujetos  dichos,  acompañados  de  canciones  (gáyau) 
que  emitían  desde  la  proximidad  mujeres  mayores,  el  todo  ende- 
rezado a  rogar  o  implorar  por  la  salud  de  algún  enfermo.  El  acto 
era  serio,  solemne  y  no  se  permitía  a  los  niños  ni  jugar,  ni  reirse, 
ni  gritar,  y  si  alguno  de  corta  edad  lloraba  era  retirado  inmediata- 
mente del  lugar  por  la  madre"  (carta  de  don  Tomás  Harrington  al 
autor,  de  fecha  25  de  marzo  de  1963,  9  vuelta) . 

(54)  .  —  El  pintado  de  rayas  blancas  en  el  cuerpo  del  "médico" 
recuerda  a  las  similares  de  los  indios  Ona  de  Tierra  del  Fuego  con 
que  se  decoran  para  sus  pantomimas  de  iniciación  de  los  jóvenes 
(Martín  Gusinde,  Die  Feurland  Indianer.  I.  Die  Selk'nam,  lám. 
XXIX  y  sgtes;  Módling  bei  Wien,  1931) .  La  frase  de  Schmid  no  es 
lo  suficientemente  clara.  Parece  que  la  pintura  blanca  a  listas  era 
en  todo  el  cuerpo  y  eso  señalaría  la  diferencia  con  la  práctica  habitual 
ile  embellecimiento  de  rayarse  de  blanco  los  brazos  y  las  piernas  tal 
como  lo  indica  al  hablar  en  general  de  la  costumbre  de  pintarse. 
Arms  y  Coan  informan  de  manera  similar  al  último  aserto  (Arms  and 
Coan,  Patagonia.  Extraéis  from  the  journals  of  Messrs.  ...  en  The 
Missionary  Herald,  XXX,  N?  11,  398;  New  York,  1834;  trad.  Patago- 
nia. Extractos  de  los  diarios  de  los  Señores  Arms  y  Coan,  en  Revista 
de  la  Biblioteca  Nacional,  III,  119;  Buenos  Aires,  1939). 

(55)  .  —  Esta  excusa  era  habitual  en  los  tiempos  modernos,  para 
los  que  los  testimonios  de  Schmid  y  Musters  son  sus  más  esclarecidos 
exponentes.  En  épocas  anteriores,  el  fracaso  junto  al  enfermo  tenía 
consecuencias  graves  al  "médico"  que,  frecuentemente,  pagaba  con  su 
vida  la  impericia  de  salvar  la  ajena:  "si  no  consigue  el  alivio  del  en- 
fermo, suelen  también  los  amigos  de  éste  darle  su  merecido  a  aque- 
llos, a  lo  menos  quitándoles  el  empleo  y  tratándole  en  adelante  como 
a  infame:  y  si  la  muerte  ha  sido  de  mujer  o  hijo  del  cacique,  suele 
pagar  con  la  vida  el  hechicero  su  mala  cura"  (Viedma,  Viaje,  76) . 
Se  han  señalado  en  ciertas  ocasiones  verdaderas  masacres  (Joseph 


210 


Sánchez  Labrador,  Paraguay  Católico.  Los  indios  Pampas-Puclches- 
Patagones,  55;  Buenos  Aires,  1936).  —¿No  captó  Schmid  el  carácter 
de  exorcismo  que  tenían  estas  actividades  del  "médico",  o  fueron 
suprimidas?  Me  inclino  más  a  esto  último,  puesto  que  todos  los  auto- 
res que  describen  el  proceder  múltiple  del  galeno,  coinciden  en  tal 
interpretación:  su  propósito  estaba  dirigido  exclusivamente  a  hacer 
salir  del  cuerpo  del  paciente  el  espíritu  del  mal  que  allí  se  había  asen- 
tado. No  deseo  explayarme  sobre  el  tema  para  evitar  repetirme,  ya 
que  con  mayor  amplitud  lo  he  abordado  en  trabajos  dedicados  al 
tema  (Milcíades  Alejo  Vignati,  Restos  del  traje  ceremonial  de  un 
"médico"  Patagón,  en  Notas  del  Musco  Etnográfico,  N<?  4;  Buenos 
Aires,  1930;  Milcíades  Alejo  Vignati,  La  medicina  cutre  los  aborí- 
genes argentinos,  en  Publicaciones  de  la  cátedra  de  la  Historia  de 
la  Medicina,  V,  233  y  sgtes.;  Buenos  Aires,  1942) . 

(56)  .  —  La  singularidad  del  informe  de  Schmid  es  que  supone 
a  esas  bolsas  hechas  con  cuero  de  guanaco,  cuando  la  generalidad  de 
los  autores  del  pasado  siglo  dicen  que  son  vejigas.  No  es  dudoso  que 
la  variación  del  material  empleado  ha  cambiado  según  las  circuns- 
tancias. Fletcher  —el  relator  de  la  armada  de  Drake—  lo  describe 
como  realizadas  con  corteza  de  árbol  unidas  con  tendones  de  avestruz, 
y  con  piedritas  en  su  interior,  a  más  de  estar  pintada  exteriormente 
(Carnac  Temple,  The  World,  119;  véase  mi  lámina  VII)  ;  se  lo  usa- 
ba atada  a  la  cintura  de  tal  modo  que  los  bailarines  al  moverse  ob- 
tenían el  ruido  propicio  para  acompañamiento  de  sus  danzas.  Izi- 
kowitz  ha  logrado  establecer  que  la  forma  primitiva  de  las  sonajas 
ha  sido  la  calabaza,  de  la  cual  han  derivado  cantidad  de  sucedáneos, 
en  razón  de  no  disponer  del  fruto  mencionado  (Karl  Gustav  Izi- 
kowitz,  Musical  and  otlier  sound  Instruments  of  tlie  South  America)! 
Indians.  A  comparative  ethnographical  study,  123;  Góteborg,  1935). 
Considerada  en  términos  generales,  la  sonaja  debe  estimarse  en  la 
clasificación  de  los  instrumentos  musicales  como  un  idiófono  de  sa- 
cudimiento (Carlos  Vega,  Los  instrumentos  musicales  aborígenes  y 
criollos  de  la  Argentina,  31;  Buenos  Aires,  1946). 

(57)  .  —  Este  modo  de  querer  evitar  las  consecuencias  que  pre- 
sume, ya  ha  sido  mencionada:  "En  viendo  el  hechicero  que  ya  está 
cercano  a  la  muerte  el  enfermo,  se  procura  disculpar  con  otro  he- 
chicero; o  dice  que  no  puede  librarle  de  la  muerte,  porque  el  demo- 
nio le  ha  dicho  que  no  se  canse,  porque  no  quiere  salir  del  cuerpo 
del  doliente  por  su  medio  por  no  ser  de  su  jurisdicción  y  que  sola- 


211 


Schmid  sitúa  a  los  Patagones  con  estas  informaciones  en  un  plano 
religioso  muy  superior  al  que  habitualmente  se  les  tenía.  Corres- 
ponde recordar  que  la  ofrenda  de  sangre  no  estaba  reservada  única- 
mente a  los  funerales:  también  ha  sido  anotada  como  testimonio  de 
lealtad  de  sentientos  (Carnac  Temple,  The  World,  19) . 

(63) .  —  Un  siglo  antes,  los  miembros  de  la  expedición  Malaspi- 
na  tuvieron  ocasión  de  observar  las  ceremonias  fúnebres  que  tradu- 
cen en  sus  apuntes  de  la  siguiente  manera:  "Cuando  se  muere  algu- 
no, queman  todo  su  ajuar,  y  en  la  pira  echan  uno  a  uno  todos  sus 
muebles,  en  cuyo  tiempo  los  ancianos  repiten  con  lenta  y  lúgubre  voz, 
entre  otras  palabras  Agusle  Agusle  y  los  dolientes  cortan  las  puntas 
de  los  rizos  los  que  dejan  colgando,  y  las  echan  en  la  pira,  y  pre- 
sencian la  fúnebre  función  entre  tanto  el  doliente,  envuelto  en  su 
toga,  se  mantiene  echado  sin  salir  de  su  toldo  en  tres  o  cuatro  días" 
(Lehmann-Nitsche,  Noticias,  111)  .  —Hasta  ahora  se  ha  interpretado 
como  manifestación  religioso-mágica  quemar  todo  cuanto  era  propie- 
dad personal  del  difunto.  Posiblemente,  inducía  a  tal  creencia  la  si- 
militud que  inevitablemente  se  establecía  entre  esta  hoguera  destruc- 
tora de  los  bienes  con  la  pira  de  los  sacrificios.  Pero,  por  poco  que 
se  indague  se  comprueba,  con  verdadera  sorpresa,  que  tal  costum- 
bre aparece,  súbitamente,  en  los  últimos  decenios  del  siglo  xvm  y, 
que,  tal  vez,  haya  desaparecido  aun  antes  que  los  indígenas  fuesen 
totalmente  subyugados  por  la  civilización.  El  simple  hecho  de  poder 
establecer  límites  históricamente  a  una  costumbre,  significa  su  nin- 
gún arraigo  y,  por  consiguiente,  privarle  de  todo  carácter  de  sufragio 
místico:  éste,  en  cualquiera  de  las  modalidades  en  que  sea  contem- 
plado y  considerado,  no  se  improvisa,  viene  de  atrás,  tiene  en  su  ha- 
ber la  sedimentación  de  creencias  a  través  de  las  generaciones.  Por 
consiguiente,  hay  que  buscar  el  motivo  que  justifique  —ante  una  men- 
talidad primitiva—  la  destrución  de  los  bienes  materiales  del  muer- 
to. Haciendo  a  un  lado  el  sinnúmero  de  explicaciones  explayadas 
al  respecto  creo  que  tal  comportamiento  es  una  de  las  formas  en  que  se 
manifiesta  la  moral  práctica  que  sujetaba  su  libre  obrar.  Era  una 
manera  elemental  de  evitar  males  por  codicia;  era  una  costumbre  que 
constituía  una  autodefensa:  ni  la  viuda,  ni  los  hijos,  ni  los  ente- 
nados eran  herederos,  entonces  ¿qué  necesidad,  qué  afán  podía  an- 
helar su  desaparición?  Esta  reflexión  que  se  me  escapa  de  la  pluma,  es 
la  interpretación  pragmática  de  lo  expresado  por  Muñiz:  "porque, 
¡qué  anhelo  puede  tener  un  hombre  en  adquirir  bienes  que  no  pue- 
de dejar  a  sus  hijos!"  (Outes,  Observaciones,  213)  . 


212 


su  significado,  en  Revista  del  Museo  de  La  Plata,  XXX,  321  y  sgtes.; 
Buenos  Aires,  1927).  Entramos  al  dominio  de  la  magia  y  es  sor- 
prendente que  Schmid  no  le  asignara  tal  valor,  no  obstante  los  ine- 
quívocos hechos  que  presenciara.  No,  no  estaba  equivocado  cuando 
interpretaba  que  deseaban  posesionarse  de  las  virtudes  del  difunto,  de 
su  fuerza  vital  y  mágica.  No  es  más  que  una  fase  de  la  ley  de  parti- 
cipación a  la  cual  está  sometida  la  mentalidad  primitiva  en  los  dife- 
rentes dominios  de  la  cultura  espiritual.  La  descripción  pormenoriza- 
da del  comportamiento  de  los  parientes  y  deudos  abre  un  campo 
de  estudio  insospechado.  A  la  ruda  cultura  material  que  han  des- 
cripto  la  pluralidad  de  los  viajeros  debemos  añadir  ahora  este  vis- 
lumbre de  vida  prelógica  que  acrece  —de  manera  muy  distinta,  por 
cierto—  las  reiteradas  menciones  de  las  artes  practicadas  por  los 
"médicos"  exorcistas. 

(61)  .  — El  uso  de  géneros  está  indicando  una  adopción  moder- 
na, consecutiva  a  la  de  los  naufragios  que  comenzaron  a  proveer  tal 
material.  ¿Qué  indujo  al  indígena  a  adoptar  el  rojo  como  color  de 
duelo?  ¿La  propensión  innata  de  conferir  al  colorado  al  valor  de 
color  por  antonomasia?  ¿O,  sencillamente,  porque  era  el  que  más 
abundaba  en  la  bodega  de  los  barcos,  precisamente,  por  el  motivo 
recién  enunciado? 

(62)  .  —  La  ofrenda  de  sangre  siempre  es  interesante;  la  de  la 
cara  sería,  en  términos  generales,  similar  en  forma  a  la  habitual  rea- 
lizada con  pintura  (véase:  Nota  12)  ;  en  cuanto  a  las  de  las  piernas 
dada  la  pudibundez  de  las  indias  es  un  tanto  inconexo:  "El  vestido 
de  las  mujeres  es  la  misma  capa  que  los  hombres,  y  debajo  una  es- 
pecie de  túnica  que  cubre  el  cuerpo  desde  el  cuello  hasta  los  pies", 
y  en  otro  lugar:  "Chama,  joven  bien  parecida,  se  quita  el  poncho  a 
bordo  de  la  goleta  de  Peña  con  tanta  cautela,  que  no  se  le  ve  asomo 
de  sus  carnes"  escriben  los  observadores  de  la  expedición  Malaspina 
(Lehmann-Nitsche,  Noticias,  8  y  sgte.,  10) .  Viedma,  a  su  vez,  ex- 
presa: "para  andar  a  caballo  y  montar  guardan  suma  honestidad,  no 
permitiendo  que  se  les  vea  parte  alguna  de  su  cuerpo"  (Viedma  Via- 
je, 71).  Todavía  un  decenio  después  de  Schmid,  Musters  no  es 
menos  explícito:  "el  traje  de  las  mujeres  consiste  en  una  manta 
parecida  a  la  de  los  hombres. .  .  y  debajo  de  eso,  una  bata  de  percal 
o  tela  liviana,  que  baja  desde  los  hombros  hasta  el  tobillo"  (Mus- 
ters, At  Home,  162;  trad.:  Vida,  265).  ¿De  qué  artilugios  echaba 
mano  Schmid  para  enterarse  de  tal  ofrenda?  —No  recuerdo  que  esta 
ofrenda  de  sangre  haya  sido  enunciada  antes.  La  verdad  es  que 


213 


mente  dejará  al  enfermo  por  los  ruegos  de  otro  hechicero,  a  quien 
obedece"  (Sánchez  Labrador,  Los  indios,  55) . 

(58)  .  —  El  conjunto  de  actos  y  ceremonias  que  constituyen  un 
verdadero  velatorio  del  muerto,  no  han  sido  consideradas  por  otros 
viajeros.  Por  ello  y  por  ser  suficientemente  claras,  me  ha  parecido 
que  escapan  a  la  órbita  del  comentario  etnográfico  que  me  he  pro- 
puesto. Ello  no  significa  que  aquellos  renglones  que  hayan  sido 
confirmados  por  otras  crónicas,  no  sean  objeto  de  la  anotación  per- 
tinente. 

(59)  .  —  A  esta  postura  —que  tiempo  atrás  se  llamó  fetal—  en 
la  nomenclatura  agnóstica  que  vamos  adoptando,  se  la  llama  genu- 
pectoral.  Tanto  viajeros  como  simples  exhumadores  de  sepulturas 
la  han  señalado  en  todo  el  ámbito  patagónico  (Milcíades  Alejo 
Vignati,  La  posición  ritual  en  que  inhumaban  a  sus  muertos  los  abo- 
rígenes del  norte  de  Patagonia,  en  Physis.  Revista  de  la  Sociedad  ar- 
gentina de  Ciencias  naturales,  VII,  125  y  sgtes.;  Buenos  Aires,  1923; 
Milcíades  Alejo  Vignati,  Estudios  antropológicos  en  la  zona  militar 
de  Comodoro  Rivadavia,  en  Anales  del  Museo  de  La  Plata,  Nueva 
serie,  Sección  Antropología,  N<?  1,  10,  lámina  VII,  fig.  2;  La  Plata, 
1950) .  Es  la  forma  moderna  de  inhumar;  la  antigua  era  el  decúbito 
dorsal,  sin  que  falte,  a  su  lado,  la  víctima  propiciatoria,  sacrificada 
como  ofrenda  máxima  (Milcíades  Alejo  Vignati,  Resultado  de  una 
excursión  por  la  margen  sur  del  río  Santa  Cruz,  en  Notas  prelimina- 
res del  Museo  de  La  Plata,  II,  89  y  sgtes.,  lám.  V;  Buenos  Aires, 
1934) .  Onelli,  que  tuvo  el  triste  privilegio  de  presenciar  las  exe- 
quias de  un  indígena,  narra  lo  propio:  "la  más  anciana  de  las  in- 
dias extendió  como  mortaja  un  cuero  de  caballo,  pintado  en  vivos 
colores,  después  desenvainó  un  cuchillo,  y  sin  mirar  el  cadáver,  cor- 
tando ligas  y  géneros  lo  desnudó  completamente  y  lo  envolvió  en 
un  gran  pedazo  de  percal  rojo  que  con  ella  había  traído;  entonces 
se  levantó  la  mortaja  y  entre  todos  doblamos  el  cuerpo  en  la  posi- 
ción hierática  exigida  por  la  costumbre,  la  misma  posición  que  tuvo 
en  el  claustro  materno:  que  vuelva  al  infinito,  como  del  infinito 
vino"  (Onelli,  Trepando,  152). 

(60)  .  —  Aquí  el  color  de  "duelo",  según  se  ha  leído,  es  el  rojo. 
Otros  antecedentes  relativos  al  uso  de  paños  rojos  y  de  otros  ele- 
mentos de  este  color,  pueden  verse  en  las  anotaciones  que  escribí 
hace  años  (Vignati,  Resultados,  87  nota  2) .  Entre  nosotros,  Lehmann- 
Nitsche  ha  producido  una  monografía  a  ese  respecto  (R.  Lehmann- 
Nistche,  El  revestimiento  con  ocre  rojo  de  tumbas  prehistóricas  y 


214 


(64)  .  —  Tras  de  Schmicl,  varios  son  los  viajeros  que  aseveran 
idéntica  cosa,  pero  se  trata  de  un  error  como  consecuencia  de  hablar 
en  general  sin  poner  término  al  período  de  duelo  durante  el  cual 
lo  consignado  en  el  texto  era  de  absoluta  vigencia.  Schmid  no  inqui- 
rió hasta  cuando  mantenía  toda  su  estrictez  la  veda  que  señala  y, 
al  igual  de  él,  quienes  asentaron  el  hecho  como  costumbre.  Don 
Tomás  Harrington  —que  tanto  sabe  al  respecto—  ha  escrito:  "Los 
juicios  vertidos  son  infundados.  Moreno  se  ciñe  a  repetir  apresura- 
damente manifestaciones  de  los  indios.  Si  hubiera  comparado  el 
material  escrito  e  inquirido  con  afán  dilucidatorio  en  paciente  exa- 
men, su  opinión  sería  otra..  .  El  Aóni-Kenk  y  el  Gününa-Küne  na- 
da sabían  de  la  sustitución  de  nombres  comunes.  Con  respecto  a  la 
de  los  propios,  no  la  hay  definitiva;  existe  sí  la  veda  de  mentar  al 
muerto  única  y  exclusivamente  en  el  trato  con  los  parientes  cercanos, 
pero  la  interdición  no  es  definitiva:  dura  lo  que  dura  el  luto,  apro- 
ximadamente un  año.  Quien  en  este  período  mencione  al  difunto 
—repito,  en  conversación  con  pariente  cercano—  debe  pagar  al  deudo 
"una  multa"  (expresión  original) .  Pasado  ese  lapso,  la  prohibición 
queda  levantada.  Y  tanto  es  así,  que  constituye  norma  imponer  el 
nombre  del  desaparecido  a  uno  de  sus  nietos,  y  aun  es  factible  este 
bautizo  en  el  período  vedado,  con  la  anuencia  previa  de  la  madre 
o  de  la  mujer  (o  marido)  de  la  persona  fallecida;  es  decir,  sucede  lo 
contrario  de  lo  aseverado  por  Moreno,  ya  que  el  nombre  del  antece- 
sor se  mantiene  y  recuerda  en  uno  de  sus  descendientes.  Entre  los  Gü- 
nüna-Küne, la  operación  de  "sacarse  el  luto",  al  cabo  de  un  año, 
poco  más  o  menos,  daba  motivo  a  una  "fiesta"  (original)  llamada 
hútke  atllúen,  cuyos  pormenores  desconozco"  (Tomás  Harrington, 
Contribución  al  estudio  del  indio  Gününa-Küne,  en  Revista  del 
Museo  de  La  Plata  (Nueva  serie).  Sección  Antropología,  II,  252  y 
sgte.;  La  Plata,  1946).  Un  lustro  largo  antes  me  había  ocupado  del 
asunto  y  había  llegado  a  conclusiones  similares  (Milcíades  Alejo 
Vignati,  Materiales  para  la  lingüística  patagona.  El  vocabulario  de 
Elizalde,  en  Boletín  de  la  Academia  Argentina  de  Letras,  VIII,  171 
y  sgte.;  Buenos  Aires,  1940). 

(65)  .  —  De  todas  las  ceremonias  descriptas  por  Schmid  pocas 
son  conocidas;  las  más,  nuevas.  Como  se  comprende,  no  es  este  lu- 
gar para  entrar  a  pormenorizar  el  valor  espiritual  de  cada  una  de 
las  prácticas  y  cada  frase  requeriría  un  capítulo  de  análisis  etnológico. 
Pero  deseo  llamar  la  atención  del  estudioso  la  cantidad  de  prácticas 
"religiosas"  que  se  dispensaban  a  los  muertos,  amén  de  ser  casi  ínte- 


215 


gramente  desconocidas  hasta  este  momento.  —Muy  ligado  al  tema  de 
las  notas  N<?  63  y  N?  72  es  la  presente,  en  especial  por  cuanto  el 
autor  en  pocas  páginas  cambia  de  modo  de  pensar  en  temas  tan 
delicados  como  afines  a  su  afán  proselitista.  No  es  posible  conciliar 
una  visión  de  la  vida  futura,  por  fugaz  que  sea,  que  hace  columbrar 
el  aserto  comentado  en  la  primera,  con  el  desaprensivo  —por  no  de- 
cir: desdoroso —  que  informa  el  renglón  que  me  sirve  de  argumen- 
to: "lo  que  no  puede  ser  destruido  por  el  fuego  o  por  rotura,  se  en- 
tierra  con  el  cadáver".  Así,  crudamente,  con  una  interpretación  ma- 
terialista, se  aventan  las  risueñas  ilusiones  de  una  vida  ultraterrena. 
¿Cuándo  y  cuándo?  ¿Cuándo  escribe  lo  que  piensa  y  cuándo  lo  que 
conviene?  O  bien:  ¿Cuándo  es  Schmid  el  que  habla  y  cuándo  el  Co- 
mité de  Redacción?  ¡Pobre  Schmid  y  pobres  cotizantes! 

(66)  .  —  Dada  la  minuciosidad  con  que  Schmid  describe  las  cere- 
monias fúnebres,  no  es  de  extrañar  que  sea  el  único  —a  mi  enten- 
der— que  menciona  este  cuchillo  plantado  en  tierra,  cerca  del  ca- 
dáver. Nada  autoriza  a  suponer  deficiencia  de  expresión  por  parte  de 
Schmid,  pero,  ello  no  obstante,  considero  que  existe  estrecha  rela- 
ción entre  el  cuchillo  mencionado  por  nuestro  catequista  con  el  de  la 
anotación  de  Muñiz:  "cuando  hay  viruelas,  los  indios  pudientes  cla- 
van cuchillos  con  la  punta  para  arriba  alrededor  de  sus  camas  para 
que  [se]  pinche  cuando  viene  a  tocarlos"  (Outes,  Observaciones,  213) . 

(67)  .  —  Estas  visitas  de  pésame  portadoras  de  consuelos  mate- 
riales y  espirituales  son  una  novedad  en  el  campo  etnográfico  patagón 
y,  por  cierto,  que  hablan  muy  en  favor  de  la  vida  interior  del  abo- 
rigen con  respecto  a  sus  compañeros  de  partida. 

(68)  .  —  El  aserto  de  Schmid  tiene  su  antecedente  en  Viedma: 
"Toda  esta  fúnebre  pompa  y  ceremonias  se  hacen  solo  por  jóvenes 
o  personas  de  buena  edad  y  robustas,  pues  a  los  que  mueren  viejos 
ni  se  les  hace  duelo  ni  se  les  llora,  ni  se  acuerdan  más  de  ellos, 
creyendo  que  su  muerte  era  precisa,  y  se  contentan  con  matar  en  ella 
un  caballo,  el  peor  o  más  desechado  que  tengan"  (Viedma,  Viajes, 
78) .  Pero  es  llegado  el  momento  de  indicar  —aunque  Schmid  no  lo 
haya  establecido—  que  entre  los  Patagones  existían  clases  sociales,  cla- 
ses sociales  que  se  ponían  de  manifiesto  en  muchos  trances  de  la  vida, 
siendo  los  funerales  uno  de  los  más  caracterizados.  "Estos  son  los 
sufragios  de  estos  bárbaros  —escribe  Viedma  al  describir  el  entierro  de 
lujo—  sin  más  diferencia  que  cuando  el  muerto  es  de  la  clase  co- 
mún o  inferior  se  reduce  a  solo  la  gritería"  (Viedma,  Viaje,  47) . 
Ya  he  señalado  en  el  "diario"  de  González  la  despreocupación  de  los 


216 


integrantes  de  la  partida  en  la  muerte  de  un  joven:  "los  hombres  sa- 
lieron a  cazar  y  un  grupo  de  chinas  a  recoger  raíces  para  comer" 
(ViGNATi,  Comentarios,  39).  No  cabe  dudar  que  era  de  la  clase  in- 
ferior. 

(69)  .  —  La  matanza  de  los  animales  del  difunto  ha  sido  seña- 
lada por  diversos  autores.  "Mientras  unos  cantan  —escribe  Sánchez 
Labrador—  otros  vasallos  del  difunto  cacique  bien  embijados,  matan 
los  caballos  que  montaba  en  vida;  y  antes  de  sacrificarlos,  los  ador- 
nan los  cuellos  con  cascabeles,  y  les  ponen  encima  una  manta,  en- 
lutándolos; así  les  hacen  dar  varias  vueltas  alrededor  del  toldito, 
donde  está  el  cuerpo  de  su  dueño.  Ejecutado  este  rodeo,  les  quitan 
sucesivamente  las  vidas,  haciendo  lo  mismo  con  los  perros  que  le  sir- 
vieron" (Sánchez  Labrador,  Los  indios,  61)  y  Viedma  —con  su  pro- 
ligidad  habitual—  relata  que  "se  reparte  su  carne  entre  todos  los  que 
echaron  sus  prendas  al  fuego"  (Viedma,  Viaje,  77) .  En  Chile,  Reuel 
Smith,  viendo  colgada  sobre  la  sepultura  de  un  cacique  un  cuero  de 
uno  de  los  caballos  sacrificados,  hace  la  exégesis  de  la  ofrenda  con 
espíritu  de  descreído  no  exenta  de  gracia  sajona:  "Es  muy  probable 
—dice—  que  los  parientes  no  colocarían  ni  siquiera  la  piel  de  caballo 
que  hemos  mencionado  si  no  fuera  por  la  afición  que  tienen  los  in- 
dios por  la  carne  de  ese  animal,  la  que  siempre  comen,  dejando  que 
se  contente  el  difunto  con  el  cuero  y  su  alma"  (Edmond  Reuel 
Smith,  The  Araucanians:  or,  Notes  of  a  Tour  among  the  Indian  Tri- 
bes  of  Southern  Chili,  173;  London,  1855;  trad.  Los  Araucanos  o  No- 
tas sobre  una  gira  efectuada  entre  las  tribus  indígenas  de  Chile  me- 
ridional, 87;  Santiago  de  Chile,  1915). 

(70)  .  —  La  elección  del  terreno  para  hacer  la  sepultura  es  una 
novedad  casi  tan  importante  como  la  que  señala  Onelli:  "llevan  todos 
en  el  brazo  izquierdo  pequeños  tatuajes  que,  según  me  contó  un 
indígena  amigo,  resultan  una  especie  de  bautismo  para  poder  en- 
trar a  los  campos  extramundanos;  al  indio  que  no  tenga  marcados 
esos  signos  hieráticos,  no  se  le  da  sepultura;  en  proximidad  de  un  río 
se  le  tira  al  agua"  (Onelli,  Trepando,  155  y  sgte.) . 

(71)  .  —  Siempre  se  ha  dejado  consignado  ese  hecho:  "a  la  noche 
se  entregan  a  las  viejas  el  cadáver,  y  ellas  lo  entierran  donde  les  pa- 
rece, sin  que  lo  sepan  dolientes  ni  otro  alguno,  porque  ni  se  les  pre- 
gunta, ni  ellas  pueden  decirlo  a  nadie"  y  en  otro  lugar  ratifica  el 
concepto:  "a  las  cuales  es  peculiar  entre  ellos  el  oficio  de  sepultar" 
(Viedma,  Viaje,  77  y  47) .  Sánchez  Labrador  confirma  lo  ya  dicho: 
"todas  las  viejas  de  la  toldería,  embijadas  de  negro,  y  desgreñadas, 


217 


llorando  amargamente,  cargan  el  cuerpo  en  un  caballo,  y  lo  llevan 
a  depositar  en  alguna  cueva  de  la  montaña"  (Sánchez  Labrador,  Los 
indios,  61) ,  y  González  hace  lo  propio  (Vignati,  Comentarios,  39) . 

(72) .  —  Todo  este  párrafo  contradice,  nuevamente,  el  espíritu 
nihilista  que  he  criticado  en  la  Nota  N?  65,  circunstancia  que  eviden- 
cia no  provenir  de  Schmid  y  ser  una  interpolación  de  la  Dirección 
de  la  revista. 


213 


LÁMINAS 


LAMINA  I 


239 

the  departed's  virlues.  This  waving  of  thc  hand,  and 
successive  patting  of  the  head,  is  done  tinco  or  foui'  times. 
After  this,  the  nicn  rcmain  near  thc  corpse  for  another 
hour  or  two,  talking  in  an  under-tonc,  and  lrcquently 
passing  round  the  tobáceo  pipe.  Whilst  the  men  are 
thus  engaged,  the  eider  women  put  on  signs  of  mourn- 
ing — they  array  thcmselvcs  in  scarlet  cloth,  over  their 
robe  of  skins,  which  they  fasten  on  the  breast  with  two 
brass  pins,  to  which  is  tied  a  stiing  of  eoloured  beads. 
Thcn  they  paint  their  face,  across  thc  nosc,  with  a  stripc 
of  blood,  which  they  generally  fetch  by  passing  a  small 
])iccc  of  glass  over  their  face,  and  so  cut  their  skin : 
others  cut  their  legs  in  a  similar  way,  to  malte  the  blood 
run.  AU  the  while  they  continúe  their  doleful  strains, 
and  their  loud  lamentations,  at  intervals. 

"  Thcn  comes  thc  lighting  of  thc  firc,  wliich  is  to  con- 
sume cvcrything  that  belongcd  to  the  departed.  Thc 
iire  burns  about  twcnty  yards  froin  the  tcnt,  and  into  it 
is  thrown  cverything  that  will  burn,  no  matter  vhetlier 
néw  or  oíd  ;  articles  that  have  never  bcen  used  or  woin 
yet  by  the  deceased,  cvcrything  is  burned  and  sacri- 
ficed: — fine  mats,  ncw  robes  of  skins.not  yet  finished, 
thc  bed,  saddlc,  bridle,  clothcs,  cven  the  very  pole 
that  vas  ncar  to  thc  bed  of  thc  dead,  and  on  which  he 
used  to  hang  his  hunting  and  riding  requisitos.  No 
exceptionsaremade  as  to  thc  age  or  sex  of  the  departed. 
Therc  is  nothing  to  rcmain  undestroyed  of  his  or  licr 
property  after  death,  to  rcinind  tlic  survivors  of  the 
dead.  Lven  thc  ñame  of  the  dcad  inust  not  be  men- 
tioned,  thc  survivors  considering  it  bad  to  do  so. 
Thus,  cntirc  dcstruction  of  property,  and  a  burying  in 
oblivion,  take  place  with  regard  to  the  deceased.  AVliat 
cannot  be  destroyed  by  fiic  or  breakage,  is  buriod  with 
the  corpse. 


Facsímil  de  una  página  de  "Maneras  y 
costumbres". 


Casimiro  y  su  hijo  Sam  Slick,  en  1864   (?) . 

Foto:  "Mayo" 


LAMIN  ^  III 


Juego  de  chucea,  según  Frézier 


I      \  \  \  I 


Implementos  ele  los  Patagones,  según   Fletcher.   Arriba:  instrumento 
musical;  abajo:  alfiler  para  sujetar  el  manto:  derecha:  aparato  para 
la  obtención  del  luego. 


LAMIN  \  Y 111 


Interior  de  un 


toldo  del  campamento  del  cacique  Kánkel,  año  1895. 

Foto:  Koslowsk} 


1  \  x 


I        \  \1I 


LAMIN  \  XIII 


[.AMINA  \l\ 


í  X  D  I  C  E 


Proloco         .    . .  . .  .   . .  . .  .    ..  .. 

Capítulo  I.  —  Fueguinos.  —  Ofrecimiento  como  catequista.  —  El  caballo 
Casimiro.  —  Alumnos  del  instituto  de  Santa  Chriscona  

Capítulo  II.  —  Estada  en  Punta  Arenas.  —  Llegada  de  los  indios.  —  Con 
venio.  —  Caramillos.  —  Primera  jornada.  —  Agasajo.  —  Regímenes  de 
viaje.  —  Vida  familiar.  —  Serranías  San  Cregorio.  —  Buque  naufraga- 
do. —  Embriaguez.  —  Recepción  jubilosa  de  caciques.  —  Casimiro.  — 
Otra  vez  junto  al  buque  náufrago.  —  Escenas  truculentas.  —  Regreso  a 
la  Colonia.  —  El  doctor  Burns.  —  Aprendizaje  del  idioma  pata- 
son.  —  El  comercio  indígena  


Capítulo  III.  —  Viaje  a  Punta  Arenas.  —  El  gobernador  Schytbe.  —  Difi- 
cultades. —  En  casa  del  doctor  Burns.  —  Progresos  de  la  Colonia.  — 
Excursión  de  Hunziker  a  caleta  Bouganville.  —  Proselitismo  protes- 
tante. —  Casimiro.  —  Designación  del  "protector".  —  Primeras  ense- 
ñanzas al  hijo  de  Casimiro.  —  Sugerencias  para  abandonar  Punta  Are- 
nas como  centro  de  acción   35 

Capítulo  IV.  —  El  hijo  menor  de  Casimiro.  —  Primeras  jornadas  de  via- 
je. —  Cánticos  de  bienvenida.  —  Ceremonia  oficial.  —  Destrucción 
de  amuletos.  —  Muñecas  y  supersticiones.  —  Vida  y  enseñanza  de  los 
hijos  de  Casimiro.  —  Bahía  Coyle.  —  Sal.  —  Incidencia  con  el  curandero 
indígena.  —  El  juego  "Sanke".  —  Mitología  patagona.  —  Ideas  reli- 
giosas. —  El  río  Coyle.  —  Reflexiones  respecto  al  idioma  patagón.  — 
Conmiseración  indígena  a  los  hijos  de  Casimiro.  —  Los  duendes  "Yi- 
celum".  —  Pinturas  rupestres.  —  Visita  a  un  volcán   45 

Capítulo  V.  —  Últimas  jornadas.  —  Llegada  a  Punta  Arenas.  —  Arrepen- 
timiento de  Gemóki.  —  Reparto  de  mercaderías  y  sus  inconvenien- 
tes. —  La  vida  rutinaria  de  campamento.  —  El  idioma  patagón  y  sus 
dificultades.  —  Volcán  en  la  cordillera.  —  Nombre  de  las  tribus  pa- 
tagónicas     55 

Capítulo  VI.  —  Guano  de  isla  Leones.  —  Nueva  construcción.  —  Vida 

diaria.  —  Temperaturas.  —  Cacería.  —  Indígenas   61 


249 


Capítulo  VII.  —  Visita  indígena.  —  Viaje  al  sur  con  los  patagones.  — 
Canje  de  productos  en  Punta  Arenas.  —  Embriaguez.  —  Enfermedad 
general.   —  Regreso.  —  Idioma  

Capítulo  VIII.  —  Asimilación  de  costumbres  civilizadas  por  los  indíge- 
nas. —  Propósitos  venatorios.  —  Idioma,  vocabulario  y  gramática.  — 
Versión  del  Padre  Nuestro  y  del  Salmo  II,  8  

Catítulo  IX.  —  En  la  isla  Keppel.  —  Platero  y  sus  hijos.  —  Muerte  de 
Mariquita.  —  Ceremonias  fúnebres.  —  Instrucción  de  fueguinos.  —  Re- 
greso a  Santa  Cruz.  —  Visita  condicional  de  los  indígenas.  —  Aban- 
dono de  la  Misión.  —  El  Carmen.  —  San  Xavier.  —  Nomenclatura 
étnica  patagona.  —  El  cacique  Chingalee  

C.\rÍTULO  X.  —  Otra  vez  en  El  Carmen.  Indígenas  de  la  zona.  Escuela  y 
oficio  religioso  protestante  sin  concurrencia.  —  Traslado  a  Bahía  Blanca 

Comentarios  


APÉNDICE 

I.  —  Carta  y  diario  del  señor  Alien  W.  Gardiner.  —  Isla  Elisabeth.  — 
Celos  del  Gobierno  de  Chile.  —  Indios  fueguinos.  —  Vapor  norte- 
americano. —  Indumento  indígena  distinto.  —  Wigwans.  — 
Canoa.  —Hacha  curiosa.  —  Punta  Arenas.  —  Casimiro.  —  Com- 
pra de  un  caballo.  —  Familia  de  Casimiro.  —  Caciques  patago- 
nes. —  Visita  a  los  toldos.  —  Bahía  Gregorio.  —  Isla  Keppel.  — 
Muerte   de  Frank  

II.  —  Carta  de  Juan  Federico  Hunziker.  —  Partida  de  Crammer.  — 
Viaje  por  el  estrecho.  —  Expectativa.  —  Visita  del  gobernador.  — 
El  doctor  Burns  

III.  —  Informe  al  Almirantazgo  del  capitán  Barnard  del  H.M.S.  Vixen.  — 

El  cacique  Casimiro.  —  Sus  condiciones  intelectuales.  —  Su  con- 
cepto respecto  a  los  otros  indios  

IV.  —  Carta  de  Juan  Federico  Hunziker.  —  Los  hijos  de  Casimiro.  — 

Despedida  

V.  —  Trozos  de  una  carta  del  señor  Hunziker.  —  Estada  en  Santa 
Cruz.  —  Llegada  de  indios.  —  Idioma  más  difundido.  —  Agasa- 
jo. —  Viaje  de  Schmid  al  sur  

VI.  —  Carta  de  Waite  Hocking  Stirling.  —  De  El  Carmen  a  la  boca 

del  río  Negro.  —  Conocidos  de  los  misioneros.  —  En  Santa  Cruz.  — 
La  Misión  de  WeddelPs  Bluff.  —  Tormentas.  —  Las  habitaciones 
de  los  misioneros.  —  El  misionero  Schmid.  —  El  catequista  Hun- 
ziker. —  La  huerta.  —  El  "pozo  Jacob".  —  Excursión  río  arriba 

VII.  —  Carta  de  Waite  Hocking  Stirling.  —  Provisiones  para  los  misione- 

ros de  Santa  Cruz.  —  La  "Alien  Gardiner".  —  Llegada  a  Weddell's 


250 


Bluff.  —  Los  primeros  indígenas.  —  La  parcialidad  patagona  del 
sur.  —  Agasajo  y  primeras  conversaciones.  —  Parlamento.  —  Ac- 
tuación de  Casimiro.  —  Recelos.  —  Promesas.  —  El  paso  de  Santa 
Cruz.    —   Cántico  nocturno  

VIII.—  Carta  de  Waite  Hocking  Stirling.  —  Término  de  la  misión  de 
Santa  Cruz.  —  El  proceder  de  los  capitanes  traficantes  de  pie- 
les. —  Fidelidad  de  dos  indígenas  

IX.  —  Carta  de  Juan  Federico  Hunziker.  —  La  Misión  de  San  Javier.  — 
Inconvenientes  por  la  sequedad,  calor,  vientos  y  tierra.  —  Escue- 
la. —  Mejor  conocimiento  del  idioma.  —  Indios  Tuwelches.  — 
Recuerdos  del  misionero  Schmid.  —  Actuando  de  médico.  —  Nu- 
merales en  un  idioma  patagónico  

X.  —  Carta  del  doctor  G.  Humble.  —  Reseña  del  viaje.  —  Actuación 
como  medico.  —  Nuevas  construcciones.  —  Visita  a  San  Javier  . 

Maneras  y  costumbres  de  los  indios  patagónicos 

Prólogo   

Sumario:  Carta  de  remisión.  —  Estatura  indígena.  —  Corpulencia.  —  Ca- 
racteres fisionómicos.  —  Dentadura.  —  Vestido.  —  Higiene.  —  Pintura 
facial  y  corporal.  —  Adornos.  —  Falta  de  ideas  religiosas.  —  Entie- 
rros. —  Hospitalidad.  —  No  son  caníbales.  —  Nombre  de  la  entidad.  — 
Idiomas  indígenas.  —  El  toldo.  —  Alimentación.  —  El  lenguaje.  — 
Caza.  —  Proclama.  —  El  círculo  de  caza.  —  Traslado  de  campamen- 
to. —  Cuna  de  transporte.  —  Paraderos.  —  La  familia.  —  Médicos.  — 
Ceremonias  fúnebres.  Duelo.  —  Visitas  de  pésame.  Sacrificio  de  ca- 
ballo. —  Tumbas  

Comentarios  

Láminas  


251 


BW4904.P3  S34 

Misionando  por  Patagonia  austral, 

Princeton  Theological  Seminary-Speer  übrary 

1  1012  00217  4011